Acerca de Antxon Pérez de Calleja

Antton Pérez de Calleja (Zarautz, 1943) Licenciado en Económicas por la Facultad de Sarriko de Bilbao, desarrolló sus primeras funciones profesionales en la Caja Laboral Popular, dónde dirigió durante doce años (1969-1981) la División Empresarial, órgano de planeamiento y dirección del Grupo Cooperativo de Mondragón (MCC), un conjunto de más de cien empresas industriales y de servicios que se ha hecho conocido por ser una de las escasas experiencias positivas de cooperativismo empresarial en el mundo. Impulsor de los Planes de Gestión y de los Planes Estratégicos, y Promotor de una treintena de nuevas Cooperativas. Promotor y Presidente de la Denominación de Orígen Queso Idiazabal y autor de numerosos trabajos en materia de Política Agroalimentaria. Impulsor del Label Vasco de Calidad Alimentaria y de Informes para el lanzamiento de algunos de ellos, como el de la Carne de vacuno, el Pollo de Caserío, el Vino Cosechero de la Rioja Alavesa, etc. Ha elaborado los Reglamentos de las denominaciones de Orígen Queso Idiazabal y Txakoli de Getaria. Autor de numerosos Informes sobre Política Industrial y Ordenación Territorial. Autor del libro "Diagnóstico de la Economía Vasca". Especialista en temas económicos en diversos periódicos, colabora en el "Informe Anual del Círculo de Empresarios". Experto colaborador en Planes Estratégicos de carácter regional, como los de Gipuzkoa y Araba. Artículos e Informes sobre la Reconversión del Pequeño Comercio. Numerosas conferencias para los comerciantes del Casco Viejo (Bilbao), Vitoria, Getxo, Basauri, Portugalete, Sestao, Barakaldo..... Copartícipe del Informe sobre la Nueva Area Ferial (NAF) de Ordizia (1.996) Informe sobre la Viabilidad de la creación de una cadena de Comercios especializados en productos alimenticios vascos de calidad. Ha participado, como Asesor o como Consejero independiente en diversos Consejos de Administración.

Sang Lorrain

A finales del siglo XIX, un misionero francés destinado en China, le Pére Delavay consiguió enviar a París unas preciosas semillas de una planta que crecía en las estribaciones del Himalaya por encima de los 3.000 metros. Resultó ser una peonía a la que se le le dio el justo  nombre de P. Delavayii y con la que se han conseguido numerosos híbridos; uno de los más famosos es esta peonía patriótica (era antes de la I Guerra Mundial)  llamada Sang Lorrain.

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INFORME DE COYUNTURA. Primer trimestre 2018

  • Los datos recientes de la economía española difícilmente pueden mejores. Por tercer año consecutivo, el crecimiento del PIB se mantiene en torno al 3% y la creación de empleo rebasa el medio millón sin que aparezca en el horizonte amenaza alguna en forma de estrangulamiento externo (balanza de pagos) ni inflación diferencial con Europa, tan habituales en estos casos. ¿Quiere ello decir que nuestro potencial de crecimiento a largo plazo  es similar al que hemos alcanzado en estos últimos años? Para nada. Este crecimiento es el resultado de un conjunto de circunstancias afortunadas que nada tienen que ver  con la mejora de la competitividad, un cambio sustancial en el modelo de crecimiento, o la evolución de las empresas, aunque la crisis haya supuesto una selección de las mismas y una mayor preocupación por los mercados exteriores.
  • La economía que ha salido de la crisis es sustancialmente la misma de antes, con todas sus limitaciones: tamaño de las empresas, muy pequeño; mercado de trabajo, sin capacidad de ajuste; endeudamiento, excesivo, que se ha reducido menos de lo que parece (buena parte de esa reducción se debe a la desaparición de empresas), escasa innovación y ninguna mejora de la productividad. Pero ha surgido una oportunidad magnífica y las empresas la han aprovechado en cuanto el petróleo se abarató, el euro se devaluó, y los tipos de interés, lo más importante y significativo de todo tratándose de un país endeudado hasta las cejas, se volvieron simbólicos gracias al BCE.
  • Toda la política económica implementada por España no vale ni una décima parte de lo que han supuesto los factores antes citados, especialmente el último de ellos, que nos han sacado, al menos temporalmente, de una segura insolvencia como país, lo que nos hubiera obligado a salir del euro. De hecho, toda la estrategia implementada por el BCE perseguía el objetivo de impedir que esta amenaza se materializara. Pero la espada de Damocles, la Deuda, sigue ahí y la economía española se va a enterar de ello en cuanto los tipos de interés comiencen a subir. Hemos agotado casi todas las posibilidades de seguir aumentando el endeudamiento, por lo menos el externo, y nos espera la tarea mucho menos glamurosa de devolver en lugar de recibir, algo a lo que no estamos acostumbrados.

1. Lo curioso es que, conforme pasa el tiempo, que el Gobierno piensa que es ilimitado, sin que se produzcan las reformas que podrían dar un sesgo nuevo a la situación, adormecidos por unos datos que no reflejan otra cosa sino que la capacidad productiva, que la crisis dejó de utilizar (recuérdese que el índice de producción industrial cayó casi a la mitad), ha vuelto a ser empleada, más evidente resulta que nuestro potencial de crecimiento es discretísimo. De hecho, a pesar de que los salarios crecen muy poco, la economía española ha comenzado a perder competitividad de nuevo, y es que la productividad está estancada. La actividad actual es simplemente fruto de un fenomenal dopaje financiero.

Por si fuera poco, los problemas de fondo, de solución muy problemática si es que tienen alguna, siguen ahí, en parte como consecuencia última de la crisis (solvencia bancaria), en parte como resultado de un optimismo existencial que se aplica sobre todo a las prestaciones y tamaño del sector público, claramente desproporcionado, propio de un país de demostrado talento para repartir, sobre todo si es lo de los demás, y una mucha menor habilidad para producir. En cualquier caso, la sociedad, especialmente sus representantes legítimos, los políticos, esperan solucionarlos dejando que pase el tiempo y se mantenga un crecimiento económico que son los primeros en debilitar.

Aunque hayamos dejado atrás la crisis, sus consecuencias están lejos de haber sido superadas. Pensemos, por ejemplo, que sólo en 2017 se volvió a alcanzar el PIB previo a la crisis correspondiente a 2008. Pero todavía estamos lejos de haber recuperado los niveles de empleo, hoy por hoy dos millones largos menos que los que había en 2008, nivel que en el mejor de los casos sólo se volverá a alcanzar en 2022/23, suponiendo que antes de esa fecha no volvamos  a tener otra crisis. Pero, finalmente, lo que da un vuelco total a la situación es el hecho de que nuestra deuda pública, situada en 2008 en el 36% del PIB, se sitúa ahora en los aledaños del 98%. Una vuelta a la situación anterior se adivina imposible.

2. Antes de la crisis, España pudo obtener cuantos recursos exteriores necesitó gracias a que estaba poco endeudada y formaba parte de la zona euro, lo que para muchos suponía todo un aval. Como tal sólo ha funcionado a medias: no ha evitado el desastre pero sí nos ha ayudado a resistir gracias a un rescate que la Comisión Europea y el BCE prácticamente impusieron al Gobierno español del PP, al parecer ajeno a las dificultades por las que estaba atravesando la banca española, y a la desconfianza generalizada de los mercados financieros hacia un país que parecía no darse cuenta del tremendo embrollo en que se había metido gracias a la burbuja financiera.

El BCE nos ha tenido en la UCI durante todos estos años en los que ha evitado que muchos bancos españoles, prácticamente todos, cayeran en la insolvencia y la liquidación. El caso del Popular no es la excepción sino la regla; la única diferencia ha consistido en que sus gestores parecían no darse cuenta de que el tiempo se les estaba agotando. Pero, según el siguiente gráfico, se puede observar que la situación actual de la Banca española, diez años después del estallido de la crisis, sigue siendo preocupante. En el mayor banco de España, el Santander, el peso de morosos y activos inmobiliarios supone cerca del 20% del total, un porcentaje descomunal, como lo son, aunque no tanto, esos mismos porcentajes en el BBVA y Sabadell, lo que quiere decir que el sistema bancario español está todavía asimilando el impacto de la crisis.

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La banca ha seguido una estrategia lógica ante un problema imposible de afrontar a corto y medio plazo: refinanciar parte de los créditos, o hacer ver que todavía están vivos, estrategia muy habitual con los del sector inmobiliario; hacer un uso máximo de las facilidades crediticias del BCE; liquidar toda suerte de participaciones y empresas, incluidas las llamadas “joyas de la familia”, y, cuando no había más remedio, vender, a “fondos buitres” mayoritariamente, pisos y urbanizaciones, aunque eso supusiese aflorar enormes pérdidas que, en conjunto y para la totalidad del sistema financiero, no habrán bajado de los 300.000 millones de euros.

