Una espada de Damocles

Los pueblos que no aprenden de sus errores están condenados a repetirlos. George Santayana

Introducción

Aunque todos los economistas insisten en que los criterios empleados en macroeconomía no son extrapolables al mundo de la empresa, en España se ha dado una confluencia llamativa en torno a un problema que afecta a ambos ámbitos: un endeudamiento excesivo que va a condicionar nuestras vidas durante mucho tiempo. Podríamos llamarlo nuestro problema por excelencia.

Todos conocemos la importancia que tiene el endeudamiento en la vida de una empresa, sobre todo si es excesivo. Una empresa muy endeudada estará siempre condicionada en su desarrollo, tendrá problemas para invertir, se verá obligada a ser prudente, a no tomar demasiados riesgos, y a generar los recursos necesarios para hacer frente a los vencimientos que ineluctablemente llegarán. Desde muchos puntos de vista, una empresa endeudada depende de la generosidad de sus acreedores.

Salvando las distancias lógicas, la economía de un país endeudado, como es la de España, ha de seguir los mismos criterios: prudencia a la hora de gastar, urgencia a la hora de recuperar la competitividad perdida—tras un país endeudado siempre hay una historia de falta de competitividad— y necesidad de afrontar cualquier desequilibrio, especialmente los de la balanza de pagos: tras un país endeudado siempre hay una historia de fragilidad exterior que conlleva déficits crónicos en la balanza de pagos.

Si tuviéramos que elegir un país como paradigma de los problemas ocasionados por su balanza de pagos elegiríamos sin duda a España. El desequilibrio exterior es el hilo rojo de la historia económica del país, el problema por excelencia que vertebra el relato de las sucesivas crisis y las etapas de despegue. Nuestros problemas exteriores han sido crónicos y recurrentes. Hubo un tiempo no tan lejano, los años cincuenta del pasado siglo, en que una mala cosecha de naranjas, y la imposibilidad de exportarlas, podía impedir la compra en el exterior de los insumos más esenciales como el petróleo y los alimentos. Cuando se plantea el Plan de Estabilización de 1959, se decía que la reserva de divisas sólo daba para las importaciones de dos semanas. La situación era tan dramática que contribuyó no poco a que se aceptara su aplicación, un primer intento de ruptura con la política de autarquía que se había practicado hasta entonces con resultados catastróficos.

En España, cualquier política económica que se precie tratará siempre de superar el estrangulamiento fundamental del crecimiento económico: la balanza de pagos. Por eso, las devaluaciones han sido tan decisivas y tan inevitables.

Mucho han cambiado las cosas pero el problema de fondo permanece, y además se ha agravado debido al hecho insólito de que, desde que entramos en el euro, no podemos devaluar y nos han prestado demasiado dinero, dos cosas que no ocurrían anteriormente. Con el euro, la economía española se ha convertido en una de las más endeudadas del mundo. Ninguna política económica puede ignorar que España tiene que refinanciar todos los años de 200.000 a 300.000 millones de euros, una cifra enorme que fundamenta la opinión de que nuestra economía funciona bajo la tutela de todos aquellos que nos tienen que proporcionar, año tras año, esos recursos, es decir, el sistema financiero mundial, y especialmente el Banco Central Europeo, sin cuyo apoyo estaríamos describiendo un panorama muy distinto del actual y sin duda muchísimo más difícil. Hablar de soberanía o independencia en el terreno económico es engañoso.

¿Qué hemos hecho para merecer esto?

La historia empieza por lo que a la última crisis se refiere en la anterior, la de 1992. El malhadado intento de entrar en el Sistema Monetario Europeo, la conocida como serpiente monetaria, el antecedente del actual euro, acabó en el más estruendoso fracaso. Se trataba de un planteamiento lleno de buenas intenciones. Para controlar la inflación diferencial se propuso un tipo de cambio fijo muy ambicioso (65 pesetas por marco), con márgenes de fluctuación muy reducidos, lo que exigía, como dijo el entonces ministro de economía, Solchaga, ser muy moderados en materia de precios, y por tanto salarios, y disciplinados en materia de gasto público, y por consiguiente, déficit presupuestario. Compromisos que, naturalmente, no se respetaron para nada: el gasto público se desmadró con los fastos del Descubrimiento y la Olimpiada de Barcelona, mientras los salarios crecían entre 1990 y 1992 un 30%.

Los españoles en general y los economistas en particular pudimos comprobar de primera mano lo que sucede cuando se produce una contradicción entre lo que decimos y lo que hacemos. Pero sobre todo pudimos verificar que la falta de disciplina macroeconómica es incompatible con un tipo de cambio fijo. Conviene decir que el país no sacó ninguna enseñanza de esta experiencia, como se pudo comprobar más adelante, cuando se planteó un experimento parecido, el euro, lo que hizo que volviésemos a cometer el mismo error.

Después de estas dos experiencias, y con la perspectiva que proporciona el presente, resulta evidente que la economía española nunca debió asumir un tipo de cambio fijo con los principales países europeos, como se hizo en 1998 con la entrada en el euro, entrada justificada más que nada por razones de prestigio político. Pese a lo cual, ha sido el error más grande que jamás se ha cometido en materia económica en nuestro país. En sí mismo, el euro ya era una temeridad: incluir en él a países tan heterogéneos como Grecia o España y Alemania suponía sembrar las bases de un problema estructural permanente que nos perseguirá mientras vivamos. Pertenecer a la zona euro ha supuesto un enorme perjuicio económico cuando, hasta entonces, formar parte de la Unión Europea había supuesto un enorme impulso para nuestra modernización, incluso para la Industria, el gran damnificado de nuestra integración en el espacio europeo.

En 1992, la economía colapsó, la tasa de paro llegó al 25%, y los tipos de interés se dispararon (tipo de intervención del BE: 14,5%). Se salió de la crisis gracias a que la peseta abandonó la famosa serpiente monetaria y se produjeron las consiguientes devaluaciones: el marco se situó en 85 pesetas, tipo de cambio mucho más realista, lo que permitió flexibilizar la política monetaria y bajar los tipos de interés. Gracias a ello, la economía española recuperó la senda del crecimiento con gran vigor. Sólo un año después de la crisis volvía a crecer demostrando las bondades de la devaluación y el dinero barato, un procedimiento que parece pensado para España, y otros países poco fiables como Grecia o Portugal, porque tiene una virtud: es indoloro. Es verdad que se produce una pérdida de riqueza en comparación con otros países pero eso aquí no le importa a nadie.

Durante los años noventa, y a pesar de que la crisis era muy reciente, volvimos a cometer los mismos errores de siempre: un ritmo de crecimiento demasiado rápido, ausencia de reformas significativas, crecimiento exponencial del sector público, y pérdida de la competitividad que se había obtenido con la devaluación. Todo ello preocupó relativamente poco a responsables y ciudadanos aunque ello conllevaba un déficit de balanza de pagos que requería financiación exterior, lo que era extraño dado que España era, y es, un país con un prestigio institucional escaso, ahora menos que entonces, para el que no siempre es fácil ni barato obtener dicha financiación. Sólo que esta vez poseíamos la pócima mágica que resolvería todos nuestros problemas exteriores y nos instalaría en la modernidad: el euro.

¿Qué hubiera pasado si no hubiéramos entrado en el euro? Pues que a la altura de 1998-2000 hubiéramos tenido que parar la economía con un plan de estabilización o ajuste que incluiría un control de precios y salarios, una política monetaria que encarecería el crédito, moderación en el gasto público, y la consabida devaluación. Como es habitual en un país que cada cinco años, más o menos, sufre siempre la misma crisis.

Esta vez no ocurrió nada de eso. El euro nos ahorró esa crisis al precio de provocar con el tiempo una mucho mayor. La pertenencia a la zona euro permitió que financiásemos nuestro desequilibrio exterior sin problemas al facilitar la financiación de todo tipo de créditos y emisiones para nuestros bancos y empresas. El dinero entró a raudales hasta el punto de que pudimos financiar un déficit de balanza de pagos que rápidamente se situó entre los más altos del mundo.

Todo lo absorbía una burbuja inmobiliaria que reclamaba recursos en cantidades masivas. Hay que tener en cuenta que el plazo medio de maduración de una promoción de viviendas en España no es menor de cinco a siete años, que su precio medio se situaba algo por debajo de los 200.000 euros, y que en el momento más álgido se llegaron a construir cerca de 800.000 viviendas al año. La Construcción llegó a suponer cerca del 20% del PIB y más del 60% de los activos del sistema bancario español. Una verdadera barbaridad, algunas de cuyas consecuencias se seguirán pagando  durante mucho tiempo.

             Fuente: Expansión

El euro permitió que en lugar de seguir un ciclo de cinco años completásemos uno de catorce (1994—2008), lo que quiere decir que cuando nos diéramos el correspondiente sopapo este sería muchísimo mayor. La crisis de las hipotecas subprime y la quiebra  de Bear Stearns nos cogió en el momento en el que nuestro endeudamiento crecía a mayor velocidad por lo que éramos un candidato natural a padecer el que sin duda ha sido el mayor desastre de la historia reciente. ¿Por qué? Porque ese crecimiento, basado en la burbuja inmobiliaria, sólo podía funcionar si era alimentado por un endeudamiento que crecía a un ritmo anual cercano al 10% del PIB, o sea, más de 100.000 millones de euros. Cuando por una circunstancia aleatoria, las famosas hipotecas subprime, los mercados financieros se cerraron, todo el tinglado se vino abajo sin posibilidad alguna de arreglo o rectificación.

Cuando ocurre un desastre de estas dimensiones todo el mundo se pregunta lo mismo: ¿En qué estábamos pensando para dejar que se crearan las condiciones para un desastre de semejante calibre? Aunque se ha dicho de los economistas que no supieron advertir el problema ni lo vinieron venir, eso no es en absoluto cierto. Sabiendo nuestra dependencia de la balanza de pagos, era evidente que ante un déficit exterior de semejantes dimensiones estaban encendidas todas las señales de alarma. Claro que sabíamos que venía una crisis, lo que no sabíamos era cuándo y cómo se produciría porque ese es un dato absolutamente aleatorio: ¿Quién había oído hablar de las hipotecas subprime antes de 2007?

Pero es que, además, fallaron controles muchísimo más importantes.

¿Cómo permitió la Comisión Europea que España llegase a semejante desequilibrio externo? Porque era una situación totalmente nueva en el seno del euro y el déficit se financiaba de manera aparentemente ortodoxa.

¿Por qué los mercados financieros proporcionaron tales cantidades de dinero? Porque en su ingenuidad pensaron que la pertenencia de España a la zona euro suponía una garantía de pago y un plus de solvencia, cosa que, como se demostró posteriormente, no era cierto.

 ¿Cómo permitió el Banco de España que el sistema bancario español acumulase tal concentración de riesgos? Porque los bancos, cuyos márgenes de intermediación se habían reducido considerablemente, mostraban de momento una morosidad simbólica y aseveraban  que todo estaba muy “amarrado”. Buena parte de los créditos eran hipotecarios y para las entidades financieras no hay nada más seguro que una hipoteca, cosa que se demostró falso cuando han tenido que desahuciar a centenares de miles de compradores de viviendas.

¿Cómo gobiernos supuestamente responsables, tanto del PP como del PSOE, toleraron la creación de semejante burbuja? Esta es la pregunta más fácil de contestar. Ningún gobierno español que se precie osaría frenar un proceso de esta naturaleza que hacía feliz a tanta gente, y llenaba las arcas municipales y estatales. Hubiera sido tan impopular como para perder las siguientes elecciones, que es lo que más teme un político.

Lo cierto es que cuando llega la crisis, familias y empresas debían cantidades siderales, el 203% del PIB, lo que suponía en 2008 el pago de unos intereses equivalentes a casi el 11% del PIB. Una verdadera locura. Casi todo ello canalizado a través de bancos y cajas de ahorro lo que transmutaba el problema en una crisis financiera mucho más dura y difícil de afrontar.

