COYUNTURA ECONÓMICA. Primer trimestre 2015

  • Todo se ha concitado para que este ejercicio pueda ser muy bueno. A unos tipos de interés simbólicos hay que añadir el descenso del precio del barril (un 50%), la devaluación del euro (un 25%), y la tolerancia europea con nuestro déficit público. Todo ello ha servido en bandeja una recuperación que tiene el inconveniente de marginar las reformas y eliminar la necesidad de frenar el gasto público, que vuelve a crecer como en los buenos tiempos. Como en este país lo inmediato se impone siempre sobre lo necesario, y lo inmediato son las elecciones, será un año perdido en cuanto a las viejas asignaturas pendientes, esas que no se abordan ni siquiera en tiempos de crisis. Además, las dificultades de Francia e Italia, dos economías enfermas como la nuestra (mal de muchos….) paralizan la presión europea hacia un proceso de cambios.
  • La bonanza durará lo que duren las condiciones extraordinarias creadas por el BCE, porque la capacidad de la economía española para seguir un curso sostenible es prácticamente nula. La economía española no ha cambiado apenas en estos años, ha acumulado una deuda colosal, tanto privada como pública, y tiene que lidiar con un mercado de trabajo imposible que las supuestas reformas apenas han alterado. A partir de ahora deberemos seguir con mucha atención los movimientos de los tipos de interés que fije la Reserva Federal norteamericana cuyo ciclo coyuntural se ha adelantado varios años al europeo, tal como reflejan sus actuales tasas de crecimiento, en torno al 3%, y sus niveles de paro, un 5,5%. Los Estados Unidos terminan el programa de inyecciones monetarias justo cuando Europa empieza el suyo por lo que no sería de extrañar que sus tipos de interés empiecen a moverse al alza este mismo año.
  • Este es el país del 80% en términos de PIB, el nivel de España en relación a los países europeos más avanzados, nivel alcanzado en los años setenta del pasado siglo y que sigue siendo el mismo cuarenta años después, tras integrarnos en la entonces CEE, recibir ingentes cantidades de inversión privada, una montaña de fondos estructurales, y endeudarnos hasta las cejas. Si ni siquiera con el viento a favor nos aproximamos a la media está claro que no lo vamos a hacer ahora, cuando todo ese conjunto de circunstancias extraordinarias ha dejado de existir. 

1. Ni en el más loco de los optimismos se podía esperar una coyuntura como la que estamos viviendo tras una crisis que no se supo o no se quiso afrontar. Es fácil suponer que la recuperación se debe en su totalidad a factores externos que no controlamos. Ante todo y sobre todo a unos tipos de interés y unas facilidades monetarias prácticamente ilimitadas, las que ha creado el BCE huyendo del fantasma de la deflación. Sin eso nada hubiera sido posible, sobre todo para un país que tiene una deuda externa que será durante muchos años su asignatura pendiente. A ello debemos añadir la inesperada caída del precio del petróleo y la devaluación del euro. Estos factores pueden aportar entre un punto y punto y medio al crecimiento, lo que ha puesto en bandeja tasas de crecimiento, que creíamos olvidadas desde 2007, cercanas al 3%.

La reelección de Rajoy está servida, siempre que el país se olvide de la corrupción, de la monumental Deuda pública que ha acumulado, a pesar de las subidas de impuestos, y de su escasa o nula atención a las lecciones de la crisis, las que tienen que ver con un crecimiento sostenible. La economía española y vasca salen de la crisis, o más bien inician un cambio de tendencia si debemos ser precisos, como entraron, sin haber aprendido nada, sin ningún tipo de cambio estructural, y con diez años perdidos en materia de crecimiento, lo que complica extraordinariamente el sostenimiento del estado, el de bienestar, especialmente en materia de pensiones, y el otro. Hemos subsistido al precio de acumular cinco millones de parados y un endeudamiento colosal que va a condicionar todo lo que hagamos de ahora en adelante.

Resulta curioso comprobar que la evolución de la economía española desde la anterior crisis de 1993 es casi exactamente la contraria de la que determinarían las verdaderas prioridades si las hubiéramos reconocido como tales. En lugar de reindustrializarnos, hemos asistido a una continuada decadencia del sector industrial. En lugar de abaratar la energía, eléctrica sobre todo, la hemos encarecido. En lugar de reformar el Estado hemos dejado que se convierta en un monstruo que devora todos los recursos disponibles. En lugar de modular los salarios en función de la productividad dejamos que crecieran en función de la euforia o la inflación. Una economía puesta al día hubiera luchado por salir al exterior, mejorar la competitividad y la innovación, introducir más competencia en los servicios, bajar la presión fiscal, etc, en lugar de dejarse llevar por el espejismo de la burbuja inmobiliaria. Casi siempre hemos hecho lo contrario de lo que había que hacer, tanto cuando las circunstancias lo permitían como, incluso, cuando no lo permitían.

