INFORME DE COYUNTURA. Tercer trimestre 2016

  • De momento, la coyuntura se caracteriza por una continuidad casi absoluta. En 2016 se crecerá algo más del 3% y se crearán medio millón de empleos (lo que no impide que el déficit del sistema de pensiones siga creciendo), y eso a pesar de que últimamente ciertos datos (cartera de pedidos) apuntan a un cierto enfriamiento de cara a finales de año. Si tenemos en cuenta que, al menos teóricamente, vamos a estar un año sin Gobierno, podemos entender mejor a qué equivale  haber tenido un gobierno dirigido por Rajoy: es como no tenerlo.  
  • Los que se alegran de que los tipos de interés estén por los suelos, pensando en la financiación de nuestro monumental endeudamiento, deberían recordar que ello no es sino la contrapartida de una profunda depresión de las expectativas empresariales, y de las mezquinas tasas de crecimiento. A pesar de toda la artillería monetaria puesta en funcionamiento por Draghi—que prometió en su día que haría lo que fuera necesario- sus efectos reales siguen sin percibirse y la sólida coraza del escepticismo europeo apenas se ha conmovido, lo que no deja de ser un comentario injusto ya que al menos ha impedido que la insolvencia bancaria (Italia, España, Portugal) y el endeudamiento generalizado, desde las instituciones a las familias pasando por las empresas, se conviertan en armas de destrucción masiva, tal como lo fueron al comienzo de la crisis. Es una magra compensación si se tiene en cuenta que esta misma política pero aplicada desde el estallido de la burbuja bancaria ha permitido a los americanos salir de la crisis cinco años antes que nosotros. Pero Estados Unidos es un país que actúa como tal y Europa es un archipiélago de islas mal avenidas.
  • En cualquier caso, tan pronto se constituya un Gobierno, el que sea, a España le esperan dos shocks tremendos, los que suponen suprimir un déficit presupuestario de 42.000 millones de euros, y un déficit de la Seguridad Social de unos 18.000 millones. Ya no hay margen para enfoques gradualistas ni tiempo por delante, que ya ha sido consumido en la legislatura anterior. Los políticos tienen que enfrentarse por fin a la realidad. Pensemos, por ejemplo, que sólo la reforma del sistema de pensiones supondría, según la OCDE, rebajar la tasa de sustitución en no menos de 26 puntos. El déficit presupuestario no puede seguir afrontándose subiendo impuestos, como lo ha hecho el PP, sino bajando gastos, lo que supone desafiar a una clase política llena de funcionarios. Ya no hablamos de reforma sino de ruptura con los últimos cuarenta años de historia, los de la generosa pero desprevenida democracia.

1. A pesar de la falta de Gobierno, o tal vez gracias a ello, la economía ha seguido creciendo durante el primer semestre a buen ritmo, en torno al 3,2%, lo que es un dato excelente, sobre todo si lo comparamos con el crecimiento europeo. No existe ningún misterio acerca de las causas que explican este comportamiento: unos tipos de interés bajo mínimos, forzados a la baja por el BCE, y el enorme déficit fiscal, que campa a sus anchas en ausencia de un gobierno que tampoco lo controlaba cuando tuvo de hacerlo, a tenor de los compromisos adquiridos con la Comisión Europea y que nunca cumplió.

No cabe duda de que disfrutamos de dos de las condiciones óptimas para crecer,–amén del bajo precio del petróleo y de un euro débil– y a pesar de que las últimas previsiones apuntan a un crecimiento en 2017 mucho más modesto, del orden del 2,3%, todo dependerá de los cambios que se puedan producir en las variables antes mencionadas. De momento, sobre los tipos de interés no parece que pueda haber cambio alguno dado que la política monetaria seguida por el BCE no está cosechando resultados visibles en términos de crecimiento. Las economías europeas han quedado tan dañadas, las expectativas empresariales son tan negativas, los bancos parecen tan poco solventes, y el peso de los Estados tan abrumador, que no resulta previsible que se produzcan cambios sensibles en un escenario de típica declinación o decadencia. No es menos cierto que la zona euro crecerá al menos un 1,6%. Algo es algo.