La gestión de la crisis

No hace falta que entremos a pormenorizar las consecuencias de la crisis. Baste decir que ha sido la más grave que ha sufrido la economía mundial y española desde que se tiene memoria, equivalente o peor a la de 1929. Y que dentro de esa crisis, la evolución de la economía española dentro del euro ha sido la peor de Europa, con la única excepción de Grecia. Ningún otro país europeo ha estado tantos trimestres en recesión ni ha sufrido tales caídas del PIB, no menos de diez puntos, un record histórico, ni del Producto Industrial, que en el País Vasco llegó a caer un 43%, por no mencionar las tasas de paro, que han estado cinco años por encima del 20%.

Todo esto es muy conocido pero lo que nos interesa saber a efectos prácticos cual es el legado de la crisis, es decir, de qué manera nos va a afectar negativamente de cara al futuro en nuestra capacidad para crecer. Son las mismas que tanto tiempo costaron equilibrar después de la crisis anterior: paro y deuda. Entonces, y a pesar de crecer a ritmos del 3% anual, tardamos más de una década en conseguir un superávit presupuestario y reducir la tasa de paro por debajo del 10%, un indicio de lo que cuesta en este país volver a la normalidad.

    Fuente: Expansión

La influencia negativa de una alta tasa de paro sobre el crecimiento es evidente. Tener a más de tres millones de personas sin empleo limita la capacidad de la sociedad para gastar (consumo), invertir (empleo) o recaudar (impuestos y estado de bienestar). También acaba por afectar a la población activa, que se ha estancado durante los últimos nueve años, debido al paro desanimado o a la marginación de la juventud. También afecta a la formación. Como consecuencia de la crisis, el desacople existente entre las necesidades de las empresas y los conocimientos y experiencias disponibles, se ha agudizado. Muchas empresas no encuentran los profesionales adecuados, y menos a los que van a necesitar en la era de la inteligencia artificial y el big data. A todo ello hay que añadir la carga financiera que supone el subsidio de desempleo aunque la mayor parte de los parados no acceda al mismo. El paro ha venido para quedarse.

Pero la herencia más peligrosa es la del Déficit público y la Deuda. Si hasta 2008, la deuda era fundamentalmente privada, a partir de entonces comienza a ser también pública, lo que agrava la amenaza que suponen ambas para la estabilidad y el crecimiento futuros.

     Fuente: Expansión

Digamos ante todo que el comportamiento del Estado no ha tenido nada que ver con las vicisitudes que han sufrido los ciudadanos. Empresas, bancos y trabajadores no pudieron sustraerse a las consecuencias de la crisis. El Estado sí lo hizo, a pesar de que uno de los primeros impactos del derrumbe económico fue una brutal caída de la recaudación. Hay que advertir que la Administración, que en los años de euforia obtenía aumentos de los ingresos fiscales de hasta el 12% anual, se lo había gastado todo y no había ahorrado nada para cuando llegaran los malos tiempos.

Sólo el sistema de pensiones dedicó parte de su superávit a crear un fondo de reserva que llegó a acumular 65.000 millones de euros. Es evidente que el resto de la Administración podía haber hecho algo semejante pero no lo hizo. Eso sí, redujo la Deuda pública  de manera considerable, hasta el 34% del PIB. Así que pensaron  que tenían margen de maniobra para  desarrollar una estrategia compensatoria. Ante la sorpresa de todos, y la consternación de unos cuantos, hicieron crecer el gasto público de manera espectacular mientras la recaudación se desplomaba (ver cuadro).

No olvidemos que todos los políticos de este país, sea cual sea su filiación, son socialdemócratas, y por consiguiente partidarios de gastar siempre más con cualquier excusa o coartada. Y esta era magnífica. Así que en sólo dos años pasamos de un superávit del 2% a un déficit de más del 11%. Un hecho que va a condicionar la economía de este país para siempre. Dejar que el  déficit se dispare es muy fácil pero reducirlo es terriblemente difícil, tal como se había demostrado en la crisis anterior. Los gastos del Estado son mayoritariamente fijos y crecientes, y una vez que entran en el Presupuesto se quedan ahí para siempre.

No es de extrañar, por tanto, que haya costado tanto reducir el déficit: nada menos que seis años para bajar del 11,2% de 2011 hasta el 4,5% de 2016, a pesar de lo cual sigue siendo el mayor de Europa, y frenar el crecimiento de la  Deuda pública, que ahora rebasa el 100% del PIB. Nada refleja mejor la reacción real de los dos Gobiernos que han gestionado la crisis que esas dos variables.

A lo largo de la crisis, la Administración española ha permanecido impertérrita mientras una parte de los ciudadanos las pasaban canutas, las empresas caían, los bancos sobrevivían a duras penas, y ha dedicado lo mejor de sus esfuerzos a no tener que aplicar las mismas recetas de ajuste que el resto del país no tenía más remedio que tragar. Para ello no ha tenido el menor empacho en

  • subir impuestos,
  • recortar gastos en salud y formación, los prioritarios para la sociedad española
  • engañar a la Comisión Europea para prometer y no cumplir el objetivo de déficit, que ha tenido que ser revisado al alza hasta seis veces, y, sobre todo,
  • endeudar a la nación en más de 800.000 millones de euros adicionales.

Y todo para conseguir tres cosas esenciales para la clase política

  • no tener que reestructurar la administración ni reducir las plantillas de empleados públicos, que se han mantenido por encima de los tres millones mientras el sector privado perdía cinco millones de empleos
  • no tocar prácticamente el sistema de pensiones, retrasando el momento de la verdad en casi diez años, por las consecuencias electorales que podía acarrear una verdadera reforma en profundidad
  • disponer de un margen de gasto discrecional para seguir invirtiendo en proyectos absurdos o de dudosa utilidad, como el Tren de Alta Velocidad, porque de ello se derivan jugosas comisiones con las que se financian unos partidos políticos que dependen para todo del Gobierno, tanto desde el punto de vista legal como ilegal

En definitiva, la clase política y la Administración han puesto en práctica un experimento social que tenía como objetivo demostrar que se puede arruinar al país y dejar que la economía se venga abajo sin que a ellos les pase nada. Experimento plenamente demostrado aunque el precio a pagar equivale a tener una espada de Damocles pendiente sobre nuestro futuro.

Es difícil subestimar la magnitud del problema. Tras tres años creciendo a ritmos cercanos al 3%, el déficit público en 2016 rebasó los 40.000 millones de euros, y el de este año no bajará de 30.000 millones. Sólo el déficit de la SS se mantendrá en torno a unos 18.000 millones en próximos años. Además, el gasto sanitario crece a ritmos del 4%, las pensiones al 3%, y juntas suponen 200.000 millones de euros. Con los tipos actuales, extraordinariamente bajos, ya pagamos 32.000 millones de euros en intereses de una Deuda que se ha situado por encima del billón de euros. Para hacer frente a todo eso, es decir, al tamaño que ha adquirido el estado de bienestar y la administración pública, la economía debería crecer más del 2% de media, y/o que el BCE compre la mitad de la deuda emitida por España, como hizo el año pasado.

De todo ello se deriva una correlación preocupante: la que hay entre crecimiento y deuda. Hay que suponer que, antes o después, los mercados financieros se harán la misma pregunta que nos hacemos todos: ¿Cómo es posible que creciendo un 3% tengamos el déficit más alto de Europa? En 2016, para crecer en 30.000 millones (PIB), nos hemos endeudado en 40.000 millones (Deuda). No parece un buen negocio.

A menos que el Gobierno tome medidas drásticas, que no están ni se les espera, en un probable escenario de retirada de las medidas de estímulo del BCE, podría producirse una nueva crisis de la Deuda que dispararía la prima de riesgo y haría que España entrase de nuevo en recesión.

Esto es lo que supone tener dos deudas de semejante entidad, tanto pública (100%) como privada (147%), buena parte de las cuales es exterior. La deuda externa española es la más alta de la Unión Europea (90%) cuando la media se sitúa en torno al 35%, lo que nos hace particularmente vulnerables a cualquier acontecimiento que se produzca en los escenarios internacionales a diferencia de, por ejemplo, Italia, cuya deuda pública es mucho mayor pero está en manos locales. Como dice la Comisión Europea, “España se enfrenta a elevados riesgos de sostenibilidad de la deuda a medio plazo”.

No es de extrañar que el Banco de España advierta de nuestra vulnerabilidad por lo que recomienda “la necesidad de trazar un plan de consolidación presupuestaria a medio plazo”, algo que no parece incluirse entre las prioridades de nuestros políticos, mucho más atentos en descubrir nuevas posibilidades de gastar los incrementos de recaudación que, finalmente, se están produciendo en 2017, en torno al 10% sobre el año anterior.

El único dato positivo en relación con el endeudamiento es el que aportado el BCE con su política de bajos tipos de interés que han permitido que el sector privado comience a reducir su endeudamiento (del 203 al 147 por 100) y, sobre todo, reduzca el pago de intereses, que han pasado de 133.000 millones a 41.000 millones , es decir, una rebaja de más de 90.000 millones, un dato que explica que las empresa y familias hayan vuelto a gastar e invertir, y la economía a crecer. Lo mismo ha ocurrido con la deuda pública que, a pesar de seguir creciendo, ha experimentado un abaratamiento considerable gracias a lo cual el pago por intereses  no rebasará por mucho los 32.000 millones presupuestados, una cifra modesta si se tiene en cuenta que la deuda rebasa los 1,1 billones de euros.

Este alivio temporal no permite bajar la guardia. El problema sigue estando ahí y se convertirá en una amenaza en cuanto los tipos de interés empiecen a subir, y los ritmos de crecimiento empiecen a bajar, lo que quiere decir que afrontaremos situaciones muy delicadas en relación a los mercados financieros.

Situación que se vería agravada si Rajoy sigue jugando con fuego y no cumple con los compromisos en materia de déficit fijados por la Comisión Europea. Hasta ahora, el mejor cómplice de Rajoy ha sido la coyuntura europea que no terminaba de mejorar. Sólo el riesgo de estancamiento ha permitido que la Comisión Europea haya sido tan benévola con España. Hasta ahora. Si entramos en una etapa de normalización, el incumplimiento del déficit no será tolerado ni por Europa ni por los mercados financieros. No se puede volver a repetir un escenario como el de los últimos años por el que Rajoy ha gastado unos 120.000 millones de euros más de los previstos, siguiendo la pauta clásica de un Gobierno que practica sistemáticamente la política del pan para hoy y hambre para mañana.

La recuperación

Alguno se preguntará cómo es posible que tras una crisis tan profunda, nada menos que diez puntos de PIB, abordada de manera tan chapucera, la economía haya vuelto a crecer. Ello ha sido posible, como acabamos de explicar, gracias al apoyo exterior que ha impedido que España siguiera el camino de Grecia, y concretamente gracias a la gestión del Banco Central Europeo. El BCE no sólo ha rescatado a las cajas de ahorro sino al propio Estado, comprando emisiones de deuda pública en cantidades masivas, lo que ha permitido una rebaja espectacular  de la prima de riesgo.

La actuación del BCE, cuyo balance ha rebasado los cuatro billones de euros, ha estado motivada por la lánguida recuperación que se estaba produciendo en la economía europea hasta el punto de que la inflación ha tenido signo negativo durante bastante tiempo. Una política monetaria tan agresiva ha provocado que la cotización del euro se haya debilitado lo que ha facilitado las exportaciones. Finalmente, la propia crisis ha servido para aminorar la presión sobre los precios del barril de petróleo que son ahora menos de la mitad, unos 50 dólares, de los de hace tan solo unos años. Esos tres cambios externos en los que, gracias a Dios, el Gobierno español no ha tenido la menor influencia, han permitido que saquemos la cabeza del agua y volvamos a crecer.

