INFORME DE COYUNTURA. Cuarto trimestre 2016

  • Al margen de la desagradable tarea de tener que reducir el déficit público, al nuevo Gobierno de siempre se le presenta un nuevo ejercicio bastante fácil desde el punto de vista coyuntural gracias al escenario creado por el Banco Central Europeo en su incansable esfuerzo por sacar a las economías de la zona euro de su prolongado estancamiento. Con los tipos de interés bajo mínimos, un euro débil, y un petróleo barato podríamos apostar por un 2017 como una continuidad del actual, si bien en moderado descenso. Hay que recordar que tanto empresas como familias deben reducir su endeudamiento, otra tarea inaplazable, y que el petróleo, que da muestras de encarecerse, no nos ayudará en el futuro de la misma manera que en los dos años últimos, cuando ha supuesto un ahorro de cerca de 45.00 millones de euros para la economía española.
  • Pero la clave de la coyuntura va a residir en la disposición que muestre el Gobierno en cumplir las exigencias de Bruselas, lo que para la Comisión exige recortes importantes del gasto público, que es lo que más odia todo funcionario que se precie, mientras que para el Gobierno basta con esperar a que el crecimiento económico, y la subida de impuestos, anime la recaudación fiscal sin necesidad de aplicar un programa más restrictivo en materia de gastos lo que, sin duda, debilitaría su acción de gobierno en un Congreso en el que estará en minoría. El problema es que la paciencia europea se ha agotado y el déficit público de 2017 puede quedar muy lejos del objetivo fijado, que es del 3,1%.
  • Un dato relevante de la coyuntura, y que afecta de manera particular a la economía vasca, es el de la producción industrial. A pesar de que la recuperación lleva en marcha dos años, la producción industrial española sigue estando un 23% por debajo de la de 2008. Una industria que perdió 900.000 empleos, una cuarta parte de los que había y una tercera parte de los actuales. La ocupación del sector secundario ya sólo supone un 13,6% del total. La situación vasca es algo mejor ya que la Industria todavía representa un 19% del empleo vasco. Consignemos el dato positivo de que la producción de bienes de equipo, un indicador adelantado de los acontecimientos, ha crecido considerablemente durante los últimos doce meses. Las empresas parece que se están reforzando de cara a un futuro que esperan menos malo.  

1. Al amparo de una coyuntura exterior extraordinariamente favorable, la economía española ha podido volver a crecer considerablemente, en torno al 3%, y empezar a curar las heridas provocadas por la crisis: esencialmente el paro, el más grave y más difícil de resolver, el endeudamiento, tanto público como privado, y el saneamiento de un sistema bancario que ha tenido que emprender la más formidable reconversión que se haya dado en nuestro país con el cierre de miles de oficinas y el despido masivo de empleados. Es, sin duda, el sector que mayor capacidad de reacción ha demostrado. Sin embargo, se ha avanzado poco en la reducción del endeudamiento privado y nada en el público, que sigue creciendo debido a un déficit presupuestario que apenas se ha corregido, lo que demuestra que el sector público carece de capacidad de reacción, o se niega simplemente a reaccionar porque se siente a salvo de cualquier contingencia negativa. El déficit de este año se irá hasta el 4,5% del PIB, lo que quiere decir que 2016 habrá sido un año perdido en este sentido.

En cuanto hemos vuelto al crecimiento, la creación de empleo ha  resurgido si bien se trata de empleo precario y temporal, según el modelo anterior a la crisis, por el que los ritmos de crecimiento de la economía y de la ocupación son prácticamente los mismos, lo que quiere decir que la productividad está estancada. Mientras sigan fracasando todas y cada una de las reformas del mercado de trabajo que se han abordado desde hace treinta años, con más trascendencia mediática que cambios en profundidad, la temporalidad volverá a repuntar, ya lo ha hecho hasta el 27% y acabará por situarse en los mismos niveles de antes de la crisis cuando llegó al 34%. Los empresarios no ven que las cosas hayan cambiado en este apartado y se niegan tercamente a contratar indefinidamente.

En 2017 se producirá un hecho simbólico y es que se volverá a los niveles de renta anteriores a 2007, lo que quiere decir que la crisis habrá durado alrededor de diez años. Pero sus secuelas, como acabamos de comentar, durarán mucho más. En realidad, la mayor parte de los problemas siguen estando básicamente intactos porque el Gobierno apenas los ha afrontado, empezando por un déficit público monumental, con el que lleva de cabeza a la Comisión Europea, siguiendo por la falta de reformas en casi todos los órdenes de la vida, desde la liberalización de los Servicios a la reforma de la Administración, incapaz de asumir que los ingresos fiscales no crecen como antes, y terminando por un mercado de trabajo que solo sirve para crear empleo de baja calidad y mantener a más de la mitad de la población activa en el paro, con contrato temporal, o a tiempo parcial.

