COYUNTURA ECONOMICA Diciembre 2013

 

  • Cuando los médicos dicen que han conseguido “estabilizar al enfermo” hay que deducir dos cosas: que su estado es grave, y que su pronóstico es, en el mejor de los casos, incierto. Pues bien, la economía española ha sido estabilizada lo que quiere decir que ya no estamos al borde del rescate, que se guardan las apariencias en materia de solvencia bancaria, y que hemos salido de la recesión. Pero casi todo está por hacer. Y eso que el mundo exterior ha comprado nuestros productos (la recuperación europea, que todavía está muy verde, ha sido esencial), ha enviado sus turistas (gracias a una considerable rebaja de los precios), e inundado de liquidez los mercados financieros hasta el punto de que se ven obligados a comprar nuestra deuda y rebajar la prima de riesgo. El nuevo Plan Marshall ha funcionado.
  • El Gobierno ha deducido rápidamente que lo peor ha pasado, que la época de los ajustes ha quedado atrás, y se dispone a disfrutar de los dos años adicionales que le han concedido para rebajar el déficit, cosa que podemos garantizar que no hará. Y es que la clase política es incapaz de afrontar una crisis de estas dimensiones, y si lo intentara sería rápidamente disuadida por los sospechosos habituales, es decir, funcionarios, sindicatos, pensionistas, y todos los sectores económicos que funcionan en régimen de oligopolio, que le advertirían acerca de la posibilidad de perder las siguientes elecciones, núcleo fundamental de sus preocupaciones.
  • Ha tenido que pasar el tiempo para que sea evidente que la crisis de la economía vasca no tenía nada de diferencial como se nos quiso hacer creer. La bonanza de la economía española interrumpió el proceso de internacionalización que se había desarrollado después de la crisis de los noventa, y nos volcó de nuevo en el mercado interior, empujó a las empresas a invertir y endeudarse demasiado, y dejó para más adelante el desarrollo de productos complejos. El mercado de trabajo, y la posibilidad de contratar tantos temporales como se quisiera, hizo que se abandonase la formación a largo plazo. Como ha sucedido siempre en épocas de expansión, las empresas eluden las asignaturas pendientes y se deslizan por la pendiente de la facilidad, lo que les deja inermes para afrontar una crisis como la que estamos viviendo. Aquello de que nos estábamos reinventando no pasó de ser una fantasía.

1. Los datos de la coyuntura inmediata hablan de la salida de la recesión pero no garantizan en modo alguno que vayamos a salir de la crisis, si por ello se entiende una vuelta a un crecimiento sostenido con abundante creación de empleo. Y esto es así porque la gestión de la crisis ha sido tan chapucera, irresoluta e insuficiente que ha deteriorado la capacidad de la economía para salir adelante. Sobre todo por no haber superado los problemas derivados del pinchazo de la burbuja inmobiliaria, especialmente financieros, problemas de enorme magnitud pero de los que no se derivaba necesariamente una catástrofe económica de semejantes dimensiones. Especialmente si las instituciones hubieran reaccionado con transparencia y rapidez.

El pinchazo de la burbuja inmobiliaria cogió por sorpresa a un sistema financiero que nunca imaginó nada parecido ni se preparó para ello. La gestión de su crisis llevada a cabo por el Banco de España pasará a la historia como uno de los casos más flagrantes de supeditación de una institución que presumía de independencia a las conveniencias y necesidades del poder político puesto que las entidades más directamente afectadas, las cajas de ahorro en general, estaban en manos de los partidos políticos en su versión regional, y de los sindicatos. El destrozo ha sido de tal magnitud que ha supuesto la práctica desaparición de las cajas de ahorro como alternativa a los bancos, con alguna excepción significativa, catalana y vasca, y la más formidable reconversión del sistema financiero. Las pérdidas acumuladas, cuidadosamente ocultadas a la opinión pública, equivalen a los beneficios de al menos quince años, lo que ha supuesto una monumental descapitalización y un crédit-crunch que ha privado al sector privado de un apoyo cuando era más necesario que nunca.