En cuanto al déficit público, que este año no será inferior en conjunto a los 60.000 millones de euros, el próximo Gobierno no tendrá más remedio que enfrentarse a la herencia envenenada que le ha dejado el Gobierno anterior, o sea ellos mismos, e iniciar un verdadero proceso de consolidación presupuestaria que, sin duda, tendría consecuencias considerables sobre el crecimiento ya que el gasto público es uno de los dos pilares en que se asienta el crecimiento económico en estos momentos (el otro es el consumo de las familias). España se ha salvado por los pelos de una multa considerable, pero los tiempos en que la Comisión miraba al otro lado y hacía como que creía las promesas de Rajoy parecen haber terminado.

2. Con toda la impunidad del mundo, el irresoluto y oportunista de Rajoy, maestro en materia de manfutismo, ha llevado la deuda pública española hasta los 1,1 billones de euros. Menos mal que una parte de las emisiones de deuda se están haciendo a tipos de interés negativos o simbólicos. Pero la principal responsabilidad de lo ocurrido debe ser atribuida a la propia Comisión Europea, un modelo de lenidad, que ha tragado con carros y carretas en lo que ha sido un fracaso generalizado de las instituciones europeas a la hora de enfrentarse a la crisis más grave de la historia reciente. Qué contraste con lo ocurrido en Estados Unidos, donde tomaron el toro por los cuernos desde el principio, y sanearon con eficacia a los bancos, punto de partida de cualquier estrategia anticrisis que se precie, lo que les ha permitido recuperarse con cinco años de adelanto sobre una Europa aquejada por un sentimiento de impotencia y una falta de fe en sí misma de la que el Brexit es sólo un síntoma. Europa se ha parado política y económicamente hablando, y hay pocos síntomas de que intenta ponerse de nuevo en marcha.

Ello explica que no quisieran enfrentarse a un gobierno español que inspira más miedo por su incompetencia que respeto por su presunta soberanía. Recordemos que Europa tuvo que imponer el rescate bancario a una timorata España, y que también se encargó de hacer bajar la prima de riego desde los seiscientos puntos a los cien actuales. Seguramente pensaron que más no podían hacer, y que no se puede salvar a un país contra su voluntad. Deben estar maldiciendo el día en que aceptaron que países tan dudosos como España, Portugal o Grecia entraran en el euro.

La Comisión justifica su insólita tolerancia en el hecho de que el país lo ha pasado muy mal, lo que es verdad, y ha hecho ciertos sacrificios, ignorando que esos sacrificios han sido obligados por la caída de la recaudación y el empleo, no han respondido a ninguna estrategia social o económica, y han recaído sobre los hombros de una parte de la población, la más débil, los parados, los jóvenes y los temporales, mientras el resto ha hecho como si no pasara nada y encima se ha quejado de una austeridad que solo ha existido en su imaginación. En realidad, la tolerancia de la Comisión se ha debido al deseo de no abrir un nuevo frente conflictivo en el Sur de Europa, ante la fragilidad evidenciada por Italia y Portugal, por no mencionar a Grecia, otro problema pendiente. De hecho, los problemas bancarios de Italia y los presupuestarios de Portugal siguen estando de rigurosa actualidad, dos países que, como España, son incapaces de hacer reformas dignas de tal nombre.

3. Todo lo cual es una bendición para el hombre menos capaz de hacer algo digno de mención que se recuerda, el ínclito Rajoy, al que viene como anillo al dedo el apoyo que le ha proporcionado el resto de Europa. No se entiende que un hombre que tan bien refleja el carácter colectivo español, en su disposición a vivir el presente y desentenderse del futuro, no consiga formar gobierno cuando es el hombre idóneo para vivir de lo que Europa nos dé.