En teoría, antes que nada habrá que abordar una reforma insoslayable, la de las pensiones. El déficit ha llegado a 18.000 millones y el fondo de reserva se agotará en 2017. Todos los agentes sociales reclamarán más ingresos vía impuestos, lo que parece inviable a la vista del déficit presupuestario. El gobierno, cuya inclinación a no afrontar los problemas es la misma de siempre, ha vuelto a elevar las cotizaciones sociales y el salario mínimo, que es veneno para el empleo precario, que es el que se está creando en estos momentos. Cualquiera que sea el crecimiento esperado, el empleo va a empezar a crecer mucho menos.

El problema esencial de las pensiones es que la tasa de sustitución, relación grosso modo entre salarios y pensiones, situada ahora en el 65%, es insostenible, –la media de la UE está en el 46%–, algo que nadie quiere admitir. Todo lo que no sea alterar a la baja esa tasa será papel mojado.

2. Eliminada la posibilidad de una nueva burbuja inmobiliaria, con un sector exterior que no puede apelar a una devaluación, lo que quiere decir que sólo crecerá en la medida en que los mercados europeos se recuperen, cosa que no han hecho hasta ahora ni lo van a hacer en 2017, muy recortada la inversión exterior ante el desprestigio que España ha acumulado—un desprestigio totalmente merecido dado que su comportamiento durante la crisis ha sido el peor de Europa con la excepción de Grecia–, con ayudas estructurales que irán a menos, severamente limitada la apelación al endeudamiento tanto público como privado, salvo el que proporciona el BCE, teniendo una baja tasa de ocupación, de la cual menos de la mitad es fija a tiempo completo, con tasas de paro que duplican la media europea, teniendo que reducir el déficit público más rápidamente de lo que quisiera el Gobierno, la economía española no va a tener locomotora alguna que tire de ella cuando la política monetaria del BCE cambie de signo.

Según un informe del Banco de España, la demografía, francamente desfavorable por el envejecimiento de la población (en 2015, por primera vez, el número de defunciones ha superado al de nacimientos) reducirá  en el futuro los ritmos de crecimiento hasta el punto de situar el crecimiento potencial en el entorno del 1,2% anual de media, y el paro estructural cerca del 15%. Sólo con un programa de reformas que reduzca el desempleo estructural y aumente la productividad podríamos hacer frente en el futuro a un gasto sanitario que crece a tasas del 4% y unas pensiones que progresan al ritmo del 3%, y que, de seguir así las cosas, en muy pocos años no podremos sostener.

Parece un panorama difícil pero, pese a ello, el Gobierno no parece dispuesto a seguir  ningún plan de reformas que, además, tendría que llevarse a cabo contra una opinión pública que se niega a entender la difícil encrucijada en la que se encuentra nuestra economía después de diez años de crisis y de destrucción de muchísimas empresas, especialmente dolorosa en el caso de las empresas industriales. Ese balance es desolador: más de 50.000 empresas industriales desaparecidas que suponían el 20% del tejido industrial y 900.000 empleos, de los que una buena parte de los mismos corresponden al País Vasco.

En definitiva, nuestro potencial de crecimiento a lo largo de los próximos diez años, reflejará la capacidad de toda la sociedad, y no sólo de la economía, para evolucionar al compás de los tiempos y afrontar los retos que se nos van planteando, tanto internos- la financiación del estado de bienestar, por ejemplo—como externos, los relativos a una falta de competitividad que es esencial para salir al exterior. Esa capacidad, que casi siempre ha sido escasa, hoy es menor que nunca.

A corto plazo no hay problema gracias a que una serie de circunstancias extraordinarias, casi todas exteriores, pero, de cara al futuro, habría que afrontar grandes cambios que ni el Gobierno ni buena parte de la sociedad española quieren. El mercado de trabajo sigue siendo el mayor problema de todos dado que impide crear empleo indefinido, bien porque sus condiciones contractuales son excesivamente rígidas, bien porque sus salarios han crecido demasiado al amparo de una capacidad negociadora que ha podido ignorar, gracias a acuerdos sectoriales o nacionales, el escaso crecimiento de la productividad, que debería haber sido su única referencia válida. Ahora mismo, y en un planteamiento aparentemente magnánimo, los Sindicatos reclaman subidas de entre el 2 y el 4% (los empresarios  ofrecen subidas en torno al 1%) pero es que la productividad no crece nada y el IPC será negativo (aunque volverá a crecer en 2017 en torno a un 1,5%).

