COYUNTURA ECONÓMICA. Tercer trimestre 2015

  • Era difícil imaginar que, tras la crisis, la coyuntura ofreciese su mejor perspectiva, al menos para España. La caída del precio del petróleo, y de otras materias primas, ha venido acompañada por la gradual depreciación del euro, consecuencia de la tardía aplicación de una política monetaria expansiva por parte del BCE, política que en Estados Unidos puede darse por terminada. Esto no sólo ha favorecido una tímida recuperación del crédito, a pesar de la precaria solvencia de muchos bancos, sino que ha hecho caer la prima de riesgo y mantenido en niveles simbólicos los tipos de interés. Por si esto fuera poco, Rajoy ha puesto de su parte el mismo descontrol del gasto público que viene manifestando desde hace años y que supone un incumplimiento sistemático de los objetivos de reducción del déficit, problema que apenas preocupa a una Europa que intenta salir cuanto antes de su estancamiento.
  • Con estos datos no es extraño que en algunos momentos la economía española esté creciendo a ritmos cercanos al 4%. Aun dando por supuesto que la segunda parte del año será menos expansiva, ello nos dará para el conjunto del año un crecimiento en torno al 3,3%. Y eso a pesar de que la evolución de las Exportaciones es mediocre. Con todo se crearán medio millón de empleos de baja cualificación lo que induce a creer que en 2016 la tasa de paro se situará por debajo ligeramente del 20%. No podemos olvidar que, a pesar del dato del PIB, seguimos unos cinco puntos por debajo de 2008, nivel que no recuperaremos antes de 2018. Volver a las tasa de paro de entonces, en torno al 8%, costará al menos una década más.
  • Por más que nos favorezca a corto plazo, provocando entre otras cosas una caída del precio del petróleo, la situación internacional sigue siendo delicada. Hemos de ser conscientes de que vivimos en el mundo posterior de la Gran Depresión, cuyas peores consecuencias, un colapso mundial, se evitaron a golpe de política monetaria lo que ha convertido la salida de la crisis en un campo minado, con crisis recurrentes. La liquidez es enorme (la base monetaria americana se ha multiplicado por cuatro) pero incluso en Estados Unidos las empresas no invierten lo que quiere decir que sus expectativas no mejoran. La deuda de las familias sigue siendo muy alta y el sector inmobiliario se recupera muy lentamente. El miedo es libre y después de la crisis hay mucho miedo. Eso sí, su tasa de paro se va situar dentro de poco por debajo del 5%.

1. A lo largo del verano, la economía española ha mantenido o ampliado su ritmo de crecimiento, algo que se daba por descontado si tenemos en cuenta que los factores que alimentan este crecimiento se retroalimentan. Son el consumo de las familias, que han perdido el miedo a gastar, el gasto público, al que se deja crecer conforme se acercan unas elecciones que prometen ser reñidas, y el turismo, con una temporada estival que conoce niveles record, superando a los del año anterior que ya fue excepcional. Incluso la Construcción se ha sumado a la fiesta.

Volvemos al modelo de crecimiento de siempre, el que viene impulsado por la demanda interna, y que elude o deja para más adelante los problemas también de siempre: las exportaciones evolucionan mediocremente, la competitividad no ha mejorado, aunque algunos opinen que un supuesto frenazo salarial está resolviendo todos los problemas, cosa que evidentemente no es cierto, y el gasto público sigue fuera de control y se mantiene en torno al 45% del PIB, nivel que este país no puede soportar salvo al precio de seguir perdiendo capacidad de crecimiento a largo plazo.

Lo que quiere decir que podemos crecer fuertemente a corto plazo, por comparación con años anteriores realmente críticos, pero somos incapaces de mantener esos ritmos de crecimiento a medio y largo plazo, una evidencia que el Gobierno se encarga de ocultar. Nuestra base productiva ha experimentado un brutal recorte (eso sí que es un recorte y no el del gasto público): miles de empresas y puestos de trabajo han desparecido y con ellas la capacidad para generar riqueza y empleo. Una parálisis de diez años tiene efectos devastadores sobre el potencial económico de un país que nunca se ha caracterizado por ser una eminencia.  Algo que el noble pueblo español procura ignorar para no caer en la melancolía (y seguir pidiendo más).