No cabe duda que la debilidad europea ha dado alas al gobierno español, que no ha dejado de hacer de las suyas durante todos estos años, o más exactamente, le ha facilitado su innato inmovilismo tanto en materia de reformas como en su control del gasto, que es también otra forma de no hacer una reforma, la de una Administración sobredimensionada que no ha aprendido nada durante la crisis. Esta va a ser la gran asignatura pendiente del próximo Gobierno al que se le ha acabado el tiempo antes de empezar a funcionar.

El reto es doble. Primero por su dimensión. Reducir un déficit de unos 60.000 millones requiere medidas radicales que hasta ahora no se ha querido imponer, y que afectaría a todos los estamentos de la Administración, sobre todo a la Central, siempre dispuesta a echar la culpa de las desviaciones producidas a las Comunidades Autónomas. Para empezar hay que decidir qué se hace con la enorme deuda que han acumulado las CCAA con Hacienda que les ha concedido unos 120.000 millones de créditos que sabemos que no pueden ser reembolsados. Ello implica que se debe producir algún tipo de acuerdo político entre quienes no están dispuestos a pagar y quienes son ahora conscientes de haber alentado la propensión al gasto de casi todas las Comunidades Autónomas, con la excepción de Galicia, lo que dicho sea de paso no ha castigado a su gobierno autónomo desde el punto de vista electoral. Que aprendan en otras latitudes.

Se necesita un pacto de estado de enorme entidad  que establezca algún mecanismo de control e intervención, y reparta de manera más equitativa los recursos entre las dos administraciones, algo que resulta vital para las CCAA más endeudadas (Andalucía, Extremadura, Murcia) que son siempre las que tienen economías menos viables, es decir, aquellas en las que se da un desequilibrio evidente entre el tamaño de su economía y su capacidad para generar recursos impositivos, y el tamaño asistencial que ha adquirido su administración. No hay estados ricos con economías pobres.

Otro problema no menos peliagudo es el planteado en Cataluña, la Comunidad más endeudada de todas y la más reivindicativa, que a buenas horas ha tomado el modelo vasco como referencia, ese Concierto que Pujol rechazó en su día y que hubiera resuelto muchos de sus problemas, incluido el de su encaje en España donde tan confortablemente se encuentra el Gobierno Vasco y el PNV.

4. En realidad, el País Vasco está al margen de estas batallas gracias a contar con un Régimen especial. Como el sistema de cálculo del Cupo ha quedado obsoleto, el Gobierno Vasco dispone de un volumen de medios sin parangón, que utiliza para pagar espléndidamente a sus funcionarios y sobredimensionar sus plantillas, lo que es evidente en muchos estamentos y singularmente en la Ertzaina.

Recordemos, sin embargo, que la salud del Concierto depende totalmente de la salud de la economía y esta no es buena. Por mucho que presuma el Gobierno durante el período prelectoral. La destrucción de empresas industriales durante la crisis ha sido enorme acompañada por la deslocalización de otro grupo considerable. Durante la crisis, la economía vasca ha funcionado como un calco de la española—quince trimestres en recesión y una caída del 40% en el índice de producción industrial— lo que explica que sigamos siendo la segunda economía en renta per cápita de España, solo superada por Madrid, pero que nos hayamos alejado de la Europa avanzada. Es curioso que la opinión pública califique con un suspenso la gestión realizada durante la crisis por el Gobierno español y que, sin embargo, la gestión realizada por el Gobierno Vasco, que ha obtenido los mismos resultados, sea vista con benevolencia. Tenemos un sistema de gobierno ideal, que goza de todas las ventajas del mundo y ninguno de sus inconvenientes, porque aunque controla casi todos los ingresos fiscales del país, cuando llega un problema realmente serio (reconversión industrial, ETA, crisis económica), todo el mundo espera que lo afronte el Gobierno Central.

