COYUNTURA ECONÓMICA. Segundo trimestre 2015

  • La economía española, alentada por los estímulos monetarios del BCE, la devaluación del euro, la caída del precio del barril de petróleo, y un gasto público descontrolado de un gobierno que piensa que puede perder las próximas elecciones, pulsa a ritmos extraordinariamente altos. Volvemos a las viejas prácticas de un crecimiento sincopado que acaba siempre mal y nos olvidamos de las verdaderas prioridades, las de contener el gasto público y no aumentar la deuda externa, así como reformar el mercado de trabajo, que sigue manteniendo la misma dualidad de siempre. Pero ni la sociedad ni el Gobierno están por la labor. Hemos atravesado la peor crisis de la historia y no hemos aprendido nada.
  • Madrid debe de estar situada no muy lejos de Europa sino en un páramo fuera de ella. Lejos de orientar la economía hacia el cambio del modelo productivo, siguen encantados con el de siempre, un modelo agotado que nos aboca a un mayor endeudamiento en cuanto empezamos a crecer. Y es que, a pesar de todo, gracias al BCE, seguimos contando con la confianza de los mercados financieros que no se cansan de prestarnos los recursos que necesitamos para mantener un sector público sobredimensionado y un sistema financiero cuya solvencia y rentabilidad constituyen un milagro inexplicable. Gracias a ello la Bolsa crece, el crédito a las familias renace, con tipos de interés por los suelos, la Construcción vuelve a ponerse en marcha y con ella los precios de la vivienda nueva, y los salarios aumentan a pesar de tener más de cinco millones de parados, lo que evidencia para quienes está diseñado el mercado de trabajo. Mejor no preguntar por la competitividad y la rentabilidad de las empresas, sobre todo en el País Vasco, que al estar formada por empresas pequeñas o medianas siguen mayoritariamente perdiendo dinero y cuya supervivencia es otro milagro.
  • Todo este tinglado, sostenido gracias a los artificios del BCE y su política de estímulos financieros, podría tambalearse si de una vez Europa hace lo que tiene que hacer y pone a Grecia fuera del euro, lo que todavía podría ocurrir, algo que no se siente capaz de hacer a pesar de estar cargado de razones para ello. No olvidemos que para los inversores internacionales España, Portugal e Italia entran en el mismo saco y son candidatos a seguir su mismo camino, dada la irresponsabilidad de sus élites y la incapacidad de sus sociedades para entender que sus salarios, sus pensiones o su gasto público no pueden fijarse de espaldas a una economía mediocre.   

1. La peor crisis que podíamos haber sufrido, sumada al fracaso a la hora de afrontarla, ha convertido a la economía española en lo que pudiéramos llamar un enfermo en observación, afirmación que a más de uno sorprenderá si se tiene en cuenta que este año va a crecer más de un 3%, como antes de la crisis, lo que no tiene nada que ver con su potencial a medio y largo plazo, que es muy modesto. Simplemente, se han dado un conjunto de circunstancias afortunadas que no responden a la gestión realizada ni a una verdadera salida de la crisis. Aunque sólo sea porque tener cinco millones de parados quiere decir que casi todas las asignaturas pendientes siguen estando ahí.

Todos los gobiernos que se han sucedido desde la democracia han sido incapaces de dotar al país de un mercado de trabajo que no transforme una crisis económica en una tragedia social de enormes dimensiones. Todas las reformas del mercado de trabajo han demostrado su absoluta inutilidad, y eso que el marco legal ha sido modificado hasta en siete ocasiones. Lo que explica que los salarios (de los fijos) siguieran creciendo, más de un 15%,  hasta 2013, o que hayan vuelto a crecer ahora, demostrando la nula influencia que un ejército de parados ejerce sobre las reivindicaciones de quienes no han perdido su trabajo. Como si vivieran en mundos paralelos que no se rozan. De hecho, ese ha sido el objetivo de quienes se han opuesto a cualquier reforma significativa del mercado de trabajo.

La otra parte del desastre tiene su origen en el sector público. Como ha dicho alguien refiriéndose a Grecia, su Administración es un cáncer incurable. El caso español no es muy diferente. Si no ha tenido un destino tan desastroso es porque tenemos una economía de mayor entidad aunque frágil. Desentendiéndose de ella, el objetivo de los dos Gobiernos que supuestamente se han enfrentado a la crisis, el del innombrable Zapatero y el del no menos impresentable Rajoy, ambos de claro signo socialdemócrata, ha sido el de impedir que la crisis tuviera como resultado un pérdida del tamaño del sector público y de su capacidad de gasto discrecional, generalmente al servicio de intereses electorales. No hay más que ver que desde 2007, habiendo retrocedido el PIB casi nueve puntos, el gasto público ha aumentado en 80.000 millones (todavía hay quienes creen que este Gobierno practica algún tipo de austeridad) y el número de empleados públicos se ha mantenido en torno a los tres millones.

