COYUNTURA ECONÓMICA. Cuarto trimestre 2014

  • España está viviendo una salida de la crisis pujante pero que durará hasta 2015, de acuerdo con la estrategia del Gobierno de presentarse a las próximas elecciones con datos positivos en materia de crecimiento y empleo. Para ello ha forzado la maquinaria del gasto público una vez que Bruselas ha autorizado un retraso de dos años, que se convertirán en cuatro, en el cumplimiento de los objetivos de déficit presupuestario. El problema es que se trata de la típica estrategia de pan para hoy y hambre para mañana, sobre todo a partir del momento en que las Exportaciones empezaron a flaquear debido al enfriamiento que ha experimentado Europa.
  • Si algo había quedado claro a partir de la crisis, es que la economía española no puede volver a crecer como lo estaba haciendo, en base a la demanda interna. Solo países como los Estados Unidos han podido mantener durante años una estrategia de doble déficit (presupuestario y de balanza de pagos), y eso gracias a que tienen la moneda de reserva mundial. España se está beneficiando de unas condiciones financieras absolutamente inusuales gracias a la abundancia de liquidez que han generado los bancos centrales, lo que nos permite financiar sin problemas una deuda pública enorme a precios irrisorios. Si eso cambiase, aunque solo fuera parcialmente, estaríamos abocados a una nueva crisis. Por consiguiente, el porvenir inmediato parece despejado pero el largo plazo va ser otra historia.
  • La economía española ha vivido en un doping permanente, primero de la burbuja inmobiliaria y luego del gasto público, que le ha distraído de sus problemas fundamentales, que no son otros que los de salir al exterior, ser competitivos, desarrollar tecnología propia, aumentar el tamaño de sus empresas, reindustrializarse, formar cuadros, etc, tareas que no puede retrasar por más tiempo y que son sus auténticas prioridades. Esta sería la verdadera salida de la crisis porque la que ofrece el gobierno no es más que pura fachada, empezando por su negativa a reformar la Administración y siguiendo por su incapacidad para desarrollar una política económica consciente de que los márgenes de maniobra de que dispone el país son terriblemente escasos, márgenes que el actual gobierno, y el anterior, se han dedicado a despilfarrar de mala manera.

1. El relato del Gobierno acerca de la salida de la crisis parecía funcionar razonablemente bien hasta el verano. El Gobierno, presionado por la proximidad de las elecciones, había estimado que la tasa de crecimiento para el año que viene podría llegar incluso hasta el 2%. El problema es que esa evolución es absolutamente incompatible con una reducción sustancial del déficit público. Más dudoso aún es que semejante trayectoria pueda mantenerse a largo plazo.

Reactivar la economía en base a la demanda interna, que es lo que se está haciendo, no tiene futuro alguno y está sentando las bases de una nueva crisis. Ni el Gobierno ni la sociedad han asumido que con nuestro nivel de endeudamiento, consecuencia directa del mayor desastre económico que haya sufrido este país, estamos obligados, antes o después, a reducirlo o, como mínimo, a no ampliarlo, lo que, entre otras cosas, exige alcanzar un superávit presupuestario y de balanza de pagos que estamos muy lejos de conseguir.

Pero este problema no agobia al gobierno, exclusivamente preocupado por las elecciones. Cuando todo parecía ir bien en este sentido, incluida la tolerancia de Bruselas hacia un déficit presupuestario que apenas se ha reducido (las cifras de Montoro son pura ficción), las cosas se han torcido por algo que siempre se pensó superable a poco que las autoridades europeas pisasen el acelerador de los incentivos monetarios y el crédito: la fragilidad de la coyuntura europea. A diferencia de los Estados Unidos, que acaba de dar por terminado su masivo programa de impulso monetario porque ya no es necesario, Europa ha entrado de lleno en la categoría de economías enfermas y problemáticas, de crecimiento mediocre, o ningún crecimiento. Hoy por hoy, y mientras no se produzca una reacción basada en profundas reformas, que no se esperan, el diagnóstico europeo es fácil de hacer: decadencia o declinación, fruto de sociedades incapaces de enfrentarse a sus problemas.