No es de extrañar que, a pesar de cerrar 12.000 oficinas y despedir a más de 70.000 empleados, los beneficios de la banca sean ahora menos de la mitad de los que obtenía antes de la crisis. Otro ejemplo de cómo estamos lejos de haber “digerido” la crisis.

3. Como tampoco ha sido resuelta la crisis fiscal y del sistema de pensiones. En este sentido Moody´s es rotundo: “España ha fracasado en sus metas fiscales”. El rating español sigue estando muy lejos de la triple A que disfrutó hasta 2009 y se sitúa a dos pasos del bono basura debido a que el peso de la deuda es casi cuarenta puntos porcentuales mayor que en 2010, una deuda doblemente problemática dado que España tiene una deuda pública muy alta y una deuda externa de las más altas del mundo. Según AiREF, España incumplirá las reglas fiscales de la Unión Monetaria, que establece que la deuda pública no debe sobrepasar el 60% del PIB, por lo menos hasta 2035, con quince de retraso respecto de lo que dicta la normativa.

La actuación del Gobierno en este sentido es prácticamente nula, carece de un plan fiscal a medio y largo plazo y su política de adoptar medidas en función de los distintos episodios electorales impide que actúe de manera contundente. Un buen ejemplo de ello es la falta de planteamientos concretos en relación a la deuda acumulada por las Autonomías con la Administración Central durante la crisis, no menos de 233.000 millones de euros, y que la mayor parte de las Comunidades Autónomas consideran imposible de afrontar, a pesar de que buena parte de la misma se concedió a interés cero y sin programa de amortización.

No pasa nada mientras el BCE suelte liquidez a manos llenas y compre bonos y deuda en cantidades exorbitantes (cerca de cuatro billones de euros hasta ahora). Todo el mundo, salvo los alemanes, aspira a que esta política se mantenga el mayor tiempo posible, a pesar de sus consecuencias negativas en la formación de posibles burbujas. De hecho, no se esperan cambios sensibles en materia de tipos a pesar de que el ritmo de compras se ha reducido sustancialmente y de que Estados Unidos ha dado por terminada su política de quantitative easing. Pero lo que es claro es que estas políticas no se pueden mantener eternamente, sobre todo cuando su justificación esencial (alejar la amenaza de una depresión duradera y reanimar la inflación) ya se ha conseguido, por lo menos en parte, lo que quiere decir que, a partir de este momento, “los gobiernos serán responsables de sus deudas”, y España figura entre los países más endeudados de Europa, lo que ya es decir.

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Entre otras cosas, esa Deuda significa que la subida de un solo punto de los tipos de interés supone un incremento de 12.000 millones en el pago de intereses, cuando estamos todavía muy lejos de haber resuelto el problema del déficit fiscal, que no se ha cumplido siquiera en 2017, al final el déficit se ha ido hasta el 3,2%, con todas las circunstancias a nuestro favor, y a pesar de todas las trampas contables que Montoro viene introduciendo en las cuentas públicas ante la mirada impasible de una Comisión Europea que debe tener tantos problemas por todo el continente como para que España le parezca un modelo de austeridad. Como Alemania consiga sustituir como presidente del BCE el año que viene a Draghi por Jens Weidmann,  que ese sí es un verdadero halcón, España, y muchos otros países, se van a enterar de qué es esa entelequia llamada equilibrio presupuestario.

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Fuente El País

Lo peor no es haber tardado ocho años (de 2009 a 2017) en reducir el déficit desde un 11% del PIB al 3%. Lo peor es que parece que eso es lo máximo que el Gobierno es capaz de conseguir en las mejores condiciones posibles, con unos tipos de interés simbólicos (actualmente España paga por su deuda pública tipos de interés inferiores a los de Estados Unidos), habiendo caído los pagos por desempleo prácticamente a la mitad, y con incrementos de la recaudación fiscal como no se conseguían desde antes de la crisis, (en el País Vasco, los Ingresos han crecido un 12%, como antes de la crisis).

Es como para preguntar, ¿si ahora no se equilibra el Presupuesto, cuando se va a hacer? La política de trasladar hacia el futuro el peso del ajuste del sector público resulta escandaloso, y no hace otra cosa que alimentar una Deuda pública que ha adquirido un peso tal como para haberse convertido en la principal espada de Damocles de la siguiente generación.

4. Ajenos por completo a esa preocupación, los pensionistas se manifiestan en todas las capitales para pedir que sus pagas vuelvan a crecer con la inflación. Qué menos. Ignorando que ha sido el único grupo social que mantuvo su capacidad adquisitiva durante la crisis, junto con los funcionarios, indiferentes al hecho de que ni siquiera los que cotizaron durante cuarenta años, y la gran mayoría no lo hicieron, se ganaron las pensiones de que gozan y durante el tiempo en que las disfrutan, sabedores de que el déficit se ha disparado a los 19.000 millones, sospechando que esta trayectoria no va a mejorar porque en los próximos años por cada puesto de trabajo que se cree aparecerán dos pensionistas más; conscientes de que la pirámide demográfica española es una pesadilla, propia de una sociedad envejecida con una de las tasas de natalidad más bajas del mundo (en eso sólo nos ganan los japoneses); indiferentes al hecho de que el sistema les ha tratado con una generosidad excesiva dado que el coeficiente de sustitución rebasa el 80% cuando la media europea no pasa del 50%, los jubilados españoles ejemplifican a la perfección la postura existencial de aquel rey francés que antes de morir exclamó aquello de “Aprés moi, le deluge”. En un español menos elegante y más rural hubiera dicho algo parecido: “El que venga detrás, que arree”.

Todo un ejercicio de indiferencia hacia las próximas generaciones. Estos abuelos que divorcian su amor hacia los nietos de su obligación de no dejar este mundo en peores condiciones de cómo lo encontraron, proclaman que quieren más, aquí y ahora. Teniendo en cuenta que entre Pensiones y Salud nos gastamos unos 210.000 millones de euros, casi la mitad del Presupuesto del Estado (440.000 millones), los trabajadores en activo dedican cada año en forma de cotizaciones e impuestos no menos de tres meses de su trabajo en mantener dichas prestaciones, sólo cabe preguntar a los indignados manifestantes: ¿Cuántos meses más quieres que trabajen para ti esos trabajadores, tú que hiciste huelgas por los cinco minutos del bocadillo?. Una pregunta necesaria cuando se sabe que, en relación a la renta media del conjunto de la población, quienes tienen entre 66 y 75 años no están nada mal en términos comparativos

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Fuente El País

El hecho de que en este apartado estemos en compañía de países como Francia, Italia, Portugal o Grecia dice mucho acerca de las preferencias electivas de los países mediterráneos: a favor de los viejos y el pasado y contra los jóvenes y el futuro.

La guerra de las pensiones, cuyo único argumento es el electoral—nuestros diez millones de votos y los de nuestras familias—sirve también a un fin: distraer la atención sobre el hecho incontrovertible de que los verdaderos agraviados son los jóvenes. Como dice un informe, los jóvenes son en realidad el colectivo con mayores posibilidades de situarse por debajo del umbral de pobreza económica. Sólo uno de cada cinco jóvenes entre 15 y 30 años consigue irse de la casa de sus padres. Esa es la venganza refinada de los jóvenes hacia sus mayores: no emanciparse.

5. El español medio cultiva una suerte de masoquismo pensando que su suerte como país, especialmente su historia económica, ha sido particularmente desgraciada. Algunos tendrán mucha razón; son los que tuvieron que emigrar, no recibieron educación alguna, ocuparon los trabajos más humildes o se vieron incursos en planes de reestructuración. Pero como economía en su conjunto, a partir sobre todo de los años sesenta del pasado siglo, los españoles han sido bendecidos por un continuo maná que les ha permitido salir de la miseria a que les había llevado la guerra civil y el franquismo y construir una economía más modesta de lo que creemos pero que no tiene nada que ver con la del pasado.

Entre esas variables ese encuentra ante todo y sobre todo el turismo y la inversión extranjera que protagonizaron el primer desarrollismo y siguieron creciendo después de nuestra entrada tardía en la Europa comunitaria. A ello se sumaron después de 1986 los fondos estructurales, que pasan desapercibidos pero llegaron a suponer hasta un 1% del PIB. Cuando todos esos recursos fueron insuficientes para financiar un crecimiento descontrolado y especulativo, una vez dentro de este siglo, nos convertimos en uno de los países más endeudados del mundo.