   Fuente: Expansión

Probablemente, no habrá otro país más beneficiado que España por una política que parece diseñada a nuestra medida. Como somos uno de los países más endeudados del mundo, se nos abarata drásticamente el costo de esa deuda; como necesitamos exportar, devalúan el euro, y como dependemos totalmente de energía importada, el barril se abarata espectacularmente. Sólo esto último ha supuesto un ahorro cercano a los 15.000 millones de euros al año, lo que ha permitido que, creciendo a ritmos cercanos al 3%, la balanza de pagos siga teniendo signo positivo.

Si se preguntan por las posibilidades de que esta coyuntura se mantenga, bastará seguir el curso de las tres variables mencionadas: la cotización del euro, el precio del barril de petróleo, y, especialmente, la evolución de los tipos de interés, que no pueden sino subir. Por consiguiente, las previsiones a corto plazo seguirán siendo positivas siempre y cuando estas tres variables no alteren sustancialmente su valor.

En relación a los tipos de interés, hay que decir que la Reserva Federal ha empezado a aumentarlos pero hay que tener en cuenta que su recuperación se ha adelantado unos seis años a la europea debido a los problemas políticos de la zona euro. De hecho, Alemania sigue rechazando mutualizar la deuda europea o completar la unión bancaria, y presiona para que el BCE dé por finalizado su programa de compra de activos, algo que Draghi trata de retrasar por todos los medios dado que no se fía de la solidez y consistencia de la recuperación. Además, es consciente que una subida prematura de tipos de interés crearía graves problemas a la mayor parte de los países europeos con alto nivel de endeudamiento público, con Italia en cabeza (132% del PIB), España (100%), y Francia (96%).

Pero por mucho que se intente que el fin de la ayuda del BCE no afecte en exceso a las economías más débiles, es evidente que nos aproximamos a un escenario en el que el Gobierno no va a sentirse tan cómodo como hasta ahora, lo que no evita que haga previsiones fastuosas sobre las que nadie pondría una mano en el fuego.

    Fuente el País

No sabemos qué va a pasar dentro de seis meses, pero el Gobierno se atreve a asegurar que en 2020 el paro bajará al 11% y el déficit se reducirá al 0,5% del PIB, lo que presupone tasas de crecimiento por encima del 2% de media. Las previsiones del Gobierno dibujan un escenario ideal, tanto que es poco probable que se cumplan. Como objetivos están muy bien pero ya sabemos el respeto que Rajoy tiene por los objetivos, incluso por los suyos.

La realidad parece más cercana a las estimaciones de un informe del Banco de España que limita ese posible crecimiento a no más del 1,2% de media para el período 2020-2025, en base a que la población activa no va a crecer casi nada (ahora estamos en el mismo nivel de hace nueve años) debido al envejecimiento de la población (hay más mayores de sesenta que jóvenes de menos de 21) y a que la tasa de paro media no bajará del 14%. Si estas previsiones se confirmasen es evidente que España volvería a tener un problema con la Deuda, que es lo que les ocurre a los países y a las empresas cuando, por las razones que sean, se endeudan en exceso.

Final

Es evidente que entramos en un tiempo en el que la economía española va a depender de sí misma, de su capacidad endógena para crecer por la vía de la productividad y el desarrollo tecnológico, sin ayudas artificiales ni apoyos exteriores. Hasta ahora hemos aguantado gracias al BCE, pero así no se puede seguir toda la vida.

En este país, una buena parte de la sociedad ha creído que podíamos concedernos las pensiones o la sanidad que nos diera la gana, y que el mundo exterior financiaría el déficit consiguiente sin hacer preguntas, lo que equivale a una ignorancia supina de lo que es la economía y del contexto exterior en que esta se mueve. No se puede sino sentir una gran ternura por los socialdemócratas, que son amplia mayoría en nuestro país. En primer lugar, porque como algunos niños no aprenden de las experiencias más negativas que padecen, y en segundo lugar porque no son conscientes de los condicionantes que la realidad exterior impone. Es el mundo visto tras una barrera protectora, tal como lo ven los funcionarios.

Así que no es de extrañar que los españoles y sus gobiernos hicieran caso omiso de todos los avisos en relación con el SME (1992) y con el euro (1998), cuyas implicaciones ignoramos olímpicamente, especialmente el de la imposibilidad de devaluar. De otro modo, no hubiéramos descuidado el equilibrio de las cuentas públicas, como lo hicimos, o tolerado que la inflación y los salarios se alejaran tanto de sus referencias europeas, sobre todo alemanas, en el período 1998-2008, y cuyas consecuencias han sido devastadoras para el empleo.

Los resultados de esta ignorancia, traducida en una monumental falta de disciplina, han sido desastrosos. Las crisis  han sido más largas y más duras, y su coste social ha sido prohibitivo. Solo una sociedad tan sumisa y poco articulada como la nuestra es capaz de soportarla sin que apenas se oigan voces críticas. Al contrario. Nada ha torcido la disposición natural del ciudadano medio al optimismo. Contra toda lógica, la mayor parte de la gente sigue esperando que las cosas vuelvan a ser lo que fueron: tasas de paro moderadas, un estado de bienestar sostenible y una economía capaz de hacer frente a todo tipo de dificultades.

Aunque Rajoy haya dedicado sus escasos e intermitentes esfuerzos a hacer pasar un enorme fracaso como si hubiera sido un éxito, ya nada puede ocultar que, si bien la transición política ha sido un éxito, por lo menos hasta los años noventa, la transición económica ha sido un fracaso, como demuestra el hecho de que en los últimos cuarenta años hayamos sufrido tres crisis devastadoras con tasas de paro que han duplicado y a veces triplicado la media comunitaria.

Tres crisis en términos de paro

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 Fuente: El País

Cada crisis ha sido peor que la anterior. Una sociedad que carece de memoria y no aprende de sus errores los repite una y otra vez. Como probablemente volverá a ocurrir en el futuro.

Nuestro comportamiento durante la última crisis ha sido particularmente esclarecedor. España ha quedado retratada como de lo peor de Europa, su imagen exterior se ha derrumbado, y la posibilidad de afrontar los problemas del estado de bienestar  se va haciendo más y más impracticable. Si no estuviésemos en el euro nadie nos prestaría un duro. Por lo menos, Europa se encarga de resolver los problemas que ella misma ha creado. A pesar de lo cual deberíamos pensar que seguir como hasta ahora, dependiendo del BCE, permite soslayar los problemas y demorar las reformas pero no nos lleva a ninguna parte.

Salida de la crisis

El problema es que, hoy por hoy, cualquier urgencia de cambio ha desaparecido. La economía crece a buen ritmo, la recaudación fiscal  ha aumentado un 10% por lo que parece que se va a cumplir el objetivo de déficit marcado por la Comisión Europea para 2017. De momento, el BCE sigue comprando deuda española y los tipos de interés están por los suelos. El Presupuesto ha sido aprobado por el Congreso. Rajoy debe pensar que estamos bien en el mejor de los mundos posibles. Seguramente habrá aparcado cualquier intento de reforma.

No deja de ser un paréntesis basado en circunstancias extremadamente artificiales. Las incertidumbres persisten porque con esta deuda y este paro,  los problemas no tardarán en aparecer en cuanto desaparezcan eso que se ha dado en llamar vientos de cola. La herencia de la crisis es esa: tener sobre nuestras cabezas permanentemente una espada de Damocles.

El Gráfico del año

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La imagen real de lo que nos ha sucedido lo tenemos en un gráfico que refleja las alternativas de la variable  más sensible de la economía española: el paro. En él se pueden apreciar las tres crisis que hemos sufrido, cada una peor que la anterior, cada una más profunda y más larga (11, 21 y 24 trimestres). Lo que demuestra que, a despecho de las duras lecciones que conllevan crisis de estas dimensiones,  seguimos sin sacar conclusiones ni modificar las formas de hacer en materia de mercado de trabajo. Dicen que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. España mejora este aserto, ya ha tropezado tres veces y, como no aprende, puede hacerlo muchas más. Supone una heroicidad que, a pesar de ello, hayamos llegado hasta donde estamos. Partiendo de la nada…

Hay que tener en cuenta que el paro es un problema capital. Es la causa de la crisis del sistema de pensiones y del déficit público, y está en el origen de la desigualdad social que se ha producido desde la crisis. No es un problema de gobiernos o partidos políticos; en esto todos son iguales. Es una costumbre nacional, que ha adquirido rango de segunda naturaleza materializada en la capacidad de los trabajadores fijos y sus sindicatos para aumentar los salarios en cualquier coyuntura.

Los salarios crecen por encima de la productividad en las fases expansivas (1998-2007), y siguen creciendo en medio de las crisis (2008-2011), lo que, como ha demostrado el Banco de España, agravó considerablemente las tasas de paro. De esa capacidad se ha derivado una tremenda segmentación social que castiga sobre todo a los parados y temporales pero que afecta también a los trabajadores fijos, que ya representan menos de la mitad de la población activa. Una estrategia que equivale a pegarse un tiro en el pie.

Un maratón neoliberal

PORQUÉ TENEMOS POCO EMPLEO Y MALO: UNA MARATÓN NEOLIBERAL

En cierta ocasión, alguien decidió que se corriera una maratón en un tiempo no inferior a las cinco horas. Obviamente, casi todos los participantes llegaron juntos a la meta. En otra ocasión, se dejó que los deportistas, muy competitivos ellos, decidieran el tiempo de llegada. El mejor llegó en dos horas y cinco minutos seguido por un rosario interminable de corredores separados entre sí por varios segundos o minutos. Del primero al último pasaron horas. Lo que quiero explicar con este ejemplo es que correr mucho separa, diferencia, mientras que correr poco, junta, iguala.

El primer caso es el propio de una economía socialista: todos iguales, todos pobres (salvo una nomenclatura que disfrutaba de privilegios). Se nos ha olvidado que las economías del Este de Europa, disponían de servicios mínimos muy decentes, de un sistema educativo de gran calidad, de viviendas precarias para todo el mundo y no padecían ninguna clase de paro. Sin embargo, la sociedad acabó rechazando el modelo.  ¿Cómo es que un sistema solidario y que daba seguridad, a veces demasiada, acabó viniéndose abajo? Porque quisieron correr, es decir, tener aquello que los países occidentales habían alcanzado y ellos no: un buen coche, vacaciones en Canarias y algo de democracia. Daban por descontado lo que, paradójicamente, no tenemos en Occidente y sí valoramos: empleo fijo, salario garantizado, estabilidad.

La moraleja de la historia es simple pero evidente: no hay mejora de vida sin riesgo, no hay progreso sin injusticia, no hay crecimiento sin desigualdad. Ganas algo pero pierdes algo. Todo tiene un precio, como las antiguas economías socialistas han podido comprobar. Lo mismo que  los españoles. Porque el segundo tipo de maratón es el nuestro. No hay mejor ejemplo de país que ha querido correr en materia salarial y de bienestar más rápido de lo que permitía la economía. Como en la maratón lo que hemos conseguido es fácil de definir: desigualdad, inseguridad, paro y escaso potencial de futuro.

En España tenemos un problema sempiterno y específico, el paro, casi siempre el más alto de Occidente. No es casualidad. Es verdad que hay muchos factores que influyen en el hecho de que tengamos el peor mercado de trabajo de Occidente: una formación profesional depreciada, una Universidad desastrosa, desligada de las demandas de la economía, escasa movilidad regional y funcional, un subsidio de paro demasiado generoso, etc. Pero la causa fundamental es el espectacular crecimiento de los salarios, en buenas y malas coyunturas, sobre todo en las malas.  Es verdad que la economía ha crecido lo suyo durante todo este tiempo pero el reparto de ese crecimiento entre salarios y empleo ha sido perverso.