España, que no es en modo alguno una excepción en este panorama, y cuya salida de la crisis siempre ha sido vía exportaciones, empieza a ver que su entorno más próximo no le es para nada favorable a ese planteamiento. Es verdad que la prima de riego que paga por sus emisiones de deuda sería inimaginable si no existiera el BCE; otro tanto sucede con un sistema bancario saneado parcialmente por un rescate en toda regla de las cajas de ahorro, rescate que el Gobierno se niega estúpidamente a reconocer para no dar la sensación de ser un estado intervenido. Sin Europa, lo peor hubiera sido efectivamente mucho peor que lo que realmente ha ocurrido. Pero ahora, que damos por supuesto que la recesión ha pasado, Europa nos introduce de lleno en un escenario de escaso o nulo crecimiento.

En realidad, este ha sido el verdadero problema desde antes de la crisis. Recordemos que Italia, un país que se parece demasiado al nuestro, especialmente por lo que se refiere a la corrupción de la clase política y sindical, llevaba antes de la crisis siete años creciendo una media del 1%. Francia, cuyo gobierno se hace lenguas acerca del potencial de sus grandes empresas, cosa que por otra parte es verdad, no demuestra pese a ello capacidad para crecer mucho más. Un continente que abanderó la revolución industrial, que desarrolló todo tipo de tecnologías, que ha tenido durante mucho tiempo las mejores empresas del mundo, es hoy en día un área económica en regresión, canibalizado por un sector público monstruoso que refleja muy bien las prioridades políticas de una sociedad envejecida y temerosa del futuro, en el que sólo sabe ver amenazas.

Nadie representa mejor esa realidad que Italia y Francia. Como dirían en Bilbao, con lo que han sido. A pesar de las dos guerras mundiales, se reinventaron una y otra vez en manos de empresarios excepcionales, y compitieron en igualdad de condiciones con Gran Bretaña y Alemania hasta hace diez años, justo hasta el momento en el que se supo que había que replantear el Estado de bienestar o consumiría todo margen de maniobra. Alemania lo supo hacer (Schroeder) lo mismo que Gran Bretaña (Thatcher); los demás no vieron o no quisieron ver lo que se les venía encima. Hace diez años las economías francesas y alemanas, y las italianas e inglesas, eran comparables, y su peso político similar. Hoy no tienen nada que ver.

Francia está haciendo ahora, con más de diez años de retraso, un esfuerzo considerable por revertir la situación cuando se ha dado cuenta de que estaba más cerca del submundo mediterráneo (Grecia, España y Portugal) de lo que ellos creían. Sin estar del todo convencidos, y más que nada por la presión de Bruselas, intentan poner coto a  su gigantesco gasto público (56% del PIB) lo que supone enfrentarse a una sociedad que entiende ese intento como un ataque personal. Con toda la razón, porque, como dicen en Francia, la mitad de la población vive a costa de la otra mitad. No exageran nada, en realidad el porcentaje de dependientes es aún mayor.

A corto y medio plazo no cabe esperar resultados significativos. A diferencia de lo ocurrido en Estados Unidos, donde la política de compras de activos ha conseguido resultados espectaculares (tasa de paro del 5,8% y crecimiento del PIB de más del 3%), la política monetaria europea, lanzada tardíamente, y a regañadientes de los países del Norte, no consigue movilizar el crédito. A pesar de los resultados complacientes de las pruebas de stress bancarias, el sistema financiero tardará todavía tiempo en digerir sus problemas.

La sensación dominante es que no va a haber una salida de la crisis al uso, que las economías europeas ya no pueden crecer como antes, y que puede producirse lo que el FMI llama un estancamiento secular definido como un período prolongado de bajo crecimiento y alto desempleo.

2. España, que no tiene ni de lejos el talento o el know how de esos países, no puede sino evolucionar peor que ellos. De hecho, y por razones básicamente institucionales y políticas, su comportamiento durante la crisis ha sido mucho peor, su PIB ha caído mucho más (más de siete puntos contra una media de dos en la zona euro) y va a tardar muchos más años, no antes de 2018, toda una década perdida, en recuperar el nivel de antes de la crisis. Es todo un síntoma que la distancia que nos separaba de las economías más avanzadas no se haya reducido lo más mínimo durante los últimos cuarenta años.