Quebrado el sistema financiero, la columna vertebral de la economía, la economía española ha sufrido el mayor retroceso de su historia a lo largo de un tiempo acumulado enormemente prolongado. Dese 2008 el PIB ha estado en recesión  durante 15 trimestres (el País Vasco entra en crisis más tarde pero también sale de la recesión más tarde) y retrocede aproximadamente unos siete puntos y medio, lo que no tiene parangón alguno con las crisis de los años setenta y noventa en que dicha caída apenas superó un solo punto. Una crisis así tiene consecuencias a todos los niveles. El consumo de las familias y la inversión de las empresas han experimentado un retroceso histórico. El índice de ventas del comercio al por menor ha llegado a sufrir un retroceso a lo largo de 38 meses, lo que es coherente con las tasas de paro, el endeudamiento de las familias y las subidas de impuestos. De la inversión mejor no hablar.

Con un mercado de trabajo disfuncional, la ocupación, casi cuatro millones de empleos menos que en 2008, ha sido destruida a una velocidad nunca vista, al principio por el despido de trabajadores temporales y luego de los fijos, sin que unas reformas timoratas del mercado de trabajo, emprendidas con treinta años de retraso, consiguieran limitar las pérdidas. El desempleo sólo ha empezado a bajar cuando los parados han dejado de buscar empleo o registrarse en las oficinas del SEPE, y muchos jóvenes e inmigrantes han salido del país.

La crisis ha servido para demostrar lo que muchos sospechábamos, que los supuestos de crecimiento en los que se basaba la economía española estaban edificados sobre la arena, que las instituciones son incapaces de afrontar una crisis de estas dimensiones (suponiendo que lo intenten, algo que está por demostrar) y que la sociedad española es una de las más  irresponsables e insolidarias del mundo, solo comparable a la italiana. Por un tiempo breve soñó con ser rica pero ahora parece empeñada en volver a la pobreza a la mayor brevedad posible.

2. Si la crisis era, en cualquier caso, grave, la forma de reaccionar ante ella no ha hecho otra cosa que agravarla hasta extremos difíciles de exagerar lo que augura un proceso de recuperación problemático y oscilante. Si la respuesta frente a la crisis puede resumirse en dos palabras-lentitud y opacidad-, la recuperación está condicionada por una sola: endeudamiento.

El método elegido por los políticos para retrasar sine die el tener que enfrentarse a los problemas ha sido la aplicación de una política monetaria que consiste básicamente en endeudarse hasta las cejas dando por supuesto que el futuro sabrá que hacer con ese endeudamiento. La economía mundial se ha lanzado a la mayor aventura monetaria de todos los tiempos. Los bancos centrales y otras instituciones monetarias, aprendices de brujo liderados por la Reserva federal norteamericana, se han dicho que el edificio aguantará mientras se le inyecten estímulos monetarios de forma masiva y continuada. El problema es que esta política no puede durar indefinidamente porque el riesgo de que termine por afectar la estabilidad de los países, la solidez de las bolsas o la cotización de las monedas es muy alto. Como herramienta de doble filo que es la propia FED asegura que cuanto más tiempo continúe la compra de activos de deuda (Quantitative easing) “con más riesgos habrá que lidiar en el futuro”.

Sin embargo, la propia Reserva Federal, que anunció hace unos meses que se disponía a finalizar este programa, se ha visto obligada a dar marcha atrás ante la fragilidad demostrada por la incipiente recuperación, de la misma manera que se ha dejado para más adelante el problema del gigantesco déficit fiscal federal. Estados Unidos paga unos 400.00 millones de dólares anuales sólo en intereses. Peor aún. El efecto sobre el crecimiento real de esta política es cada vez menor.  Se calcula que durante los últimos cinco años ha habido que inyectar 18 dólares de estímulos para obtener uno de crecimiento real.

Europa ha seguido una trayectoria parecida aunque con retraso. En el BCE existe la convicción de “hacer lo que haga falta” para evitar lo peor, pero el precio de esta política empieza a ser preocupante: el balance del BCE se acerca a los tres billones de euros sin que haya conseguido consolidar una recuperación sólida ni resuelto, más bien al contrario, los colapsos de Grecia o Portugal.