Mi explicación teórica es la clásica: nuestros salarios, los de los fijos naturalmente, son demasiado elevados y sus condiciones contractuales excesivamente rígidas. Con esos costes laborales, en los que hay que incluir las cotizaciones sociales, la economía española no es capaz de crear empleo calificado, de la misma manera que muy pocos atletas acaban una maratón en menos de dos y diez minutos horas. Las razones son diversas pero conocidas: la historia de un país que siempre ha ido a remolque de Europa, que carece de tecnología propia, que está plagado de empresas pequeñas y medianas, a medio camino en su apertura al exterior. Una economía demasiado regulada y poco flexible. Puede crear mucho empleo (pensemos en el relacionado con el turismo, hostelería y restauración) a condición de pagar salarios muy moderados; pero no es capaz de crear mucho empleo de calidad, sobre todo si los salarios crecen más que la productividad, algo que sigue pareciendo natural a la mayoría de los españoles. Si además está por medio el espinoso asunto de los costes y la tramitación del despido, las empresas españolas perciben el contrato fijo como una amenaza para su  futuro, un futuro en el que saben  que tendrán que reestructurar  sus plantillas. Lo cierto es que un sistema que intentaba dar estabilidad al empleo ha terminado por provocar una amplia inestabilidad que tienen consecuencias muy negativas sobre la creación de empleo de calidad, que requiere formación y curva de carrera que el contrato temporal no puede proporcionar.

Nuestra productividad, por las razones mencionadas, crece poco o muy poco pero nuestros salarios, gracias a un mercado de trabajo que concede ventajas negociadoras a los trabajadores fijos que los sindicatos han sabido explotar muy bien, crecen mucho más y durante más tiempo, incluso durante la crisis, con tasas de paro elevadísimas, lo que es un dato que obliga a reflexionar sobre nuestra supuesta solidaridad y el hecho de que sigamos considerando el paro como el problema capital de la economía española. La existencia de un paro escandaloso no ejerce ninguna influencia sobre la fijación de los salarios de aquellos que conservan su empleo. De hecho, una mayoría de los españoles se sentiría la mar de sorprendido de que tal cosa pudiera ocurrir, aunque sería lo más lógico del mundo. Sin embargo, un mercado, en este caso el de trabajo, que no refleje en la fijación de precios la abundancia o escasez de la oferta ha de considerarse como verdaderamente disfuncional.

El resultado, además de ser letal para la creación de empleo, produce el mismo efecto que el de la maratón competitiva: una tremenda segmentación salarial por la que los más protegidos tienen sueldos inexplicablemente elevados (el caso más evidente es el de los funcionarios) y los menos o nada protegidos, los trabajadores temporales, tiene sueldos tercermundistas. Hay un tercer segmento, aún peor, el de los parados, que no tienen nada o casi nada. El país socialmente hablando está dividido entre los que tienen trabajo y los que no lo tienen, o tienen un trabajo de mierda.

Lo curioso de este sistema es que es el deseado y defendido por las organizaciones de trabajadores que se supone actúan siguiendo criterios de igualdad y solidaridad. La realidad es justamente la contraria: no hay país con mayor desigualdad y menos solidaridad que el nuestro. El espectáculo de ver cómo se reclaman alzas salariales con tasas de paro de más del 20% es cotidiano y habitual. Para ello, los sindicatos han sido extraordinariamente hábiles y han conseguido dos objetivos aparentemente difíciles: uno es que los salarios se fijen tomando como referencia la inflación y no la productividad (menos ahora con un IPC negativo); y dos, que la gente no establezca relación alguna entre empleo y evolución salarial. Los Sindicatos llegaron incluso a defender durante más de cuarenta años que el mejor procedimiento para crear empleo era subir los salarios todo lo que se pudiera. Era una estupidez de dimensiones siderales pero era su forma de aquietar su mala conciencia: no subimos los salarios por egoísmo sino por solidaridad. Así hemos acabado como hemos acabado.

El origen de este desastre reside en un malentendido. En la transición, y aún más durante la dictadura, se dio por supuesto que los trabajadores en general eran de izquierdas, solidarios y progresistas. Tal vez lo fueron en algún momento pero lo cierto es que no lo son ahora. La razón de este cambio estriba en que la clase trabajadora más básica se ha convertido en una clase media conservadora, la más conservadora de todas, por ser los últimos llegados a un nivel de bienestar que no quieren arriesgar por nada del mundo. Lo malo de la economía moderna es que el mantenimiento de tasas de crecimiento no ya elevadas sino normales requiere de grandes dosis de flexibilidad y cambio, algo de lo que no quieren oír hablar las nuevas clases medias. Y si el mercado de trabajo se lo permite, van a utilizar todos los medios para que esa flexibilidad no les afecte aunque suponga una brutal caída de los ritmos  de crecimiento y una considerable incapacidad para salir de la crisis.

Este sistema ha dado origen en España a dos desastres de enormes proporciones. En primer lugar, ha actuado contra la creación de empleo. España sólo tiene 18 millones de ocupados cuando en función de sus compromisos en materia de pensiones, sanidad o desempleo, debería tener no menos de 22/25 millones. Pensemos que hay casi 10 millones de pensionistas  y debería haber no menos de 2,5 ocupados por cada uno de ellos. Lo que nos indica que el sistema no es eficiente ni sostenible desde el punto de vista económico.

En segundo lugar, el sistema ha dividido a la población laboral española casi por la mitad en dos colectivos contrapuestos: los parados suponen el 20% (llegaron a ser el 25%) y los temporales están en el 25% (llegaron a ser el 33%). El resto son fijos pero no todos son de la misma calidad, muchos de ellos  están al borde de la desprotección. Lo que nos revela la fuerza  e intensidad con que han crecido los salarios en estos tiempos. Sólo entre 1998 y 2007 los salarios crecieron cuarenta puntos más que la productividad. Estamos viviendo las consecuencias de semejante despropósito.

Una de esas consecuencias es la imposibilidad de ampliar el colectivo que goza de mejores condiciones laborales. Como las demandas de este grupo aumentan a mayor velocidad de lo que crece la tarta a repartir, el resultado es que ese colectivo mejora su bienestar pero reduce su tamaño. De hecho, está en franca regresión y supone, como venimos diciendo, no más de la mitad de la población activa, poco más de diez millones de empleados. Recordemos que es este colectivo el que, básicamente, a través de los impuestos y cotizaciones sociales que paga,  mantiene el estado de bienestar. No es de extrañar que este se encuentre ante un serio problema de viabilidad, especialmente visible en el sistema de pensiones.

No deja de ser sarcástico que este engendro haya sido creado, o defendido, por nuestros buenos socialdemócratas del PP y del PSOE y en nombre de políticas sociales solidarias. Los intentos de reformarlo han sido un completo fracaso. Desde los ochenta, se han hecho algo así como ocho reformas laborales que han venido a dejar las cosas como estaban. Todo un síntoma de que, en realidad, no eran auténticas reformas.

Las diferencias entre los protegidos y los que no lo son, la famosa dualidad del mercado de trabajo, son ahora mayores que nunca. Mientras se empleaba una retórica reivindicativa, el resultado real de lo que ocurría venía a ser típicamente neoliberal: en el seno de una economía cuya productividad apenas crece, cuanto más rápido aumenten los salarios, mejor les va a unos, los del contrato fijo, y peor a los demás.

En el origen de todo hay un problema de impaciencia, como una suerte de asignatura pendiente. Nuestro destino manifiesto  era el de querer tener el mismo nivel de vida, privado y público, que otros países de nuestro entorno. Qué menos. Intentamos ignorar que nuestro sistema económico no es comparable al de esos países. La desconexión entre nuestras demandas de bienestar y salarios y la economía que las sustenta es total. Un voluntarismo carente de bases racionales, una mera ensoñación. Un problema agravado por nuestro comportamiento cíclico: si la economía internacional crece a buen ritmo, nosotros lo hacemos al menos igual e incluso mejor. Si la economía mundial no crece, nosotros padecemos una crisis más dura y más larga. Tal como ha ocurrido después de 2007.

Es evidente que la responsabilidad de semejante desastre es sustancialmente atribuible al mercado de trabajo, que es básicamente el heredado del franquismo, un sistema garantista y paternalista que desconocía la importancia y profundidad de los ciclos económicos, o no les prestaba mayor atención. Desde la democracia, el país ha atravesado por tres grandes crisis (1975, 1992, 2007) y ha sido incapaz de reaccionar frente a las mismas. Las tres han sido grandes crisis económicas–como economía de nuevo cuño, hecha a prisa y corriendo, la nuestra es muy vulnerable—y tremendas crisis sociales, dado que el país, diga lo que diga y vote  a quien vote, es terriblemente insolidario, una sociedad de clases medias muy recientes que se revuelven ante cualquier cambio que suponga una amenaza. Las consecuencias de esa incapacidad son tremendas: España es con Grecia el país que peor ha funcionado durante la crisis. De hecho, sólo en 2016 volverá a tener el nivel de renta que tenía en 2007, casi una década antes.

Es significativo que el país no aprenda y sea incapaz de sacar conclusiones de los desastres acaecidos. Pero hay una explicación mejor, y es que las clases dominantes, y estamos hablando de los funcionarios, los sindicatos y los empleados con contrato fijo de grandes empresas, han entendido perfectamente cuales son sus intereses y no tienen intención alguna de permitir que nada ni nadie los ponga en cuestión.

En resumen, el sistema es poco viable en términos económicos, y carece de futuro, pero se defiende muy bien en términos políticos,–ha aguantado más de cuarenta años en democracia- gracias a la capacidad de las clases dominantes para que las cosas sigan como están. Ese grupo de presión es mayoritario e imbatible. Su representación política, PSOE y PP básicamente, impone un sistema que es básicamente opuesto a la lógica económica. Una situación insalvable.

La resaca de la crisis: Un estado inviable

Prolegómenos. La sensación de que la crisis que vamos dejando atrás constituye un antes y un después en la historia económica del país tiene bases objetivas y sólidas, por más que la mayoría de la gente espere que las cosas volverán a ser las que fueron: un mundo en crecimiento, tasas de  paro moderadas, un estado de bienestar sostenible, y una economía capaz de hacer frente a todo tipo de dificultades, envuelto todo ello en un mar de expectativas crecientes. Ni siquiera una crisis tan profunda ha torcido la disposición natural del ciudadano medio hacia el optimismo.

Sin embargo, ese estado de opinión no parece muy fundamentado. Ni siquiera es probable. El legado de la crisis es tremendo en términos de paro, endeudamiento y crisis bancaria, por mencionar sólo lo más obvio, y pesará negativamente sobre la posibilidad de retornar a un escenario tan favorable como el que esperan los ciudadanos. Si nos atenemos a la historia de los últimos cuarenta años, los que hemos vivido en democracia, la perspectiva no es ni mucho menos complaciente. Hemos sufrido en este tiempo tres grandes crisis, las tasas de paro han sido casi siempre escandalosamente altas, como en ningún otro país europeo, y los desequilibrios fiscales y financieros han sido crónicos. A pesar de haber entrado en Europa y haber obtenido auténticas montañas de financiación exterior. La combinación de paro y déficit público, aparentemente inexplicable, que ha estado presente durante todos estos años, produce la sensación de que el modelo de crecimiento que se ha seguido hasta ahora no da para más.

Además de todo eso, existe la convicción, ajustada a la cruda realidad, de que tenemos un Estado que  es incapaz de reformar y evolucionar. El rendimiento de los Gobiernos desde 2008, a lo largo de la crisis, ha sido especialmente lamentable, una mezcla de pasividad, negación de los hechos y huida hacia adelante por el peligroso camino del endeudamiento. Comparativamente hablando ha sido uno de los peores comportamientos que se hayan dado en una Europa que no ha destacado en modo alguno por su capacidad de reacción.

