Un futuro problemático

Prolegómenos Como es sabido, todas las crisis tienen su origen en los períodos de euforia y expansión que las anteceden. Un fuerte crecimiento económico da origen a desequilibrios que generalmente no se afrontan a tiempo, por no mencionar las inversiones fallidas, las previsiones que no se cumplen, etc. A los ciclos económicos españoles se les puede aplicar el aforismo de La Rochefoucauld: “Prometemos según nuestras esperanzas; cumplimos según nuestros temores”. Un comentario particularmente adecuado para un país y una sociedad propensa a toda clase de euforias desmedidas y colapsos no menos desproporcionados que nunca sabe afrontar.

Desde este punto se vista se puede evaluar la magnitud del desastre acaecido a partir de 2008 según el conjunto de problemas que se acumularon durante el período anterior. Desde que salimos de la crisis anterior—1992/93–, prometiéndonos a nosotros mismos que jamás volveríamos a cometer los mismos errores, transcurrieron catorce largos años en los que naturalmente incurrimos en los mismos errores. Para empezar la economía española, por muy favorable que sea su entorno, no es capaz de mantener un crecimiento a lo largo de tanto tiempo. De hecho, no lo ha conseguido nunca, algo que debió haber despertado las primeras sospechas. Además, crecía a ritmos superiores al 3%, muy por encima  de su capacidad para hacerlo sin desequilibrarse. Además, el crecimiento tenía su origen en la demanda interna, lo que estaba sentando las bases de un monumental problema de balanza de pagos, y su endeudamiento externo consiguiente. Crecían los salarios pero no la productividad, una variable mucho más esencial de lo que creemos. Esto, por sí solo, garantizaba que cuando llegase la crisis el empleo se destruiría con tanta facilidad como se había creado. Crecía la economía privada pero el sector público lo hacía aún más rápidamente. Finalmente, la expansión tenía su origen en la Construcción cuando lo que debía haber tirado del carro era la Industria, cuyo peso relativo dentro del PIB se iba encogiendo por momentos.

Nada de todo eso era sostenible en el tiempo. Estábamos creando las condiciones necesarias para sufrir un colapso monumental, ganado a pulso entre todos, empresas, bancos, administración, sindicatos, etc. La guinda la puso un Gobierno socialista incapaz de entender lo que estaba pasando y que, llegado el momento, emprendió una monumental huida hacia adelante, una tarea a la que se han sumado con entusiasmo sus sucesores, tan socialdemócratas como los anteriores. Si la situación no es peor ello se debe al rescate a medias practicado por las instituciones europeas, asustadas ante lo que se les venía encima si España se unía al grupo de países que se derrumbaban. Por cierto, desde casi todos los puntos de vista, a la economía española le hubiera venido mucho mejor un rescate en toda regla, que hubiera limitado de verdad la capacidad de gasto de la Administración e impuesto por la brava todas las reformas que el Gobierno, que presume de ellas, no ha querido hacer o ha hecho a medias.

La peor crisis que podíamos haber sufrido, la crisis financiera de un país endeudado hasta las cejas, sumada a su incapacidad para afrontar el problema, ha convertido a la economía española en un enfermo crónico, algo que a más de uno sorprenderá si se tiene en cuenta que este año va a crecer no menos de un 3%, como antes de la crisis, lo que no tiene nada que ver con su potencial a medio y largo plazo, que es muy modesto, ni con nuestro talento para hacer frente a los graves problemas que la crisis nos ha legado. Simplemente, se han dado un conjunto de circunstancias afortunadas que no responden ni a la gestión realizada ni a una verdadera salida de la crisis, que no se ha producido. Aunque sólo sea porque tener cinco millones de parados quiere decir que casi todas las asignaturas pendientes siguen estando ahí.

En todo este asunto subyace una cuestión de fondo. Se dice que la economía es la ciencia de la elección, dando por supuesto que cuando se elige un determinado camino se desechan otros. No suele haber vuelta atrás, y los remordimientos, a diferencia de lo que sucede en religión, no sirven de nada. A partir de 1995, recién salidos de la crisis, con las lecciones bien aprendidas, pareció que conocíamos una senda de crecimiento razonable y sostenible: internacionalizar la economía, elevar su nivel tecnológico, y moderar los costes de los factores de producción, especialmente salarios y tipos de interés, responsables directos de la terrible crisis que acabábamos de superar. Había que vigilar de cerca el comportamiento de la balanza de pagos y el presupuesto público. Dando por supuesto que España es un país poco fiable en lo económico y no se puede permitir el lujo de vivir por encima de sus posibilidades durante mucho tiempo.