3. En la medida en que España participa de esta manera de encarar la situación, también comparte las incógnitas que plantea este colosal endeudamiento, tanto privado, que tuvo su origen en la formación de la burbuja inmobiliaria, como del sector público, que se ha incrementado cada año en unos 100.000 millones de euros. La deuda pública en España superará dentro de muy poco, en 2014, el 100% del PIB, lo que sumado a un crecimiento escaso nos sitúa al borde de la insolvencia. Los intereses de la Deuda española, a pesar de la caída de la prima de riesgo, se acercarán a la nada despreciable cifra de 45.000 millones de euros en 2016, un 4,1% del PIB, lo que nos hace extraordinariamente vulnerables ante cualquier contingencia, especialmente financiera.

Mientras tanto, la deuda privada apenas se  ha reducido. Conviene recordar la magnitud de sus cifras: las familias deben 800.000 millones, los bancos 1,1 billones y las empresas 1,3 billones. Es un endeudamiento tan importante como para condicionar nuestro futuro, dado que si la situación económica mejora lo más probable es que los agentes económicos  se dediquen  a reducir sus pasivos antes de pensar en gastar o invertir. Esta es una de las razones que abonan el pesimismo en materia de crecimiento económico.

¿Existía otra forma de hacer frente al problema que no fuera el que se ha aplicado, un procedimiento típicamente político? Evidentemente sí, pero el poder ni sabe ni quiere implementar otro diferente. Como dijo en cierta ocasión Jean Claude Juncker: “Sabemos lo que hay que hacer; lo que no sabemos es cómo ser reelegidos después de haberlo hecho”. Así que después de agotar todas las posibilidades que ofrece la política monetaria se lanzan de lleno a la otra manera de huir hacia adelante, que no es sino la política fiscal.

El desastre presupuestario lo inicia Zapatero a partir de 2008 cuando impulsa un programa de gastos (el Plan E entre otros) por el que intenta compensar una caída de la demanda que entendía temporal. El gasto público aumentó en 70.000 millones  a pesar de que se había producido una caída de la recaudación de 65.000 millones (ver cuadro), lo que transformó un pequeño superavit de 20.000 millones (2007) en un monumental déficit de 118.000 millones (2009). A partir de ese momento, ha sido practicamente imposible reducirlo de forma significativa.

Esta práctica intenta responder selectivamente a las demandas de la sociedad española, de aquella parte de la sociedad que, alimentada por un acusado sentido de la inercia, seguía pensando que la crisis no tenía por qué afectar sus niveles de bienestar, que parece considerar como conquistas sociales de signo irreversible. Esa parte de la sociedad que actúa como si la crisis no existiese. Es así cómo los salarios (de los fijos), las pensiones (de los mayores), y el gasto público (de los políticos), siguieron creciendo como si tal cosa complicando de esta manera un panorama ya de por sí complicado.

PRESUPUESTOS DE LA CRISIS

Miles de millones euros          
 

2007

2009

2012

2014

Diferencia   2007-2014

Pensiones

91

106

115

128

37

Desempleo

14

20

35

30

16

Interes deuda

18

21

31

37

19

Transferencias (Autonomías)

9

15

45

30

21

Rescate Bancario    

30

   
Gasto Total

413

483

493

496

83

Ingresos Totales

433

365

382

436

3

Sup./Déficit

20

-118

-111

-60

 

Mientras la economía se despeñaba, el gasto social y político seguía su curso: desde 2007 las pensiones se ha incrementado en 37.000 millones, a un ritmo de unos 5.000 millones por año, el gasto en desempleo en 16.000 millones, y los intereses de la deuda en casi 20.000 millones. Un dato muy significativo de la preocupación que siente el gobierno por los barones regionales es que durante los tres últimos años la Administración Central ha proporcionado a las Autonomías (Servicios Generales) unos 80.000 millones de euros, la mitad para que paguen las facturas pendientes de proveedores. No es de extrañar que Eurostat no se fíe para nada de la contabilidad de la mayor parte de las Comunidades Autónomas cuya Deuda ha pasado de un 5% del PIB a un 20%.

