Una espada de Damocles

Los pueblos que no aprenden de sus errores están condenados a repetirlos. George Santayana

Introducción

Aunque todos los economistas insisten en que los criterios empleados en macroeconomía no son extrapolables al mundo de la empresa, en España se ha dado una confluencia llamativa en torno a un problema que afecta a ambos ámbitos: un endeudamiento excesivo que va a condicionar nuestras vidas durante mucho tiempo. Podríamos llamarlo nuestro problema por excelencia.

Todos conocemos la importancia que tiene el endeudamiento en la vida de una empresa, sobre todo si es excesivo. Una empresa muy endeudada estará siempre condicionada en su desarrollo, tendrá problemas para invertir, se verá obligada a ser prudente, a no tomar demasiados riesgos, y a generar los recursos necesarios para hacer frente a los vencimientos que ineluctablemente llegarán. Desde muchos puntos de vista, una empresa endeudada depende de la generosidad de sus acreedores.

Salvando las distancias lógicas, la economía de un país endeudado, como es la de España, ha de seguir los mismos criterios: prudencia a la hora de gastar, urgencia a la hora de recuperar la competitividad perdida—tras un país endeudado siempre hay una historia de falta de competitividad— y necesidad de afrontar cualquier desequilibrio, especialmente los de la balanza de pagos: tras un país endeudado siempre hay una historia de fragilidad exterior que conlleva déficits crónicos en la balanza de pagos.

Si tuviéramos que elegir un país como paradigma de los problemas ocasionados por su balanza de pagos elegiríamos sin duda a España. El desequilibrio exterior es el hilo rojo de la historia económica del país, el problema por excelencia que vertebra el relato de las sucesivas crisis y las etapas de despegue. Nuestros problemas exteriores han sido crónicos y recurrentes. Hubo un tiempo no tan lejano, los años cincuenta del pasado siglo, en que una mala cosecha de naranjas, y la imposibilidad de exportarlas, podía impedir la compra en el exterior de los insumos más esenciales como el petróleo y los alimentos. Cuando se plantea el Plan de Estabilización de 1959, se decía que la reserva de divisas sólo daba para las importaciones de dos semanas. La situación era tan dramática que contribuyó no poco a que se aceptara su aplicación, un primer intento de ruptura con la política de autarquía que se había practicado hasta entonces con resultados catastróficos.

En España, cualquier política económica que se precie tratará siempre de superar el estrangulamiento fundamental del crecimiento económico: la balanza de pagos. Por eso, las devaluaciones han sido tan decisivas y tan inevitables.

Mucho han cambiado las cosas pero el problema de fondo permanece, y además se ha agravado debido al hecho insólito de que, desde que entramos en el euro, no podemos devaluar y nos han prestado demasiado dinero, dos cosas que no ocurrían anteriormente. Con el euro, la economía española se ha convertido en una de las más endeudadas del mundo. Ninguna política económica puede ignorar que España tiene que refinanciar todos los años de 200.000 a 300.000 millones de euros, una cifra enorme que fundamenta la opinión de que nuestra economía funciona bajo la tutela de todos aquellos que nos tienen que proporcionar, año tras año, esos recursos, es decir, el sistema financiero mundial, y especialmente el Banco Central Europeo, sin cuyo apoyo estaríamos describiendo un panorama muy distinto del actual y sin duda muchísimo más difícil. Hablar de soberanía o independencia en el terreno económico es engañoso.

¿Qué hemos hecho para merecer esto?

La historia empieza por lo que a la última crisis se refiere en la anterior, la de 1992. El malhadado intento de entrar en el Sistema Monetario Europeo, la conocida como serpiente monetaria, el antecedente del actual euro, acabó en el más estruendoso fracaso. Se trataba de un planteamiento lleno de buenas intenciones. Para controlar la inflación diferencial se propuso un tipo de cambio fijo muy ambicioso (65 pesetas por marco), con márgenes de fluctuación muy reducidos, lo que exigía, como dijo el entonces ministro de economía, Solchaga, ser muy moderados en materia de precios, y por tanto salarios, y disciplinados en materia de gasto público, y por consiguiente, déficit presupuestario. Compromisos que, naturalmente, no se respetaron para nada: el gasto público se desmadró con los fastos del Descubrimiento y la Olimpiada de Barcelona, mientras los salarios crecían entre 1990 y 1992 un 30%.