Una teoría que se confirma con un último y revelador ejemplo, el que se está produciendo ahora mismo. El déficit público hasta abril no se ha reducido en absoluto, y ya se avisa que no se va a cumplir el objetivo para el conjunto del año, por dos razones fundamentales: el déficit crónico de la seguridad social, y el gasto de las Comunidades Autónomas, que crece a toda velocidad, un hecho absurdo pero que tiene la clara intención de ganar las elecciones de finales de año. Además, Rajoy anuncia una rebaja impositiva. Solo un político en período electoral puede aumentar el gasto y reducir los impuestos al mismo tiempo.

Mientras puedan, los españoles afrontarán (es un decir) sus problemas sin hacer reformas, y para ello recurrirán a endeudarse. Si el país se endeudó durante el ciclo expansivo de forma privada, durante la crisis lo ha hecho en su vertiente pública. Una deuda pública moderada, de apenas un 36% del PIB en 2007, se ha convertido en poco más de seis años en un monstruo de cerca del 100%. Y la Deuda externa, tanto privada como pública, se ha convertido en la segunda mayor del mundo después de la de EEUU, una deuda que apenas se ha reducido durante la crisis.

Es probable que el endeudamiento sea el mayor problema que tengamos que arrostrar en años venideros en la medida en que pone límites al déficit fiscal y de balanza de pagos. Podríamos decir sin exagerar que el ciclo expansivo 1998-2008 sacrificó nuestro futuro por el plato de lentejas de la burbuja inmobiliaria.

2. Todo lo cual no deja de representar un vivo contraste con la marcha de la economía en estos momentos, capaz de crecer más de un 3%, y crear no menos de medio millón de empleos. Pero no podemos ignorar que ello es consecuencia de un conjunto de circunstancias afortunadas en las que el mundo exterior ha tenido un papel protagonista y en las que el Gobierno español ha sido un mero espectador pasivo. Hemos tenido la suerte, es un decir, de que la economía europea se haya estancado, y que, después de muchos años de bajo crecimiento, siga sin dar señales de reacción.

Contra la opinión de Alemania, el BCE ha tomado cartas en el asunto y ha lanzado un plan para relanzar unas economías, sobre todo las de Francia e Italia, incapaces de reaccionar si no es gracias al impulso de una política monetaria extraordinariamente expansiva, en lo que se trata de un experimento financiero diseñado a imagen y semejanza del que ha permitido que los EEUU hayan salido de la crisis seis años antes que Europa. De la misma manera en que hizo lo necesario para sostener el euro, ahora Draghi se ha propuesto que Europa vuelva a crecer y la inflación se sitúe lo más cerca posible del 2%, ese target que antes representaba un techo temido y ahora es un deseo admitido.

A los estímulos monetarios, que a ritmo de unos 60.000 millones mensuales inundan la economía europea de liquidez, hay que añadir su consecuencia inevitable, la devaluación del euro. Por si fuera poco, el precio el barril del petróleo se ha derrumbado y la prima de riesgo de un país cuya deuda no deja de crecer se ha  situado en torno a los cien puntos, hasta la crisis griega (llegó a estar en más de 600), lo que prueba que el BCE ha creado unas condiciones  financieras absolutamente artificiales que son una bendición para una España endeudada hasta las cejas.

Como si fuera un atleta al que le dejan doparse, la economía española ha dado un salto hacia adelante sin haber hecho casi nada en términos de reformas. Al comienzo de la recuperación, y después de años de recesión, es frecuente que se produzca un crecimiento por encima del potencial, lo que se conoce como output gap. Según el FMI y la Comisión Europea, esa tasa de crecimiento potencial sería ahora incluso inferior al 1%. La economía  española no tardará en ajustarse a esa tasa si no quiere desequilibrar su balanza de pagos. Si hay un lujo que España no se puede permitir es el de recaer en un déficit exterior adicional.

Sin la permisiva política del BCE,  que no debería durar mucho más allá de 2016, ritmos de crecimiento como los que estamos viviendo tienen sus días contados. Lo mismo sucederá si los tipos de interés vuelven a aumentar, como lo harán los norteamericanos e ingleses a partir de este año. A menos que se consiga elevar el potencial de crecimiento a medio y largo plazo, cosa que no parece probable, España se enfrentará a un largo período de bajo crecimiento que planteará problemas poco menos que insolubles en relación a la Deuda, el empleo y el gasto público.

No olvidemos que el Estado tiene ante sí la asignatura pendiente de reducir el déficit público en 30.000 millones, alternativa mínima, o más de 50.000 millones, variante óptima. El margen de maniobra vuelve a ser tan escaso como habíamos sospechado, y es que después de la crisis ya nada volverá a ser igual.

Pese a ello, la política económica sigue aferrada a la misma fórmula que tan desastrosos resultados ha proporcionado siempre. El parecido con el ciclo expansivo anterior empieza a ser alarmante. Los precios de la vivienda nueva se mueven al alza, los tipos de interés están por los suelos, la Bolsa sube, la demanda interna ha tomado el relevo del sector exterior, y la balanza de pagos está otra vez al borde de los números rojos, y eso que la factura del petróleo se ha abaratado. Se crea empleo a costa de reducir la productividad, lo que explica que la mayor parte de ese empleo sea precario y de baja calidad, una tendencia que corre el riesgo de perpetuarse. Y es que los sectores que tiran del empleo siguen siendo la Construcción y el Turismo, reinos del trabajo temporal y la baja productividad.