Mientras tanto,  los salarios (de los fijos) subían en ese mismo período un 11% en términos reales, y solo han empezado a retroceder en fecha tan tardía como finales de 2012. Un país perfectamente consciente de que se enfrentaba a una crisis diferente, y de consecuencias probablemente irreversibles (ya nada volverá a ser lo mismo), se aferra a los comportamientos de siempre, perfectamente esquizofrénicos: lo que sabe la mano derecha (crisis y desempleo), no lo sabe la izquierda (salarios y pensiones). Y eso con seis millones de parados. Las instituciones internacionales, FMI y Comisión Europea, deben sentirse atónitas.

Estos datos revelan que la famosa devaluación interna es un cuento, que las políticas de austeridad no existen, que las prioridades del Gobierno pasan por mantener intacto una estructura de poder (local y nacional) que es su verdadera razón de ser. De ahí la reticencia a introducir reformas de cualquier tipo, especialmente las que tienen que ver con la reforma del Estado. Cualquier sugerencia en este sentido (reducir el número de ayuntamientos, suprimir las diputaciones, amortizar juzgados comarcales, recortar el empleo del ejército) ha sido desechada de inmediato por el propio partido en el poder.

Las instituciones internacionales se sorprenderían menos si supieran que los verdaderos damnificados por la crisis, los parados en general y los jóvenes en particular, no han levantado una palabra más alta que otra (aunque se supone que están indignados), y que quienes han conseguido eludir la crisis protestan continuada y preventivamente, como es el caso de los funcionarios, que han captado de inmediato la amenaza que representa para sus intereses la externalización de ciertos servicios públicos, como la sanidad. El 90% de las manifestaciones de protesta tienen que ver con la Administración. Aquí solo protestan los protegidos.

4. La conjunción de una serie de circunstancias externas, básicamente la mejora de la coyuntura europea, sumada a la marea de liquidez que han generado el BCE y la Reserva Federal norteamericana, ha sido suficiente para pensar que la crisis se acababa y la caída interminable se detenía. Arrasados pero vivos, del futuro sólo cabe esperar que sea mejor que el pasado, lo que tampoco es tan difícil.

Frente a ese futuro caben dos interpretaciones, la del optimismo interesado del Gobierno, que avizora con enorme inquietud futuras citas electorales, y la de las instituciones internacionales, que comparten un pesimismo hecho de realismo. No hace falta decir que las dos estimaciones difieren profundamente, incluso sobre la interpretación del término salida de la crisis, que para el Gobierno es dejar de caer, y para los demás es empezar a crecer de forma sostenida, a buen ritmo y con importante creación de empleo.

Son dos visiones incompatibles, entre otras razones por la importancia que las instituciones internacionales conceden al problema del paro, una cuestión que les preocupa profundamente, seguramente más que al Gobierno y la sociedad española, perfectamente insensibilizados con un problema al que han acabado por acostumbrarse. Compárese esta actitud con la del gobierno norteamericano. Aunque el paro se sitúa en el 7,3% consideran que “sigue siendo demasiado alto”, y se sienten especialmente preocupados por el paro de larga duración, que afecta al 36% de los parados (en España, la mitad) del que dicen que es “desproporcionado, sin precedentes y muy doloroso para los hogares”. Las instituciones europeas dicen algo muy parecido sobre España: “El intolerable y altísimo nivel de paro exige medidas muy contundentes, especialmente con los jóvenes”. Si a eso sumamos su escasa confianza en que la economía española pueda crecer de forma significativa, al menos sin reformas, la Comisión reclama “un mercado de trabajo que funcione bien”. Está claro que la Comisión Europea no cree que el mercado de trabajo español funcione bien.

Por su parte, para crear empleo, el FMI recomendaba una nueva vuelta de tuerca a la reforma del mercado de trabajo, que sigue siendo profundamente dual, y una reducción de un 10% en los salarios, pretensiones que fueron abruptamente rechazadas por la mayor parte de la sociedad y por un Gobierno que se siente muy tranquilo después de que le han concedido dos años más para cumplir el objetivo de  déficit, plazo que volverá a incumplir.