Los españoles en general y los economistas en particular pudimos comprobar de primera mano lo que sucede cuando se produce una contradicción entre lo que decimos y lo que hacemos. Pero sobre todo pudimos verificar que la falta de disciplina macroeconómica es incompatible con un tipo de cambio fijo. Conviene decir que el país no sacó ninguna enseñanza de esta experiencia, como se pudo comprobar más adelante, cuando se planteó un experimento parecido, el euro, lo que hizo que volviésemos a cometer el mismo error.

Después de estas dos experiencias, y con la perspectiva que proporciona el presente, resulta evidente que la economía española nunca debió asumir un tipo de cambio fijo con los principales países europeos, como se hizo en 1998 con la entrada en el euro, entrada justificada más que nada por razones de prestigio político. Pese a lo cual, ha sido el error más grande que jamás se ha cometido en materia económica en nuestro país. En sí mismo, el euro ya era una temeridad: incluir en él a países tan heterogéneos como Grecia o España y Alemania suponía sembrar las bases de un problema estructural permanente que nos perseguirá mientras vivamos. Pertenecer a la zona euro ha supuesto un enorme perjuicio económico cuando, hasta entonces, formar parte de la Unión Europea había supuesto un enorme impulso para nuestra modernización, incluso para la Industria, el gran damnificado de nuestra integración en el espacio europeo.

En 1992, la economía colapsó, la tasa de paro llegó al 25%, y los tipos de interés se dispararon (tipo de intervención del BE: 14,5%). Se salió de la crisis gracias a que la peseta abandonó la famosa serpiente monetaria y se produjeron las consiguientes devaluaciones: el marco se situó en 85 pesetas, tipo de cambio mucho más realista, lo que permitió flexibilizar la política monetaria y bajar los tipos de interés. Gracias a ello, la economía española recuperó la senda del crecimiento con gran vigor. Sólo un año después de la crisis volvía a crecer demostrando las bondades de la devaluación y el dinero barato, un procedimiento que parece pensado para España, y otros países poco fiables como Grecia o Portugal, porque tiene una virtud: es indoloro. Es verdad que se produce una pérdida de riqueza en comparación con otros países pero eso aquí no le importa a nadie.

Durante los años noventa, y a pesar de que la crisis era muy reciente, volvimos a cometer los mismos errores de siempre: un ritmo de crecimiento demasiado rápido, ausencia de reformas significativas, crecimiento exponencial del sector público, y pérdida de la competitividad que se había obtenido con la devaluación. Todo ello preocupó relativamente poco a responsables y ciudadanos aunque ello conllevaba un déficit de balanza de pagos que requería financiación exterior, lo que era extraño dado que España era, y es, un país con un prestigio institucional escaso, ahora menos que entonces, para el que no siempre es fácil ni barato obtener dicha financiación. Sólo que esta vez poseíamos la pócima mágica que resolvería todos nuestros problemas exteriores y nos instalaría en la modernidad: el euro.

¿Qué hubiera pasado si no hubiéramos entrado en el euro? Pues que a la altura de 1998-2000 hubiéramos tenido que parar la economía con un plan de estabilización o ajuste que incluiría un control de precios y salarios, una política monetaria que encarecería el crédito, moderación en el gasto público, y la consabida devaluación. Como es habitual en un país que cada cinco años, más o menos, sufre siempre la misma crisis.