Por consiguiente, lo que nos debería preocupar no es lo que agobia al Gobierno por razones interesadas—las elecciones de 2015—sino lo que va a suceder después, en el medio y largo plazo, a la vista de que, lo más probable es que, como el resto de Europa, vayamos camino de un estancamiento prolongado. Baste recordar cómo nos ha ido desde 2008 y hacer una lista de las carencias que la crisis nos ha legado: la tasa de paro más alta del mundo desarrollado, a la que no se ha puesto remedio con unas reformas laborales tan pacatas que no han reducido para nada la famosa dualidad de su mercado de trabajo, una dualidad que refleja muy bien las preferencias sociales de un sociedad que siempre espera, y en buena aparte consigue, que la crisis la paguen los demás, y si son los jóvenes, mejor.

Por si fuera poco, tenemos un sistema financiero descapitalizado, caracterizado por su aversión al riesgo, y un estado sobredimensionado, responsable de una deuda pública que sigue creciendo sin parar (en 2013, 80.000 millones más), y que, como dice el profesor Oliver, “se aguanta gracias al BCE, que ha puesto los tipos de interés bajo mínimos. Pero estamos sentados encima de una bomba de relojería, los tipos de interés no seguirán así siempre, tenemos una ventana de oportunidad de dos o tres años que estamos obligados a aprovechar.”  Cosa que no preocupa a Rajoy, que piensa que tiene ante sí todo el tiempo del mundo.

Este panorama reclamaría un programa de reformas ambicioso, del que no hay ni la más leve noticia, animado por un sentimiento de necesidad y urgencia dado que tenemos ante nosotros un horizonte que incluye una caída de la población y un envejecimiento demográfico con todo lo que eso significa, pese a lo cual ese programa no se avizora por ningún lado porque a la clase política ni le conviene ni lo necesita. De hecho, el Estado se siente muy cómodo en esta situación. Ni se ha visto obligado a ajustar su gasto sino todo lo contrario (ver cuadro Presupuestos de la crisis) ni se ha visto forzado a reducir sus plantillas, ni, a diferencia de las empresas, tiene problemas de financiación ni de tipos de interés, ridículos para una deuda pública que crece de manera imparable. Casi todo el mundo lo ha pasado mal o muy mal. El Estado Español, sus 19 Autonomías y sus 8.000 Ayuntamientos, ha capeado la crisis con elegancia, gracias a que, al comienzo de la crisis, el gasto público aumentó en 80.000 millones de euros (mientras los ingresos caían en 70.000 millones) lo que hizo que el déficit llegara al 11,2% del PIB. Después, como se puede ver en el cuadro, al Estado le ha costado Dios y ayuda reducirlo a poco más de la mitad, y es que en 2014 los Ingresos serán prácticamente los mismos que en 2007. Eso demuestra hasta qué punto la fiscalidad dependía de la Vivienda.

Cuadro 1. Los Presupuestos de la crisis

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 Mientras la economía se derrumbaba, el gasto público crecía para que el Estado no se viera obligado a  hacer ninguna reforma.

Ahora mismo en el País Vasco, los conflictos laborales se circunscriben a empresas públicas. Osakidetza, Ertzaina o Bizkaibus, cuyos salarios están muy por encima del sector privado, por lo menos un 50%, se ven obligadas a aumentar sus plantillas lo necesiten o no, y eso que buena parte de los servicios que prestan han sido recortados. Se adelantan pagas de Navidad, se celebran oposiciones, se reducen horarios, etc. El sentimiento de normalidad en el que vive la Administración es total lo mismo que su convicción de que los impuestos tienen que seguir creciendo (lo que preparan en materia de vivienda es notable).