2. De momento, las cosas siguen mejor de lo que cabía imaginar aunque somos conscientes de que:

  • El empleo creado es de muy baja calidad, casi todo temporal, y desaparecerá en buena parte tan pronto termine la temporada alta. En materia de empleo dependemos del turismo y los Servicios más que nunca, y no existen siquiera atisbos de que un nuevo modelo de crecimiento asome por el horizonte. La crisis europea evidentemente no nos pone las cosas fáciles y las Exportaciones funcionan peor de lo que sería deseable.
  • Cada vez resulta más evidente que la reducción del déficit público, una tarea prioritaria, se ha convertido en un desiderátum de casi imposible logro, en parte porque la Administración no ha sido objeto de ningún tipo de replanteamiento a lo largo de todos estos años. Al contrario, ha seguido creciendo en tiempos de crisis acentuando su desmesurada desproporción con una economía que ha experimentado en este tiempo un enorme retroceso. El peso relativo del sector público ha alcanzado tal magnitud que hay que suponer que, en el caso de que se produjese una verdadera consolidación fiscal, sus consecuencias serían de enorme entidad. La economía española pende de un hilo, el que maneja un estado más despilfarrador que nunca.
  • Los problemas latentes del sistema financiero son de tal magnitud, y las pérdidas acumuladas son tan considerables, que su capacidad para seguir siendo un socio que alimente la recuperación empresarial, sobre todo industrial, más necesaria que nunca, es dudosa. El crédito está lejos de haberse recuperado, y eso a pesar de la liquidez que ha proporcionado el BCE para que se traduzca en mayores facilidades crediticias. Como es lógico por otra parte cuando el nivel de morosidad se mantiene en los aledaños del 11%. El sistema financiero español es un enfermo en estado delicado y su reconversión no ha hecho más que empezar a pesar de haber cerrado 14.000 oficinas y despedido a 70.000 empleados, en una reestructuración como no se había conocido nunca. Cualquier solución al problema pasa por hacer algo profundamente desagradable: reconocer que una parte importante de los créditos no se recuperarán jamás. No es un problema exclusivamente español. Se calcula que en Europa, los créditos fallidos equivalen al 9% del PIB, lo que supone una cifra del orden del billón de euros.

3. Hemos de ser conscientes de que vivimos una especie de tregua provocada por la crisis europea, y ahora por la de los países emergentes, lo que ha dado paso a políticas monetarias de una laxitud considerable. Nadie piensa en términos ortodoxos, ni siquiera en los Estados Unidos. Resulta sintomático que la previsible subida de un cuarto de punto en el interés básico de la Reserva Federal sea objeto de enconados debates como si la misma fuera a poner en peligro el edificio entero de la economía mundial.

Sufrimos el influjo y las consecuencias de la mayor crisis económica que se recuerda, a pesar de estar invadidos por un mar de liquidez, lo que explica las moderadas tensiones que padece nuestra prima de riesgo y los ridículos tipos de interés que debemos pagar por muestra inmensa deuda pública, la más alta de la historia. Es un final feliz, por lo menos de momento. Otros países, como China o Brasil, también pensaron que podían huir hacia adelante eternamente, pero finalmente les ha llegado el momento de la verdad.

La situación de China es particularmente preocupante en la medida en que sus ritmos de crecimiento descenderán drásticamente. Después de una larga expansión llegan las correcciones del exceso de oferta, endeudamiento irresponsable y baja productividad, producto de una asignación de recursos realizada con criterios políticos. China tiene que restructurar un sector público inmenso, con no menos de 35 millones de empleos, que se ha mantenido en pie artificialmente durante los últimos años gracias a inmensas inyecciones financieras, proceso que estaba socavando su crecimiento económico y la salud de sus bancos, que son en su mayoría públicos. Implantar políticas en las que la asignación de recursos se haga con criterios objetivos, basados en la capacidad para recuperar los capitales invertidos, llevará tiempo y supondrá el cierre de muchas empresas y la privatización de otras, lo que garantiza la oposición de los grandes conglomerados que intentarán minimizar las reformas. El acceso a un crédito fácil había convertido a estos conglomerados en gigantes burocráticos e ineficaces.