Esta vez no ocurrió nada de eso. El euro nos ahorró esa crisis al precio de provocar con el tiempo una mucho mayor. La pertenencia a la zona euro permitió que financiásemos nuestro desequilibrio exterior sin problemas al facilitar la financiación de todo tipo de créditos y emisiones para nuestros bancos y empresas. El dinero entró a raudales hasta el punto de que pudimos financiar un déficit de balanza de pagos que rápidamente se situó entre los más altos del mundo.

Todo lo absorbía una burbuja inmobiliaria que reclamaba recursos en cantidades masivas. Hay que tener en cuenta que el plazo medio de maduración de una promoción de viviendas en España no es menor de cinco a siete años, que su precio medio se situaba algo por debajo de los 200.000 euros, y que en el momento más álgido se llegaron a construir cerca de 800.000 viviendas al año. La Construcción llegó a suponer cerca del 20% del PIB y más del 60% de los activos del sistema bancario español. Una verdadera barbaridad, algunas de cuyas consecuencias se seguirán pagando  durante mucho tiempo.

             Fuente: Expansión

El euro permitió que en lugar de seguir un ciclo de cinco años completásemos uno de catorce (1994—2008), lo que quiere decir que cuando nos diéramos el correspondiente sopapo este sería muchísimo mayor. La crisis de las hipotecas subprime y la quiebra  de Bear Stearns nos cogió en el momento en el que nuestro endeudamiento crecía a mayor velocidad por lo que éramos un candidato natural a padecer el que sin duda ha sido el mayor desastre de la historia reciente. ¿Por qué? Porque ese crecimiento, basado en la burbuja inmobiliaria, sólo podía funcionar si era alimentado por un endeudamiento que crecía a un ritmo anual cercano al 10% del PIB, o sea, más de 100.000 millones de euros. Cuando por una circunstancia aleatoria, las famosas hipotecas subprime, los mercados financieros se cerraron, todo el tinglado se vino abajo sin posibilidad alguna de arreglo o rectificación.

Cuando ocurre un desastre de estas dimensiones todo el mundo se pregunta lo mismo: ¿En qué estábamos pensando para dejar que se crearan las condiciones para un desastre de semejante calibre? Aunque se ha dicho de los economistas que no supieron advertir el problema ni lo vinieron venir, eso no es en absoluto cierto. Sabiendo nuestra dependencia de la balanza de pagos, era evidente que ante un déficit exterior de semejantes dimensiones estaban encendidas todas las señales de alarma. Claro que sabíamos que venía una crisis, lo que no sabíamos era cuándo y cómo se produciría porque ese es un dato absolutamente aleatorio: ¿Quién había oído hablar de las hipotecas subprime antes de 2007?

Pero es que, además, fallaron controles muchísimo más importantes.

¿Cómo permitió la Comisión Europea que España llegase a semejante desequilibrio externo? Porque era una situación totalmente nueva en el seno del euro y el déficit se financiaba de manera aparentemente ortodoxa.

¿Por qué los mercados financieros proporcionaron tales cantidades de dinero? Porque en su ingenuidad pensaron que la pertenencia de España a la zona euro suponía una garantía de pago y un plus de solvencia, cosa que, como se demostró posteriormente, no era cierto.

 ¿Cómo permitió el Banco de España que el sistema bancario español acumulase tal concentración de riesgos? Porque los bancos, cuyos márgenes de intermediación se habían reducido considerablemente, mostraban de momento una morosidad simbólica y aseveraban  que todo estaba muy “amarrado”. Buena parte de los créditos eran hipotecarios y para las entidades financieras no hay nada más seguro que una hipoteca, cosa que se demostró falso cuando han tenido que desahuciar a centenares de miles de compradores de viviendas.

¿Cómo gobiernos supuestamente responsables, tanto del PP como del PSOE, toleraron la creación de semejante burbuja? Esta es la pregunta más fácil de contestar. Ningún gobierno español que se precie osaría frenar un proceso de esta naturaleza que hacía feliz a tanta gente, y llenaba las arcas municipales y estatales. Hubiera sido tan impopular como para perder las siguientes elecciones, que es lo que más teme un político.