De esta trayectoria podemos extraer una conclusión fundamental, y es que es irrepetible. En parte porque las inversiones exteriores y los fondos estructurales han dejado de ser lo que fueron pero fundamentalmente porque ya no va a ser posible endeudarnos más de lo que ya lo  estamos. Es más, todo apunta a que, por presiones externas fundamentalmente, los de los mercados financieros, (esos rating de las agencias de calificación tan cerca del bono basura) vamos a tener que dedicar parte de los recursos que generemos a amortizar esa deuda, un problema que hasta ahora ha sido afrontado por el BCE que, de esta manera, parecía compensar el error temerario de haber dejado que entráramos en el euro.

Esto supone un cambio radical en nuestras percepciones, cambio del que apenas somos conscientes pero que se presentará ante nosotros en toda su entidad en cuanto los tipos de interés empiecen a subir de nuevo, cosa que va a ocurrir inevitablemente pero no muy pronto. Hasta entonces, sigamos pidiendo más.

 

INFORME DE COYUNTURA. Cuarto trimestre 2017

  • Nos aproximamos a una nueva etapa económica en la medida en que el BCE comienza a retirar el andamiaje monetario que ha sostenido la economía europea durante una crisis interminable. Sin esa política las cosas podían haber sido peores, mucho peores, especialmente para países con graves problemas a la hora de afrontar situaciones difíciles, esas que requieren grandes dosis de iniciativa y consenso. Es el caso de España, un estado perfectamente incapaz de enfrentarse a un contexto semejante por sus propios medios después de haber alimentado una burbuja inmobiliaria que hizo de esta crisis un proceso diferenciado y más dañino. Después de Grecia es el país que peor lo ha pasado de toda Europa lo que representa un fracaso en toda regla de un estado decididamente disfuncional en más de un sentido. Deberíamos ser más conscientes de que si hemos sobrevivido a duras penas ha sido gracias al BCE. Por ello resulta importante el giro que el BCE va a imprimir a su política monetaria.
  • Los vientos de cola empiezan a dejar de ser lo que eran, y las previsiones de crecimiento en 2018 son sensibles a dichos cambios. De todas maneras, la inflexión va a ser tan gradual, sobre todo en materia monetaria y de tipos de interés, que apenas nos vamos a dar cuenta de su impacto. El próximo ejercicio se inscribe por tanto en una línea de continuidad. La única sombra posible reside en el tema catalán, sobre todo si el independentismo sale reforzado de las próximas elecciones y las incertidumbres se mantienen. Si la economía europea prolonga su recuperación, no hay razones para pensar que nuestros ritmos de crecimiento no vayan a seguir siendo muy altos, ahora apoyados en el sector exterior, aunque las Exportaciones no evolucionan todo lo positivamente que desearíamos. En cualquier caso, el gasto público debería contenerse, y el déficit público desaparecer,  lo que es poco probable que suceda dada la incontenible inclinación de la clase política por proporcionar más y mejores  servicios a la ciudadanía, algunos de los cuales, como el tren de alta velocidad,  no necesitamos en absoluto.
  • Que una economía como la española, que en conjunto ha demostrado debilidad competitiva y limitado talento para la innovación, sea capaz de sostener un Estado de estas dimensiones y a una clase política con semejante creatividad, desborda los límites de la razón, las fronteras de la ciencia económica, y la imaginación más desatada, para entrar de lleno en el terreno de la Providencia milagrera.

1. Imitando el ejemplo norteamericano, el BCE bajo el mando del signore Draghi, ha inundado la economía europea de liquidez y ha bajado los tipos de interés a sus mínimos históricos, consciente de que, sin una actuación decidida en este sentido, el precario y escasamente previsor orden que había establecido el euro se vendría abajo. Ni política fiscal, y mucho menos keynesianismo, ni devaluaciones competitivas, ni nacionalizaciones, y menos bancos de los que deberían haber sido intervenidos: sólo política monetaria, un mar de liquidez, más la decisión política de hacer lo necesario para salvar el euro, advirtiendo de paso a los especuladores de que llegaría todo lo lejos que fuera necesario, y sería suficiente. El volumen de recursos inyectado en el sistema mediante la compra de bonos y deuda, tanto privada como pública, ha alcanzado el 40% del PIB de la zona euro; en USA sólo llegaron al 23%. Unas cifras inimaginables antes de la crisis pero que se derivan de la única enseñanza práctica que dejó la crisis de 1929. Después de décadas de liberalismo ejemplarizante—que cada palo aguante su vela—una intervención pública de una entidad como no se recuerda otra.

Pero la estrategia aplicada no podía durar indefinidamente, en parte porque existen dudas sobre sus consecuencias a largo plazo (no hay experiencias previas), y en parte porque los Estados Unidos, que fueron los primeros en tomar la iniciativa en este sentido, y tienen el copyright de la misma, ya habían iniciado su desmantelamiento. El FED dejó de comprar deuda en 2014, y este año ha empezado a reducir su balance. En dos años el precio del dinero ha subido cuatro veces mientras en la zona euro los tipos oficiales siguen en el 0% y es probable que no se  produzca cambio alguno en este sentido antes de 2019.

Con el desmantelamiento de la política monetaria surge la pregunta obligada: ¿será capaz  la economía europea, a la que ha costado tanto salir de su estancamiento,  seguir creciendo en un escenario monetario más “normal”? ¿Tenemos una economía capaz de sostenerse por sí misma? Nos jugamos mucho en la respuesta porque somos conscientes, por una parte, de la fragilidad de nuestro entramado económico, y por otra, de que, por razones políticas principalmente, Europa no soportaría una nueva caída en la recesión. Estamos, por tanto, ante un proceso cuyas raíces son económicas—el temor a que la política de tipos alimente nuevas burbujas—pero cuyos techos son políticos, porque las élites nacionales no se pueden permitir una recaída en la crisis.

Las tensiones políticas que se han producido en Grecia, España, Italia e incluso en Francia, ante la caída del empleo y la inviabilidad de buena parte del estado de bienestar, pensiones principalmente, convierten esa posibilidad en algo intolerable. Todo el mundo sabe que buena parte del tejido económico ha sobrevivido gracias a unos tipos de interés simbólicos dado que sus capitales y reservas, supuestamente positivos, no pasan de ser un mero apunte contable, evidente en buena parte del sistema bancario de Alemania (sí, Alemania), Italia y España. Con un coste de financiación “normal”, buena parte de ese tejido zombie no hubiera podido sobrevivir. Por esta razón, las montañas de liquidez virtual apenas se han traducido en inversiones productivas, salvo las insensatas del tren de alta velocidad y otros ejercicios de distracción, y se han dedicado a reducir endeudamiento o acaparar tesorería. Para colmo, los Bancos han tenido que hacerse cargo de buena parte de la deuda pública emitida por los Estados siguiendo un mecanismo que en circunstancias normales hubiéramos considerado inaceptable: tú me rescatas y yo compro tu deuda. Un auténtico contubernio.

En cualquier caso, estamos obligados a salir definitivamente-esperemos–de un período dominado por un temor, el estancamiento secular, y por la aplicación de una política monetaria de enormes proporciones, que definen un contexto excepcional que se intenta dejar atrás en pos de una economía normalizada y menos amparada. El BCE nos ha salvado pero ya es hora de que cada país se haga cargo de su suerte de acuerdo con su capacidad y talento. Lo mismo va a ocurrir con las empresas y los bancos, muchos de los cuales (Siemens, Opel, bancos españoles como el Popular, e italianos, por poner ejemplos del día a día) siguen destruyendo empleo y reestructurándose en la mayor reorganización del sistema que se haya producido nunca. Hay que pasar de la intervención, que nadie dude que España ha sido rescatada e intervenida aunque se hayan cuidado las formas, a la tutela, que ya es mucho, y de una facilidad crediticia gratuita y universal a una financiación más costosa y selectiva.

Hay que dar tiempo a los gobiernos y las empresas para que se adapten al nuevo escenario dando por supuesto que los tipos de interés seguirán siendo muy bajos durante un tiempo, entre otras razones porque la liquidez mundial es superabundante. Sería deseable que los agentes económicos aprovechen este tiempo para hacer las reformas necesarias, algo que en el caso español resulta impensable. El sistema político español sale de la crisis con su prestigio por los suelos (lo ocurrido en Cataluña sería inimaginable en otras circunstancias), configurándose como una organización incapaz de asumir sus responsabilidades y tomar medidas salvo siguiendo estrictamente las instrucciones, las dos cartas de 2011 y 2013 remitidas a Zapatero y Rajoy respectivamente, de una Europa escandalizada por su falta de sentido de la urgencia.