Hasta 1998 pareció que estábamos en la senda de la prudencia, esa que se resume muy bien diciendo que hay que crecer menos para crecer más tiempo. Y luego todo descarriló. La culpa pudo haber sido la reelección de Aznar con mayoría absoluta, o tuvo que ver con la rápida subida de los precios de la vivienda, o fue producto del hecho de que el camino antes citado–una internacionalización basada en la mejora de la competitividad—es largo, complejo y difícil. No se cosechan resultados a corto plazo.

Ante nosotros se abría un camino mucho más rentable y de ilimitadas posibilidades, la vivienda y la obra pública. A lo largo de un ciclo expansivo que parecía no tener fin, la Construcción se permitió el lujo de aumentar la oferta y al mismo tiempo incrementar los precios, algo raramente visto en el resto de la economía. Además, alimentaba otros sectores, financiaba partidos políticos, corrompía concejales de urbanismo, e hizo un favor a los bancos pidiéndoles montañas de créditos, con garantía real naturalmente, para alimentar una actividad que no tiene ningún misterio, salvo el de conseguir las licencias municipales necesarias, y que tenía márgenes de beneficio como no ha soñado ninguna otra actividad económica.

Y la economía española se despeñó por el abismo de la facilidad.

La economía hacia dentro Como es bien sabido, la economía española ha vivido casi siempre aislada del exterior, o tratando de reducir al mínimo dichas relaciones. Lo que ha sido producto de un agudo sentimiento de inferioridad, propio de un país que se incorpora a la modernidad con enorme retraso. También por influencia de aquellos que ocupando posiciones privilegiadas en el mercado interior trataban de evitar la competencia. El Plan de Estabilización (1959) o el Acuerdo Preferencial (1970) apenas modificaron una forma de hacer que se creyó definitivamente agotada a partir de 1986, cuando España entra en la CEE e inicia un desmantelamiento rapidísimo de sus barreras proteccionistas.

Sin embargo, el poso de una visión de la economía y de la empresa como algo orientado,  como se decía antiguamente, “hacia dentro”, ha pervivido en el imaginario de muchos. Al fin y al cabo, competir en los mercados exteriores es una tarea difícil y aunque bastantes lo hayan conseguido con éxito otros muchos han tratado de evitarlo mientras han podido. Por ejemplo, la Construcción ha iniciado este camino muy tardíamente y solo obligada por los acontecimientos. Cuando lo han hecho, las empresas españolas que construyen el tren de alta velocidad de La Meca o la ampliación del Canal de Panamá, han podido comprobar de primera mano que la comodidad con que han funcionado en España, con interlocutores tan asequibles como la Administración Central o las Comunidades Autónomas, no tiene nada que ver con las reglas de juego que imperan en el mundo exterior.

Con ello queremos decir que la tentación de ensimismarse en el mercado interno está muy presente en la mentalidad de muchos empresarios, que aprovechan la primera ocasión para volver a un mercado que conocen mejor, que es más rentable y en el que tienen menos competencia. Y lo que antes era producto de un sistema arancelario tremendamente defensivo (el proteccionismo integral) ahora vuelve a repetirse cuando la economía se pone a crecer apoyándose en la demanda interna.

Cuando se produce un proceso de esta naturaleza, la lógica de los acontecimientos se pierde, las expectativas se disparan más allá de toda reflexión razonada, nos olvidamos de que estos ciclos tienen un techo temporal y que las previsiones generadas por la euforia condicionan niveles de crédito e inversión que los acontecimientos futuros no van a sancionar favorablemente. La sociedad  se deja llevar por un espejismo y se muestra proclive a cometer cualquier tipo de barbaridades. Todo crece de manera desbocada, empezando por los precios y consiguientemente los salarios, el crédito y consiguientemente el endeudamiento, la recaudación y consiguientemente el gasto público, etc.

Las variables que deberían haber actuado como señales de alarma para recordarnos que todo tiene un límite, no funcionaron como tales, y en ello tuvo mucho que ver nuestra entrada en el euro. Ello supuso que los tipos de interés se mantuvieron muy bajos (eran los que convenían a Alemania pero no a España) y la balanza de pagos pudo mantener déficits enormes, una facilidad hasta entonces muy limitada que se amplió hasta extremos inimaginables. Perdimos todas las referencias lo que acabó siendo fatal. Entre las variables que perdieron el sentido de la realidad se encuentran las que nos condujeron posteriormente al desastre. Ante todo, la construcción de viviendas.