Lo cierto es que cuando llega la crisis, familias y empresas debían cantidades siderales, el 203% del PIB, lo que suponía en 2008 el pago de unos intereses equivalentes a casi el 11% del PIB. Una verdadera locura. Casi todo ello canalizado a través de bancos y cajas de ahorro lo que transmutaba el problema en una crisis financiera mucho más dura y difícil de afrontar.

La gestión de la crisis

No hace falta que entremos a pormenorizar las consecuencias de la crisis. Baste decir que ha sido la más grave que ha sufrido la economía mundial y española desde que se tiene memoria, equivalente o peor a la de 1929. Y que dentro de esa crisis, la evolución de la economía española dentro del euro ha sido la peor de Europa, con la única excepción de Grecia. Ningún otro país europeo ha estado tantos trimestres en recesión ni ha sufrido tales caídas del PIB, no menos de diez puntos, un record histórico, ni del Producto Industrial, que en el País Vasco llegó a caer un 43%, por no mencionar las tasas de paro, que han estado cinco años por encima del 20%.

Todo esto es muy conocido pero lo que nos interesa saber a efectos prácticos cual es el legado de la crisis, es decir, de qué manera nos va a afectar negativamente de cara al futuro en nuestra capacidad para crecer. Son las mismas que tanto tiempo costaron equilibrar después de la crisis anterior: paro y deuda. Entonces, y a pesar de crecer a ritmos del 3% anual, tardamos más de una década en conseguir un superávit presupuestario y reducir la tasa de paro por debajo del 10%, un indicio de lo que cuesta en este país volver a la normalidad.

    Fuente: Expansión

La influencia negativa de una alta tasa de paro sobre el crecimiento es evidente. Tener a más de tres millones de personas sin empleo limita la capacidad de la sociedad para gastar (consumo), invertir (empleo) o recaudar (impuestos y estado de bienestar). También acaba por afectar a la población activa, que se ha estancado durante los últimos nueve años, debido al paro desanimado o a la marginación de la juventud. También afecta a la formación. Como consecuencia de la crisis, el desacople existente entre las necesidades de las empresas y los conocimientos y experiencias disponibles, se ha agudizado. Muchas empresas no encuentran los profesionales adecuados, y menos a los que van a necesitar en la era de la inteligencia artificial y el big data. A todo ello hay que añadir la carga financiera que supone el subsidio de desempleo aunque la mayor parte de los parados no acceda al mismo. El paro ha venido para quedarse.

Pero la herencia más peligrosa es la del Déficit público y la Deuda. Si hasta 2008, la deuda era fundamentalmente privada, a partir de entonces comienza a ser también pública, lo que agrava la amenaza que suponen ambas para la estabilidad y el crecimiento futuros.

     Fuente: Expansión

Digamos ante todo que el comportamiento del Estado no ha tenido nada que ver con las vicisitudes que han sufrido los ciudadanos. Empresas, bancos y trabajadores no pudieron sustraerse a las consecuencias de la crisis. El Estado sí lo hizo, a pesar de que uno de los primeros impactos del derrumbe económico fue una brutal caída de la recaudación. Hay que advertir que la Administración, que en los años de euforia obtenía aumentos de los ingresos fiscales de hasta el 12% anual, se lo había gastado todo y no había ahorrado nada para cuando llegaran los malos tiempos.

Sólo el sistema de pensiones dedicó parte de su superávit a crear un fondo de reserva que llegó a acumular 65.000 millones de euros. Es evidente que el resto de la Administración podía haber hecho algo semejante pero no lo hizo. Eso sí, redujo la Deuda pública  de manera considerable, hasta el 34% del PIB. Así que pensaron  que tenían margen de maniobra para  desarrollar una estrategia compensatoria. Ante la sorpresa de todos, y la consternación de unos cuantos, hicieron crecer el gasto público de manera espectacular mientras la recaudación se desplomaba (ver cuadro).