El caso del Banco de España, del que nunca hubiéramos esperado una pasividad semejante, es buen ejemplo de ello. La misma entidad que a principios de los ochenta asumió con determinación la resolución de una crisis bancaria que afectó a más de sesenta bancos (todo el grupo Rumasa, Banca Catalana, etc) y que resolvió sin despeinarse, y sin pedir permiso, ha sido ahora incapaz de asumir sus responsabilidades. Resulta curioso que treinta años después no pudieran repetir el experimento demostrando así algo que ya se venía sospechando, y es que, a partir de los noventa, la Administración española ha evolucionado a peor.

2. Todo el mundo está convencido de que hemos salido de la crisis. No deja de ser una afirmación relativa. En primer lugar, porque hemos tardado diez años en volver a alcanzar el PIB de 2008 con todo lo que eso supone de pérdida de capacidad para reconstruir un futuro prometedor. Nos hemos dejado muchos pelos en la gatera en forma de desindustrialización, que ya sólo supone el 13% del PIB en España y 19% en el País Vasco; hemos destruido buena parte del sistema bancario, cuyas pérdidas, no menos de 300.000 millones de euros, condicionarán su protagonismo para siempre; el sistema de pensiones ha dejado de ser viable y el sostenimiento del Estado, autonomías incluidas, ha vuelto a ser problemático, como demuestra el hecho de que no se haya respetado el objetivo de déficit en ningún ejercicio, ni siquiera con una prima de riesgo de poco más de cien puntos. Pero es que, además, tardaremos no menos de quince años, por lo menos hasta 2022, en volver a los niveles de empleo de 2008, en torno a 21 millones de ocupados.

Pero el legado de la crisis más duradero será el de la Deuda Pública, hasta el punto de que resulta una utopía pensar en volver a los niveles de 2008, un 36% del PIB, un hecho que condicionará el despliegue de la Administración en cuanto los costes de financiación vuelvan a ser normales. Nos hemos vuelto una economía vulnerable y dependiente,  precisamente ahora que con la salida de Gran Bretaña las prioridades de gasto europeas se van a  volver mucho más rigurosas. España podría perder la totalidad de las ayudas, hipótesis más pesimista, o buena parte de las mismas, salvo para comunidades como Andalucía y Extremadura.

Como ha demostrado la misma salida de la crisis, la dependencia española de instancias europeas es absoluta. Incluso para afrontar el problema catalán, cuyo desafío se ha venido abajo en cuanto se ha comprobado que Europa no arroparía una Cataluña independiente. Una dependencia que se extiende a casi todo, desde la política económica (en caso de una recaída en la recesión España carece de herramientas para afrontarla), hasta la política de reformas, laborales y presupuestarias sobre todo, que la clase política española se niega a abordar si no es bajo presión de la Comisión Europea, presión que hasta ahora Rajoy ha sabido eludir con su desfachatez característica.

Rajoy reúne todas las características del político que practica y siente eso de “después de mí, el diluvio”, a pesar de que su estrategia de dejar pasar el tiempo tiene un coste nada desdeñable de cara al futuro. Ni siquiera el hecho de que hayamos atravesado la peor crisis de la historia económica de España, solo comparable a la que se produjo en la posguerra, por lo menos en cuanto a duración (sólo en 1957 se volvió a alcanzar la renta per cápita de 1935), ha obligado a los políticos a poner manos a la obra en materia de reformas, convirtiendo su inacción en un problema de deuda y dependencia exterior monumental.

España ha salido de la recesión gracias al BCE, que es quien ha provocado la bajada de tipos de interés y de la prima de riesgo, desde más de seiscientos a puntos a algo más de cien, tomado la iniciativa del rescate bancario, y devaluado el euro. Si a eso sumamos la caída del precio del petróleo tenemos las condiciones que han hecho posible que España haya escapado de la pesadilla. Rajoy sólo aportó la nota negativa de la subida de impuestos y unos recortes mínimos, que sólo una sociedad como la española, que prefiere ignorar ciertos temas desagradables, considera exagerados. La prueba de que no lo eran la tenemos en la escalada de la Deuda pública que se ha incrementado en este tiempo en más de 800.000 millones, en el más puro estilo socialdemócrata al que tan afecto es el PP como el PSOE.

Las cosas evolucionarán a partir de ahora de manera menos positiva. Ya hemos hablado de los tipos de interés, aunque los mismos difícilmente se moverán antes de 2019, lo que nos concede un buen margen de gracia para poner la casa en orden. La cotización del euro respecto del dólar ha vuelto a subir, 1,17, aunque todavía se encuentra muy lejos de lo alcanzado antes de la crisis, 1,47. Tampoco supone una gran amenaza. Algo peor está evolucionando el precio del barril de petróleo que ha duplicado su precio en menos de un año, de 30 dólares a 62 en estos momentos. Todavía muy lejos de los 144 dólares a los que llegó en su día. Todo ello quiere decir que los impulsos exteriores están dejando de serlo pero no ponen en riesgo un proceso de recuperación que tiene una gran inercia. Como la economía europea es propicia, el proceso podría seguir siendo impulsado básicamente por la demanda externa, y no por el gasto público, como ha ocurrido hasta ahora.

Por tanto, la situación parece estable, y eso que no hay duda de que nos encontramos ante un punto de inflexión aunque, a diferencia de otras coyunturas similares, se dan los supuestos necesarios para que esa inflexión sea muy gradual y la continuidad esté garantizada. Ni siquiera una variable que suele aparecer como problemática en estas situaciones, la balanza de pagos, es motivo de preocupación. Sigue arrojando un superávit espectacular a pesar de la fuerza con que pulsan las Importaciones pero los pagos por intereses de la inmensa deuda externa se han reducido a la mitad.

El consenso de analistas estima un crecimiento del PIB para 2018 del orden del 2,6%, medio punto menos que en 2017, todavía excelente (la zona euro no pasará de un 2,1% de media), sobre todo porque se puede conseguir respetando los equilibrios fundamentales en cuanto a inflación, que sigue por debajo del 2%, y balanza de pagos. Se cree que el petróleo podría estabilizar su precio en torno a 50 dólares el barril. Sólo el déficit público se niega a entrar en la normalidad, y es que el apoyo comunitario y del BCE sobre unos de los eslabones más débiles de la cadena del euro en lugar de ser aprovechado por España para hacer las reformas pertinentes ha proporcionado la excusa perfecta para no hacerlas. De la miopía de los políticos españoles es buen ejemplo la anécdota de las últimas elecciones generales cuando un político del PP replicaba a la demanda de mayor control de gasto por parte de un responsable comunitario: “¿No querrán ustedes que perdamos las elecciones?”.

A pesar de que vivimos tutelados y vigilados por las instancias europeas, que reclaman más reformas y más moderación en el gasto público, el Gobierno no parece en condiciones de respetar el objetivo de déficit para este año (3%) y el que viene (2,2% del PIB), y eso que se han dado las condiciones más favorables para hacerlo pero es que la clase política ignora las más elementales reglas de la prudencia, a pesar de que su endeudamiento es escandaloso.

Junto con el déficit, que no es otra cosa que un reflejo de la incapacidad de la Administración para ponerse al día, la mayor debilidad de la economía española reside en la productividad, o la falta de la misma. Crecemos pero como el patrón de dicho crecimiento es el mismo de antes de la crisis, ese crecimiento sólo se consigue con un aumento del empleo equivalente lo que demuestra que no evolucionamos, o muy poco, que nos centramos en sectores que crean mucho empleo pero de baja calidad, y tenemos grandes dificultades para desarrollar los que podrían proporcionar un cambio estructural y empleo más cualificado. Una incapacidad que obedece al fracaso del sistema educativo, tanto universitario como profesional, a la escasez de grandes empresas tractoras, al envejecimiento de nuestra sociedad, a la dudosa utilidad práctica de muchas inversiones en I+D, al abuso de contratos temporales sin curva de experiencia, etc. Son las consecuencias de una crisis mal resuelta que nos ha llevado a vivir al día, algo que se antoja insuficiente de cara al futuro.

Lo ocurrido desde 2008 tiene consecuencias que desbordan la simple afirmación de que hemos salido de la crisis. Pero lo que sale, tanto a nivel europeo como español o vasco, es una economía de tono menor y corto recorrido, a la que han amputado buena parte de sus alas. Si a eso sumamos el funcionamiento  de la Administración, de toda la Administración incluyendo la autonómica, no hay motivos para confiar en una recuperación estable y duradera, sobre todo si los tipos de interés suben. Mientras la economía privada perdía cuatro millones de empleos, la Administración mantenía intactas sus plantillas; mientras la economía privada reducía su exposición al endeudamiento, el Estado lo aumentaba exponencialmente; mientras la banca abordaba un proceso durísimo de ajuste, la Administración lo ignoraba; mientras el sector privado reducía empleo y bajaba salarios, aunque fueran los de los temporales, el sector público los aumentaba hasta el punto de que la diferencia entre ambos es ahora de un 55%, sin mencionar condiciones de trabajo y niveles de productividad. El sector público no es capaz de reformarse, y ahí está el caso paradigmático de una administración de Justicia incapaz de entrar en la informática.