Lejos de estar en el umbral de una recuperación duradera que resuelva nuestros males, nos enfrentamos a la historia de siempre, una que repetimos una y otra vez, la de un crecimiento sincopado del que no somos capaces de huir. A lo largo de los últimos cuarenta años, los años de la democracia, hemos padecido tres crisis (1974, 1992 y 2007) que se parecen extraordinariamente entre sí. Crecemos mucho para sufrir luego crisis duras y largas. La última es todo un ejemplo: crecer trece años para estar diez estancados; crear cuatro millones de empleos para destruir tres y medio a continuación.  Maestros absolutos en el arte de crecer mucho y nada sucesivamente.

3. Mientras tanto, el Gobierno trata con todas sus fuerzas de evitar que el país se dé cuenta de la encrucijada en que se encuentra y no duda en mentir descaradamente. Un buen ejemplo lo tenemos en el señor De Guindos que ha tenido la desfachatez de declarar lo siguiente: “Lo importante es que se han corregido los desequilibrios: la economía española es hoy competitiva, el ajuste del sector inmobiliario en algunos segmentos está muy avanzado, se ha hecho el saneamiento del sector financiero, el ajuste presupuestario se ha producido, incluso diría que el ajuste laboral ya se ha producido. “

Es evidente que la capacidad de un político para engañarse y engañar es prácticamente ilimitada. En relación a algo que les concierne directamente, el déficit público, es evidente que el ajuste presupuestario no se ha producido, el déficit del año pasado se acerca a los 50.000 millones y el de este año será similar, con la Comunidades Autónomas animadas por Montoro a gastar todo lo que puedan por razones electorales. Los objetivos de déficit fijados por Bruselas han sido rectificados dos veces y seguramente lo serán una tercera.

El saneamiento del sistema financiero no deja de ser una utopía con un índice de morosidad en el 12%. La prueba es que los bancos no se atreven a lanzar ampliaciones de capital a pesar de necesitarlo desesperadamente. Sus balances están repletos de activos inmobiliarios depreciados. El stock de vivienda nueva sin vender se mantiene en torno al medio millón.

En cuanto al empleo, la tasa de paro, una vergüenza nacional, sólo es comparable a la de Grecia. La reforma laboral ha sido un fracaso y la dualidad del mercado de trabajo no se ha corregido lo más mínimo. Durante los últimos cuarenta años de democracia, España ha tenido una tasa de paro de más del 15% durante 25 años. Lo que para la mayor parte de los españoles, especialmente para los que tienen contrato fijo, es lo más normal del mundo.

Y como decíamos antes, tal vez el peor de los problemas, o al menos aquel que más costará corregir, sea el endeudamiento. Baste decir que, según la Comisión Europea, la economía española debería obtener un superávit en su balanza de pagos de no menos del 3% del PIB por lo menos hasta el año 2024 a fin de corregir su excesivo nivel de endeudamiento externo. Evidentemente, España no está en condiciones de conseguir tal cosa ni en sueños lo que quiere decir que cualquier vaivén en los mercados de capitales puede ponernos contra las cuerdas. Sin el apoyo del BCE la situación sería desesperada porque, en cuanto la economía se ha puesto en marcha, la deuda externa no solo no se ha reducido sino que ha vuelto a crecer, alcanzando otra vez sus máximos históricos (1,8 billones de euros), el 167% del PIB.

4. La crisis ha sido una doble advertencia. Por una parte, una especie de ensayo general acerca de lo que nos espera en el futuro a menos que se hagan las reformas necesarias y nos inventemos otro modelo económico, algo que está por intentar a pesar de haber atravesado la peor crisis de la historia. Por otra, avisa de que ya nada volverá a ser igual que antes en la medida en que nuestro margen de maniobra se ha visto enormemente recortado, un problema que nos va a perseguir por un tiempo indeterminado pero que sospechamos interminable. Como ha dicho Larry Summers, “A España le queda crisis para el resto de la década”. ¿Las causas? Las heridas provocadas por la crisis (endeudamiento y paro, principalmente), y otras razones más profundas entre las que se adivina la demografía. Nos hemos convertido en un país envejecido.

Hemos entrado, como el resto de países europeos, en un club en el que los ritmos de crecimiento solo pueden ser modestos. Lo que no es nada extraño si se tiene en cuenta que países como Francia e Italia, con economías mucho más competitivas y maduras que la nuestra, se enfrentan al mismo problema.

Como en España el pasado suele prefigurar casi siempre lo que va a ser el futuro, las previsiones que se pueden hacer en este momento parecen bastante evidentes. Un crecimiento desmesurado en 2015, más del 3%, declinando hacia un crecimiento más moderado en 2016 para, en años sucesivos, acercarnos a nuestra tasa de crecimiento potencial que depararía no más de un 1,5% en el mejor de los casos. Suponiendo que los mercados financieros no se vean alterados por algún acontecimiento desagradable. Y sin cambiar para nada el modelo de crecimiento. Lo dicho, no hemos aprendido nada.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s