Cuadro 1. Viviendas iniciadas

Fuente: INE

Fuente: INE

En España, se han venido construyendo, y vendiendo una media de unas 200/300.000 viviendas anuales, con oscilaciones no muy grandes, de acuerdo con la coyuntura. Esta vez el proceso se desequilibró totalmente. Las subidas de precios iniciales atrajeron al sector a un gran número de especuladores que se sumaron a lo que pudiéramos calificar de demanda vegetativa. Como construir viviendas implica una inversión importante y un período de maduración prolongado, no es un proceso que se pueda llevar a cabo sin un soporte financiero considerable, que es lo que siempre ha limitado la posibilidad de que alcance dimensiones inaceptables. Pero esta vez, el sistema financiero, aquejado de un problema de rentabilidad, se sumó con entusiasmo al proceso (en muchos casos hasta crearon sus propias inmobiliarias), y no tardaron en reciclar enormes volúmenes de ahorro externo. Los bancos, especialmente las cajas de ahorro, no sólo no frenaron un proceso que suponía una enorme concentración de riesgos, algo inadmisible desde el punto de vista de la gestión bancaria, sino que lo multiplicaron.

Cuadro 2. Evolución del crédito en España (tasas de variación)

Fuente: Banco de España

Fuente: Banco de España

En muy poco tiempo, la Construcción adquirió unas dimensiones desconocidas, duplicando o triplicando su peso histórico en términos de PIB y empleo, mientras una Industria declinante veía que la atención pública y los recursos se orientaban hacia un sector mucho más rentable. Además, y como decíamos anteriormente, la Construcción se desarrolla en un escenario conocido, todo lo contrario de la Industria, obligada a crecer en el exterior y sometida a una competencia que la vivienda desconocía hasta que llegó la crisis.

Otro de los efectos indeseados del impacto de la Construcción fue el que originó sobre los salarios. Como es bien sabido, la mejora de los procesos relacionados con la Construcción es muy lenta, lo que no impide que en las buenas coyunturas sus salarios crezcan fuertemente, como ocurrió especialmente a partir de 1998, arrastrando los de otros sectores cuyos márgenes de maniobra eran mucho más reducidos. Los Sindicatos, aplicando sus fórmulas simplificadoras, reclamaban subidas salariales generalizadas, independientemente de la coyuntura de cada sector y de cada empresa, con lo que se ahorraban el trabajo de bajar a la realidad y darle un tratamiento específico, lo que perjudicó considerablemente a la Industria en general y a muchas empresas en particular, sobre todo a las más exportadoras, que tenían que competir con países cuyos salarios crecían mucho menos, como era el caso sobre todo de Alemania. De esta manera, los costes laborales unitarios empezaron a crecer desmesuradamente, y la pérdida de competitividad fue manifiesta, algo que pasaba desapercibido debido a que la economía se había orientado mayoritariamente hacia el mercado interior.

Cuadro 3. Costes laborales y productividad

Dibujo3

Entre 1998 y 2008, los costes laborales unitarios crecieron en más de cuarenta puntos, es decir, los salarios crecieron cuarenta puntos más que la productividad, que aumentaba muy poco, lo que confirmaba la sospecha de que cuando llegase la crisis, la destrucción de empleo sería monumental. La comparación entre lo que ocurría en España en relación a otros países europeos nos tipificaba como un caso aparte destinado a padecer una crisis diferencial más dura y más larga que los demás. De hecho, si no hubiera sido por el tamaño de nuestra economía y la dimensión de nuestra deuda externa habríamos sido rescatados en el mismo paquete de Grecia y Portugal, países tan afines al nuestro, con los que nos unen comportamientos mediterráneos similares.

Llega la crisis Estaba claro que este modelo de desarrollo no era sostenible, cosa que no preocupó en absoluto a la sociedad ni a los políticos, que asistían ilusionados a un desarrollo económico obtenido gracias a un endeudamiento que crecía aparentemente sin límites. Todas las advertencias acerca de la burbuja inmobiliaria pasaron desapercibidas o fueron ignoradas por unos Gobiernos que se negaban en redondo a bajarse de la nube. Los incipientes síntomas de la crisis que afloraron con nitidez a partir de 2007, fueron tipificados como desaceleraciones temporales.

Luego, los avisos de que algo iba mal empezaron a ser atronadores. Primero fue la constatación de que aquellos activos que incluían hipotecas sub prime eran irrecuperables (2007); luego vino el derrumbe de algunos de los bancos de inversión que las habían distribuido por todo el mundo. Cuando EEUU dejó caer Lehmann Bros, en una decisión muy controvertida, nos mandaba una señal de que el ciclo financiero internacional, alimentado por el Fondo de Reserva Federal, cambiaba de signo. Y aunque fuera cierto que esos hechos sólo nos afectaban tangencialmente (nuestros bancos no tenían hipotecas sub prime) era evidente que, a partir de ese momento, la posibilidad de seguir endeudándonos a pasos agigantados se había terminado.