Siempre que el Gobierno se ha enfrentado a una disyuntiva, ha elegido la alternativa más fácil, o la más cómoda a corto plazo. Siempre se ha impuesto lo urgente sobre lo necesario. No hay manera de reconducir el peso del sector público a los parámetros de una economía modesta. Aunque los salarios hayan crecido mucho menos durante la crisis, salvo en el período 2008-2011, siguen sin ser coherentes, salvo en casos muy específicos, con la productividad o la capacidad tecnológica de la mayor parte de las empresas, lo que siempre se resuelve cuando llega la crisis practicando una brutal destrucción de empleo.

Ni siquiera la crisis que hemos soportado, o el hecho de que hasta 2017 no recuperaremos el PIB de 2007, esos diez años perdidos que se nos tenían que grabar en letras de fuego, han servido para que el país en su conjunto y las élites políticas sean conscientes de las limitaciones de una economía poco competitiva. Es todo un síntoma que la mayor parte de las multinacionales españolas, que las hay, obtengan más beneficios en el exterior que en España, empezando por los grandes bancos españoles. El BBVA ha reconocido públicamente unas pérdidas en 2014 de 1.690 millones de euros, compensadas sobradamente por los beneficios obtenidos off Spain.

Cuando se supere el espejismo de 2015, año de elecciones, el país evidenciará que es muy poco atractivo tanto desde el punto de vista de la inversión, para producir, como de los mercados, para vender. Que se haya conseguido retener a los fabricantes de automóviles, gracias a masivos planes de ayuda a la inversión, y a un comportamiento ejemplar de los sindicatos, absolutamente insólito, debe ser considerado como una hazaña. El hecho de que se hayan deslocalizado pocas empresas en el País Vasco ha de ser juzgado como una demostración de lo poco que nos gusta movernos en el exterior, aunque sea evidente que a muchas de las empresas que no han adoptado iniciativa alguna en este sentido les espera el cierre por consunción, especialmente en el caso de muchas empresas familiares.

Mientras tanto, la sociedad sigue siendo la de siempre. Como carece de sentido crítico (no es un país de ciudadanos conscientes de sus derechos y obligaciones, sino una nación de súbditos que lo esperan todo del poder) cree lo que le dice el Gobierno sin que sienta la contradicción de pensar al mismo tiempo que no se puede fiar de él, como se ha demostrado innumerables veces. En economía dejarse llevar está bien mientras las condiciones externas te empujan en volandas, como nos ha sucedido la mayor parte del tiempo desde 1960. Algo que se convierte en una temeridad cuando esas circunstancias dejan de ser las mismas.

2. Si tenemos en cuenta que el crédito sigue sin funcionar (el crédito a empresas sigue estando un 30% por debajo del de 2008, aunque entonces  se dedicaba en buena parte a alimentar la burbuja inmobiliaria) y que los mercados europeos no empujan sino frenan, resulta sorprendente la velocidad de crucero que ha adquirido la coyuntura, que en el último trimestre de 2014 crecía a un ritmo interanual del 2,7%. No es de extrañar que haya estimaciones para el conjunto de 2015 no inferiores al 3%.

Son dos los factores que alimentan esta bonanza: el consumo privado y el gasto público, es decir, la demanda interna. Algo inimaginable hasta hace bien poco en un país tan endeudado como el nuestro si no fuera por las condiciones especiales que ha creado el BCE en un intento desesperado por acabar con la amenaza de deflación. La primera consecuencia de esta nueva aunque tardía política es la de facilitar enormemente el servicio de la deuda pública cuya prima de riesgo  alcanza niveles simbólicos, incluso en países como Italia o España. Por si eso no fuera suficiente, el BCE ha implementado una inyección masiva de dinero mediante la compra de deuda pública, sobre todo, y algunas cédulas hipotecarias, al ritmo de 60.000 millones mensuales y hasta superar el billón de euros. Los alemanes tienen que estar que trinan.

Más aún, porque hay una tercera pata no oficial, que no es otra que la tolerancia hacia nuestro déficit público, que alcanza niveles de auténtica laxitud, por no decir complicidad, lo que España está aprovechando para hacer de las suyas. Tardaremos años en saber los reales niveles de déficit (por algo España no quería un rescate que implicaba un control exhaustivo por parte de la troika) pero mucho nos tememos que el esfuerzo realizado en este sentido durante la legislatura de Rajoy ha sido más bien simbólico como demuestra el incremento de Deuda pública, que dentro de poco llegará al 100% del PIB. Y lo peor es que no se ve por ningún lado un plan sistemático para reducir el déficit por debajo del 3%, y no digamos para equilibrar el Presupuesto, salvo por la conocida vía de subir los ingresos.