Es, pues, lógico que veamos con inquietud cuales van a ser las consecuencias últimas de esa crisis, y en qué medida va a afectar a nuestro futuro, sobre todo desde el punto de vista del potencial de crecimiento, algo a lo que prestamos habitualmente poca atención pero que es decisivo para afrontar dos cuestiones esenciales: qué empleo vamos a tener y cómo vamos a financiar un estado de bienestar que representa una carga pesadísima para nosotros y para las próximas generaciones.

Ese potencial de crecimiento va  a estar condicionado de manera negativa por cuatro grandes problemas cuya profundidad y naturaleza los hacen insoslayables

  • El paro
  • El endeudamiento privado
  • El saneamiento del sistema financiero
  • El desequilibrio presupuestario

Sobre el paro sabemos que va a ser un problema que se irá resolviendo muy lentamente. Difícilmente bajará del 10% antes de 2025 y eso suponiendo que se haga una verdadera reforma laboral, esa que no se ha hecho en todos estos años, y se acabe con su dichosa dualidad. En cualquier caso, debemos ser conscientes de que hay tres millones de personas menos trabajando lo que no deja de ser un problema a la hora de crecer.

Por ahora, la reducción del endeudamiento privado va por buen camino. Familias y empresas han reducido sus niveles de Deuda desde un 210% del PIB al 150% en estos años, a un ritmo de más de 70.000 millones anuales, algo que ha sido posible gracias a los bajos tipos de interés que ha proporcionado el BCE.

Más complicado parece el caso de la Banca, cuyos bajos niveles de solvencia se han visto complicados por un problema de rentabilidad en el negocio recurrente. El hecho de que el número de entidades se hayan visto reducidas a una quinta parte permite pensar que se encuentra en el camino de resolver un problema de viabilidad que los bajos tipos de interés y la reducción del stock crediticio han puesto de manifiesto, aunque ello supondrá el despido de unos 90.000 empleados y el cierre de unas 18.000 oficinas. Pero por encima de todo el sistema financiero cuenta con un aliado natural: el tiempo.

Y queda para el final un problema que no sólo no se corrige sino que empeora hasta el punto de que se ha convertido en el problema estructural de más difícil solución: el déficit presupuestario y la Deuda Pública consiguiente. Los tres primeros problemas se arreglarán de una forma u otra porque atañen al sector privado que no puede ignorarlos por la cuenta que les trae, pero el último atañe al Sector Público, que tratará de esquivarlo mientras pueda, es decir, mientras pueda seguir endeudándose a bajos tipos de interés.

CUADRO 1: EL ENDEUDAMIENTO ESPAÑOL

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Mientras la Deuda privada se está reduciendo, incluso más rápidamente de lo previsto, la Deuda pública ha seguido aumentando. En el caso de que la política de bajos tipos de interés cambie, y lo hará seguramente en los próximos dos o tres años, semejante deuda se convertirá en la mayor amenaza para el crecimiento y la estabilidad que podamos imaginar. Ya pagamos más de 33.000 millones de intereses (un 3% del PIB) en un momento en el que los tipos de interés no pueden ser más bajos. ¿Cuánto tendríamos que pagar si esos tipos se ponen a subir?. Recordemos que ya tuvimos que pagar cerca de 40.000 millones hace unos años con una deuda muy inferior a la actual.  La economía privada se ajusta mientras que el sector público ni lo hace ni lo intenta, al menos mientras pueda seguir endeudándose gracias a la política financiera que el BCE aplica para salir de la amenaza de un estancamiento secular.

Conviene mencionar en este punto la abierta simpatía con que todas las formaciones políticas, sean del tipo que sean, contemplan cualquier desequilibrio presupuestario como si siempre estuviese justificado por definición. Algo parecido a la opinión de la mayoría de los españoles en relación a una supuesta austeridad que no ha existido más que en su imaginación. No es de extrañar que el equilibrio fiscal no hay sido nunca una prioridad política para ningún gobierno español, especialmente desde el estallido de la crisis, tal como han terminado por reconocer los responsables de una Comisión Europea más que harta por los sistemáticos incumplimientos de los compromisos adquiridos en este sentido.

En resumen, es evidente que el déficit y la deuda públicas se han convertido en los problemas por excelencia desde el punto de vista de la estabilidad y el crecimiento.

La dimensión del problema En 2015, de manera aparentemente contradictoria, la economía y el empleo han crecido como no lo habían hecho en una década. Como decimos, algunos problemas van quedando atrás y otros se van resolviendo lentamente. Sin embargo, el déficit público se ha desviado de manera escandalosa y sigue, como todos los años, incumpliendo flagrantemente los compromisos adquiridos con la Comisión Europea. En realidad, la Administración española no los ha respetado en ningún año, y eso que el calendario ha sido revisado tres veces, proporcionando al Gobierno un margen de maniobra más que respetable. Pero el Estado español sigue sin corresponder a esta muestra de generosidad por parte de una Europa a la que debemos las únicas respuestas reales y tangibles frente a la crisis, fundamentalmente el rescate bancario y el descenso de la prima de riesgo, sin las cuales nuestra situación sería ahora mismo crítica.

Que la cosa es grave y no tiene visos de arreglarse lo demuestra el hecho de que el año pasado España fue el país con el mayor déficit público de Europa, sólo superado por Grecia. La diferencia entre Ingresos y Gastos fue de 55.000 millones, un 5,1% del PIB lo que ha hecho que la Deuda pública supere el billón de euros y rebase el 100% del PIB. Ello nos sitúa en el grupo de países con mayores desequilibrios presupuestarios de la UE, lo que ya es decir dado que en ese grupo figuran países como Francia (95%s/PIB) e Italia (132%s/PIB). En la zona euro, la deuda media supera el 90% lo que demuestra que se trata de una enfermedad crónica y una costumbre arraigada, sobre todo en los países de la cuenca mediterránea. España no tiene la deuda más alta (ese dudoso honor corresponde a Italia) pero su déficit es ahora mismo el más alto de Europa lo que es particularmente grave después de seis años de esfuerzos (¿) por reducirlo.

CUADRO 2: LAS CUENTAS PÚBLICAS DE LA UNIÓN EUROPEA EN 2015

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Existen dos hechos que agravan el caso español: por un lado, la rapidez con que hemos llegado a esta situación, y, por otro, las enormes dificultades que se han puesto de manifiesto para reducir, incluso paulatinamente, un déficit que reúne todas las características de un problema estructural que exigiría reformas que no se quieren abordar. El Estado ha tardado seis años en reducir el déficit del 11% al 5%, hecho que considera poco menos que una hazaña, cuando, en realidad, se trata de todo lo contrario: un incumplimiento deliberado y consciente que ha proporcionado al Gobierno una capacidad de gasto adicional de unos 70.000 millones, lo que le ha venido muy bien de cara a las elecciones.

AIReF, por boca de José Luis Escrivá, ha asegurado que si se hubiera aplicado la regla que limita el gasto (Ley de Estabilidad) desde principios de siglo, la Deuda Pública se situaría actualmente alrededor del 60% del PIB en lugar del 100%. O sea que ese descontrol de gasto público ha sido ilegal, hasta el punto de violar las reglas que los políticos se habían fijado a sí mismos en esta materia, reglas que han ignorado por no enfrentarse a situaciones desagradables.

Esto explica que, a pesar de las sucesivas prórrogas que la Comisión ha concedido, España siga sin haber cumplido sus compromisos ni un sólo año. El objetivo en 2016 hubiera sido un déficit del 2,8%, algo imposible de conseguir ya que requería un recorte presupuestario brutal. Las nuevas previsiones del Gobierno elevan ese déficit al 3,6% pero incluso este dato es dudoso. AIReF calcula que rebasará el 4%, lo que supone gastar 43.000 millones más de lo que se ingrese. Se necesitarán dos años adicionales, y no uno, para situar el déficit por debajo del 3%. Por lo menos.

CUADRO 3: GASTOS E INGRESOS PÚBLICOS

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El hecho tiene su importancia más allá de cumplir con una obligación o no hacerlo, lo que en un caso supone alcanzar una merecida fama de chapucero. Su impacto sobre el crecimiento no puede ser ignorado. De hecho, gracias al citado incumplimiento la economía española ha podido crecer más de un 3% en 2015. A la inversa, si habiendo crecido nuestro PIB más de un 3% en 2015, algo que no se daba desde hacía diez años, con una prima de riesgo casi simbólica, el Presupuesto se salda con un déficit de más de 55.000 millones de euros (dando por buenas las liquidaciones de las Comunidades Autónomas lo que exige grandes niveles de credulidad), está claro que tenemos un problema estructural.

Es como para preguntar: ¿me está diciendo el Gobierno que para crecer un 3% (33.000 millones de PIB) hay que endeudarse en 56.000 millones más, un 5,1%?. Si se demuestra que para crecer debemos endeudarnos sistemáticamente nos enfrentamos a todo un círculo vicioso. Pero lo peor es que semejante déficit deja a la economía española a merced de lo que ocurra en el futuro con los tipos de interés. Bastaría que estos subieran un par de puntos para que volviéramos a entrar en recesión.

No es extraño que la Comisión Europea se sienta profundamente preocupada con España ya que no hace caso a ninguna de sus recomendaciones. Los exámenes periódicos que realiza confirman que tenemos una de las economías más desequilibradas de Europa, incumpliendo siete de un total de catorce indicadores: empleo, deuda pública, deuda privada, posición neta de inversión internacional, pérdida de cuota de mercado de exportaciones, tasa de desempleo de larga duración y tasa de paro de jóvenes entre 15 y 24 años. La Comisión ha llegado a la conclusión de que Rajoy no tiene la menor intención de reformar nada si ello supone un coste electoral. Ello se refiere tanto a la disciplina en materia de gasto  como a las reformas estructurales.

No deja de ser curioso que Europa sienta una desconfianza hacia Rajoy mucha mayor que la que sienten los propios ciudadanos españoles, que son los que deberían estar más agobiados por la cuenta que les trae. Y es que nos hemos acostumbrado a lo peor como si fuera algo corriente. Ese ha sido el sutil programa de Rajoy: hacernos creer que somos un caso de lo más normal, que lo que nos ocurre entra dentro de lo habitual. Incluso ha ido más lejos: hacer pasar un enorme fracaso económico como si hubiera sido un éxito.

El mal francés Un ejemplo ilumina la naturaleza del problema. En 2001, los dos países, Francia y Alemania, que más habían luchado por endurecer las condiciones de pertenencia a la zona euro, una de las cuales era la de no rebasar un déficit presupuestario del 3% del PIB, incumplieron esa condición al mismo tiempo. Exigieron no ser castigados por ello, una primera violación del propio tratado, y se comprometieron, con muy escasa convicción, especialmente Francia, a equilibrar su Presupuesto demandando un período de adaptación sorprendentemente largo, del orden de cinco años. La cuestión tenía que ver con tasas de crecimiento muy modestas y con el peso creciente de los compromisos derivados del estado de bienestar, sobre todo en relación con las pensiones y la sanidad.

Sin embargo, los dos países reaccionaron de forma muy distinta ante el desafío que ello suponía, un desafío que era tanto una prueba política como económica. Alemania reaccionó con rapidez y radicalidad. Reformó el estado de bienestar, recortando algunas condiciones demasiado generosas, especialmente en relación al desempleo, y modernizó su economía para elevar sus ritmos de crecimiento. Superaron los problemas con el rigor que se le supone a un país orgulloso de sí mismo y avergonzado por haber dejado pasar demasiado tiempo sin haber tomado las medidas oportunas. También es cierto que quien asumió esa iniciativa, el canciller Schroeder, perdió las siguientes elecciones. Es evidente que este hecho pesó en el ánimo de los  políticos del continente en mucha mayor medida que el éxito económico que las reformas obtuvieron. Podríamos decir que las reformas alemanas, a la hora  de afrontar la cuestión económica más importante de nuestra época, fueron muy positivas para la propia Alemania pero muy negativas para el resto de Europa.