Los tipos de interés y la balanza de pagos volvían a tener un papel decisivo y determinante. Y es que el déficit de la balanza de pagos se había acercado al 10% del PIB, una tasa enorme, y eso a pesar de que a lo largo de todo este período España recibió enormes cantidades de fondos estructurales y mantuvo, contra todo pronóstico, un sector turístico como primera industria nacional. Cuando se afirma, en una apreciación muy contestada, que España ha estado viviendo por encima de sus posibilidades no se hace otra cosa que describir el estado de la balanza de pagos, una foto de nuestros intercambios de bienes y servicios con el resto del mundo, que prueba incontestablemente que gastábamos lo que no teníamos y nos endeudábamos sin remisión. Al menos, mientras pudimos.

Cuadro 4. Balanza de pagos por cuenta corriente

Fuente: INE y BDE

Fuente: INE y BDE

Un modelo de desarrollo basado en la demanda interna, con un gasto público y unos salarios alimentados por una inflación diferencial, y su pérdida de competitividad consiguiente, inevitablemente tenía que derivar en un enorme déficit de las cuentas exteriores. Sólo la creencia, muy ingenua, de los mercados financieros de que la zona euro respaldaría a cualquier país que perteneciese a la misma y entrase en crisis, nos había salvado de tener que aplicar un plan de estabilización radical. Cuando la crisis mundial se hizo realidad esos mercados pudieron comprobar que el aval que Europa prestaba  a los países en dificultades no dejaba de ser relativo y estaba sujeto, además, a toda una serie de condiciones bajo la forma de planes de austeridad tan severos como inevitables. Con la balanza de pagos no se juega pues tras ella está el espectro del default, es decir, la incapacidad de hacer frente a los compromisos financieros ante la imposibilidad de renovar o ampliar los créditos existentes.

El pinchazo de la burbuja inmobiliaria fue muy rápido, la crisis bancaria vino a continuación, y con ella la de todo tipo de empresas. La tasa de paro, que después de catorce años de crecimiento, había llegado a tener un nivel casi europeo, poco más del 8%, comenzó a subir a toda velocidad. Era la consecuencia más evidente de los años de euforia y expectativas ilimitadas en los que la ocupación había crecido sin base real. La crisis vino para amortizar la mayor parte de los empleos creados.

Cuadro 5. Ocupados

Fuente: EL PAIS

Fuente: EL PAIS

La incapacidad de todos los gobiernos que se han sucedido desde la democracia para dotarnos de un mercado de trabajo que no transforme cualquier crisis en una tragedia social de enormes dimensiones se puso de manifiesto. El número de ocupados se redujo desde 20,6 millones a poco más de 17 millones. Todas las reformas del mercado de trabajo demostraron su absoluta inutilidad, y eso que el marco legal había sido modificado hasta en siete ocasiones. Lo que explica que los salarios siguieran creciendo hasta 2012, demostrando la nula influencia que un ejército de parados ejerce sobre las reivindicaciones de quienes no han perdido su trabajo, como si vivieran en mundos paralelos que no se rozan. De hecho, ese ha sido el objetivo de quienes se han opuesto a cualquier reforma significativa del mercado de trabajo.

La crisis tuvo un impacto crucial sobre otra variable igualmente incapaz de adaptarse cuando la economía no crece o entra en crisis: el sector público. El objetivo de los dos Gobiernos, ambos de claro signo socialdemócrata, ha sido el de impedir que la crisis tuviera como resultado un pérdida de su tamaño y de su capacidad de gasto discrecional, generalmente al servicio de intereses electorales. Demostrando que la recaudación, que había crecido desaforadamente en años anteriores, estaba ligada a la burbuja inmobiliaria, los ingresos fiscales sufrieron una corrección brutal sin que ello desanimara a los políticos en su determinación de seguir gastando. En sólo dos ejercicios pasamos de un superávit del 2% a un déficit del 11%, lo que dio origen a una de  las crisis fiscales más graves de occidente.

Cuadro 6. Gastos e ingresos públicos

Fuente: EL PAIS

Fuente: EL PAIS

Si el país se había endeudado durante el ciclo expansivo de forma privada, ahora, durante la crisis, lo haría en su vertiente pública. Una de las deudas públicas más moderadas, apenas un 36% del PIB en 2007, se ha convertido en poco más de seis años en un monstruo de cerca del 100%. La “lucha” por reducir el déficit público ha cosechado un fracaso tras otro demostrando la rigidez de un Presupuesto donde casi todas las partidas están gastadas de antemano. Ello no se ha convertido en una crisis adicional gracias a que Europa está tan preocupada por sus bajas tasas de crecimiento que se ha vuelto muy tolerante en materia fiscal. La Deuda pública en términos de PIB ha alcanzado niveles como no se habían conocido nunca o casi nunca.

