COYUNTURA ECONOMICA. Segundo trimestre 2014

  • A la vista de que la economía reacciona de manera lánguida, tanto la europea como la española, de que incluso se ha llegado a hablar de una posible deflación, los responsables comunitarios (Draghi) y español (Montoro) han perdido el miedo y han decidido relanzar la economía a base de inyecciones monetarias (el BCE) y fiscales (España). Como es de esperar, la economía experimentará una suave reacción al alza que se agotará pronto pero que a algunos servirá para ganar elecciones y asegurar que están cumpliendo sus promesas. Nunca ha sido más evidente que la economía se sostiene, y eso a duras penas, enganchada, como si se tratara de una drogadicción, a un estímulo monetario y fiscal que no parece conocer límites.
  • Rajoy es el ejemplo perfecto del político que nunca ha olvidado que su objetivo principal y único no es el de gobernar pensando en el interés general, sino el de ser reelegido. Para ello no ha dudado en incumplir sistemáticamente los límites fijados por Bruselas para el déficit público a fin de limitar el peso del ajuste. Conforme se va acercando a las citas electorales su descontrol se acentúa. El gasto público se ha vuelto a disparar lo que sumado a la decisión de hacer ciertas rebajas fiscales aleja la posibilidad de cumplir con el calendario de déficit de Bruselas, que, mientras tanto, no ha dicho esta boca es mía. Rajoy, que está entre la espada (Bruselas) y la pared (elecciones), sabe que tiene ante sí una prueba de fuego en 2015, ejercicio en el que desearía crecer al menos un 2%, lo que sólo puede hacerse ignorando el objetivo de déficit fijado para ese año.
  • Digamos de paso que la economía vasca no es en absoluto una excepción. En el primer trimestre ha crecido un 0,4% pero es porque el gasto público ha aumentado un 1%. Todos los datos aducidos en el sentido de que “algo se está moviendo” tienen que ver con los efectos derivados del gasto público porque los datos de la economía real (cartera de pedidos, ventas minoristas y de grandes superficies, clima industrial) siguen cayendo. Otro hecho a destacar es que en el último año la ocupación ha caído un 3% pero los salarios han crecido otro 3%. Como siempre, incapaces de alterar una paradoja perversa, seguimos intercambiando más salarios por menos empleo. No aprendemos.

1. Con considerable retraso, y muy forzado por los acontecimientos, el BCE sigue el guion establecido por Estados Unidos en cuanto al uso de una política monetaria expansiva y una permisividad sorprendente en materia de déficit fiscal. A pesar de que a algunos les parezca insensible a las demandas de los países del Sur de Europa, el balance del BCE rebasa los tres billones de euros, no muy lejos de los cuatro que la Reserva Federal ha inyectado en la economía norteamericana. El BCE ha negado enérgicamente que esté asistiendo impasible a la creación de otra burbuja, en este caso de deuda soberana, lo que quiere decir que sospecha que esa posibilidad existe.

La respuesta mundial a la crisis ha consistido en la creación de un mar de liquidez que no se transforma, o lo hace cada vez en menor proporción, en crédito, inversión, crecimiento o empleo. Y es que falla lo esencial: la confianza, que es nula, y las incertidumbres, que son demasiadas. A pesar de que los tipos de interés son prácticamente simbólicos, el propósito de Draghi de relanzar la economía sólo se cumplirá en parte porque los problemas de fondo de la economía europea son demasiado graves y el endeudamiento es monumental. Resolver una crisis financiera con este tipo de políticas nos está llevando a un territorio inexplorado y de consecuencias imprevisibles.

La situación recuerda demasiado a la japonesa de los años ochenta: un estancamiento prolongado debido a la existencia de demasiados bancos zombis, sobre todo en España pero también en otras partes. Las familias y las empresas están demasiado endeudadas como para ponerse a gastar o invertir. La Deuda pública se ha acercado, o ha sobrepasado, sus límites naturales, es decir, los que tengan a bien conceder unos mercados financieros que, como decíamos recientemente, o se han vuelto locos, o no saben qué hacer con esa montaña de liquidez que han puesto en circulación la Reserva Federal y el BCE, o han perdido de vista eso que se llama el riesgo país.

Draghi intenta ahora, con mucho retraso, que las medidas monetarias se transmitan a la economía real, más concretamente al crédito, y los precios vuelvan a crecer, por lo menos hasta ese 2% que está escrito en letras de fuego en los altares del BCE. De momento, soltará 800.000 millones en subastas de liquidez condicionadas a la concesión de créditos. Recordemos que ya puso a disposición de los bancos un billón de euros  en 2011, los llamados LTRO, dinero que en buena parte los bancos españoles dedicaron a comprar bonos del Estado lo que permitió que los bancos franceses y alemanes pudieran salirse de una deuda española que entonces olía particularmente mal. Luego vendría el “será suficiente” de Draghi que ha convertido la prima de riesgo española en una de las más bajas de la historia, con una de las deudas públicas más hinchadas de la historia, lo que demuestra su carácter irreal y artificioso.