Desde luego, Francia se negó a entender del problema, volvió la espalda a las reformas (tachadas de neoliberales por otro socialista, Leonel Jospin), que ahora, más de una década después han tenido que ser abordadas con enormes dificultades por el actual Gobierno socialista francés. Francia ha perdido muchísimo tiempo y no ha aprendido nada, como demuestran las reacciones populistas de sindicatos y estudiantes ante medidas de una extraordinaria suavidad.

En 2003, Francia y Alemania, las dos principales potencias económicas de Europa, tenían un peso político y económico similar; hoy en día ese equilibrio se ha roto de manera escandalosa, y Francia ha entrado en una decadencia muy evidente. Ese es el precio de no haber hecho lo que había que hacer. Ello parece demostrar que las consecuencias de respetar o no una determinada disciplina fiscal y hacer reformas son enormes.  Como dice José Viñals del FMI: “La diferencia entre hacer lo correcto y lo que no, es un punto y medio de crecimiento en los próximos cinco años”.

El caso español guarda ciertas similitudes con el caso francés, guardando claro está las distancias. España, que al llegar la democracia tenía un Estado pequeño pero adaptado a la dimensión real de su economía, que es o debe ser siempre una referencia insoslayable a la hora de calcular el gasto público, ha visto como ese gasto tomaba la delantera sobre la economía, y eso que durante estos cuarenta años la economía creció lo suyo, pese a lo cual siempre ha sido a rebufo de la pródiga imaginación de nuestros políticos y funcionarios, y su uso con fines electoralistas y clientelares. El gasto público ha llegado en ciertos años a cotas del orden del 50% del PIB, y casi siempre ha rebasado el 40%, cuando no pasaba del 25% en los años setenta. Puede que entonces fuera demasiado pequeño; hoy en día es obvio que resulta demasiado grande. Con un típico movimiento pendular hemos pasado de un extremo a otro, y es que a lo largo de estos años, y de acuerdo con las estimaciones realizadas por diversos autores, el gasto público ha crecido a un ritmo que duplica prácticamente el alcanzado por la economía. A lo largo de estos cuarenta años de democracia, el Presupuesto del Estado se ha cerrado con déficit en treinta y seis de ellos.

Este crecimiento del gasto, que empezó a crear problemas casi desde el principio, podía haber sido asumible si se hubiera mantenido durante unos cuantos años, no demasiados, y siempre que una buena coyuntura lo amparase. Pero hacerlo a lo largo de todos estos años, en buenas y malas coyunturas, equivalía a una quimera, imposible de soportar por ninguna clase de economía, incluso alguna de las más competitivas, y España está muy lejos de eso. Los políticos, y la propia sociedad española, siempre han sobreestimado, por razones interesadas, el potencial económico del país, lo que nos condenaba a endeudarnos de manera creciente.

CUADRO 4: EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LA DEUDA PÚBLICA ESPAÑOLA

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El problema reviste extraordinaria gravedad, en parte porque condiciona la marcha de toda la economía, en parte porque no tiene visos de cambiar. Hay razones para sospechar que la Administración española va a seguir gastando más de lo que ingrese por sistema, pese a quien pese. Lo ha hecho en las malas coyunturas, durante la gran crisis, explicándolo por la caída de la recaudación y el aumento de los gastos en intereses de la Deuda y paro, y lo ha seguido haciendo en las buenas coyunturas, cuando un supuesto keynesianismo no lo justificaba de modo alguno (el ejemplo más reciente es del año pasado, 2015). Y lo ha hecho a pesar de todas las presiones que ha ejercido la Comisión Europea que ha tenido a bien conceder hasta cuatro prórrogas (la última hace escasos días) para cumplir los objetivos fijados pese a que no hay no hay garantía alguna de que esta vez se vayan a respetar. Y esto es así pese a que Bruselas obligó a crear una autoridad independiente, el AIReF, que ahora depende de la entidad a la que debe controlar, el Ministerio de Hacienda, lo que no deja de ser un ejemplo más acerca de qué forma entiende el Gobierno el respeto a una condición esencial para nuestro equilibrio y nuestro crecimiento.

Desde hace treinta años, desde que llegaron los socialistas al poder, la clase política ha vivido un espejismo: creer que el sector público podía crecer indefinidamente, y que sus problemas financieros se resolverían en el siguiente ciclo expansivo: repartimos hoy lo que vamos a producir mañana. Esta manera de pensar, que no obedece a ningún criterio teórico ni pensamiento ideológico sino a una forma de actuar castiza, nos ha llevado fatalmente a la situación en que nos encontramos actualmente, la de un país endeudado hasta las cejas, siguiendo una aproximación por etapas, de crisis en crisis, por las que el déficit y la deuda crecían cada vez más.

La primera crisis, la de 1974-1985, duró más de diez años y situó la Deuda en los aledaños del 40%. La segunda crisis, la de los años noventa, elevó esa Deuda al 66%, con un déficit máximo del 7,4%, 1993, y esta vez costó más de doce años en eliminar, a pesar de que por entonces el crecimiento económico sobrepasaba el 3% de media. También hubo que realizar los primeros retoques, eso sí superficiales, del sistema de pensiones. La tercera crisis, la de 2008, ha llevado el déficit al 11% (2011) y ha situado la Deuda por encima del 101%. Probablemente ha llegado para quedarse y la heredará la siguiente generación. Será nuestro principal legado.

CUADRO 5: DEFICIT Y DEUDA MAXIMA EN CADA CRISIS

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Haciendo honor a su vocación de equilibristas, los políticos han ido redoblando su apuesta, llevando lo más lejos posible déficit y deuda hasta agotar todo margen de maniobra de cara al futuro. Hoy por hoy, en un contexto incomparablemente peor que el de antaño, el ajuste sin reformas, a base de lo que se conoce como ganar tiempo, que es lo que pretende la clase política, parece imposible, tal como demuestra la evolución de los últimos Presupuestos. Esta vez, el ajuste será doloroso, sobre todo en el tema de las pensiones.

Perspectivas: ¿Más Impuestos o menos Gastos? El Estado español es incapaz de resolver el problema si no es con un incremento de los ingresos, porque no sabe recortar gastos y administrar el dinero de forma más eficiente. Pero el crecimiento futuro, además de ser mucho más débil, no va a proporcionar la riada de ingresos que proporcionó la burbuja inmobiliaria, y la presión fiscal no puede ser aumentada porque ha llegado y sobrepasado los límites de lo razonable. Pese a lo cual, a los nuevos partidos políticos tipo Podemos no se les ocurre otra cosa que proponer nuevas subidas de impuestos, lo que demuestra que de nuevos y modernos no tienen nada. Para eso ya estaban el PP y el PSOE, partidos típicamente socialdemócratas.

A pesar de que se trata de un problema que sólo tiene solución por la vía de la austeridad en el gasto, analicemos qué posibilidades hay de hacerlo por la vía de los impuestos, a pesar de su previsible fracaso. Del IRPF se tiene plena conciencia de que es abusivamente elevado, además de injusto, especialmente con los que menos ganan, que deberían estar exentos, al menos parcialmente, y sin embargo aportan la mayor parte de un impuesto que el Estado va haciendo más y más regresivo. En cuanto al IVA es evidente que constituye toda una agresión contra la capacidad adquisitiva de los españoles, y que una subida del mismo sería muy impopular.

Los políticos saben que tampoco pueden elevar otro impuesto igualmente confiscatorio como son las cotizaciones sociales, que no dan más de sí a pesar de que son las más altas de Europa, ocho puntos por encima de la media. No olvidemos que los españoles dedicamos a las cotizaciones sociales 102 días de trabajo al año.  Se trata de un auténtico impuesto sobre o contra el empleo, al que todos acusan de ser uno de los responsables de su destrucción y de las dificultades para crearlo, como se demuestra a cada paso, en buenas y malas coyunturas. La pirámide poblacional garantiza que el sistema de reparto se va a enfrentar a problemas insolubles, afirmación que no ofrece ninguna duda si se tiene en cuenta que su déficit de 2015 no ha sido inferior a un 1,5% del PIB, unos 17.000 millones de euros, muy parecido al de las Comunidades Autónomas. Déficit que no deja de crecer a pesar de que en los dos últimos años se han creado 1,3 millones de empleos.

CUADRO 6: SUPERÁVIT Y DÉFICIT DE LA SEGURIDAD SOCIAL

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La creación de nuevos empleos, al ser en su mayoría temporales y con bajos niveles salariales, apenas corrige la deriva negativa de la Seguridad Social. El sistema de pensiones se enfrenta a una situación kafkiana: si aumenta cotizaciones, destruye empleo y por tanto no consigue elevar la recaudación. De esta espiral sólo puede salir si el Estado rebaja las pensiones, cosa que no va a hacer porque se trata de un segmento electoral decisivo, o se hace cargo de ciertas prestaciones (viudedad, pensiones no contributivas), lo que reduciría sus márgenes de maniobra hasta extremos inverosímiles.

Hay que tener en cuenta que las dos principales partidas de gasto—pensiones y salud—van a seguir creciendo de forma imparable. Al alargarse la esperanza de vida, el consumo de prestaciones sanitarias aumenta exponencialmente y lo mismo ocurre con las pensiones. Si antes de 2020 no se toman medidas contundentes, y poco probables, el sistema está abocado a una crisis de enorme magnitud. Si bien existe una solución sencilla: como se trata de un sistema de reparto, como orgullosamente proclaman algunos, no habría más que dividir la recaudación por el número de beneficiarios para calcular las pensiones que nos corresponderían, naturalmente mucho más bajas que las actuales, así como el importe del copago sanitario que tendríamos que asumir.

Gasto público: para qué? Lo más grave de todo es que el monumental esfuerzo que han realizado los españoles apenas ha servido para cumplir los objetivos potenciales. En otros tiempos, se aducía que el Estado, por lo menos el español, tenía la obligación  de responder a tres grandes objetivos fundamentales

  • Proporcionar servicios
  • Equilibrar la renta regional
  • Estabilizar la economía

Por decirlo de alguna manera, estas han sido sus coartadas intelectuales para crecer.

En cuanto  al uso del Presupuesto desde un punto de vista cíclico, conviene recordar que el gasto público ha seguido creciendo en medio de las mayores crisis económicas que ha padecido este país, y no por razones de política económica sino por simple inercia. En las tres grandes crisis que hemos padecido (1977, 1992, 2008) se puede asegurar tajantemente que la política presupuestaria no sólo no ayudó a superar las mismas sino que las exageró hasta la exasperación, y fue directamente responsable de que esas crisis fueran más duras y más largas que las de los países de nuestro entorno. Gran parte de lo que ganábamos durante las fases de crecimiento lo perdíamos en las recesiones, agravando el característico modelo en dientes de sierra que ha caracterizado nuestro crecimiento.

En relación con el suministro de servicios públicos, la Administración española ha desarrollado un despliegue espectacular basado en una demanda creciente de todo tipo de servicios que la sociedad demandaba. Eso explica que en menos de cuarenta años, el número de empleados públicos se haya multiplicado por cinco. El problema es que ese aumento de plantillas ha venido acompañada de un descenso vertiginoso de su productividad. Todo el mundo asegura que los problemas existentes en Educación (baja calidad), Justicia (lentitud) o Sanidad (listas de espera) no se resuelven poniendo más gente o gastando más dinero sino gestionando mejor el personal y el presupuesto disponible.

Algo que nos recuerda que así funcionaban los países del socialismo real antes de que se derrumbaran: sin costes, sin precios, sin mercado, sin competencia. Únicamente atentos a conseguir el mayor volumen de recursos humanos e inputs materiales para compensar su absoluta falta de productividad. Un método de trabajo que se adapta como un guante al carácter del empleado público español, obligado a gastar su presupuesto todos los años, venga o no a cuento, y a tratar de aumentarlo sistemáticamente, un proceso que topa inevitablemente con las limitaciones que impone la economía real.