La indiferencia, que no desconocimiento, de la Comisión Europea en este tema solo puede explicarse por la ya mencionada preocupación por las muy mediocres expectativas de crecimiento, por las dificultades que atraviesan Francia e Italia, por el hecho de que se puede tardar al menos dos años en volver a tasas de inflación del orden del 2%, y por el problema griego, una bomba de relojería a la que se ha dado una solución provisional en la que nadie cree y que exige nuevos desembolsos cada cierto tiempo (ya vamos por el tercer rescate). Europa cede y cede y los griegos nos explotan porque saben que a Europa le falta valor para hacer aquello que debió hacer desde un principio, que es sacar a Grecia del euro. El problema se ha convertido en una espada de Damocles que pende sobre toda la zona euro, y especialmente sobre una zona especialmente sensible, Francia, Italia y España, cuyas tasas de crecimiento parecen estar sistemáticamente ligadas a niveles de endeudamiento en constante aumento. Dicho de otra manera, estos países ya no saben crecer de manera sostenida sin el uso del doping del gasto público. No es de extrañar que Alemania se sienta prisionera de una dinámica potencialmente temeraria si los tipos de interés vuelven a crecer de nuevo.

El otro componente de un crecimiento otra vez desequilibrado (la balanza de pagos está en números rojos desde agosto) reside en el consumo privado que repunta de nuevo con fuerza, en parte porque la sociedad ha preferido  creer a Rajoy de que lo peor ha quedado atrás,  y en parte porque siete años sin consumir bienes de consumo duradero son demasiados para unas clases medias con empleos estables que en buena parte (funcionarios, fijos, jubilados) apenas han sentido el peso de la crisis, salvo vía impuestos. El llamado efecto precaución ha empezado a desaparecer. Comprar genera endorfinas, que son un estimulante erótico, y refuerza la autoestima, de la que estamos muy necesitados después de comprobar lo chapucero que puede ser este país. El consumo de cemento crece un 5% (algo de nueva vivienda que al fin se mueve y bastante obra pública), la venta de automóviles ha aumentado un 19%, el índice de ventas del comercio minorista ha vuelto a crecer después de seis años de prolongado descenso, lo mismo que el de grandes almacenes. Llegamos a temer que El Corte Inglés se fuera a paseo y nos dejara sin semanas fantásticas. ¿A quien echarían la culpa de todo los pequeños comerciantes?. Lo único que no mejora es el índice de producción industrial vasco, que acumula una caída del 43% desde 2007, un dato verdaderamente terrible.

3. La economía española, o más exactamente el señor Rajoy, ha encontrado la mejor de las soluciones temporales que podía esperar: una economía europea en crisis que no acaba de salir del agujero, y en la que España ya no es el desastre que todo el mundo ha comprobado sino uno más, junto con Italia y Francia, detrás de los cuales se puede esconder. Las políticas del BCE nos vienen como anillo al dedo porque nos proporcionan todos los recursos que necesitamos sin pedir nada a cambio. La exigencia de reformas ha quedado en pura retórica; incluso algo tan decisivo como la reducción del déficit, empieza a ser un proceso sin fechas ni objetivos.

Todo ello quiere decir que nuestros márgenes de maniobra, casi inexistentes hasta hace bien poco, empiezan a ser considerables lo que permitiría prolongar la bonanza hasta que nuevas circunstancias externas acaben con ella. De otro modo, la recuperación de 2014-2015 hubiera acabado muy pronto. Tal como ocurría antes, nos hubiéramos visto obligados, nada más pasadas las elecciones, a practicar un proceso de estabilización muy drástico. No se olvide que España es, después de los Estado Unidos, el país con mayor deuda externa del mundo. Para hacer frente a la misma deberíamos mantener durante años superávits de balanza corriente lo que reduciría drásticamente nuestra capacidad para crecer. En realidad, no sabemos lo que pasaría porque no lo hemos hecho nunca.

Sospechamos que las tasas de crecimiento de la economía española y vasca a lo largo de los años no superarán una media del 1%, que es más o menos nuestro potencial de crecimiento, salvo provocando un inmediato desequilibrio. Esto es lo que realmente da de sí nuestro talento, formación, capacidad de emprendizaje, asimilación del cambio tecnológico, etc, combinado con una Administración volcada en sus propios intereses, y el citado endeudamiento. Lo que quiere decir que si crecemos un 3%, tal como haremos este año, se nos deberían encender las señales de alarma en lugar de congratularnos y pensar que lo peor ha pasado.