Tal vez las cosas serían algo diferentes si el Gobierno se sintiera acuciado por angustias fiscales, como en el caso francés, en el que un gobierno socialista ha tenido que reconocer por fin que su situación es insostenible. No es el caso de Rajoy del que nadie puede sospechar que  haya sentido la menor prisa a la hora de enfrentarse a la crisis. En realidad, Rajoy no entiende de economía ni le interesa. Como la mayor parte de la clase política, formada esencialmente por funcionarios, da por supuesto que en el mundo exterior hay montones de gente dedicados a menesteres tan arriesgados como innovar o emprender, a los que siempre se les puede quitar una cuota creciente de la riqueza que generan con métodos variados y creativos.

Además, y de ello se enterarán en Bruselas demasiado tarde, todo lo que Europa ha hecho por salvarnos no sólo no ha condicionado su gestión sino que ha proporcionado al Gobierno una comodidad que es esencial para entender por qué el proceso reformista lleva paralizado desde 2013. La decisión de retrasar dos años el cumplimiento del pacto de estabilidad ha sido uno de los peores errores que Bruselas haya cometido en la gestión de la crisis, diluyendo cualquier sentimiento de urgencia, si es que alguna vez existió. Recordemos que tanto Zapatero como Rajoy tuvieron que ser llamados a capítulo por Bruselas ante su evidente desgana a la hora de tomar decisiones desagradables. Si esto era así en medio de la crisis, podemos hacernos una idea de cómo será en otras circunstancias.

Los datos de las Exportaciones españolas han sido concluyentes: el enfriamiento europeo es una realidad y la salida de la crisis vía exportaciones se ha debilitado. Así que la economía española solo puede encarar el futuro sobre la base de su propia capacidad para reinventarse y ser más competitiva. Lo que está al alcance de empresas de cierta entidad pero lejos de la mayoría que padecen el pecado capital de ser demasiado pequeñas y poco cooperativas. El 55% de los trabajadores españoles están empleados en empresas de menos de diez trabajadores frente a menos del 10% en Estados Unidos y el 20% en Alemania. En España hay tres millones de compañías de las que sólo 24.000 tienen más de 50 empleados y sólo 3.800 cuentan con más de 250 empleados. Para desarrollar tecnología lo mismo que para exportar, las dos grandes asignaturas pendientes, hay que tener una dimensión mínima.

Recientemente, a fines de Octubre, en medio de un otoño esplendoroso, grandes directivos se reunían en Bilbao, convocados por el APD, para hablar de reindustrialización. Antes que nada para oír lo que tenía que decir un ministro de Industria que llegó a defender la política energética de su gobierno. Y lo hizo ante muchos empresarios de la metalurgia o el aluminio, algunos de los cuales sabe que tiene que irse de España ante los costes del kilowatio. El sentimiento de impunidad que embarga a los políticos les hace decir cosas inverosímiles.

Pero lo más significativo de la reunión fue sin duda el ambiente distendido y hasta optimista que se respiraba, un ambiente como no se había visto nada parecido desde hace casi una década. Dominados por la sensación de que lo peor quedaba atrás, sentían que podían dejar de estar a la defensiva y recuperar la iniciativa perdida durante tanto tiempo. Hay que recordar que los directivos no se caracterizan por estimar certeramente el horizonte macroeconómico, como demostraron ante una crisis que la gran mayoría no vio venir. Además, saben que no pueden esperar nada del mercado de trabajo, muy poco del sistema financiero y apenas de la reforma fiscal. Como siempre, tienen que salir del pozo tirando de sus orejas, las suyas, no las de los demás.

Entonces, ¿en que se basaba su optimismo? En una esperanza que tiene una base tecnológica, lo que ha dado en llamarse la cuarta revolución industrial, amparada en el salto cualitativo que está dando el mundo digital. De aplicarse estos avances, las fábricas serían informatizadas y sus procesos se verían conectados entre sí, lo que implica una producción flexible y prácticamente individualizada. Para ello que hay que gestionar grandes cantidades de datos (big data) disponibles en una plataforma compartida (cloud computing) con acceso a internet.