Cuadro 7. Deuda pública (en %PIB)

Fuente: Ministerio de Hacienda y Banco de España

Fuente: Ministerio de Hacienda y Banco de España

Mientras tanto, la Deuda externa, tanto privada como pública, se ha convertido en la segunda mayor del mundo después de la de EEUU. Sólo que en un caso estamos hablando del país más poderoso de la tierra, cuya economía goza de la ventaja de poseer la principal moneda de reserva del mundo, mientras, en el otro extremo, España es un país con una imagen pésima, que apenas innova, y lo que invierte en este terreno no le rinde. Nuestra deuda está avalada por una economía que es más conocida por caer en trampas del más variado signo, y detenta el dudoso mérito de tener la tasa de paro más alta de los países industrializados.

Cuadro 8. Deuda externa

Fuente: Banco de España

Fuente: Banco de España

Aunque sea difícil de predecir, es probable que el mayor problema que tengamos que arrostrar en años venideros sea el del endeudamiento en la medida en que impone límites muy rigurosos al déficit fiscal y de balanza de pagos, lo cual a su vez condiciona nuestro potencial de crecimiento. Dicho de otro modo, esas deudas sólo pueden reducirse si alcanzamos y mantenemos ritmos de crecimiento muy altos que son los que nuestra balanza de pagos no tolera salvo en el muy corto plazo. Toda una contradicción.

Podríamos decir que el ciclo expansivo 1998-2008 agotó nuestras posibilidades de endeudarnos y sacrificó nuestro futuro. Hemos vendido nuestro futuro por el plato de lentejas de la burbuja inmobiliaria. La deuda penderá sobre nosotros como una espada de Damocles, y castigará todos los errores que cometamos.  Nos hemos quedado sin margen de maniobra.

Un futuro problemático Todo ello no deja de representar un vivo contraste con la marcha de la economía en estos momentos, capaz de crecer un 3%, como antes de la crisis, y crear no menos de medio millón de empleos. Pero no podemos ignorar que ello es la consecuencia de un conjunto de circunstancias afortunadas en las que el mundo exterior ha tenido un papel protagonista y el Gobierno español uno de espectador pasivo. Hemos tenido la suerte, es un decir, de que la economía europea se haya estancado, y de que, después de muchos años de bajo crecimiento, siga sin dar señales de reacción, hasta el punto de que se ha llegado a especular con una posible deflación, lo cual sería fatal para unas economías tan endeudadas como las europeas.

Contra la opinión de Alemania, el BCE ha tomado cartas en el asunto y ha lanzado un plan para relanzar unas economías, sobre todo las de Francia e Italia, incapaces de reaccionar si no es gracias al impulso de una política monetaria extraordinariamente expansiva, en lo que se trata de un experimento financiero de imprevisibles consecuencias, diseñado a imagen y semejanza del que ha permitido que los EEUU hayan salido de la crisis antes (seis años) que Europa. De la misma manera en que hizo lo necesario para sostener el euro, ahora Draghi se ha propuesto que Europa vuelva a crecer y la inflación se sitúe lo más cerca posible del 2%, ese target que antes representaba un techo temido y ahora es un deseo admitido.

A los estímulos monetarios, que a ritmo de unos 60.000 millones mensuales van a inundar la economía europea de liquidez, hay que añadir su consecuencia inevitable, la devaluación del euro. Por si fuera poco, el precio el barril del petróleo se ha derrumbado y la prima de riesgo de un país cuya deuda no deja de crecer se ha  situado en torno a los cien puntos (llegó a estar en más de 600), lo que prueba que el miedo al estancamiento ha creado unas condiciones absolutamente artificiales en las que España se deja llevar cómodamente. La suerte ha querido que el BCE se haya convertido en el primer interesado en que salgamos adelante, a veces por encima de los propios españoles y de sus gobiernos.

El Gobierno, sintiendo la presión de unas elecciones cercanas intenta convertir ese salto adelante en el fin de la crisis, y ha trazado un panorama continuista a medio plazo de lo más optimista, que incluye un crecimiento medio del 3% hasta 2018, lo que permitiría equilibrar las cuentas públicas, siempre por la vía de aumentar los ingresos, y reducir la tasa de paro a niveles del 16%. Siempre que las condiciones exteriores, de las que dependemos totalmente, se mantengan.