Y es que cuando se dice que la crisis ha quedado atrás se miente. La crisis nos va a perseguir indefinidamente. Sólo hay que imaginar el número de años que tardaremos en conseguir que la tasa de paro quede por debajo del 10%, la media europea, o que la Deuda pública baje del 60%, que no olvidemos sigue siendo el objetivo de referencia de la zona euro. España va a pagar durante muchos años dos errores monumentales: alimentar la burbuja inmobiliaria y reaccionar pasivamente ante sus consecuencias.

A partir de 2016, la coyuntura vendrá determinada por la evolución de una variable que desde ahora tiene para nosotros la mayor trascendencia: los tipos de interés, especialmente los norteamericanos, más que nada porque anunciarán con antelación lo que va a pasar con los nuestros. Recemos también para que el BCE no tenga demasiado éxito con su política  de QE. Porque si los tipos vuelven a crecer, y la reducción del déficit público nos es impuesta otra vez con rigor, la recuperación tendrá sus días contados.

Cuatro datos significativos

  • Síntoma inequívoco del desmadre que se está produciendo en materia de gasto público, es el dato de los “préstamos” sin interés que el Gobierno está concediendo a casi todas las Comunidades Autónomas, y que han llegado a los 105.000 millones de euros, créditos que naturalmente nunca serán reembolsados. Toda la Administración española trata, y consigue, funcionar como si la crisis no hubiera existido. No es de extrañar así que el Estado español haya incrementado en 650.000 millones su deuda pública en los últimos siete años. Una auténtica barbaridad.
  • A lo largo de los nueve primeros meses de 2014, la deuda externa española, pública y privada, ha aumentado en 99.000 millones de euros con lo que ha vuelto a alcanzar los 1,7 billones de euros, el 161,7% del PIB, lo que quiere decir que el proceso de desapalancamiento no ha progresado apenas desde el inicio de la crisis. Semejante endeudamiento, al que es imposible hacer frente, obliga a empresas y bancos a refinanciar miles de millones todos los años, lo mismo que el Estado, proceso sin mayores problemas este año pero que puede complicarse si la confianza sobre la economía española empieza a deteriorarse, cosa que siempre sucede cuando volvemos a crecer.La causa de esta fragilidad reside en la balanza de pagos corriente (saldo exterior de bienes y servicios) que a lo largo de los últimos veinte años sólo ha tenido saldo positivo en 2012 y 2013, y además de pequeña cuantía (ver gráfico 14). En 2014 ha vuelto el signo negativo a partir de agosto aunque el saldo global de 2014 será positivo, si bien en cantidad ínfima. La causa  de esta vulnerabilidad es la falta de competitividad y la destrucción del tejido industrial que se ha producido. En cuanto la economía ha vuelto a crecer, las Importaciones han crecido (+5,7%) más que las Exportaciones (+2,5%), un hecho vinculado a la recuperación, sobre todo, del Consumo. El sector exterior ha dejado de ser el motor de la economía lo que no es una buena noticia ya que supone un aumento del endeudamiento.
  • Con considerable lentitud la Banca está haciendo la digestión de los enormes activos tóxicos derivados de la burbuja inmobiliaria que ha acumulado en sus Balances, un hecho que determina la debilidad del crédito, que es un 30% inferior al de 2011 para las empresas, y un 20% inferior para las familias. Los citados activos tóxicos se sitúan en torno a los 132.000 millones, lo que indica que el saneamiento de la Banca está siendo lentísimo; además el volumen de pisos en manos de las entidades sigue aumentando, y no digamos el suelo, que ha alcanzado los 28.000 millones de euros en los balances de la gran Banca. Sus compañías auditoras tienen que estar haciendo encajes de bolillos para presentar unas cuentas razonables porque, además, las coberturas de esos riesgos apenas alcanzan los 60.000 millones, menos de la mitad del riesgo reconocido.
  • Un síntoma de la baja calidad de la recuperación producida, y su escasa capacidad para durar en el tiempo, reside en el hecho de que en 2014 el PIB habrá crecido un 1,4% pero el empleo ha aumentado un 2,5% (un 3% si se mide en horas) lo que indica que la productividad está cayendo. La salida de la crisis, por utilizar el lenguaje del Gobierno, apunta en el sentido más tradicional y cutre, mediante el uso intensivo de mano de obra poco cualificada, y de mucho empleo público, otra estrategia electoralista.
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