Justo cuando la mayoría imaginaba que la productividad podía crecer muy poco dado que los últimos progresos tecnológicos no estaban generando las mejoras de eficiencia de las anteriores ondas de innovación. De hecho la productividad europea sólo ha crecido una media del 1,1% durante los últimos 15  años. Tal vez la contradicción obedezca al hecho de que no todo el mundo va a ser capaz de aprovechar las nuevas oportunidades que se les ofrecen. Por ejemplo, el 73% de los empresarios comprenden la necesidad de avanzar en la digitalización de sus empresas pero sólo el 23% consideran que tiene los recursos necesarios (humanos, sobre todo) para hacerlo. Los nuevos tiempos exigen una forma de trabajar diferente.

Pese a ello, y como no hay mejor argumento que la necesidad, los directivos españoles piensan que van a reinventarse en los próximos años, y es posible que lo hagan. No todo el entorno ha evolucionado de manera negativa. El crédito está empezando a repuntar, y los tipos de interés son muy bajos. Aparecerán nuevas fórmulas de financiación, tanto para bienes de equipo como para investigación. La economía española no puede estar tantos años sin invertir. Las relaciones laborales no son peores que las de antes, lo que ya es de por sí una hazaña. Antes o después, el Gobierno tendrá que admitir que las reestructuraciones empresariales exigen quitas importantes, tanto del sector privado (bancos) como del público (hacienda y seguridad social). La salida de la crisis será selectiva. Seguirán cerrando empresas pero otras crecerán y se renovarán. Al final, todo se arreglará (para algunos).

No todo el mundo se siente tan optimista. La suposición de que Europa puede encaminarse hacia un estancamiento duradero pesa mucho. No se puede competir en un mercado único que es todo menos único, –las barreras siguen ahí, sobre todo en los Servicios-, con un coste de la energía que triplica el de Estados Unidos, y con una política económica vacilante, en la que las diferencias de visión norte-sur parecen insalvables.

Ahora mismo, el pronóstico de lo que va a ocurrir en 2015 es bastante incierto porque va ser una suma de tendencias contrapuestas. Por ejemplo, en materia de gasto público es previsible que el Gobierno apriete el acelerador, aún más, y con la venia de Bruselas se salte todos los compromisos pactados. De hecho, Bruselas ya da por incumplidos los compromisos en materia de déficit público de 2015 y 2016, tal como se presuponía desde hace años. Las cifras disponibles (las reales, no las de Montoro) apuntan a un déficit en 2014 no inferior al 6,5% del PIB, lo que quiere decir que la relajación en esta materia es total, relajación que con toda seguridad se prolongará en 2015. Gracias a ello, la recuperación estaba siendo muy fuerte. En el segundo trimestre, la economía española estaba creciendo a un ritmo anualizado del 2,4%, lo que quiere decir que Montoro estaba poniendo toda la carne en el asador.

Pero, ¿qué va a pasar a partir de ahora? Pues que seguirán actuando las mismas tendencias contradictorias que se han manifestado a lo largo de 2014. El impulso del gasto público seguirá siendo muy poderoso, por lo menos hasta las elecciones autonómicas, elecciones que pueden ser un arma de doble filo: dispararán el gasto público pero las incertidumbres derivadas de unos resultados presuntamente reñidos no son el mejor escenario para que las familias gasten alegremente y los empresarios inviertan, salvo en el extranjero.

Otras variables pueden ayudar. Un precio del petróleo por debajo de los 80 dólares el barril representa un considerable alivio para nuestras cuentas exteriores. La depreciación del euro, que se situará en torno a 1,20 dólares,  aportará su grano de arena para que las Exportaciones comunitarias sigan también una evolución positiva. Hay que contar con el impulso procedente de las últimas medidas del BCE ligadas a la normalización del crédito y añadir un factor psicológico a tener en cuenta, como son las ganas que tiene este país de salir de la crisis y oír buenas noticias. Por eso se espera que el consumo de las economías domésticas evolucione favorablemente, en parte gracias a la rebaja del IRPF, y en parte por la modesta relajación del crédito hacia las familias que se está dando.

A menos que se produzca una reacción rápida, que no es esperable, la evolución de la economía europea frenará ese impulso. Esa es la gran incógnita. Unos piensan  lo peor: la tercera recesión en seis años. Otros, los optimistas, opinan que vamos a ser testigos de crecimientos bajos durante un período prolongado. Casi todo el mundo da por descontado que habrá un gran plan de inversiones en infraestructuras y que, quien sabe, el BCE dará el do de pecho con la compra de activos y deuda, si, como suele decir Draghi, fuera necesario. Nos inclinamos por la versión menos dramática, que ya es de por sí suficientemente problemática. En cualquier caso, el potencial de crecimiento de Italia, Francia y España es extraordinariamente bajo, seguramente no superior al 1% de media.