Ahora, además, ha dejado abierta la posibilidad de emplear medidas al estilo de la Reserva Federal (lo que se conoce como quantitative easing), política hacia la que Alemania ha manifestado siempre enormes reticencias. Si ahora Alemania deja hacer, con casi cuatro años de retraso, es porque sospecha que estamos ante algo más peligroso que la inflación, un posible estancamiento de largo alcance. Aunque no sea una deflación es suficiente para hacer sonar todas las alarmas. Draghi se enfrenta a la paradoja de que, siendo el guardián de la inflación, puede que no se llegue a ese nivel de precios del 2% antes de 2017. Se trata de un período de tiempo demasiado largo para una economía tan frágil como esta. En economía, al igual que en el juego del siete y medio, es tan peligroso quedarse corto como pasarse.

Con los niveles de endeudamiento de bancos, empresas y familias, una perspectiva de escaso o nulo crecimiento es suficiente para agravar todos los problemas existentes y crear otros nuevos: ¿Cuántos bancos habría que liquidar? ¿Cuántas naciones tendrían que reconocer que no pueden hacer frente al pago de su deuda pública (y privada)? ¿Qué pasaría con el empleo, las pensiones y, en general, con el estado de bienestar?.

Las economías occidentales necesitan crecer, o no podrán cumplir con las promesas, excesivamente generosas, que hicieron en su día en la creencia de que todos los años habría más. Además, y violando uno de los principios básicos de una política económica ortodoxa, necesitan un poco de inflación que ayude a familias, empresas, y estados a hacer frente al pago de sus deudas.

De todas maneras, estas y otras medidas ponen de manifiesto las limitaciones de la política monetaria. El crédito de la eurozona sigue cayendo y el de España aún más. ¿Por qué? Porque la realidad económica y sus datos fundamentales imponen su ley. La mayor parte de las familias y empresas no constituyen para nadie, y menos para unos bancos tan escaldados por el pasado reciente y con tal aversión al riesgo, lo que se llama una demanda solvente. A los propios bancos les están imponiendo unas condiciones regulatorias en materia de capital que les obligan a reducir el tamaño de sus activos, y, por tanto, de los créditos. Un buen número de estos bancos, en España la mayoría, siguen sufriendo fuertes pérdidas, reconocidas o disimuladas, por lo que no se sienten con ánimo bastante  como para meterse en más problemas. Todos esperan temblando las pruebas de estrés de este año.

Todo lo cual revela que el impacto de la política monetaria sobre la economía real es cada vez menor (como se ha demostrado en el caso norteamericano). Dicho con otras palabras: la política monetaria nos ha salvado del desastre pero es incapaz de conseguir que volvamos a crecer.

2. La economía española padece las consecuencias naturales de su pecado original, la burbuja inmobiliaria, de la crisis bancaria consiguiente, de la incapacidad de sus gobiernos para hacer frente a la crisis, y del estancamiento  europeo. El legado de la crisis es devastador en más de una vertiente pero esencialmente se resume en dos: un endeudamiento monumental y una tasa de paro escandalosa, lo que parece en principio perfectamente contradictorio. Con una de las tasas de inversión más grandes de la historia, más del 31% del PIB en ciertos años, no hemos sido capaces de dar empleo a buena parte de la población, lo que quiere decir que hemos invertido rematadamente mal. En realidad, hemos perdido la mayor parte de lo invertido. Lo que demuestra que no basta con invertir; hay que invertir en empresas y sectores que devuelvan el capital, algo que nunca harán la mayor parte de las inversiones inmobiliarias. Puede ser peor. El Tren de Alta Velocidad nunca devolverá lo invertido y encima nos ocasionará enormes gastos de mantenimiento y pérdidas de explotación en años venideros. España ha explorado todas las maneras conocidas de arruinarse y algunas que ni siquiera se conocían.

Mientras, el Gobierno español sigue con su particular cruzada para, según él,  salir de la crisis,  y para los demás, ganar las próximas elecciones. En Europa se debaten cuestiones candentes: el impulso monetario, el papel del BCE, la solvencia del sistema bancario, el riesgo país, es decir, todo lo que tiene que ver con la realidad, sin eludir el espinoso asunto del endeudamiento, y eso después de haber hecho las reformas pertinentes. En España los problemas son otros: cómo torear a Bruselas sorteando una crisis bancaria terrorífica y una deuda pública que ha alcanzado niveles pavorosos. En Europa se hace, mejor o peor, pero se hace. En España se hace como que se hace.