No olvidemos que todos los políticos de este país, sea cual sea su filiación, son socialdemócratas, y por consiguiente partidarios de gastar siempre más con cualquier excusa o coartada. Y esta era magnífica. Así que en sólo dos años pasamos de un superávit del 2% a un déficit de más del 11%. Un hecho que va a condicionar la economía de este país para siempre. Dejar que el  déficit se dispare es muy fácil pero reducirlo es terriblemente difícil, tal como se había demostrado en la crisis anterior. Los gastos del Estado son mayoritariamente fijos y crecientes, y una vez que entran en el Presupuesto se quedan ahí para siempre.

No es de extrañar, por tanto, que haya costado tanto reducir el déficit: nada menos que seis años para bajar del 11,2% de 2011 hasta el 4,5% de 2016, a pesar de lo cual sigue siendo el mayor de Europa, y frenar el crecimiento de la  Deuda pública, que ahora rebasa el 100% del PIB. Nada refleja mejor la reacción real de los dos Gobiernos que han gestionado la crisis que esas dos variables.

A lo largo de la crisis, la Administración española ha permanecido impertérrita mientras una parte de los ciudadanos las pasaban canutas, las empresas caían, los bancos sobrevivían a duras penas, y ha dedicado lo mejor de sus esfuerzos a no tener que aplicar las mismas recetas de ajuste que el resto del país no tenía más remedio que tragar. Para ello no ha tenido el menor empacho en

  • subir impuestos,
  • recortar gastos en salud y formación, los prioritarios para la sociedad española
  • engañar a la Comisión Europea para prometer y no cumplir el objetivo de déficit, que ha tenido que ser revisado al alza hasta seis veces, y, sobre todo,
  • endeudar a la nación en más de 800.000 millones de euros adicionales.

Y todo para conseguir tres cosas esenciales para la clase política

  • no tener que reestructurar la administración ni reducir las plantillas de empleados públicos, que se han mantenido por encima de los tres millones mientras el sector privado perdía cinco millones de empleos
  • no tocar prácticamente el sistema de pensiones, retrasando el momento de la verdad en casi diez años, por las consecuencias electorales que podía acarrear una verdadera reforma en profundidad
  • disponer de un margen de gasto discrecional para seguir invirtiendo en proyectos absurdos o de dudosa utilidad, como el Tren de Alta Velocidad, porque de ello se derivan jugosas comisiones con las que se financian unos partidos políticos que dependen para todo del Gobierno, tanto desde el punto de vista legal como ilegal

En definitiva, la clase política y la Administración han puesto en práctica un experimento social que tenía como objetivo demostrar que se puede arruinar al país y dejar que la economía se venga abajo sin que a ellos les pase nada. Experimento plenamente demostrado aunque el precio a pagar equivale a tener una espada de Damocles pendiente sobre nuestro futuro.

Es difícil subestimar la magnitud del problema. Tras tres años creciendo a ritmos cercanos al 3%, el déficit público en 2016 rebasó los 40.000 millones de euros, y el de este año no bajará de 30.000 millones. Sólo el déficit de la SS se mantendrá en torno a unos 18.000 millones en próximos años. Además, el gasto sanitario crece a ritmos del 4%, las pensiones al 3%, y juntas suponen 200.000 millones de euros. Con los tipos actuales, extraordinariamente bajos, ya pagamos 32.000 millones de euros en intereses de una Deuda que se ha situado por encima del billón de euros. Para hacer frente a todo eso, es decir, al tamaño que ha adquirido el estado de bienestar y la administración pública, la economía debería crecer más del 2% de media, y/o que el BCE compre la mitad de la deuda emitida por España, como hizo el año pasado.

De todo ello se deriva una correlación preocupante: la que hay entre crecimiento y deuda. Hay que suponer que, antes o después, los mercados financieros se harán la misma pregunta que nos hacemos todos: ¿Cómo es posible que creciendo un 3% tengamos el déficit más alto de Europa? En 2016, para crecer en 30.000 millones (PIB), nos hemos endeudado en 40.000 millones (Deuda). No parece un buen negocio.