De momento, casi todo es favorable a la continuidad de la recuperación en 2015. La previsión más fiable es la del FMI, OCDE y Bruselas—1,7%–algo mejor que la media de 2014, 1,3%, y bastante mejor que la media europea, 1,1%. El Gobierno, Funcas y el BBVA apuestan por un 2,0%. De haber un riesgo de corrección de estas previsiones es seguramente  a la baja.

Gráfico 1. Evolución del PIB

En una evolución en dientes de sierra, lo más probable es que después de 2015 se produzca otra caída como la de 2009 y 2012. Las etapas de recuperación no duran más de tres años.

En una evolución en dientes de sierra, lo más probable es que después de 2015 se produzca otra caída como la de 2009 y 2012. Las etapas de recuperación no duran más de tres años.

Fuente: EL PAIS, 26 de octubre de 2014

A más largo plazo, las dudas siguen siendo considerables. España está creciendo más que la media europea pero lo hace con un crecimiento de la deuda pública insostenible. La economía española vuelve a crecer como antes de la crisis, de forma totalmente artificial. Como si no hubiéramos aprendido nada. Sobre todo, como si quisiéramos ignorar dos problemas insoslayables. El primero es el presupuestario. Teniendo en cuenta que pagamos unos 37.000 millones de intereses por una Deuda pública que ya está en torno al 100% del PIB, el Estado, aunque sólo para evitar que la deuda siga creciendo, debería obtener un superávit primario del orden del 3% del PIB. Como su déficit primario no es inferior al 3%, el Estado español tendría que practicar un ajuste enorme, de unos 60.000 millones, que es algo que no puede hacer esperando que mejore la recaudación que, de hecho, está creciendo muy poco.

Pero es que, además, España tiene una deuda externa monumental, mayoritariamente privada, de unos 1,2 billones de euros, el 103% del PIB, la segunda más grande del mundo después de la de Estados Unidos. Y como sólo Podemos defiende que no hay que pagarla, (idea brillante donde las haya, extensible a todo tipo de acreedores, desde el tendero de la esquina a nuestro banco amigo), el proceso de desapalancamiento restará recursos que necesitaríamos para crecer. En realidad, lo que ocurre es que esos recursos ya fueron gastados e invertidos y, en su mayor parte, perdidos, en proyectos en los que nunca se recuperará la inversión realizada, como la Construcción o el Tren de Alta Velocidad. Para reducir la deuda deberíamos alcanzar un superávit considerable en materia de balanza de pagos (recordemos que se trata de deuda externa), algo a lo que estamos poco acostumbrados, tan poco que no lo hemos hecho casi nunca. Como podemos ver en el gráfico, a lo largo de la crisis, tan sólo en 2013 hemos obtenido un pequeño superávit de balanza de pagos, superávit que ha desaparecido en cuanto se ha producido una recuperación incipiente. Nuestro endeudamiento con el resto del mundo, ya de por sí elevado, vuelve a aumentar.

Gráfico 2. Ahorro, Inversión y balanza de pagos por cuenta corriente

         (Porcentaje del PIB, MM4)

Esta tendencia a un déficit exterior casi permanente es incompatible con la sostenibilidad del crecimiento, sobre todo si se está tan endeudado como lo está España.

Esta tendencia a un déficit exterior casi permanente es incompatible con la sostenibilidad del crecimiento, sobre todo si se está tan endeudado como lo está España.

Fuente: EL PAIS, 7 de septiembre de 2014.

La balanza de pagos por cuenta corriente, el medidor esencial de nuestra competitividad, es, por tanto, el segundo de nuestros problemas, y ha reaparecido para recordarnos cuál es nuestro sitio al pasar de un superávit (junio) de 8.700 millones el pasado año a un déficit de 4.600 millones en este ejercicio. Parece decir “así no se va muy lejos, así no se puede crecer durante mucho tiempo”. El problema de fondo es que seguimos sin haber cambiado nada en relación a los años anteriores a la crisis.