China ya puede olvidarse para siempre de tasas de crecimiento de dos dígitos y considerar que un crecimiento del 7% es mucho mejor que nada, aunque ello genere tensiones en un mercado de trabajo que necesita crear 20 millones de empleos cada año para no aumentar el paro.  China tiene que encontrar un nuevo modelo de desarrollo lo que probablemente le llevará años por más que sus dirigentes intenten convencernos de que se trata de una crisis de corta duración.

Brasil es otro ejemplo de que una expansión incontrolada deja un legado de corrupción institucional enquistada en el poder y deudas de enorme magnitud lo que convierte la salida de la crisis en algo muy complicado porque resulta muy difícil refinanciar dicha deuda cuando se tiene la calificación de bono basura. Los milagros económicos se pagan, antes o después.

4. Son tiempos de tribulaciones para muchos países, cosa que a España, paradójicamente, le viene muy bien, y a un Gobierno, que no solo detesta las reformas sino cualquier tipo de cambios, no digamos. Cuanto peor mejor, en la medida en que supone una tregua de nuestras preocupaciones inmediatas, especialmente por lo que se refiere a nuestro sistema financiero, que va curando sus heridas gradualmente (con la ayuda inapreciable del BCE y su quantitative easing). Pero es solo una tregua.

Los grandes problemas siguen ahí intactos, salvo el del sector público, que se ha hecho mucho mayor, un sector público que ha adquirido un protagonismo desmesurado creando una enorme dependencia del sector privado (todo lo resuelve el Gobierno). A ello debemos añadir una deuda externa inmensa (la burbuja inmobiliaria hay que pagarla), un paro desmesurado y un sector exterior (balanza de pagos) vulnerable. No somos competitivos porque tenemos pocas empresas exportadoras, escasa tecnología medio-alta, y un tamaño de empresa (esencial para salir al exterior) insuficiente.

En el trasfondo de todo, hay una sociedad que no es capaz, dados sus bajos niveles de formación, de hacer evolucionar un modelo de crecimiento que no se corresponde con el nivel de bienestar de que disfruta. O dicho de otra manera, hemos alcanzado un bienestar aceptable antes de llegar a un nivel de desarrollo económico equivalente. Hemos puesto el carro delante de los caballos. Como dirían en el club Pickwick, o elevamos nuestros ingresos al nivel de nuestros gastos, o reducimos nuestros gastos (por ejemplo, unas pensiones insostenibles) al nivel de nuestros ingresos, que es lo más probable que suceda porque no podemos seguir endeudándonos eternamente.

Pero eso son consideraciones a largo plazo, y si hay algo que en España no preocupa a nadie es el futuro. Gracias a la crisis mundial estamos saliendo de la crisis con un crecimiento que no se apoya en el sector exterior. La crisis alienta una política monetaria expansiva, lo que nos viene de perlas, una política fiscal permisiva, una bendición para el Gobierno, y escasa preocupación por la deuda externa. Mejor aún, hemos dejado de ser considerados como unos parias en el concierto europeo, asimilados a Grecia y Portugal, para asociarnos con países que tienen las mismas dificultades que nosotros, países respetables (no se sabe por qué) como Francia e Italia. Nada nos urge a hacer reformas estructurales ni a reducir el déficit fiscal.

Crecemos más del 3% y si las circunstancias exteriores no cambian podemos estimar que 2016 será también un año bueno, lo que no deja de ser algo excepcional en una Europa reumática. La fórmula para conseguirlo es bien sencilla, la que aplica con su lucidez habitual el Sr Rajoy: no hacer nada (ni siquiera en el caso catalán) y esperar a que las cosas se arreglen por sí mismas. Se trata de una fórmula gallega que ha hecho fortuna y es fácil de aplicar. Deberíamos exportarla.

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