En relación al tercer apartado, el equilibrio regional, se pensó que la creación del Estado de las Autonomías podría ser la mejor manera de abordarlo, liberando la iniciativa local hasta ese momento supuestamente reprimida por un centralismo que no entendía de la naturaleza específica de los problemas locales y regionales. En la práctica, lejos de ser un factor de progreso ha resultado todo lo contrario, agravando los problemas derivados de un Estado lento, prolijo, inseguro y desigual. En lugar de crear una administración sobre nuevas bases, y de acortar las distancias entre administración y administrados, se ha reproducido el mismo esquema caduco. Y es que los funcionarios autonómicos quieren tener los mismos privilegios y los mismos métodos de gestión que caracterizan a la Administración Central. Puestos a copiar, han copiado lo peor.

Una de las mejores oportunidades que ha tenido este país de crear una administración de nueva planta ha sido malversado y dilapidado, agravando la falta de viabilidad económica de muchas autonomías y multiplicando hasta el paroxismo una burocracia dedicada a la captura de rentas y empleos públicos, con los mismos rasgos caciquiles y la misma inclinación clientelar de las burocracias originales. El Estado de las Autonomías ha servido para reinventar el caciquismo de siempre, un poder local dotado ahora de enormes recursos y un inmenso poder político.

A estas alturas es evidente que el estado de las autonomías en su actual forma es un error. De hecho, un sistema que debería haber servido para desarrollar las energías locales sólo ha servido para hacerlas más dependientes de lo que tenga a bien proporcionarles la Administración Central. Simplemente analizando sus tasas de paro es fácil llegar a la conclusión de que Andalucía, Extremadura, Murcia, Castilla La Mancha, Valencia, etc, es decir, más de la mitad del territorio español, tienen un futuro muy dudoso.

Rajoy y Montoro, que estando en la oposición juraron y perjuraron que no financiarían estos déficits, han proporcionado en los últimos años no menos de 130.000 millones de supuestos créditos, que nunca serán devueltos, para que las regiones paguen sus facturas. Como se ha venido diciendo desde hace años, el Estado no es que haya dejado de gastar, lo que había dejado es de pagar.

La Administración Central, que en su día se atribuyó la tarea de conseguir el equilibrio regional, tiene que ver con aprensión cómo hoy es el día en que Extremadura tiene la mitad de renta per cápita de Madrid cuyo peso económico en el conjunto del Estado casi equivale al de toda Cataluña y triplica el del País Vasco.

Estado versus economía El país ha realizado un enorme esfuerzo para dotarse de un Estado moderno y funcional, dedicando a ese objetivo sus mejores recursos, casi siempre por encima del 40% del PIB, sin que haya obtenido unos resultados acordes con dicho esfuerzo. Para colmo ese despliegue ha sido tan rápido y falto de planificación que ha terminado por afectar al propio proceso de crecimiento económico. Estamos hablando de un aspecto de crucial importancia: el equilibrio que debe guardar en todo momento el potencial de la economía con el tamaño de la Administración y su estado de bienestar. Ese equilibrio no ha sido respetado en casi ningún momento de nuestra historia reciente. La crisis no ha hecho otra cosa que provocar un desequilibrio aún mayor. Una Deuda pública por encima del 100%, la mayor desde hace un siglo, va a condicionar nuestro futuro de manera duradera.

De este estado de hechos se deriva una realidad incontrovertible: España posee una de las peores administraciones de Europa. Que el mal gobierno no es una teoría ni un sesgo crítico injustificado sino que está basado en hechos reales y objetivos lo tenemos en los informes de las instituciones internacionales que periódicamente publican estudios comparativos sobre la calidad de los Gobiernos y en los que España siempre aparece en los últimos lugares de la lista, en compañía de países tan caracterizados como Italia, Portugal o Grecia. En relación con los mejores, generalmente del Norte de Europa, las distancias no han hecho sino aumentar. No es casualidad ni el resultado de una leyenda negra, o una conspiración antiespañola.

Todo parece apuntar en una misma dirección, a una de las piezas esenciales de nuestro ordenamiento: lo que peor funciona es el propio Estado, que en este momento y a la vista de las circunstancias debería estar llamado a liderar un proceso de reformas, cosa que no está haciendo. Independientemente del benévolo control que la Comisión Europea ejerce sobre el déficit español, la cuestión no deja de ser la que es para cualquiera que analice el tema con una mínima objetividad y espíritu crítico. Por ejemplo, Moody´s acaba de rebajar la perspectiva de la deuda española porque ha llegado a la conclusión de que las reformas estructurales o no se han desarrollado del todo, como la reforma laboral, o han sido irrelevantes, como la del Sistema de Pensiones. Otras ni siquiera se han planteado, como el control financiero de las Comunidades Autónomas. La OCDE sitúa sistemáticamente al Estado español en los últimos puestos en materia de seguridad jurídica y calidad de las  regulaciones, en una categoría similar a la de Italia o Grecia.

Cuando se analicen serenamente las causas del fracaso económico español, porque lo ocurrido representa un tremendo fracaso, se llegará a la conclusión de que una de sus razones fundamentales se ha debido a la mala calidad de la Administración y la Política, que en España son todo uno. Que un país que tenía tal potencial de crecimiento al llegar la democracia haya terminado por perder la mayor parte del mismo dice mucho de la capacidad del Estado español para esterilizar las muchas cualidades que este país tenía. No olvidemos que, como dicen Acemoglu y Robinson (Por qué fracasan los países), “son las instituciones las que determinan el devenir económico de un país”.

Diversos indicadores revelan que, a partir de los años noventa, coincidiendo con la segunda de las grandes crisis que nos han asolado (1992-1993), la voluntad reformista de la Administración se disolvió hasta casi desaparecer, salvo si se trataba de cambios formales y juridicistas, como las sucesivas reformas laborales que no cambian nada esencial. A partir de ese momento, el balance de la democracia se deterioró imparablemente. Nuestra renta per cápita sigue estando en torno al 80% de los países más avanzados, lo que quiere decir que la distancia respecto al núcleo central de Europa no se ha reducido en absoluto en los últimos cuarenta años. A pesar de haber recibido en ese período ingentes cantidades de fondos estructurales, grandes volúmenes de inversiones privadas y haber acumulado un fenomenal endeudamiento externo, la economía española no mejora relativamente en materia de productividad, complejidad e innovación porque las instituciones, que son el factor clave de la prosperidad y el crecimiento de un país, han acabado por asfixiar la iniciativa de los españoles y sus empresas.

El problema es que el país se ha habituado a estos hechos hasta el punto de que su opinión pública, o publicada, no reacciona ni sanciona. Todos los días parecen datos que revelan la mala gestión pública y los escándalos de corrupción que la misma lleva aparejados sin que, por parte de la sociedad, se haya producido ninguna reacción real a este estado de cosas, lo que viene explicado por la inexistencia de una verdadera opinión pública con capacidad de influir sobre la acción del Gobierno. La propia evolución del déficit público, y especialmente de la Deuda, pone de manifiesto que no hay capacidad para condicionar la marcha de los acontecimientos. La cultura política de los españoles está a medio hacer mientras que su capacidad para aguantar es prácticamente ilimitada. El único elemento real que modera la arbitrariedad del Gobierno es su propia incompetencia.

Pero la sociedad no está libre de culpas. Como dice el ministro de economía francés Emmanuel Macron, a las reformas se oponen también aquellos que son sus principales beneficiarios, y que no son otros que los que están dentro del sistema. En el tema de la reforma laboral, por ejemplo, aquellos que ya tienen empleo pretenden acorazarlo con más salario y más seguridad, a pesar de que la economía demanda insistentemente flexibilidad. Si hay un síntoma de que el mercado de trabajo no funciona es el hecho de que a pesar de las altas tasas de paro, los salarios no se reducen o siguen creciendo como si tal cosa. Como si una cosa no tuviera que ver con la otra. Como dice Macron “quienes están integrados en el sistema y tienen puestos a perpetuidad son los que dictan las normas y están interesados en que el sistema sea un coto cerrado porque son ellos quienes lo dirigen”.

Que este estado de hechos tiene una relación directa con el deterioro de la economía y la profundidad de las crisis no ofrece dudas. Bastará un ejemplo para demostrarlo: el funcionamiento, verdaderamente anormal, de las Cajas de Ahorro. La Ley de Cajas de 2002, que ahora es considerada un error monumental por sus propios autores, contribuyó a la colonización de las mismas por parte de partidos políticos y sindicatos, un hecho que está en el origen del mayor desastre financiero de la historia económica de España, provocada por unas entidades que carecían de mecanismos de control internos, estaban más que dispuestas a plegarse a los requerimientos del poder de turno, principalmente las Comunidades Autónomas que las utilizaron como bancos a su servicio, y finalmente carecieron de un efectivo control externo, que debería haber sido el Banco de España, cuya asombrosa lasitud en todo este proceso ha sumido  a la primera institución financiera del país en la vergüenza y el descrédito.

Lo paradójico de un sistema que tenía como objetivo una sociedad más estable, segura y solidaria es que ha conseguido justamente lo opuesto: la sociedad del sálvese quien pueda. Un mundo en el que impera una seguridad casi absoluta para unos, frente a una mayoría expuesta a la intemperie ante los vaivenes de la coyuntura. Mientras la Administración no ha padecido consecuencia alguna de su monumental fracaso económico–diez años de estancamiento y veinte de empleo—y ha mantenido la misma plantilla e igual trato privilegiado, la Banca se ha visto reducida de más de sesenta entidades a trece; la Industria ha perdido 900.000 empleos y más de 50.000 empresas; la Construcción ha pasado de construir 750.000 viviendas a menos de 100.000; y el mercado de trabajo sigue siendo más dual que antes. La brecha entre trabajadores temporales, que suponen un tercio de la masa laboral, y fijos, no ha hecho sino ampliarse.

El panorama sería menos negativo si tuviéramos una economía competitiva y puesta al día capaz de compensar la irremediable mediocridad del Estado. Pero la realidad es bien distinta. Desde 2008, las Exportaciones vascas, que siempre habían reaccionado positivamente en épocas de crisis, han evolucionado de manera muy discreta revelando la enorme pérdida de competitividad que se había producido desde 1998. A eso hay que añadir que nuestra capacidad para salir al exterior es estructuralmente muy limitada. El número de empresas exportadoras es pequeño y crece muy lentamente debido a la falta de dimensión de la mayor parte de las empresas en las que las pymes, especialmente las de menos de 50 trabajadores, tienen un peso desproporcionado. Además, exportamos básicamente a Europa y exportamos por precio. Nuestra economía se enfrenta  a un doble reto: cambiar la naturaleza de los productos que fabrica y diversificar sus mercados de destino, algo muy fácil de decir y muy difícil de hacer. Todo ello explica que nuestras ventas al exterior crezcan muy lentamente.

Exportaciones España y País Vasco (2008-2015)

  ESPAÑA PAÍS VASCO  
Año Exportaciones Tasa de Variación Exportaciones Tasa de Variación País Vasco/España
2008 189.228 20.279 10,7%
2009 159.890 -15,5% 14.945 -26,3% 9,3%
2010 186.780 16,8% 17.875 19,6% 9,6%
2011 215.230 15,2% 20.488 14,6% 9,5%
2012 226.115 5,1% 20.971 2,4% 9,3%
2013 235.814 4,3% 20.631 -1,6% 8,7%
2014 240.582 2,0% 22.243 7,8% 9,2%
2015 259.241 7,8% 21.955 -1,3% 8,5%

*millones de euros * Fuente: INE

Resulta preocupante la evolución del País Vasco cuyas Exportaciones han crecido sólo un 8% en siete años (España 37%) lo que nos informa que el actual modelo de crecimiento, basado en tecnologías maduras y tradicionales, ha dado de sí todo lo que podía. Un número considerable de empresas vascas han demostrado que su capacidad para ponerse al día en el terreno tecnológico es limitada. Aquello que dábamos por supuesto, sobre todo en el seno de una crisis de semejantes proporciones, como desarrollar nuevos productos, competir de igual a igual en los mercados internacionales y aumentar su presencia estable en los mismos, ha resultado mucho más difícil de lo que pensábamos.

