COYUNTURA ECONÓMICA. Segundo trimestre 2016

  • La economía española atraviesa su mejor momento desde que entrara en crisis, por lo menos en términos de crecimiento, si bien se ha podido constatar que su comportamiento a lo largo de este período ha sido el peor de todos los países europeos a la excepción de Grecia, hasta el punto de que todavía no ha vuelto a alcanzar los niveles de renta per cápita de 2008. Además, sale de la recesión muy debilitada por las secuelas acumuladas en forma de paro, crisis bancaria y, sobre todo, endeudamiento público, secuelas que van a condicionar su potencial de crecimiento cuando un escenario tan favorable como el actual (tipos de interés, sobre todo) deje de serlo.
  • Para las empresas, al menos para las empresas vascas, la crisis no ha terminado. A pesar de los favorables datos macroeconómicos, sus dificultades para financiarse y ajustar plantillas siguen siendo las mismas de siempre. La crisis ha paralizado su evolución hacia tecnologías de mayor complejidad, y su salida al exterior ha sido un fracaso: desde 2008 a 2015 las Exportaciones vascas sólo han crecido un 8% (España, 37%). Seguimos siendo la segunda economía del Estado en términos de renta per cápita, pero se trata de un dato que ha dejado de ser una referencia válida a la vista del fracaso experimentado por la economía española.
  • Desde los problemas relacionados con la solvencia del sistema financiero y una recuperación empresarial muy frágil, la preocupación dominante ha pasado a la evolución del déficit fiscal, que se niega tercamente a bajar a pesar de las presiones de la Comisión Europea que, finalmente, se ha convencido que Rajoy no será nunca un socio de fiar. Los dos problemas básicos relacionados con dicho déficit—seguridad social y autonomías—representan áreas de trabajo en las que se ha dejado hacer de manera irresponsable, retrasando el momento de la verdad por razones de tipo político: los pensionistas son el mayor grupo sociológico del país (casi diez millones y creciendo) y el Estado de las Autonomías se ha convertido en el mayor error de la democracia en la medida en que ha funcionado al servicio de una clase política local parasitaria. Sus dos déficits, que conjuntamente suponen unos 35.000 millones, no sólo son graves por su tamaño sino también por su evolución en la medida en que vienen creciendo sin parar.

1. La economía española sigue creciendo a muy buen ritmo, cerca del 3%, gracias al viento de cola que proyectan unos tipos de interés bajo mínimos (aunque no parece que sirvan de mucho), un euro depreciado, un barril de petróleo casi en mínimos y, especialmente, el enorme déficit presupuestario que, ajeno a las recomendaciones de la Comisión Europea, se ha mantenido en el primer trimestre de 2016 con el mismo vigor electoralista del año pasado. Decididamente Rajoy es uno de los peores gobernantes que haya tenido este país, el peor que nos podía haber tocado para afrontar una crisis de estas dimensiones. No solo no hace reformas sino que retrasa sine die el recorte del gasto público porque la propia política del BCE le ayuda a financiarlo a muy bajos tipos de interés (bono a diez años: 1,05%).

Recordemos que si este país crece ahora más que los demás es porque antes cayó mucho más. Con la excepción de Grecia, somos el país que peor lo ha hecho durante la crisis (ver gráfico final). Un motivo más para una reflexión a la peruana (Conversaciones en la Catedral): ¿Cuándo y cómo se fastidió esta democracia para convertirse en un fracaso de tal magnitud?

Lo malo es que ello nos convierte en un país más vulnerable que nunca a la evolución de los tipos de interés que en un par de años tienen que volver  a crecer. Recordemos que este año el Estado pagará unos 33.000 millones de intereses (en 2013 pagamos cerca de 40.000 millones cuando todavía la deuda era mucho más baja). La Deuda ha venido para quedarse convertida en una espada de Damocles. En realidad, sin la intervención de la Comisión Europea (ojalá hubiera sido un rescate en toda regla) en dos cuestiones tan esenciales como la prima de riesgo, (la actual es una cuarta parte de la que padecimos en el momento álgido), y el rescate bancario, que debería haber sido el doble, nuestra situación en estos momentos sería crítica.

2. El Banco de España ha publicado un informe en el que calcula que nuestro potencial de crecimiento a medio plazo (2020-2025) no superará un 1,2% de media, lo que es un dato muy preocupante. Según el informe, la productividad lleva muchos años sin crecer, el paro va a seguir siendo estructuralmente alto y la capacidad inversora, tanto del sector privado como del público, está muy limitada por el enorme endeudamiento. El razonamiento es elemental: si el empleo no crece y la productividad no aumenta, no hay crecimiento. La economía española, a menos que se produzcan cambios radicales en el escenario internacional, ha entrado en un declive duradero.