Como dice Jorge del Palacio en relación al caso italiano, las reformas planteadas por Rienzi, aunque hayan sido un fracaso, “han despertado un debate saludable entre los italianos sobre el papel del Estado, el diseño de sus instituciones, el tamaño de la Administración pública, el papel de los sindicatos, el mercado de trabajo o el espacio de la sociedad civil.” Ese debate ni siquiera se ha atisbado en España, y la posibilidad de que se plantee es muy escasa. Es evidente que la mayor parte de nuestros problemas económicos son un mero trasunto de la enorme crisis política que empieza a aflorar después de cuarenta años de complacencia democrática producto de una transición de la que no se puede vivir eternamente.

Por ello, lo más probable es que, en lugar de afrontar los problemas reales, los eludamos, como hemos hecho tantas veces en el pasado. Gran parte de la sociedad española, y muchas comunidades autónomas, sigue anclada en el pasado. La España que confía, porque no tiene otro remedio, en una clase política que piensa que hay tiempo para todo, cuando la realidad ha demostrado que no hay tiempo para nada. Menos mal que Europa nos ha echado una mano porque, de otra manera, no sabemos qué hubiera pasado.

La gente que piensa que las cosas no son tan serias debería tener en cuenta la magnitud de los problemas a los que nos enfrentamos. Con la excepción citada de Grecia, España es el país europeo con mayor tasa de paro, el déficit público más elevado y el mayor nivel de endeudamiento externo. Tres retos formidables que explican la escasa confianza que sienten nuestros socios comunitarios y su preocupación por las continuas alegrías que el Gobierno se permite en la confianza de que tiene un margen de maniobra que sólo existe en su imaginación. En realidad, sólo el tamaño del país y de su economía, la cuarta de la UE, ha impedido que a España se le haya dejado caer.

3. Si bien nuestro futuro parece sombrío, el porvenir inmediato es cómodo. Ahora mismo estamos creciendo por encima del 3% y, aunque el año que viene no parece tan favorable, creceremos más de un 2% en 2017, incluso un 2,5%. Siempre y cuando nuestro entorno no cambie a demasiada velocidad. Pero, ¿de qué entorno estamos hablando?

Ante todo y sobre todo de los tipos de interés, es decir, de la política monetaria del Banco Central Europeo y su estrategia de mantener los costes del dinero tan bajos como sea posible, llegando incluso a esa especie de aberración de no cobrar sino pagar por un depósito o un bono del estado, lo que dicho sea de paso está hundiendo el negocio bancario que, por lo menos en Alemania (Commerz Bank, Deutsche Bank) e Italia (Unicredito, Monte dei Paschi) va a tener que ser objeto de un rescate multimillonario que se está haciendo esperar en exceso. Un tercio del sistema bancario europeo no logra beneficios sostenibles y el stock de créditos dudosos rebasa los 900.000 millones de dólares (en España, unos 200.000 millones), lo que según el FMI reclama un plan de salvamento masivo a la manera del que se practicó en su día en Estados Unidos o Reino Unido.

De todas maneras, esos tipos de interés bajo mínimos están sosteniendo gran parte de un tejido empresarial terriblemente endeudado, por no mencionar a Estados como Italia, Portugal y, naturalmente, España. La deuda pública europea se sitúa en torno al 90% del PIB, lo que quiere decir que con unos tipos de interés “normales” la mayor parte de Europa entraría en recesión, lo que justifica la política que lleva a cabo Draghi contra viento y marea.

Esa política no va a cambiar a corto plazo porque el crecimiento sigue siendo lánguido, incluso en Alemania, y es que la política monetaria ha mostrado sus limitaciones a la hora de convencer a los empresarios para que inviertan o a las familias para que gasten. Así que no se esperan cambios significativos en dos de las variables más importantes para nuestro equilibrio exterior: el euro seguirá débil y el precio del petróleo no crecerá  mucho más de los 50 dólares el barril aunque el exceso de oferta existente ha empezado a ser recortado. Sólo la caída del precio del barril ha supuesto para España un ahorro de unos 45.000 millones de euros en los últimos dos años. Eso explica que, a pesar de crecer por la vía de la demanda interna, la balanza de pagos muestre signo positivo.

