Segunda actividad

Si hemos de creer lo que se dice, las últimas concesiones del Gobierno Vasco a sus atribulados funcionarios nos van a costar a los vascos no menos de 108 millones de euros. No es mucho si con eso se consigue aplacar su legítima ira y tenerles contentos. Aunque es poco probable: los delegados sindicales de la función pública, pagados con nuestros impuestos para incordiar todo lo que puedan, ya han avanzado que tienen una larga lista de reivindicaciones por conseguir. Teniendo en cuenta la debilidad negociadora del Gobierno Vasco, compuesto en su totalidad por funcionarios, es seguro que lo lograrán.

Los Sindicatos han hecho de la función pública su centro de gravedad. Como me dijo en cierta ocasión el secretario general del principal sindicato vasco, el sector público se ha convertido en el eje de su gestión debido, y cito sus palabras, “nos lo ponen a huevo, es muy fácil, les ganamos siempre”. Además esto no es la Industria. Aquí no hay crisis, ni cierres ni despidos. Por eso han saludado esta nueva batalla ganada como un éxito popular y solidario. Es popular porque los vascos tenemos a gala tener los empleados públicos mejor pagados y con mejores condiciones laborales de España con total independencia de su productividad, o de la falta de ella. Además nos enorgullecemos de tener muchísimos hasta el punto de que desde 2008 han seguido creciendo, de 139.000 a 145.000,  cosa que no ha sucedido en ninguna otra parte, y eso que los empleos privados se han reducido en más en más de 120.000. Lo que quiere decir que menos gente tiene que mantener a más, lo que es de lo más solidario, aunque de una solidaridad un tanto extraña, por la que los que están menos protegidos ayudan a los más amparados. Tendrá que ser así. Seguramente es ley de vida.

Ya que la gente normal lo está pasando mal, por lo menos que haya un grupo que no padece las consecuencias de una economía cambiante. Para eso cobran un 50% más que la media del sector privado, trabajan menos horas, y no pueden ser despedidos. Sus desvelos y dedicación tienen que ser compensados. Es lo menos que podemos hacer con aquellos que han puesto sus vidas al servicio de los demás. ¿Privilegiados? En absoluto, se trata de una vida muy dura  ya que la relación con la gente normal, esa que está todo el rato pidiendo cosas, desgasta mucho. Por eso lo primero que demandan los funcionarios es no tener que salir de sus oficinas o lugares de trabajo. Como es el caso de la Ertzaintza, cuya  segunda actividad, sin ir más lejos, consiste en no hacer nada, que es lo más zen que uno puede imaginar.

Gracias a estos y otros pequeños privilegios hemos conseguido que haya muy pocos funcionarios, por no decir ninguno, que quieran dejar de serlo. También hemos conseguido que la vocación de servidor público, antes tan denostada, haya alcanzado la más alta consideración social hasta el punto de que todo el mundo quiere formar parte de un colectivo tan desinteresado. Es cierto que algunos malpensados opinan que se les podrían pagar mucho menos y hacerles trabajar mucho más dado que, de todas maneras, medio país estaría dispuesto a sustituirles cobrando mucho menos. No hay más que ver las muchedumbres que se agolpan en Baracaldo cada vez que hay oposiciones.

No somos capaces de imaginar las ventajas que supone la Autonomía, que no es otra cosa que tener a muchos funcionarios cerca, en lugar de tener a muchos menos pero en Madrid, bien lejos. Algunos malpensados han llegado a añorar esos tiempos. Y es que hay gente para todo.

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