El Estado ha violado una regla básica, la de que no se puede ser juez y parte, puesto que todos los Gobiernos, el del País Vasco el primero, y el 80% de la clase política está formado por empleados públicos, lo que les vuelve incapaces de reformar la propia administración, que ha llegado a niveles grotescos en su dimensión, como es el caso las Universidades que han crecido en función de las necesidades de los propios enseñantes y no de las demandas reales de la población: somos el país con mayor número de titulados en trabajos que no los necesitan. Por no mencionar la lista interminable de inversiones públicas sin sentido, empezando por el tren de alta velocidad. No es de extrañar que Fomento, o cualquier otro ministerio, desdeñe hacer estudios de rentabilidad previos ya que ello cercenaría su omnímoda libertad para abordar los proyectos que se le ocurren al político de turno, aunque los mismos sólo sirvan para financiar la maquinaria de su partido. Aunque hablar de corrupción es mencionar una causa perdida de antemano, sin remedio ni solución alguna.

El estado previsor y de servicios es lo más parecido a la iglesia de antaño, aquella que reclamaba que pusiéramos nuestras vidas en manos del Señor. Con resultados prácticos similares.

La Ría

No hace mucho recorrí la Ría de Bilbao a bordo de uno de esos barcos turísticos que se ofrecen a todo tipo de ociosos paseantes, algo que recomiendo a todo el mundo como viaje arqueológico y nostálgico por lo que fue en un día ya lejano un emporio industrial de primer orden. Al pasar por Sestao pude ver con la necesaria aprensión alguno de esos buques complicados y novedosos que ocupan la nueva actividad de La Naval.

Digo aprensión porque no hace falta ser muy inteligente para presumir a ojeo las enormes pérdidas que cada uno de aquellos barcos estaría ocasionando a la renacida empresa. Si antes no fueron capaces de salir adelante construyendo barcos convencionales, mucho menos lo conseguirían construyendo artefactos que están muy por encima de sus reales capacidades. No olvidemos que se trata de una empresa que fue pública en su momento. Me resulta inexplicable que la iniciativa privada haya podido creer siquiera por un momento que su relanzamiento, y más con tales estrategias, podía ser viable.

Es un ejemplo más de la sobrevaloración sistemática que este país, y sobre todo Bilbao, hace de sus capacidades reales. Como ha dicho alguien, hablamos de la cuarta generación tecnológica cuando muchos no han salido de la primera. Mientras, el Gobierno Vasco, que apenas se mancha las manos,–ofrece poner un 5% del capital lo que equivale a un óbolo de ayuda–, habla de que la economía industrial vasca debería pasar de un modelo basado en la eficiencia a otro basado en la innovación. ¡Qué ilusión!.

En los toros y en la vida existe un principio: el que no es capaz de hacer lo fácil tampoco hará lo complicado. Por favor, un poco de humildad.

INFORME DE COYUNTURA. Tercer trimestre 2017

  • La coyuntura sigue su curso, inmune de momento a adversidades tales como el conflicto catalán, que tiene que haber interrumpido numerosos planes de inversión, y a un muy gradual empeoramiento de las facilidades exteriores que nos han permitido volver a crecer, aunque ello solo haya servido para volver al punto de partida de 2008 tras un paréntesis de diez años. Lo esencial es que, de momento, el apoyo del BCE se mantiene lo que ha permitido abaratar el coste de una deuda inmensa que soportan familias y empresas, deuda que se ha reducido pero que sigue siendo una espada de Damocles. Es verdad que han vuelto a aparecer los números rojos en la balanza de pagos, a pesar de que las Exportaciones han aumentado un 8%, pero creciendo a ritmos como los actuales no cabía esperar otra cosa. Mucho peor y más grave son las dificultades que las administraciones públicas encuentran para reducir el déficit público, que volverá estar por encima del 3%, a pesar del esfuerzo de los ciudadanos por pagar más impuestos y aumentar la recaudación en cerca del 9%. A destacar el encarecimiento del petróleo, un 30% en el último trimestre, otra vez en 60 dólares el barril.
  • La preocupación sobre el futuro gira en torno a dos problemas. Por una parte, la incapacidad de los españoles para entender lo que representa un Estado sobredimensionado al que suponen sin ningún fundamento capaz de dar de sí ilimitadamente, hasta el punto de que el juicio de la opinión pública gira siempre en torno a unos recortes que en realidad han sido mínimos,– tenemos uno de los Gobiernos que menos ha hecho por ajustar sus niveles de gasto–, sobre todo si tenemos en cuenta que durante la crisis el PIB cayó casi diez puntos. Ese ha sido el caso de las pensiones cuyo recorte resulta insoslayable (sólo el déficit vasco en materia de pensiones ya ha rebasado los 3.000 millones) y que ha sido objeto de una reforma simbólica. La otra preocupación gira en torno a la incapacidad del tejido económico para alterar un modelo de crecimiento dominado por la falta innovación, y un mercado de trabajo disfuncional e injusto, basado en la explotación de unos trabajadores temporales a los que se ofrece salarios cada vez más bajos.
  • Hasta la crisis, vivimos la sensación de que íbamos a más, sensación que el innato optimismo nacional intenta mantener ahora, por lo menos en parte, después de todo lo que ha ocurrido. Los historiadores suelen repetir esa muletilla de que nada volverá a ser igual. Para la economía española, y para su Administración y gasto público, hay un antes y un después de la Gran Crisis, a pesar de que los políticos serán los últimos en admitirlo. Así que nos dedicamos a vivir del presente y rehuimos enfrentarnos con el futuro.

1. Aunque el ciclo económico podría ser considerado como maduro en otras circunstancias, todavía proporciona ritmos de crecimiento extraordinariamente altos, superiores al 3% en términos reales, lo que está muy por encima de lo que pudiéramos considerar su potencial de crecimiento a largo plazo. En parte ello es debido a la movilización de parte de las capacidades productivas que estaban sin utilizar, muy evidente en el caso de la construcción residencial, que ha podido activar parte de las enormes reservas de suelo y obras en marcha cuyo empleo fue interrumpido por el estallido de la burbuja inmobiliaria.

A ello debemos sumar la extraordinaria aportación de la política monetaria del BCE. Solo el ahorro de intereses que se ha producido, superior a los 90.000 millones, ha permitido levantar cabeza a empresas y familias agobiadas por niveles de endeudamiento absolutamente desmedidos. No está de más recordar que los españoles perdieron la cabeza en una euforia insensata que les hizo creer que la economía crecería indefinidamente y que los pisos seguirían revalorizándose aunque se construyeran más de 800.000 viviendas al año cuando tradicionalmente nunca se había rebasado las 300.000 en un ejercicio normal.

Si a ello añadimos el efecto positivo de lo que se ha dado en llamar vientos de cola, la recuperación estaba garantizada por factores exógenos aunque el Gobierno prefiriera apuntársela a sus buenos oficios. La única tarea asignada a nuestra Administración, la de reducir el déficit a niveles manejables e impedir una escalada monstruosa de la Deuda Publica (1,14 billones o el 100% del PIB), ha devenido en un monumental fracaso que va a pesar sobre la suerte de la economía española, y sobre la siguiente generación, hasta extremos difíciles de valorar pero que sin duda serán considerables. Ello no ha impedido que hayamos recuperado los niveles de 2008, lo que supone una década en blanco, desperdiciada por la Administración para afrontar cosas tan urgentes como el déficit del  sistema de pensiones, sometiéndose a la disciplina de lo económicamente posible, tarea que han dejado para la siguiente generación.

A todos los efectos la economía española se ha vuelto más dependiente que nunca de lo que ocurra en el exterior, especialmente por lo que se refiere a los tipos de interés. Los que creen que un país se puede endeudar ilimitadamente para compensar sus desequilibrios externos, o para financiar una apuesta atrabiliaria por un sector determinado, van a tener que demostrar muy pronto que ello no reduce de manera drástica nuestro margen de maniobra para crecer e invertir. Es el precio de tener a un inmovilista en el poder, paradigma del funcionario que nunca tiene prisa por hacer reformas y desconoce eso que se ha dado en llamar orden de prioridades.