El trasfondo de una visión tan pesimista (en el fondo realista: vendríamos a repetir el escenario italiano con unos cuantos años de retraso) se debe al envejecimiento de la población una parte de la cual va a pasar de activa a pasiva en próximos ejercicios (cuando se jubile el baby boom de los sesenta) y el agotamiento de los efectos beneficiosos que supuso la incorporación de la mujer al trabajo fuera de casa.

Es evidente que esta previsión nos enfrenta a un futuro insostenible dado, entre otras cosas, a que el coste de financiar el estado de bienestar en una sociedad envejecida como esta requiere un crecimiento mucho mayor, por lo menos del 2%. En 2015 ingresos y cotizaciones crecieron a ritmos del 1% mientras el gasto sanitario aumentó un 4% y las pensiones lo hicieron al 3%. Sólo estas dos partidas suponen unos 200.000 millones de euros. El envejecimiento de la población mantiene al estado de bienestar en un rumbo de colisión con la economía. No olvidemos que los viejos siempre han tenido necesidades crecientes y recursos menguantes.

Es el mismo problema al que se enfrentaron Alemania y Francia hace quince años. A base de reformas, Alemania lo afrontó, cosa que no hizo Francia que prefirió aumentar el gasto público y endeudarse aún más. La típica huida hacia adelante a la que tan proclives son los países mediterráneos.

La vía de las reformas que recomienda el Banco de España es muy expresiva: reformas que refuercen la contratación indefinida, la educación, la formación, la competencia y la innovación. Con esta clase política, es dudoso que estas reformas se hagan y es imposible que se hagan a tiempo. Así que probablemente seguiremos una senda de decadencia paulatina.

Nada sorprendente si tenemos en cuenta que, además del envejecimiento de la población, padecemos un estancamiento en materia de productividad, nuestros avances tecnológicos son muy lentos, lo que nos hace vulnerables a la competencia de los países emergentes, y tenemos un exceso de endeudamiento. El país no da más de sí, algo que casi todo el mundo sospechaba desde hace tiempo. Por eso eligen a Rajoy, para que les mienta y les diga lo contrario.

3. A pesar del BCE, el crecimiento europeo pulsa a niveles muy modestos, y la inflación sigue en negativo, aunque no tanto como en España. La salida de la crisis se está alargando extraordinariamente a pesar del impulso monetario y de tipos de interés que aplica el BCE lo que demuestra que, bajo ciertas condiciones, una política monetaria expansiva apenas produce efectos positivos. Tampoco sabemos qué hubiera pasado de no haberse dado semejante impulso, sobre todo en materia de solvencia bancaria, y financiación, al parecer ilimitada, de la deuda pública. Los países que la emitieron se han visto recompensados: ya hay nueve billones de deuda soberana a tipos de interés negativos.

Todo parece indicar que las economías europeas, a pesar de ser muy diferentes entre sí, padecen los mismos males, males que vienen de lejos: exceso de gasto público derivado en parte de compromisos insostenibles en materia de salud y pensiones; bancos que han cometido en el pasado todos los errores imaginables y que ahora son auténticos zombis; sociedades burocratizadas y reguladas en exceso, empezando por la propia Unión Europea, que repite los mismos excesos de las burocracias nacionales, etc. Después de la crisis, las economías europeas no han conseguido asentar una expansión sostenida y equilibrada debido a unos ritmos de inversión demasiado modestos y unos niveles de endeudamiento demasiado elevados y que siguen creciendo. Por más que nos duela la decisión de Gran Bretaña de salirse de la Unión, no hay más remedio que dar la razón a muchos euroescépticos en sus críticas, aunque tal aventura nos parezca temeraria y de consecuencias económicas imprevisibles, en cualquier caso muy negativas para la Isla y el Continente. El Brexit provocará más ajustes.

Muchos reproches que se hacen a la Unión son problemas derivados de unos estados nacionales que se niegan a hacer reformas (el caso de Francia es paradigmático), cuyos Estados han alcanzado un peso insoportable (el estado francés supone un 62% del PIB) y que hasta ahora han preferido endeudarse antes de abordar seriamente sus problemas. La Deuda media de la zona euro ha llegado al 90% lo que es un escándalo, con Francia (95%) e Italia (132%) como máximos exponentes, a los que se ha unido recientemente España (101%), formando una tripleta de enfermos crónicos cuyo futuro es  de lo más dudoso.