Lo mismo ocurre en materia presupuestaria. A pesar de que la coyuntura ha mejorado notablemente y de que tenemos un marco fiscal privilegiado, el Gobierno Vasco sigue cerrando sus presupuestos con déficit. Ello revela sin género de dudas que el gasto público vasco es excesivo. Dos tercios del mismo es gasto corriente lo que quiere decir que tenemos demasiados funcionarios demasiado bien pagados. El Gobierno sigue esperando que la recaudación mejore pero creemos que no lo va a hacer o lo va a hacer en menor medida de lo esperado. De hecho, este año, con un PIB creciendo por encima del 3%, lo que es excepcional, los ingresos fiscales solo crecen un 2% cuando la previsión era de que lo hicieran a ritmos del 7%. Cunde la sensación, lo mismo en España que en Euskadi, que la economía no da más de sí, y que al sector público le ha llegado el momento de apretarse el cinturón y no pedir más a unos ciudadanos que ya contribuyen en exceso, eso sí, sin protestar.

Otro hecho nos debería mover a la prudencia en esta materia. En la salida de la crisis vasca hay un aspecto esencial que sigue sin funcionar: el Comercio Exterior. Incluso las exportaciones españolas crecen más que las vascas. Esto no afecta de momento al crecimiento del PIB ya que la recuperación se basa en el consumo privado y el gasto público. Pero ello indica claramente que tenemos un problema de competitividad, de la que las empresas vascas son conscientes (supongo que el gobierno vasco también pero no lo dice) como se demuestra en sus ventas, que están estancadas, y su rentabilidad, mayoritariamente negativa. Hasta el punto de que los salarios han dejado de crecer, un hecho insólito.

La oferta industrial, el gran motor de la economía vasca, ha dejado de evolucionar desde la crisis por la falta de inversiones y la asfixia financiera. La empresa vasca no es capaz de evolucionar a la misma velocidad con que lo hacen las demandas que la sociedad vehicula a través de Sindicatos y Gobierno Vasco, dos máquinas bien engrasadas cuyas exigencias en materia de salarios e impuestos crecen con independencia de  las posibilidades reales de las empresas, siempre sobrevaloradas.

5. Si el problema del exceso de gasto es peliagudo, aún más, y más irreversible, es la crisis del sistema de pensiones, abocado a un déficit creciente. Si en el seno de una etapa de crecimiento como la actual, los ingresos del sistema crecen menos que los gastos, a pesar de las supuestas reformas, todo apunta a la inviabilidad de un modelo en el que, ante todo y sobre todo, hay que cuestionar eso que no se ha querido tocar hasta ahora y es la tasa de sustitución, relación entre la pensión y el sueldo medio, situada por encima del 74%, una de las más elevadas de la OCDE, y eso que ha comenzado a bajar porque ha llegado a estar por encima del 90%, un verdadero suicidio programado.

La Comisión Europea ha calculado que esa tasa no debería superar el 48%, en línea con lo establecido en otros países. Si tenemos en cuenta que la OCDE calcula que para mantener el nivel de vida del que se disfrutaba antes de la jubilación no debería bajar del 70%, y que los Sindicatos van a cuestionar cualquier reforma del Pacto de Toledo que diste mucho de ese porcentaje, tenemos entre manos una contradicción monumental, en buena parte producida por la reticencia a realizar reformas parciales a partir del momento en el que la inviabilidad del modelo se puso de manifiesto, y que no es de ahora sino de cuando estalló una crisis de la que se va a conmemorar la primera década, un tiempo en el que se ha hecho muy poco por afrontar el problema. El fondo de reserva va a desaparecer y, a pesar del aumento del empleo, el déficit ya está en los 17.000 millones de euros y no deja de crecer.

El nuevo Gobierno tendrá que dejarse de subterfugios y bajar a la realidad, algo que toda la clase política, compuesta mayoritariamente por funcionarios, detesta de modo particular, sobre todo si no tiene por delante un escenario que le permita soslayar lo más urgente y practicar eso que en España se llama ganar tiempo y que es la manera más segura de perderlo.

Siguiendo la maldición gitana de “tengas pleitos y los ganes”, le deseamos a Rajoy que consiga formar Gobierno aunque solo sea para que se ponga en evidencia su genética incapacidad para enfrentarse a un problema serio. Confirmaría todas las hipótesis sobre la naturaleza íntima de la clase política española, maestra absoluta en el arte crear problemas para darse el gusto de mantenerlos vivos y no resolverlos.

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