Un buen ejemplo lo constituye el manejo del déficit público en España. Primero, se consigue que Europa nos conceda dos años más para cumplir unos objetivos siempre demorados; luego, se manipula el dato de 2013 para hacer creer que se está reduciendo. Por cierto, ha sido llamativa la permisividad de Bruselas ante estos hechos. Ahora se prometen unas rebajas fiscales que son incompatibles con la promesa de reducir el déficit y que, además, chocan frontalmente con los esquemas lógicos de la reforma fiscal que necesitamos; cuando se pedía una subida del IVA a fin de rebajar el impuesto de sociedades y las cotizaciones sociales, ahora se rebaja el IRPF. La diferencia esencial reside en que bajar las cotizaciones sociales sólo interesa a los empresarios, que son pocos, mientras que la rebaja del IRPF beneficia, poco eso sí, a varios millones de futuros votantes.

La Deuda pública ya ha llegado al 97% del PIB después de aumentar en casi 30.000 millones en el primer trimestre. La mitad es gasto de 2013 que ha aflorado ahora, lo que revela que la recuperación no es otra cosa que un gasto público que ha vuelto a dispararse. La famosa austeridad no es más que un mito. Rajoy intenta ganar las próximas elecciones con la promesa de que no habrá más reformas ni recortes. De las primeras ha habido pocas y de las segundas prácticamente nada.

Rajoy tiene una agenda electoral y la sigue imperturbable. A pesar de encontrarse en el seno de la peor crisis económica de la historia, ha decidido no enfrentarse a ella, dejar pasar el tiempo, esperar que el BCE haga su trabajo (prima de riesgo) y le saque las castañas del fuego, y mantener contra viento y marea una agenda económica que tiene como objetivo manifiesto ser reelegido. No sabemos si lo logrará porque la sociedad española no es consciente de hasta qué punto ha tratado de facilitarles la vida con el mínimo de sacrificios posible.

Así que Rajoy se ha puesto a la tarea de explicar a los despistados ciudadanos que todo lo que ha hecho lo ha hecho por ellos. “Las pensiones ni se han reducido ni se han congelado. La educación y la sanidad siguen siendo públicas y gratuitas. En una situación de emergencia los españoles hemos sido capaces de mantener el estado de bienestar”. No dice que para ello ha arruinado la economía y destrozado su futuro. Tampoco explica que, después de no haber cumplido ni un solo año el objetivo de déficit y de haber elevado la Deuda a los aledaños del 100% del PIB, ahora sí es posible bajar los impuestos. Rajoy piensa y actúa con la lógica de un socialdemócrata. El trasfondo electoral es manifiesto. Todas las rebajas fiscales tienen que aplicarse y explicarse antes de las próximas elecciones.

Mientras lo más difícil de entender siga funcionando (que la prima de riesgo esté por los suelos y las emisiones de Deuda se coloquen como si procedieran de un país viable y saneado), la huida hacia delante de Rajoy se mantendrá. Necesita que las cosas sigan así por lo menos hasta 2015, ejercicio en el que quiere crecer al menos un 2%, lo que es perfectamente incompatible con el objetivo de déficit del 4,2% del PIB. Si se frena el gasto, ese crecimiento quedaría en nada. El problema es hasta cuándo se puede mantener una situación tan artificial.

Se trata de una política autista, sancionada por la mayoría natural de este país, la más conservadora, formada por los jubilados (nueve millones), los funcionarios (tres millones) y los fijos (seis millones),  que sabe de memoria que cualquier cambio, aun el más mínimo, solo puede perjudicarles. Contra esa mayoría se estrellará cualquier propósito reformista. Es incluso probable que tonterías como las de Podemos tengan más posibilidades de influir el debate político que reformas como las que recomiendan Garicano, Fernandez-Villaverde, o el FMI. Nuestra economía se mueve en los márgenes de lo que los ingleses llaman political economy, o economía política.

Lo que puede ocurrir después de 2015 es imprevisible. En el mejor de los casos, sólo en 2018 volveremos a tener el mismo PIB de antes de la crisis (2008), la década perdida, y se llegará a 2020 con una tasa de paro del 20%. El FMI advierte que nuestra tasa de crecimiento potencial (media tendencial respetando los equilibrios macroeconómicos) no es mayor del 1%. De hecho, desde 1975, la economía española ha crecido una media del 1,5%, una tasa ridícula pero  que es fiel reflejo de todos los errores cometidos.

La única circunstancia que nos obligaría a salir de la senda marcada sería que los mercados empiecen a sentir reticencias ante un país que se salta a la torera todas las recomendaciones de Europa, e incumple sistemáticamente el equilibrio más delicado de todos, el del déficit y la Deuda. Sobre todo si va acompañado por unos ritmos de crecimiento modestos. En tal caso las cosas podrían ser mucho peores. Hasta el punto de que nos podríamos ver obligados a enfrentarnos a nuestros problemas, justo lo que este país odia por encima de todo.

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