Cuando una sociedad decide seguir ese camino, decisión mucho más consciente entre sus élites de lo que imaginamos, es que ha elegido sacrificar a las próximas generaciones en beneficio de la presente. Les legamos una deuda inmensa, y les dejamos sin margen de maniobra, pero no les trasmitimos lo único que podría justificarla: una economía competitiva, presente en los mercados internacionales y puesta al día, con una alta capacidad investigadora. Europa languidece y su peso e influencia en el mundo se va reduciendo  a marchas forzadas.

4. Algunos podrían pensar que las políticas de Rajoy tienen éxito, aunque sea por las razones equivocadas, y que cualquier huida hacia adelante, que es lo que este gobernante domina con gran autoridad, no deja de ser una respuesta viable, siguiendo el razonamiento del náufrago optimista: alguien se compadecerá de mí y me salvará. En realidad, es una pésima política y sólo beneficia a su destinatario principal, el propio Estado, en el objetivo de no hacer reforma alguna de la propia Administración. El gasto corriente ha seguido creciendo, el número de funcionarios se ha mantenido, y el déficit del sistema de pensiones aumenta año tras año sin que se produzca reacción alguna. Pero el mayor síntoma de inmovilismo reside en que el déficit autonómico ha sido financiado con 130.000 millones de supuestos créditos, que nunca se reembolsarán, agravando el problema de una Administración duplicada y clientelar que ha vuelto a reinventar el caciquismo más castizo.

Lo que no sería muy grave si ello hubiera servido para dinamizar la vida languideciente de la mayor parte de las Regiones. En realidad, ha servido para todo lo contrario, para hacerlas más dependientes de la Administración Central, que tiene que ver con pavor que más de la mitad de España, la meridional, se le ha convertido en una especie de agujero negro, incapaz de salir adelante por sus propios medios, y cuya distancia comparativa con los escasos islotes avanzados, Madrid sobre todo, se amplía año tras año.

Así que no nos debe extrañar que esta versión de primero yo y luego lo que se pueda, típica de la manera de afrontar la crisis por parte de la Administración, nos lleve al desastre. Las certidumbres, que no sospechas, que alimentan esta teoría son las siguientes:

  1. Desde la llegada de la democracia hemos sufrido tres grandes crisis, todas las cuales han resultado ser más largas y más graves que las padecidas por los países de nuestro entorno. La perspectiva adquirida con el paso del tiempo confirma que no hemos aprendido nada de ellas.
  2. Desde finales de los años ochenta o principios de los noventa, la voluntad reformadora de la clase política española se extinguió, y fue sustituida por una plétora legislativa que abruma al personal sin que la administración se moleste en verificar su cumplimiento y, mucho menos, analizar las repercusiones prácticas de las mismas. Dos áreas básicas a reformar como son la Seguridad Social y las Comunidades Autónomas, cuyo déficit sumó el año pasado 35.000 millones, han sido objeto de un descuido cómplice.
  3. El comportamiento de la economía y sociedad españolas ante la peor crisis que hayamos padecido ha confirmado todos los temores que los fracasos anteriores alimentaban. A pesar de que se ha aplicado la versión más keynesiana de la misma, basada en monumentales déficits públicos, la opinión pública española cree sinceramente en que se ha practicado una cierta austeridad que solo ha existido en la imaginación de los más reluctantes socialdemócratas. En este proceso, los gobiernos españoles han encontrado dos aliados esenciales: el Banco Central Europeo que, preocupado por el estancamiento secular, está dispuesto a financiar cualquier cosa, y la opinión pública, que opina que cualquier déficit está justificado per se.
  4. Resulta significativo el resultado material de esta política: con la excepción de Grecia, España es el país que peor ha funcionado durante la crisis y el único que en 2015 no había recuperado el nivel anterior de 2008 (en euros corrientes). En el período 2008—2015, la UE creció un 17,4% (la zona euro, 12,6%) mientras España decreció un 0,6% (en términos reales, más). Incluso países rescatados como Irlanda o Portugal lo han hecho mejor.

          El siguiente gráfico es suficientemente expresivo:

Sin título5. Si alguien abrigaba dudas de que el estado español es un desastre sin paliativos, debería reflexionar sobre la manera de reaccionar que tiene este país y su administración en tiempos de crisis. Menos mal que tenemos el gobernante apropiado, el reelegido Rajoy, dueño de un talento fenomenal, capaz de transmutar un fracaso sin paliativos en todo un éxito.

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