Este crecimiento no se ha visto alterado por el progresivo aunque muy lento deterioro de los citados vientos de cola, fundamentalmente porque el más importante de ellos, los tipos de interés sigue proporcionando los costes del dinero más bajos de la historia: los créditos hipotecarios pagados por las empresas españolas no rebasan en estos momentos un tipo del 1,5%. Tampoco se han visto afectadas las Exportaciones, cuyo crecimiento del 8% es excepcional a la vista de cómo está evolucionando la demanda interna, pero el hecho de que la coyuntura europea haya mejorado sensiblemente ha compensado la revalorización del euro que se ha producido entretanto, debido a que se estima que el endurecimiento monetario, que antes o después se tiene que producir, se retrasará unos dos años en relación al mismo proceso que ya ha iniciado la Reserva Federal en Estados Unidos. No ha sido así en los costes de la energía, cuyo abaratamiento permitió ahorros de hasta 15.000 millones de euros anuales en años anteriores, lo que permitió tener una balanza de pagos con signo positivo. Con el barril otra vez en 60 dólares, como en 2015, ahora esa balanza ya tiene signo negativo aunque por un importe moderado por lo que no preocupa de momento.

Todo lo cual quiere decir que mientras no cambie sustancialmente la política monetaria del BCE los ritmos de crecimiento no se verán alterados. Ello es habitual en la economía española en la medida en que las percepciones de empresas y familias van siempre retrasadas en su valoración del ciclo: reaccionan con retraso pero aceleran conforme avanza el ciclo. Además, un sector público tan indisciplinado como siempre colabora en alimentar la demanda interna. Como la recaudación ha vuelto a crecer a ritmos considerables, la clase política ha captado la idea de que otra vez hay margen para gastar más y volver a las prácticas de siempre: actuar como si fuéramos un país rico, solvente, con un endeudamiento manejable, sin problemas de crecimiento ni de empleo, como si su capacidad para gastar no se hubiera visto comprometida, algo comprensible si se tiene en cuenta que la Administración Central ha proporcionado unos 140.000 millones de créditos de tesorería a las Comunidades Autónomas en estos últimos años a tipo de interés cero y que muchas  de ellas ya han advertido que no piensan devolverlos. A ello podemos añadir las tensiones que previsiblemente se pueden producir si hay que hacer un hueco a alguna forma de Concierto Económico para Cataluña, lo que sumado al problema de las Pensiones, garantiza un desequilibrio de las Cuentas públicas cuasi permanente. La Comisión Europea no sabe con quienes está hablando.

2. Sobre todo si se tiene en cuenta que la desbordada imaginación para proporcionar todo tipo de satisfacciones a los ciudadanos que pone de manifiesto una clase política cada vez menos preparada, y más irresponsable financieramente hablando, no encuentra paralelo alguno en una economía un tanto impermeable al cambio. Y esto es tan válido para la economía española como para la economía vasca. Y es que en Euskadi, aunque parezca lo contrario gracias a la propaganda oficial, el cambio tecnológico ha sido la excepción y no la regla, la internacionalización nunca ha tenido la amplitud y generalidad necesarias, y el aumento de tamaño se ha hecho por la vía de la desaparición de empresas, y no por fusiones y absorciones.

Podría parecer paradójico que en el seno de un crecimiento económico que dura más de tres años con ritmos superiores al 3% nos preocupemos por el futuro de nuestra economía. Pero este crecimiento, a pesar de su espectacularidad, solo ha servido para volver al punto de partida de 2008. Además, ese mismo crecimiento demuestra que nada ha cambiado en estos diez años, ya que sigue basándose fundamentalmente en el turismo y la construcción, al menos desde el punto de vista del empleo, sus Exportaciones no contienen más allá de un 10% de productos de tecnología media-alta, y padece niveles de formación desconectados de las demandas empresariales, por lo que su potencial para crecer vía productividad es escasa (en realidad y de momento, nula): el PIB y el empleo crecen a la misma velocidad, por acumulación de recursos y no por mejora de la eficiencia ni por cambio cualitativo de la actividad. Un modelo que nos conduce inevitablemente hacia actividades de bajos costos y salarios aún más bajos, que solo pueden proceder de contratos temporales, sin formación ni emprendizaje.

Cuando un informe sobre Competitividad asegura que “la economía vasca debería transitar de un estadio competitivo basado en la eficiencia a otro basado en la innovación” resume en pocas palabras un desideratum del que estamos hoy por hoy muy alejados. No hay mejor demostración que su comportamiento durante la crisis, esa que las instancias oficiales aseguraron que pasaría de largo por el País Vasco. El reguero de empresas en crisis que sigue apareciendo revela que el tejido industrial ha quedado más afectado de lo que las autoridades reconocen y que su capacidad para reaccionar es cuando menos limitada.

Algunos estamentos oficiales deberían poner los pies en la tierra. No ha habido ruptura con el pasado ni puesta al día ni nos hemos desacoplado de la economía española. El liderazgo que se esperaba del Gobierno Vasco no ha existido, o ha sido muy convencional, como se ha demostrado en las crisis empresariales (Fagor, Naval). Un gobierno del PNV será siempre un gobierno socialdemócrata cuyas prioridades estarán ligadas a un gasto social que proporciona grandes réditos electorales, pero que actúa de manera muy neoliberal por lo que a la política industrial se refiere asumiendo de facto el dicho de que la mejor política industrial es la que no existe.

Es cierto que hay síntomas incipientes de una excelencia empresarial a ratos notable pero que no se ha extendido al conjunto del tejido empresarial. Es verdad que hay empresas capaces de competir en los mercados internacionales de igual a igual, incluso de ser líderes en sus respectivos segmentos de mercado, pero una parte significativa del tejido industrial ha sucumbido y otra parte ha quedado seriamente dañada en su capacidad pare recuperarse y seguir su camino. Si el mercado de trabajo es dual, el futuro empresarial también lo es.

Orkestra, por ejemplo, señala la existencia de una treintena de empresas vascas líderes a nivel mundial en sus respectivos nichos de mercado: casi todas empresas familiares que facturan entre 50 y cien millones de euros, exportan más del 80% de su producción, y han resistido bien la crisis, pero ninguna fabrica productos finales. Seguimos siendo especialistas en productos intermedios o procesos parciales. Además, aunque se señale que el número de empresas vascas líderes a nivel mundial es tan considerable como en Alemania, unas quince por millón de habitantes, su tamaño es una décima parte de aquellas.

Siempre se acaba volviendo sobre la peor herencia de los tiempos del proteccionismo y el desarrollo hacia dentro: la falta de dimensiones, lo que supone un grave limitación a la hora de funcionar en un mundo económicamente abierto, lo mismo para tener una presencia significativa en esos mercados como para desarrollar tecnología propia, dos tareas que requieren una masa crítica imprescindible. Esa falta de dimensiones afecta negativamente a una serie de planteamientos esenciales, como al uso de las tecnologías de la información y al lanzamiento de nuevos productos. De hecho, existe un desfase manifiesto entre el dinero público gastado en investigación y sus resultados en forma de patentes y nuevos productos.

3. La sociedad vasca, al igual que la española, parece estar desvinculada de la economía, un alejamiento que se inicia en la baja aceptación social del empresario, sigue en la escasa movilidad laboral de los trabajadores, consagrada en un mercado de trabajo que concede una protección desmedida al trabajador fijo, continúa en el fracaso de la universidad y la formación profesional, que viven de espaldas a las empresas en lugar de haberse convertido en sus proveedores habituales de investigadores y tecnologías, y termina en un sector público, Hacienda sobre todo, que trata a la economía como si fuera su intendencia, algo cuya aportación se da por supuesta pero cuyo cuidado no requiere una consideración prioritaria, por lo menos en relación al objetivo fundamental de ser reelegidos, razón por la cual se concede el protagonismo fundamental, y la parte del león del gasto público, al gasto social.

El país y sus políticos parecen haber olvidado una consideración esencial, la de que no hay bienestar ni salud ni pensiones ni funcionarios sin crecimiento económico y que este, habida cuenta de la pirámide poblacional, no puede proceder sino de la mejora de la productividad.

Conviene recordar que dado el envejecimiento de la población y nuestra limitada capacidad para atraer de nuevo a inmigrantes formados, el crecimiento de la población activa parece haber tocado techo. Por otro lado, se ha podido comprobar empíricamente que la recuperación del empleo resulta aún más dudosa: hemos vuelto al mismo PIB de hace diez años pero con 1,6millones menos de empleos (en el País Vasco, 75.000), lo que revela la magnitud del empleo destruido durante la crisis y la desaparición de buena parte del tejido empresarial, particularmente industrial. Por otra parte, el Banco de España advierte de la posibilidad de que el empleo en hostelería y construcción, los dos grandes generadores de empleo, haya tocado techo. El sector turístico se está acercando a sus cotas máximas mientras se desarrolla entre la población una especie de turismofobia. También es improbable que la Construcción regrese a los volúmenes anteriores a la crisis. Ambos sectores se caracterizan por su baja productividad y, sobre todo la hostelería, por sus bajos salarios. El problema es que para desarrollar sectores alternativos sería necesario que las nuevas generaciones llegasen al mercado de trabajo con mejores niveles de formación por lo que “es crucial la mejora de la calidad del sistema educativo”, algo que de momento no ha ocurrido. La formación como clave para el futuro de la economía.