A menos que el Gobierno tome medidas drásticas, que no están ni se les espera, en un probable escenario de retirada de las medidas de estímulo del BCE, podría producirse una nueva crisis de la Deuda que dispararía la prima de riesgo y haría que España entrase de nuevo en recesión.

Esto es lo que supone tener dos deudas de semejante entidad, tanto pública (100%) como privada (147%), buena parte de las cuales es exterior. La deuda externa española es la más alta de la Unión Europea (90%) cuando la media se sitúa en torno al 35%, lo que nos hace particularmente vulnerables a cualquier acontecimiento que se produzca en los escenarios internacionales a diferencia de, por ejemplo, Italia, cuya deuda pública es mucho mayor pero está en manos locales. Como dice la Comisión Europea, “España se enfrenta a elevados riesgos de sostenibilidad de la deuda a medio plazo”.

No es de extrañar que el Banco de España advierta de nuestra vulnerabilidad por lo que recomienda “la necesidad de trazar un plan de consolidación presupuestaria a medio plazo”, algo que no parece incluirse entre las prioridades de nuestros políticos, mucho más atentos en descubrir nuevas posibilidades de gastar los incrementos de recaudación que, finalmente, se están produciendo en 2017, en torno al 10% sobre el año anterior.

El único dato positivo en relación con el endeudamiento es el que aportado el BCE con su política de bajos tipos de interés que han permitido que el sector privado comience a reducir su endeudamiento (del 203 al 147 por 100) y, sobre todo, reduzca el pago de intereses, que han pasado de 133.000 millones a 41.000 millones , es decir, una rebaja de más de 90.000 millones, un dato que explica que las empresa y familias hayan vuelto a gastar e invertir, y la economía a crecer. Lo mismo ha ocurrido con la deuda pública que, a pesar de seguir creciendo, ha experimentado un abaratamiento considerable gracias a lo cual el pago por intereses  no rebasará por mucho los 32.000 millones presupuestados, una cifra modesta si se tiene en cuenta que la deuda rebasa los 1,1 billones de euros.

Este alivio temporal no permite bajar la guardia. El problema sigue estando ahí y se convertirá en una amenaza en cuanto los tipos de interés empiecen a subir, y los ritmos de crecimiento empiecen a bajar, lo que quiere decir que afrontaremos situaciones muy delicadas en relación a los mercados financieros.

Situación que se vería agravada si Rajoy sigue jugando con fuego y no cumple con los compromisos en materia de déficit fijados por la Comisión Europea. Hasta ahora, el mejor cómplice de Rajoy ha sido la coyuntura europea que no terminaba de mejorar. Sólo el riesgo de estancamiento ha permitido que la Comisión Europea haya sido tan benévola con España. Hasta ahora. Si entramos en una etapa de normalización, el incumplimiento del déficit no será tolerado ni por Europa ni por los mercados financieros. No se puede volver a repetir un escenario como el de los últimos años por el que Rajoy ha gastado unos 120.000 millones de euros más de los previstos, siguiendo la pauta clásica de un Gobierno que practica sistemáticamente la política del pan para hoy y hambre para mañana.

La recuperación

Alguno se preguntará cómo es posible que tras una crisis tan profunda, nada menos que diez puntos de PIB, abordada de manera tan chapucera, la economía haya vuelto a crecer. Ello ha sido posible, como acabamos de explicar, gracias al apoyo exterior que ha impedido que España siguiera el camino de Grecia, y concretamente gracias a la gestión del Banco Central Europeo. El BCE no sólo ha rescatado a las cajas de ahorro sino al propio Estado, comprando emisiones de deuda pública en cantidades masivas, lo que ha permitido una rebaja espectacular  de la prima de riesgo.