Cuadro 9. Previsiones del Gobierno a medio plazo

Dibujo9

Pero, ¿qué pasa si esas condiciones no se mantienen? Para no pillarse los dedos, el Gobierno ha realizado otras estimaciones suponiendo que el precio del petróleo vuelve a subir moderadamente (un 10% anual), los tipos de interés se incrementan en un punto, y el euro se revaloriza. En tal caso, las previsiones son mucho más realistas aunque no demasiado. El crecimiento cae a la mitad. En este escenario, las cuentas públicas no se equilibran, y la deuda pública se mantiene tercamente en los aledaños del 100%.

Como si fuera un atleta al que le dejan doparse, la economía española ha dado un salto hacia adelante sin haber hecho casi nada en términos de reformas. Al comienzo de la recuperación, y después de años de recesión, es frecuente que se produzca un crecimiento muy por encima del potencial, en lo que se conoce como output gap. No pasará mucho tiempo en que ese crecimiento se ajuste a nuestra real capacidad para crecer a medio y largo plazo, que es muy inferior al que poseíamos antes de la crisis. Según el FMI y la Comisión Europea, esa tasa de crecimiento potencial sería ahora inferior al 1%. La economía  española no tardará en ajustarse a esa tasa si no quiere desequilibrar una balanza de pagos muy proclive a derivar hacia los números rojos en cuanto intentamos crecer rápidamente. Si hay un lujo que España no se puede permitir es el de recaer en un déficit exterior persistente.

Sin la permisiva política del BCE,  que no debería durar mucho más allá de 2016, los ritmos de crecimiento que estima el Gobierno en su versión más optimista tienen sus días contados. Lo mismo sucederá si los tipos de interés vuelven a aumentar, como lo harán los norteamericanos a partir de este año. A menos que se consiga elevar el potencial de crecimiento a medio y largo plazo, cosa que no parece probable dadas las reticencias  a cualquier tipo de reformas, España se enfrenta a un largo período de bajo crecimiento que planteará problemas poco menos que insolubles en relación a la Deuda, el empleo y el gasto público. Con un crecimiento medio del 1% el actual estado de bienestar es insostenible.

No olvidemos, además, que el Estado tiene ante sí la asignatura pendiente de reducir el déficit público en este período en 30.000 millones, alternativa mínima, o más de 60.000 millones, variante óptima, lo que no se puede conseguir simplemente aumentando los ingresos; también habría que reducir el gasto que es justamente lo que los políticos no quieren hacer. El margen de maniobra vuelve a ser tan escaso como habíamos sospechado los que pensamos que después de la crisis ya nada volvería a ser igual.

Pese a ello, la política económica sigue aferrada a la misma fórmula que tan desastrosos resultados ha proporcionado siempre. El parecido con el ciclo expansivo anterior empieza a ser llamativo. Los precios de la vivienda vuelven a crecer, los tipos de interés están por los suelos, la Bolsa sube, la demanda interna ha tomado el relevo del sector exterior, la balanza de pagos está al borde de los números rojos, y eso que la factura del petróleo se ha abaratado, y la deuda externa vuelve a crecer.

Es sintomático que en 2014 el empleo haya crecido un 2,9%, y la economía un 1,4%. Se crea empleo a costa de reducir la productividad, lo que explica que la mayor parte de ese empleo sea precario y de baja calidad, una tendencia que corre el riesgo de perpetuarse. Y es que los sectores que tiran del empleo siguen siendo la Construcción y el Turismo, reinos ambos del trabajo temporal y la baja productividad.

Lejos de estar en el umbral de una recuperación duradera que resuelva todos nuestros males, nos enfrentamos de nuevo a una vieja historia, la historia de siempre, una que repetimos una y otra vez, como se demuestra en el siguiente gráfico.

Cuadro 10. Evolución del paro en España

Fuente: INE

Fuente: INE

A lo largo de los últimos cuarenta años, los años de la democracia, hemos padecido tres crisis que se parecen extraordinariamente entre sí debido a un modelo de crecimiento sincopado del que no somos capaces de huir. Crecer mucho para sufrir luego crisis duras y largas. Como en el último ciclo: crecer trece años para estar diez estancados; crear cuatro millones de empleos para destruir tres y medio a continuación. Pan para hoy y hambre para mañana. En esos cuarenta años, la distancia que nos separa del núcleo duro de Europa no se ha reducido lo más mínimo. Nunca hemos recuperado la tasa de paro que teníamos en 1976. El país está cada vez peor preparado para hacer frente a las crisis, tal como se ha demostrado fehacientemente. Los hechos son tercos.