Pero el comercio mundial sigue estando de lo más deprimido. Normalmente solía crecer vez y media más que el aumento del PIB, relación que se ha invertido. De hecho, en 2016 sólo crecerá un 1,7%, con un aumento del PIB mundial del 3%, lo que es una de las tasa más bajas de la historia, consecuencia de la crisis de materias primas provocada por el descenso de la tasa de crecimiento china a la mitad de la de hace unos años. Lo que significa que es probable que nuestras Exportaciones crezcan muy poco lo que ahora mismo (no a largo plazo) tiene una importancia relativa ya que nuestro modelo de crecimiento se apoya casi exclusivamente en el consumo interno y en un gasto público fuera de control.

Es en este último apartado donde se plantean las mayores dudas de cara a 2017. Si de verdad se toma el problema en serio, el Estado español debería reducir el déficit público en no menos de 15.000 millones en 2017, lo que, de llevarse a cabo, tendría un impacto sensible sobre el crecimiento económico. Todo dependerá de cómo se administre el proceso sobre todo si, como parece, se hace por la vía de elevar los impuestos y no por recortar del gasto, cuando lo más lógico sería lo opuesto. Recordemos que un ajuste similar al que propone la Comisión contribuyó en 2012 a agudizar la recesión. El Gobierno tiene escaso margen de maniobra frente a Bruselas aunque de la habilidad española para dar largas todo es esperable. Como síntoma del gradualismo con que el Gobierno entiende este problema recordemos que De Guindos proclamó que bastaría un año para bajar el déficit del 3%. En la práctica se van a necesitar por lo menos tres.

No se trata de cumplir por cumplir, como si se tratase de un requisito formal. Este déficit, que ha causado un daño enorme a la credibilidad de España, está en el origen de una Deuda Pública que ya está en torno al 100% del PIB. Aún peor, y más peligroso, es el dato de nuestra deuda externa neta, superior al 90% del PIB, cuando la media de la Unión Europea se sitúa en el 35%, y que apenas se ha reducido durante la crisis. Tampoco lo han hecho los pasivos exteriores exigibles (1,7 billones en 2015), que requieren una refinanciación de entre 200.000 y 300.000 millones de euros al año. No cabe duda que una de las debilidades sustantivas de la economía española es la posibilidad de que los mercados financieros pierdan la confianza en nuestra capacidad para hacer frente a los pagos. Como dice la Comisión Europea: “España se enfrenta a elevados riesgos de sostenibilidad de la deuda a medio plazo”. Casi lo mejor que le puede pasar a España es que Europa no resuelva demasiado rápidamente sus problemas de crecimiento y los tipos de interés sigan bajo mínimos. Porque si las circunstancias cambian, España podría tener otra vez dificultades muy serias.

4. Los que piensan que el potencial de crecimiento de la economía española es mucho mayor del que se dice—y se dice que a duras penas pasa de un 1% de media– deberían recordar un hecho incontestable: a pesar de haber entrado en la Unión Europea, habernos endeudado hasta las cejas, haber recibido enormes volúmenes de inversiones directas y fondos estructurales, que durante años llegaron a representar más del 1% del PIB, la renta per cápita española sigue situada en torno al 75% de la media de los Doce. Como a finales de los años setenta. El proceso de convergencia con Europa no ha avanzado un ápice en cuarenta años.

Dicen que llegamos a la madurez cuando empezamos a tener conciencia tangible de nuestras limitaciones. En tal caso es evidente que los españoles todavía no han madurado, y su Administración y su clase política, que son lo mismo, aún menos. Claro que a estos últimos les va bien mientras que a los españoles no les va bien. En realidad, les va mal.

A ello ha contribuido (quien lo iba a suponer) el euro. El colofón de la unión comercial y aduanera ha resultado ser un fiasco. Para los países del Sur de Europa ha supuesto una verdadera maldición ya que se ha convertido en una camisa de fuerza que, al ser incapaces de mantener una mínima disciplina fiscal o financiera, se transforma en una máquina de destrucción masiva. Para gente poco seria como nosotros, los italianos o los portugueses, el viejo mecanismo de corregir nuestro diferencial de inflación por medio de devaluaciones era mucho mejor. Con él se salía de la crisis en un par de años. Con el euro hemos tardado diez y salimos tambaleándonos, con la moral por los suelos, y unas secuelas en forma de paro y endeudamiento que tardaremos, en el mejor de los casos, una generación en resolver.

De momento, dado que la política monetaria y fiscal seguirá siendo expansiva, el año que viene creceremos por encima del 2%, dependiendo esencialmente de cómo se afronte el ajuste presupuestario. Nuestro modelo de crecimiento sigue centrado en la demanda interna, lo que está muy bien a corto plazo pero con lo que no es posible consolidar un modelo de crecimiento sostenible. Para eso harían falta muchas reformas y todo un debate político. Pero ni el Gobierno ni la sociedad están por la labor.

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