La actuación del BCE, cuyo balance ha rebasado los cuatro billones de euros, ha estado motivada por la lánguida recuperación que se estaba produciendo en la economía europea hasta el punto de que la inflación ha tenido signo negativo durante bastante tiempo. Una política monetaria tan agresiva ha provocado que la cotización del euro se haya debilitado lo que ha facilitado las exportaciones. Finalmente, la propia crisis ha servido para aminorar la presión sobre los precios del barril de petróleo que son ahora menos de la mitad, unos 50 dólares, de los de hace tan solo unos años. Esos tres cambios externos en los que, gracias a Dios, el Gobierno español no ha tenido la menor influencia, han permitido que saquemos la cabeza del agua y volvamos a crecer.

   Fuente: Expansión

Probablemente, no habrá otro país más beneficiado que España por una política que parece diseñada a nuestra medida. Como somos uno de los países más endeudados del mundo, se nos abarata drásticamente el costo de esa deuda; como necesitamos exportar, devalúan el euro, y como dependemos totalmente de energía importada, el barril se abarata espectacularmente. Sólo esto último ha supuesto un ahorro cercano a los 15.000 millones de euros al año, lo que ha permitido que, creciendo a ritmos cercanos al 3%, la balanza de pagos siga teniendo signo positivo.

Si se preguntan por las posibilidades de que esta coyuntura se mantenga, bastará seguir el curso de las tres variables mencionadas: la cotización del euro, el precio del barril de petróleo, y, especialmente, la evolución de los tipos de interés, que no pueden sino subir. Por consiguiente, las previsiones a corto plazo seguirán siendo positivas siempre y cuando estas tres variables no alteren sustancialmente su valor.

En relación a los tipos de interés, hay que decir que la Reserva Federal ha empezado a aumentarlos pero hay que tener en cuenta que su recuperación se ha adelantado unos seis años a la europea debido a los problemas políticos de la zona euro. De hecho, Alemania sigue rechazando mutualizar la deuda europea o completar la unión bancaria, y presiona para que el BCE dé por finalizado su programa de compra de activos, algo que Draghi trata de retrasar por todos los medios dado que no se fía de la solidez y consistencia de la recuperación. Además, es consciente que una subida prematura de tipos de interés crearía graves problemas a la mayor parte de los países europeos con alto nivel de endeudamiento público, con Italia en cabeza (132% del PIB), España (100%), y Francia (96%).

Pero por mucho que se intente que el fin de la ayuda del BCE no afecte en exceso a las economías más débiles, es evidente que nos aproximamos a un escenario en el que el Gobierno no va a sentirse tan cómodo como hasta ahora, lo que no evita que haga previsiones fastuosas sobre las que nadie pondría una mano en el fuego.

    Fuente el País

No sabemos qué va a pasar dentro de seis meses, pero el Gobierno se atreve a asegurar que en 2020 el paro bajará al 11% y el déficit se reducirá al 0,5% del PIB, lo que presupone tasas de crecimiento por encima del 2% de media. Las previsiones del Gobierno dibujan un escenario ideal, tanto que es poco probable que se cumplan. Como objetivos están muy bien pero ya sabemos el respeto que Rajoy tiene por los objetivos, incluso por los suyos.

La realidad parece más cercana a las estimaciones de un informe del Banco de España que limita ese posible crecimiento a no más del 1,2% de media para el período 2020-2025, en base a que la población activa no va a crecer casi nada (ahora estamos en el mismo nivel de hace nueve años) debido al envejecimiento de la población (hay más mayores de sesenta que jóvenes de menos de 21) y a que la tasa de paro media no bajará del 14%. Si estas previsiones se confirmasen es evidente que España volvería a tener un problema con la Deuda, que es lo que les ocurre a los países y a las empresas cuando, por las razones que sean, se endeudan en exceso.

Final

Es evidente que entramos en un tiempo en el que la economía española va a depender de sí misma, de su capacidad endógena para crecer por la vía de la productividad y el desarrollo tecnológico, sin ayudas artificiales ni apoyos exteriores. Hasta ahora hemos aguantado gracias al BCE, pero así no se puede seguir toda la vida.