 Una segunda razón adicional para sospechar que los años venideros serán problemáticos reside en la manera en que España ha afrontado la crisis y el tiempo que está tardando en recuperarse de ella. Al igual que en crisis anteriores las nuestras duran más tiempo y son más profundas que las de otros países que nos rodean. La manera en que los distintos países han salido de la crisis demuestran sin ningún género de dudas que pertenecemos al pelotón de los torpes, uno de los países a los que está costando más tiempo recuperar el nivel de renta de antes de la crisis, es decir, en 2008.

Cuadro 11. La recuperación del PIB

Fuente: EL PAIS

Fuente: EL PAIS

Lo que ha ocurrido en el pasado prefigura lo que va a ocurrir en el futuro. Si hemos sido torpes durante la crisis seguramente lo seremos durante la recuperación.

Mientras tanto, el Gobierno trata con todas sus fuerzas de evitar que el país se dé cuenta de la encrucijada en que se encuentra y no duda en mentir descaradamente. Un buen ejemplo lo tenemos en el señor De Guindos que ha tenido la desfachatez de declarar lo siguiente: “Lo importante es que se han corregido los desequilibrios: la economía española es hoy competitiva, el ajuste del sector inmobiliario en algunos segmentos está muy avanzado, se ha hecho el saneamiento del sector financiero, el ajuste presupuestario se ha producido, incluso diría que el ajuste laboral ya se ha producido. “

Contra esta teoría interesada, propia de alguien que intenta ser elegido presidente del Eurogrupo, se alzan un montón de evidencias, algunas particularmente desagradables para España, como por ejemplo

  • Sistema financiero. El sistema bancario sale de la crisis profundamente debilitado, tanto desde el punto de vista de la rentabilidad como desde el punto de vista de la solvencia (Basilea). Las ampliaciones de capital les están prácticamente vedadas porque todo el mundo sospecha que sus balances están lejos de haber sido limpiados. De hecho, sus activos inmobiliarios superan los 83.000 millones y de ellos más de 30.000 son de suelo. El índice de morosidad sigue en el 12%.
  • Déficit público. El déficit fiscal es el más alto de Europa y se niega tercamente a bajar, ya que el gasto público se mantiene en los aledaños del 45% del PIB, inasumible para una economía como esta. Además, como nos hemos convertido en un país envejecido con un sistema de pensiones excesivamente generoso, ese déficit se enfrentará a un problema adicional en la medida en que, probablemente, el número de pensionistas (más de nueve millones ahora) crecerá más que el número de ocupados.
  • Durante los últimos cuarenta años, la tasa de paro ha superado el 15% en veinticinco. Con eso está dicho casi todo. La tasa de paro sigue siendo la más alta de los países industrializados. Entre 1,5 y 2 millones de parados son de larga duración, probablemente irrecuperables. Con la amable cooperación de los jueces de lo social, la reforma laboral se ha convertido en papel mojado.
  • Estamos endeudados hasta las cejas, y cualquier vaivén en los mercados de capitales, como una subida de los tipos de interés, puede ponernos contra las cuerdas. Sin el apoyo del BCE, que ha provocado la caída de la prima de riesgo, la situación sería desesperada.

Lo primero que hay que hacer para afrontar un problema es reconocer que existe. Hay un amplio consenso entre gobernantes y gobernados para no reconocer la gravedad de nuestros problemas o para esquivarlos con soluciones cortoplacistas. Nuestra manera de entender el devenir es dejar pasar el tiempo a la espera de que algún tipo de acontecimientos exteriores nos obliguen a movernos en una u otra dirección. Es así como el tándem Rajoy—Montoro– De Guindos ha sabido torear la crisis hasta que Europa ha venido a darle las soluciones, lo que les habrá convencido definitivamente de que lo mejor es no hacer nada, o, más exactamente, hacer como que hacen, un arte en el que son maestros absolutos.

Final Esta historia con final desgraciado es la consecuencia de una elección, la que el país, sin ser plenamente consciente de ella, ha realizado a lo largo de muchos años. Teníamos que haber salido al exterior; hemos preferido el mercado interior. Teníamos que haber apostado por la industria; elegimos la Construcción. Teníamos que haber ligado el crecimiento salarial a la productividad; preferimos ligarlo a la inflación y a una negociación centralizada que tomaba como referencia las empresas más rentables. Teníamos que haber controlado el gasto público y los impuestos; los hemos elevado al nivel más alto de Europa sin haber conseguido unos servicios públicos equivalentes. Teníamos que haber potenciado la formación profesional y las carreras técnicas, y hemos convertido el empleo público en el destino más deseado. Copiamos de los países más avanzados sus pautas de consumo y no sus capacidades para emprender. Nos equivocamos.