La estrategia de crecimiento, basada en la demanda interna, no es más que un artificio al servicio de unas elecciones con las que el Gobierno quiere garantizarse cuatro años más en el poder. Sin superávit exterior ni presupuestario, esa estrategia está condenada al fracaso y constituye una amenaza directa contra la continuidad del ciclo expansivo. Crecer, como está haciendo Rajoy, sin afrontar esos dos problemas es como vender el coche para comprar gasolina. Cuando usamos la palabra insostenible nos referimos precisamente a esto.

Todos los que defienden políticas keynesianas se les olvida mencionar la forma de financiar el déficit consiguiente. Las montañas de liquidez que andan sueltas por el mundo, generadas por los bancos centrales, provocan aquí y allá pequeñas burbujas pero, de momento, nos proporcionan financiación sin problemas y a costes muy bajos. Sin embargo, no conviene suponer que esto vaya a seguir siendo así indefinidamente. La gran incógnita es, pues, que va a pasar después de 2015, cuando nos tengamos que enfrentar a la realidad. Está por ver que el Estado  sea capaz de reducir el déficit público y deje de endeudarse, y que la economía sea capaz de modificar la relación entre crecimiento y balanza de pagos.

La crisis europea no ha hecho sino agravar este panorama. España no puede crecer si no lo hace Europa. Si las Exportaciones no crecen de manera sostenida, un supuesto que ha fallado a partir de verano, la posibilidad de hacer durar la recuperación se convierte en pura ilusión. Europa ha servido para que no nos derrumbemos (prima de riesgo y rescate bancario) pero no ha proporcionado el impulso que necesitamos para crecer. El sector exterior empieza a restar décimas al crecimiento en lugar de sumarlas. Y es que mientras nuestras Exportaciones crecen muy poco, 1,9%, las Importaciones lo hacen a buen ritmo, un 8,4%. La correlación entre crecimiento y sector exterior parece desastrosa, la propia de una España que, a diferencia de coyunturas similares, sale de la crisis sin haber devaluado su moneda, hecho que explica la pobre evolución de las Exportaciones y el notable crecimiento de las Importaciones. Si con un crecimiento de poco más del 1%, la balanza de pagos vuelve a los números rojos, apaga y vámonos.

Gráfico 3. Comercio exterior de mercancías (Acumulado hasta agosto, variación anual)

Si las tasas de crecimiento de Exportaciones e Importaciones se cruzan, mal asunto. La expansión no puede durar.

Si las tasas de crecimiento de Exportaciones e Importaciones se cruzan, mal asunto. La expansión no puede durar.

Fuente: EL PAIS, 26 de octubre de 2014.

Los datos vienen a decirnos que el modelo de crecimiento sigue siendo el mismo de antes, un modelo que incluso antes de la crisis pensábamos que no podía durar. Un modelo de baja productividad y bajo nivel tecnológico, que crece por acumulación de recursos y no por mejora de la productividad. Aumentamos el PIB con un porcentaje similar de la ocupación (tercer trimestre 2014: aumento del PIB 0,5%; aumento de la ocupación 0,4%). Y para crecer tenemos que invertir por encima de nuestra tasa de ahorro. Es más que probable que la rentabilidad de muchas empresas españolas sea hoy por hoy inferior al coste medio de los recursos  financieros que utiliza. No es de extrañar que los bancos sientan enormes reticencias a prestar dinero sobre todo si se preguntan (interrogante novedoso para algunos de ellos) cómo van a devolverlo. El FMI asegura que el 40% de las pymes españolas corre el riesgo de impagar sus créditos.

Los que piensan, como el Gobierno, que hay que impulsar el crecimiento como sea (PIB), afirman que las cosas mejoran; los que creemos que eso no se puede hacer sin afrontar el problema de la deuda y el cambio de modelo productivo, pensamos que están empeorando, y que estamos despilfarrando nuestras escasas posibilidades. Juzguen ustedes mismos.

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