Los senegaleses no tienen menores necesidades de protección social que los españoles: no la  obtienen porque su economía no da para tanto. Los españoles no sienten menos que los suecos la conveniencia de tener una seguridad social universal y sobreprotectora pero están lejos de conseguirla porque existe un largo trecho entre nuestra economía y la sueca. Cada país solo puede tener el nivel de seguridad y bienestar que se ha ganado en el terreno económico, cosa que españoles y vascos, dominados por una visión de las cosas eminentemente socialdemócrata, y por tanto voluntarista y muy optimista, son incapaces de entender. Esta es la razón por la que el futuro parece sombrío, especialmente para las pensiones y el bienestar de la próxima generación, a la que su carácter conformista y sumiso vendrá bien para asumir una herencia problemática.

INFORME DE COYUNTURA. Segundo trimestre 2017

  • La economía crece vigorosamente, más del 3%, y las amenazas parecen conjuradas, por lo menos a corto plazo. Incluso la quiebra de uno de los principales bancos del país ha pasado casi desapercibida. No hay nubes en el horizonte, tanto económico como político. La crisis económica ha dejado un legado de paro y endeudamiento–han sido diez años perdidos– pero también una cierta capacidad institucional y financiera para afrontar cualquier problema por grave que pueda parecer. Lo ocurrido con el Popular es sólo un ejemplo pero hay muchos más, el principal de los cuales es un coste del dinero casi simbólico gracias a la gestión del BCE, lo que hace mucho más llevadera la vida de familias, empresas e instituciones. El ahorro de intereses para familias y empresas no ha bajado de 90.000 millones de euros en 2016 en relación a 2008 cuando el Euribor estaba en el 5%. Para el Estado español el ahorro ha sido también incalculable: pagar sólo 32.000 millones de intereses por una deuda que ya rebasa los 1,2 billones de euros es una bicoca. De otro modo, estaríamos en quiebra y seguramente en recesión.
  • El problema es que todo esto durará lo que dure la política monetaria del BCE, una política a imagen y semejanza de la adoptada por la Reserva Federal con el mismo objetivo—afrontar una crisis financiera enorme– con la diferencia de que aquella se aplicaba en un país políticamente unido, los Estados Unidos se llaman y no por casualidad, y esta se aplica a una Europa desunida donde los estados nacionales tienen prioridades diferentes y casi siempre contradictorias. No hay más que ver el pulso que mantiene Draghi desde hace años con Alemania en beneficio de la supervivencia de la zona euro y en apoyo de unos países, los mediterráneos, a los que ha sentado muy mal una zona monetaria en la que, como es lógico, no pueden devaluar, lo que les ha complicado la vida considerablemente. Para España la diferencia ha sido brutal. La crisis de 1993 supuso una caída del  PIB del 1% y dos años perdidos. La crisis de 2008 ha supuesto una caída del PIB de diez puntos, por lo menos, y diez años perdidos. Mal negocio este del euro pero estábamos advertidos de antemano de que no respetar la disciplina de precios, salarios y gasto público se pagaría en términos de empleo. Es lo mismo que nos ocurrió en 1993 lo que quiere decir que seguimos sin aprender de nuestros errores.

1. De momento, todo marcha perfectamente, sobre todo si solo consideramos el corto plazo, como hacen los políticos. La economía crece y crea empleo, aunque sea un empleo de poca calidad que no resuelve los problemas de financiación del estado de bienestar, algo que de todas maneras no puede ser afrontado sin reformas de gran calado. Lo que parece más difícil, el déficit público, objetivo incumplido una y otra vez, tampoco se cumplirá este año, a pesar de que la recaudación crece a tasas del 10%, similares a las que se producían antes de 2008 y que tantas satisfacciones proporcionaron a nuestros políticos y funcionarios, ansiosos de demostrar que siempre encuentran nuevas y originales maneras de gastar todo lo que cae en sus manos.

El Congreso ha aprobado el Presupuesto aunque para ello Rajoy se haya dejado unos cuantos pelos en la gatera, algunos de los cuales proporcionarán una tranquilidad temporal a nuestro atribulado consejero de Hacienda, hasta entonces empeñado en subir los impuestos, aunque solo fuera para demostrar que el PNV es más socialdemócrata que el PP.

Los políticos salen finalmente del túnel en el que ellos mismos se han metido por su negativa a reestructurar la Administración, reducir sus plantillas y no tocar, o apenas, el sistema de pensiones que sabemos insostenible a largo plazo. Ahora sólo van a tener problemas con los sindicatos de funcionarios que reclamarán su parte del pastel. Entre los más tempraneros, los vascos de Educación para quienes tener menos de 20 alumnos por aula (19,7 exactamente) les parece una miseria, y reclaman la incorporación de otros 2.000 profesores más. Una nada. Qué menos que dirían en Bilbao. Todo será necesario ante los malos resultados que el sistema educativo vasco obtiene en todas las encuestas oficiales a pesar de que gasta por alumno el doble que otras comunidades. Antes ya madrugaron los ertzainas para los que los más de 8.000 efectivos son también insuficientes dado que su movilidad (segunda actividad) es escasa. La Administración Central por su parte convoca 20.000 nuevas plazas. Dada su productividad, tenemos la seguridad de que nunca serán suficientes.

El Concierto tiene un beneficiario natural y prioritario que, curiosamente, no es el pueblo vasco, que paga tantos impuestos como los demás, y se vuelve la espalda a la tradición histórica de haber sido siempre una zona de baja presión fiscal. Como decía aquella ocurrencia del campesino vizcaíno: “¿Qué quiere decir Concierto? No pagar”. Es una lástima que los campesinos vizcaínos hayan desaparecido casi por entero y solo hayan quedado los no campesinos bilbaínos para los que todo es poco.

2. Pero estas son consideraciones menores. El horizonte económico parece despejado gracias a que el BCE se ha ocupado de las cuestiones importantes y ha hecho lo que tenía que hacer para sacar al euro del desastre en que se había metido por culpa de países que no conocen lo que es el rigor presupuestario ni la disciplina de precios y salarios, y que nunca debieron haber formado parte del mismo, como Grecia y España, perjudicados por una iniciativa de la que quisieron formar parte por razones de prestigio político (¿cómo íbamos a quedarnos fuera?) sin mirar sus consecuencias.

La recuperación económica, que parece finalmente consolidada, aunque Draghi tenga dudas, no resuelve el problema de la heterogeneidad de los países que pertenecen a la zona euro y cuya convivencia en la misma sigue siendo de lo más problemática. Como decíamos hace unos meses, una cosa es pertenecer al mercado único y competir en él, y otra cosa muy diferente es compartir la misma moneda. De momento, los problemas parecen en vías de solución gracias a que el BCE ha tenido barra libre. Aprovechando que las circunstancias eran excepcionales, Draghi ha aplicado un programa no menos excepcional y seguramente irrepetible, como es llevar el balance del BCE hasta los cuatro billones y los tipos de interés a niveles negativos. Así cualquiera, que diría un castizo, pero habrá que ver qué pasa ante la postura irreductible de Alemania que rechaza cualquier componenda sobre los eurobonos y la mutualización de la Deuda. Para Alemania los países mediterráneos son buenos si compran Mercedes y Audis, sin barreras arancelarias, pero no lo son si debido a ello mantienen déficits exteriores permanentes que no son sino la otra cara de la misma moneda.

3. A pesar de crecer a ritmos cercanos al 3% (3,1% en 2017) seguimos teniendo un superávit de balanza de pagos, gracias en parte a la recuperación de nuestras Exportaciones, que han aumentado un 8% hasta abril, lo que indica que finalmente los mercados europeos se han despertado. La tasa de cobertura (Ex/Im) ha llegado al 91%, un porcentaje abrumador para aquellos que todavía recordamos que, durante los años sesenta del pasado siglo, esa tasa de cobertura solía estar en torno al 30%, y había que sumar los ingresos por turismo, las remesas de los emigrantes y las inversiones exteriores para cubrir el agujero comercial, y ni aún así bastaba. Como dijo entonces un ilustre economista: cuando el déficit comercial rebasa los 2.000 millones de dólares, hay que parar la economía. Lo que va de ayer a hoy.