En este país, una buena parte de la sociedad ha creído que podíamos concedernos las pensiones o la sanidad que nos diera la gana, y que el mundo exterior financiaría el déficit consiguiente sin hacer preguntas, lo que equivale a una ignorancia supina de lo que es la economía y del contexto exterior en que esta se mueve. No se puede sino sentir una gran ternura por los socialdemócratas, que son amplia mayoría en nuestro país. En primer lugar, porque como algunos niños no aprenden de las experiencias más negativas que padecen, y en segundo lugar porque no son conscientes de los condicionantes que la realidad exterior impone. Es el mundo visto tras una barrera protectora, tal como lo ven los funcionarios.

Así que no es de extrañar que los españoles y sus gobiernos hicieran caso omiso de todos los avisos en relación con el SME (1992) y con el euro (1998), cuyas implicaciones ignoramos olímpicamente, especialmente el de la imposibilidad de devaluar. De otro modo, no hubiéramos descuidado el equilibrio de las cuentas públicas, como lo hicimos, o tolerado que la inflación y los salarios se alejaran tanto de sus referencias europeas, sobre todo alemanas, en el período 1998-2008, y cuyas consecuencias han sido devastadoras para el empleo.

Los resultados de esta ignorancia, traducida en una monumental falta de disciplina, han sido desastrosos. Las crisis  han sido más largas y más duras, y su coste social ha sido prohibitivo. Solo una sociedad tan sumisa y poco articulada como la nuestra es capaz de soportarla sin que apenas se oigan voces críticas. Al contrario. Nada ha torcido la disposición natural del ciudadano medio al optimismo. Contra toda lógica, la mayor parte de la gente sigue esperando que las cosas vuelvan a ser lo que fueron: tasas de paro moderadas, un estado de bienestar sostenible y una economía capaz de hacer frente a todo tipo de dificultades.

Aunque Rajoy haya dedicado sus escasos e intermitentes esfuerzos a hacer pasar un enorme fracaso como si hubiera sido un éxito, ya nada puede ocultar que, si bien la transición política ha sido un éxito, por lo menos hasta los años noventa, la transición económica ha sido un fracaso, como demuestra el hecho de que en los últimos cuarenta años hayamos sufrido tres crisis devastadoras con tasas de paro que han duplicado y a veces triplicado la media comunitaria.

Tres crisis en términos de paro

En % PA
 Fuente: El País

Cada crisis ha sido peor que la anterior. Una sociedad que carece de memoria y no aprende de sus errores los repite una y otra vez. Como probablemente volverá a ocurrir en el futuro.

Nuestro comportamiento durante la última crisis ha sido particularmente esclarecedor. España ha quedado retratada como de lo peor de Europa, su imagen exterior se ha derrumbado, y la posibilidad de afrontar los problemas del estado de bienestar  se va haciendo más y más impracticable. Si no estuviésemos en el euro nadie nos prestaría un duro. Por lo menos, Europa se encarga de resolver los problemas que ella misma ha creado. A pesar de lo cual deberíamos pensar que seguir como hasta ahora, dependiendo del BCE, permite soslayar los problemas y demorar las reformas pero no nos lleva a ninguna parte.

Salida de la crisis

El problema es que, hoy por hoy, cualquier urgencia de cambio ha desaparecido. La economía crece a buen ritmo, la recaudación fiscal  ha aumentado un 10% por lo que parece que se va a cumplir el objetivo de déficit marcado por la Comisión Europea para 2017. De momento, el BCE sigue comprando deuda española y los tipos de interés están por los suelos. El Presupuesto ha sido aprobado por el Congreso. Rajoy debe pensar que estamos bien en el mejor de los mundos posibles. Seguramente habrá aparcado cualquier intento de reforma.

No deja de ser un paréntesis basado en circunstancias extremadamente artificiales. Las incertidumbres persisten porque con esta deuda y este paro,  los problemas no tardarán en aparecer en cuanto desaparezcan eso que se ha dado en llamar vientos de cola. La herencia de la crisis es esa: tener sobre nuestras cabezas permanentemente una espada de Damocles.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s