Un informe reciente (Orkestra) ponía de manifiesto el desfase entre las ayudas públicas a la innovación y sus resultados en forma de patentes y nuevos productos. La impermeabilidad de muchas empresas vascas, tan faltas de dimensión como sus homólogas españolas, a las nuevas formas de hacer, al uso sistemático de las tecnologías de la información, ha resultado ser mayor de la prevista. Seguimos siendo especialistas en productos intermedios o procesos parciales, y carecemos de productos finales. Como dice Mikel Navarro, “si no cambiamos nuestra inserción en las cadenas globales de valor lo vamos a pasar muy mal”.

Todo indica que tenemos una economía poco competitiva con un serio problema de crecimiento a largo plazo. Volveremos a crecer, sí, pero no lo haremos como antes.

Un problema político Normalmente se analizan los problemas económicos desde la perspectiva exclusiva de la política económica: tipos de interés, precios, déficit público, etc. Sin embargo, debemos ser conscientes que todos los problemas planteados—reforma laboral, déficit público, pensiones—son problemas esencialmente políticos, producto de un forma de hacer que intenta retrasar por todos los medios el momento de la verdad, ese en el que hay que confesar a los ciudadanos que, sin reformas, el sistema no da más de sí.

Como mínimo, habría que reformar el estado de las autonomías, modificar la financiación del sistema de pensiones, y ajustar el tamaño de ese Estado a las dimensiones reales de una economía que ha puesto de manifiesto sus auténticas limitaciones. Es dudoso que se haga algo así y es imposible que se haga a tiempo.

Podemos asegurar que dadas las limitaciones de nuestro aparato económico, España no puede sostener un gasto público de más del 40% del PIB. La experiencia nos dice que rebasar ese techo es incompatible con el crecimiento y la estabilidad. La primera consecuencia de no haberlo respetado es muy obvia: la Deuda Pública ha crecido  por encima del billón de euros, lo que tendrá consecuencias para nuestro futuro de enorme entidad.

El problema es que los españoles no entienden o no quieren entender de prioridades, esas que tienen su origen en la escasez, obligan a elegir y tienen la forma de incompatibilidades Por ejemplo,

  • pasar de 600.000 funcionarios (1976) a tres millones (2007) y pagarles una media de un 50% más que el sector privado es incompatible con un país que tiene una crisis económica cada quince años
  • pasar de poco más de un millón de jubilados (años setenta) a casi diez millones es incompatible con un cálculo de las pensiones que las sitúa en el nivel más alto de la OCDE (alrededor de un 80% del último sueldo)
  • subir los costes laborales cuarenta puntos más que la productividad en sólo diez años, como se hizo entre 1998 y 2007, es incompatible con el pleno empleo, puesto que somos un país cuya asimilación de nueva tecnología es limitada y cuya productividad crece muy lentamente
  • el actual gasto sanitario, en gran parte gratuito, es incompatible con un país que envejece a tal velocidad (edad media: España 43 años, Europa 35 años, Mundo 29 años)

En el contexto de una economía que crece mucho menos que antes, el estado de bienestar se vuelve incapaz de cumplir con compromisos adquiridos en épocas más felices. Seguramente para no reconocer esta inviabilidad, el Estado se ha dedicado a ganar tiempo explorando todas las posibilidades de elevar la Deuda pública y la presión fiscal, a costa de sacrificar la estabilidad y deprimir la actividad económica. Lo malo del caso es que este hecho es irreparable y no tiene solución, por lo menos a medio plazo. Hemos creado un monstruo y lo hemos dejado crecer hasta convertirlo en el agente social y económico por excelencia, en detrimento de la iniciativa y autonomía de una sociedad civil que se ha acomodado perfectamente ya que en España no existe tradición de nada que no dependa directa o indirectamente del poder, sea este el que sea. Es triste tener que reconocer que la democracia ha creado un estado clientelar y una sociedad dependiente que se necesitan mutuamente. La tradición ha sobrevolado el cambio de régimen y ha alcanzado, al amparo de la confusión entre política y administración, una dimensión fundamentalista: fuera del ámbito público no hay vida posible.

Sobre unas bases tan frágiles, las propias de una economía de desarrollo tardío, desde la Transición, las fuerzas políticas, dominadas casi totalmente por funcionarios, han creado, como dice Manuel Arroyo,  “un Estado inviable, carísimo y muy corrupto”. La contradicción entre una economía frágil y un Estado inviable nos ha llevado al desastre y va a ser fuente de problemas permanente.

Así que, o reformamos la economía para que crezca más, o reformamos el Estado para que cueste menos, o hacemos las dos cosas a la vez.

Segunda actividad

Si hemos de creer lo que se dice, las últimas concesiones del Gobierno Vasco a sus atribulados funcionarios nos van a costar a los vascos no menos de 108 millones de euros. No es mucho si con eso se consigue aplacar su legítima ira y tenerles contentos. Aunque es poco probable: los delegados sindicales de la función pública, pagados con nuestros impuestos para incordiar todo lo que puedan, ya han avanzado que tienen una larga lista de reivindicaciones por conseguir. Teniendo en cuenta la debilidad negociadora del Gobierno Vasco, compuesto en su totalidad por funcionarios, es seguro que lo lograrán.

Los Sindicatos han hecho de la función pública su centro de gravedad. Como me dijo en cierta ocasión el secretario general del principal sindicato vasco, el sector público se ha convertido en el eje de su gestión debido, y cito sus palabras, “nos lo ponen a huevo, es muy fácil, les ganamos siempre”. Además esto no es la Industria. Aquí no hay crisis, ni cierres ni despidos. Por eso han saludado esta nueva batalla ganada como un éxito popular y solidario. Es popular porque los vascos tenemos a gala tener los empleados públicos mejor pagados y con mejores condiciones laborales de España con total independencia de su productividad, o de la falta de ella. Además nos enorgullecemos de tener muchísimos hasta el punto de que desde 2008 han seguido creciendo, de 139.000 a 145.000,  cosa que no ha sucedido en ninguna otra parte, y eso que los empleos privados se han reducido en más en más de 120.000. Lo que quiere decir que menos gente tiene que mantener a más, lo que es de lo más solidario, aunque de una solidaridad un tanto extraña, por la que los que están menos protegidos ayudan a los más amparados. Tendrá que ser así. Seguramente es ley de vida.

Ya que la gente normal lo está pasando mal, por lo menos que haya un grupo que no padece las consecuencias de una economía cambiante. Para eso cobran un 50% más que la media del sector privado, trabajan menos horas, y no pueden ser despedidos. Sus desvelos y dedicación tienen que ser compensados. Es lo menos que podemos hacer con aquellos que han puesto sus vidas al servicio de los demás. ¿Privilegiados? En absoluto, se trata de una vida muy dura  ya que la relación con la gente normal, esa que está todo el rato pidiendo cosas, desgasta mucho. Por eso lo primero que demandan los funcionarios es no tener que salir de sus oficinas o lugares de trabajo. Como es el caso de la Ertzaintza, cuya  segunda actividad, sin ir más lejos, consiste en no hacer nada, que es lo más zen que uno puede imaginar.

Gracias a estos y otros pequeños privilegios hemos conseguido que haya muy pocos funcionarios, por no decir ninguno, que quieran dejar de serlo. También hemos conseguido que la vocación de servidor público, antes tan denostada, haya alcanzado la más alta consideración social hasta el punto de que todo el mundo quiere formar parte de un colectivo tan desinteresado. Es cierto que algunos malpensados opinan que se les podrían pagar mucho menos y hacerles trabajar mucho más dado que, de todas maneras, medio país estaría dispuesto a sustituirles cobrando mucho menos. No hay más que ver las muchedumbres que se agolpan en Baracaldo cada vez que hay oposiciones.

No somos capaces de imaginar las ventajas que supone la Autonomía, que no es otra cosa que tener a muchos funcionarios cerca, en lugar de tener a muchos menos pero en Madrid, bien lejos. Algunos malpensados han llegado a añorar esos tiempos. Y es que hay gente para todo.

Excusas

La Comisión Europea acaba de emitir un informe sobre el déficit público español del que se desprende que está harta de España en general y de Rajoy en particular. Pese a todas las advertencias, el Estado español sigue empeñado en no cumplir ninguno de  los compromisos adquiridos en materia presupuestaria.

El caso del año pasado ha sido particularmente sangrante. El Estado español no sólo se beneficiaba de la caída del barril de petróleo, de la devaluación del euro y del descenso de la prima de riesgo sino que era uno de los principales destinatarios de la política monetaria del BCE. Todo un empujón procedente del exterior. Para un país cuyo nivel de endeudamiento ha sobrepasado todos los límites de la prudencia, suponía encontrar una vía para volver a crecer, es decir, para volver a endeudarse, cosa que han agradecido tanto las empresas como el propio Estado.

Sin embargo, a despecho de las mejores condiciones macroeconómicas que se hayan dado en los últimos diez años, el Presupuesto de 2015 se ha cerrado con un déficit en torno a los 50.000 millones. Lo que demuestra que las Comunidades Autónomas han hecho de las suyas, y que Rajoy ha derivado la política económica hacia su terreno, que no es otro que el del electoralismo más descarado. Baste decir que ha habido meses en que la mitad de los puestos de trabajo creados provenían del sector público.

Lo perpetrado nos deja en una situación delicadísima ya que llegar al objetivo de déficit en 2016, inferior al 3%, supondría recortarlo en más de 20.000 millones, tarea prácticamente imposible. En España todo el mundo se ha puesto de acuerdo en que hay que pedir sopitas a una Comisión Europea que no admite más excusas, sobre todo injustificadas, como es nuestro caso.

Monsieur Macron

El Partido Socialista francés es, si cabe, más dogmático que el español, que ya es decir. Basta saber que en los años ochenta, Felipe González estaba considerado por ellos como todo un liberal, lo que no deja de ser un alivio si tenemos en cuenta que las famosas reformas de Schroeder, otro socialista, fueron anatematizadas por los conmilitones franceses como abiertamente neoliberales hasta el punto de evitar hacer nada parecido. Así les ha ido a unos y otros.

Algo puede estar cambiando porque han elegido como ministro de Economía a Emmanuel Macron, que tiene toda la pinta de pertenecer a la internacional liberal antes citada. Olvidando que los Sindicatos son una vaca sagrada para todo socialdemócrata que se precie acaba de asegurar públicamente que “las leyes francesas que en su momento aseguraban la igualdad social, hoy conducen a la desigualdad. Las empresas tienen miedo a contratar en los momentos de auge porque les resulta imposible despedir cuando llega la crisis”.

Estos hechos se derivan de la imposibilidad de cambiar las leyes porque “quienes están integrados en el sistema y tienen puestos a perpetuidad son los que dictan las normas y están interesados en que el sistema sea un coto cerrado porque son ellos quienes lo dirigen”.

Cosas parecidas se vienen diciendo aquí desde hace treinta años sin que nadie se dé por enterado. Sólo los sindicatos están atentos a este tipo de comentarios pero sólo para oponerse y hacer justamente lo contrario. De todas maneras, no está mal saber que la conciencia de un estado de cosas inadmisible empieza a ser general hasta el punto de que todo un ministro de economía francés, socialista por más señas, es capaz de poner el dedo en la llaga. Veremos cuánto dura, Monsieur Macron.