La crisis ha sido una advertencia, una especie de ensayo general acerca de lo que nos espera en el futuro a menos que se hagan las reformas necesarias, algo que ni siquiera se ha intentado a lo largo de la peor crisis de la historia. Ello se debe en parte a la manera de reaccionar de la sociedad española ante las crisis, en este caso ante una cuya existencia nadie negaba y que muchos anticiparon. Pese a lo cual el tono general de la opinión pública es de sorpresa e indignación ante recortes y austeridades, que han sido las mínimas que se podían haber aplicado, aunque  a la gente le parezca lo contrario. A veces parece como si la sociedad pensara que una crisis de semejante gravedad no tenía por qué haber tenido ningún impacto sobre nuestro bienestar. Entran ganas de preguntar a esa misma gente qué es lo que entienden por crisis. Los españoles padecen un problema: sus expectativas mejoran siempre más rápidamente que su economía.

Esta crisis pasará a la historia porque nos avisa de que, contrariamente a lo que piensa el Gobierno, y quieren creer la mayoría de los españoles, ya nada volverá a ser igual que antes, lo que supone una profunda contradicción con la mentalidad dominante en materia de salarios, pensiones o gasto público. Seguimos siendo una nación que espera que todos sus problemas se los resuelva un gobierno que no es capaz de resolver los suyos. Y en esa creencia hemos generado una deuda monumental que antes no teníamos, un problema nos va a perseguir por un tiempo indeterminado pero que sospechamos interminable.

Con un crecimiento mediocre, la economía española es incapaz de proporcionar todo lo que los ciudadanos demandan, algo que afectará sobre todo a las próximas generaciones que probablemente vivirán peor que nosotros. Hemos entrado, como el resto de países europeos, en un club en el que los ritmos de crecimiento solo pueden ser modestos. Lo que no es nada extraño si se tiene en cuenta que países como Francia e Italia, con economías mucho más competitivas y maduras que la nuestra, se enfrentan al mismo problema, el de un estancamiento secular.

Anuncios

2 pensamientos en “Un futuro problemático

  1. Buenos días,

    Sigo su blog desde hace más o menos un año (después de su aparición televisiva en El Dilema), y tengo que decirle que me encantan sus análisis económicos, siempre basados en datos y argumentos, y lejos de la demagogia y el clientelismo al que estamos tan acostumbrados tanto en Euskadi como en España.

    Si me permite la osadía, y teniendo en cuenta su experiencia tanto en la gestión de cooperativas como en el desarrollo de políticas alimentarias, le animaría a que escribiera su punto de vista sobre diversos temas como;

    – La política alimentaria en Euskadi, y la gestión del sector primario. Uso de las subvenciones, y su peso en la economía. ¿ Es realmente sostenible un sector con tantas ayudas económicas públicas ?

    – Teniendo en cuenta, y ya van dos años seguidos, que según el estudio del BBVA sobre el volumen y productividad de las Universidades Españolas, la UPV-EHU es la 7. en tamaño, pero de las últimas en productividad, ¿ Qué tipo de actuaciones debería acometer la UPV-EHU ? ¿ Es de verdad sostenible una Unversidad con duplicidad de carreras, por el hecho de ofertar todo en castellano y euskera ? ¿ Le parece normal la ausencia de ningún análisis por parte del rector Goirizelaia, o incluso por parte del Gobierno Vasco ?

    – ¿ Cuál es su análisis sobre la implantación de las empresas vascas en China, y concretamente las del Grupo MCC, después de que algunas de ellas (Orbea y Fagor Industrial) hayan dejado de trabajar en sus plantas de Kunshan ? ¿ Le parecen acertadas las políticas de ayudas económicas llevadas a cabo desde la Spri de Shanghai ?

    Espero que no se tome mal mi propuesta, y en caso contrario le agradezco sus entradas en el blog, tan instructivas y de las que siempre se obtiene un punto de vista crítico y fuera de la norma periodística estatal.

    Un saludo, Eneko.

    • Buenos días.

      En relación con los temas propuestos por Eneko, y la felicitación a la que me uno, me ha resultado de interés la publicación reciente del Informe Anual 2014 sobre La Contribución de la Universidad al Desarrollo y el análisis económico detallado del Sistema Universitario Español (Cap 2) de la Fundación Conocimiento y Desarrollo donde se observa entre otras cifras la dispersión del gasto por alumno en España según Universidades Públicas, los Ingresos y el Déficit.

      http://www.fundacioncyd.org/

      ¿Para cuando un análisis de la eficiencia en los servicios públicos en España como ya realizan otros países?

      Un saludo
      Félix

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s