Lo que sí es cierto es que la bonanza que estamos viviendo es producto de  las políticas monetarias del BCE, y no de la atención descuidada prestada por Rajoy a los problemas económicos que le deben aburrir hasta la saciedad y en los que prefiere no entrar, lo que es de agradecer. Menos mal que Europa afronta los problemas de las áreas frágiles de la zona euro, problemas que ella misma ha creado, aunque no lo piensen así los alemanes. Gracias a unos tipos de interés por los suelos, familias y empresas españolas pagaron en 2016 sólo 41.000 millones de intereses, 92.000 millones menos de los que pagaron en 2008 con un Euribor en el 5%. Algo parecido ocurre con la Deuda pública que, a pesar de seguir creciendo, ya ha llegado a los 1,2 billones, no costará más de 32.000 millones de intereses. Todo un alivio para las maltrechas cuentas públicas.

Este ha sido el viento de cola esencial, el que ha propulsado nuestra recuperación. Los otros, la cotización a la baja del euro y el precio del barril del petróleo, que ha supuesto un ahorro de unos 20.000 millones, son derivados de aquel, y todos tienen fecha de caducidad por lo que empezamos a preguntarnos qué pasará cuando la coyuntura cambie de signo y los tipos de interés empiecen a subir como no pueden dejar de hacerlo antes o después. Como dice Draghi “ la política monetaria se mantendrá hasta que la inflación se mantenga en niveles próximos al objetivo durante un largo período de tiempo”. Está claro que el BCE va a resistir todo lo que pueda y las subidas serán muy graduales dado que es consciente de la vulnerabilidad de países tan endeudados como Italia, cuyo déficit público está en el 132%, España, 100%, o Francia, 97%. De hecho, los tipos de interés a largo, de los que depende la Deuda Pública, ya están subiendo, aunque el impacto es gradual porque la deuda sólo se renueva parcialmente.

No es de extrañar que el Banco de España advierta sobre esta amenaza en el sentido de que “el elevado endeudamiento de la economía española supone una vulnerabilidad ante eventuales aumentos adicionales de los tipos de interés… Esta situación subraya la necesidad de trazar un plan de consolidación presupuestaria a medio plazo en un contexto en el que en 2016, por segundo año consecutivo, la política fiscal adoptó un sesgo expansivo”. Hablar de consolidación presupuestaria cuando el Presupuesto de este año se cerrará con un déficit no menor de unos 30.000 millones, parece una gollería y desde luego no forma parte de las preocupaciones fundamentales de una clase política llena de imaginación y creatividad a la hora de gastar, supuestamente en beneficio de los intereses generales del país.

Gracias a los famosos vientos de cola, y a la buena marcha de las Exportaciones, la economía española no necesita para nada esa creatividad pese a lo cual el Estado ha gastado en los últimos años 120.000 millones de euros más de lo que le correspondían si hubiera respetado los objetivos de déficit fijados por la Comisión Europea, límites que han sido vulnerados hasta en seis ocasiones, lo que revela que el Gobierno no pensaba a la hora de hacerlo en el estado de la economía sino en el estado de la administración, incluidas las Comunidades Autónomas, a las que la Administración Central ha prestado, sin posibilidad alguna de recuperación, no menos de 130.000 millones de euros.

Los políticos no están preocupados por administrar el país, que no es más que una fuente de problemas, sino por administrar la Administración, que proporciona oportunidades de todo tipo, como empleo para allegados, subvenciones para conocidos, ayudas clientelares, ERES para empotrados, obra pública para quienes financian partidos, urbanizaciones para concejales de urbanismo, etc, en las que se pueden arrebatar cuantiosas plusvalías. Los políticos sólo piensan en eso puesto que de la economía ya se ocupa el BCE o Bruselas.

4. Gracias a Europa se ha podido rescatar el Banco Popular. La increíble terquedad de Sanchez Ron al negarse a dimitir hace años ha terminado de la peor manera posible, con la quiebra de la entidad y la pérdida para sus más de 300.000 accionistas. Lo curioso es que casi todos sus errores los cometió en fecha muy tardía: entró tarde en el sector inmobiliario, que no respondía al perfil tradicional del banco, hasta entonces uno de los mejor gestionados de España, y compró tarde una entidad bancaria, el Banco Pastor, que no valía nada y por la que pagó 1.200 millones de euros sin ningún tipo de ayuda pública. Encima se empeñó en resolver el desaguisado de la manera más costosa posible, mediante sucesivas ampliaciones de capital hechas en el peor momento posible, en lugar de fusionarse o ser absorbido, alternativa que a título personal suponía un desdoro. Muchas veces, la ruina de una empresa es deudora de la vanidad de sus gestores, más preocupados por su imagen que por la de la entidad.

En cualquier caso, y a diferencia de lo sucedido con las cajas de ahorro, el banco ha sido rescatado por la iniciativa privada y sin ayudas públicas, por lo menos aparentemente, aunque el Santander no tardará en demandar algún tipo de favor en instancias oficiales. Con esta absorción, el panorama bancario experimenta un nuevo clareo hasta el punto de que no quedan más de cinco entidades significativas que ya controlan el 72% del mercado. España,  antiguamente uno de los países europeos más poblados por sucursales bancarias, ve como estas se reducen a toda velocidad tras una reestructuración que se ha cobrado casi 20.000 oficinas y 80.000 empleos, lo que va a dejar a la mitad de los municipios españoles sin ninguna oficina bancaria.

Menos mal que el futuro apunta a la posibilidad de realizar todo tipo de operaciones bancarias vía teléfonos móviles de enésima generación lo que está absorbiendo todas las energías de una banca más informatizada que nunca. Si no hubiese sido consecuencia del azar pensaríamos que todo ha sido el resultado de una conspiración de las entidades más grandes para desembarazarse de las más pequeñas y especialmente de un competidor tan molesto y tan difícil de desplazar localmente como las cajas de ahorro que, eso sí, pusieron de su parte cuanto fue necesario para hacerse el harakiri.

5. Rajoy, que ve que todos los problemas se resuelven sin esfuerzo y gracias a los demás, debe pensar como Voltaire que todo está bien en el mejor de los mundos posibles. Es de suponer que si aún conservaba algún impulso reformista, producto seguramente de unas relaciones contra natura con Ciudadanos, se le habrán disipado, por lo menos hasta 2019, momento en el que tendrá que volver a hacer como que gobierna.

Los españoles deberían ser conscientes de que al frente del Estado hay un señor que ha elegido conscientemente la alternativa de endeudarnos hasta las cejas con tal de no tener que reformar una administración ineficiente. En definitiva, la política de Rajoy responde exactamente al estereotipo de pan para hoy y hambre para mañana. Una manera como otra cualquiera de aplazar ese momento de la verdad que con toda seguridad legará al que le suceda.

Los  gráficos del trimestre.

Hasta 2014, la situación de la economía española, lo mismo que la griega o la portuguesa, era crítica. La caída del PIB estaba acompañada por un déficit público brutal y una crisis bancaria de dimensiones inacabables. No había capacidad de reacción por lo que supusimos que la recuperación no sólo  se retrasaría sino que, además, sería muy débil.

Sin embargo, gracias al BCE, esos negros nubarrones no se han cumplido. El BCE aplicó una política monetaria de una envergadura tal que no sólo compró deuda pública en cantidades masivas (en 2016 la mitad de la emitida por España), sino que puso los tipos de interés en tasas negativas, lo que ha supuesto un tremendo alivio para todos los agentes económicos. Este impulso vino acompañado por el abaratamiento del barril de petróleo y una considerable depreciación del euro el mundo. Justo lo que España necesitaba para salir del agujero.

Gracias a ello llevamos tres años creciendo a ritmos del 3%. Esta bonanza, totalmente artificial, durará el tiempo que los alemanes permitan a Draghi seguir con su política, probablemente no más allá de 2018. En un escenario normal, con subida de  los tipos de interés, España no tiene capacidad para crecer por sus propios medios más de un 1% de media anual, tal como estima el Banco de España en un reciente informe.

Los famosos vientos de cola están reflejados en los siguientes gráficos

Fuente: Expansión

Sólo la caída de los tipos de interés ha supuesto un ahorro de 92.000 millones de euros para familias y empresas, a lo que hay que sumar el ahorro de unos 20.000 millones por el petróleo. Cifras tan considerables como para entender que hayamos vuelto a crecer a pesar de soportar una deuda pública y privada de enormes dimensiones. Lo que no impide que seamos conscientes de que tenemos una espada de Damocles pendiente sobre nuestras cabezas que condicionará nuestro futuro.