De ahí que las previsiones de unos y otros sean muy distintas en lo que se refiere a dos variables esenciales: empleo y  déficit público.

a. Empleo Todos sabemos que está directamente ligado al crecimiento pero con un considerable retraso en el tiempo. Si bien se espera que la economía crezca entre medio y un punto en 2014, en el conjunto del ejercicio se seguirá destruyendo empleo, unos 123.000 empleos, y no habrá aumento de la ocupación hasta 2015. Esto es así porque las empresas tienen niveles muy altos de capacidad productiva sin utilizar, y porque están aumentando la productividad a ritmos cercanos al 1,5% en un intento por recuperar la competitividad perdida en el ominoso período 1998-2007.

                                                            PIB

Tasa de variación interanual

Tasa de variación interanual

No debemos olvidar que la capacidad de la economía española para crecer sostenidamente y sin desequilibrios es muy limitada, no más del 1% de media. Ello no quiere decir que en ciertos años no se pueda crecer más pero no será lo normal por lo que las posibilidades de rebajar la tasa de desempleo son escasas. Para los dos próximos años, las previsiones de paro no bajan del 25,5% y la versión más pesimista, la del FMI, estima que seguirá así hasta 2018. El paro ha venido para quedarse.

                                                   TASA DE PARO

Dibujo2

b. Déficit público Otro caballo de batalla es el déficit público, y consiguientemente la Deuda, un terreno en el que prácticamente no se han visto avances dada la reticencia del Gobierno a contraer el que podríamos llamar gasto político, en beneficio de una Administración claramente sobredimensionada. Pasa el tiempo y el déficit público baja con extraordinaria lentitud, y eso si creemos las cifras oficiales sobre las que hay serias dudas. Está claro que el Gobierno espera reducirlo por un aumento de la recaudación y no por un recorte el gasto, algo que requeriría un valor desconocido.

En este apartado las estimaciones del Gobierno difieren sustancialmente de las de los organismos internacionales. Incluso, la Comisión Europea prevé un empeoramiento en 2015 hasta el 6,6% si no se toman medidas adicionales. Como la Comisión exige que ese año el déficit no supere el 4,2%, habría que recortar el gasto previsto en unos 24.000 millones, cosa que el gobierno no está en condiciones de lograr, suponiendo que lo intente.

El problema de la Deuda pública, que sobrepasará el 100% del PIB en 2014, empieza a adquirir tintes dramáticos que una política monetaria de abundante liquidez puede disimular temporalmente (prima de riesgo) pero que puede volver a la luz con fuerza en cuanto esa política cambie o se compruebe que los objetivos de déficit siguen sin ser cumplidos.

               DÉFICIT PÚBLICO                      DEUDA PÚBLICA

% s/PIB

% s/PIB

La tercera pata del problema es la financiación. Es el termómetro más sensible de la coyuntura, especialmente en lo referido a la evolución del crédito. Su recuperación demostraría que el sistema financiero ha dejado atrás sus problemas de solvencia y liquidez, lo que sigue pareciendo dudoso a juzgar por noticias recientes. La necesidad de provisionar los créditos que habían sido refinanciados ha aflorado 21.000 millones de morosidad adicional oculta; sólo el 25% de tales créditos estaban al corriente de pago. Hay quienes piensan que la tasa de morosidad real no es inferior al 17/18% (oficialmente, menos del 13%)

Por otro lado, las empresas todavía tienen que experimentar una mejora de expectativas que justifique la concesión de los recursos financieros necesarios, incluso entre las que exportan, dada la fragilidad de una recuperación europea muy en ciernes (crecimiento previsto por Europa en 2014: 0,5%).

Actualmente, el flujo crediticio sigue paralizado, y el volumen de créditos es de unos 400.000 millones inferior al de 2008. Sólo entre un tercio o la mitad de las empresas obtienen los recursos que necesitan a un coste, sobre todo en el caso de las empresas pequeñas y medianas, prohibitivo. Seguramente, el stock crediticio no aumentará antes de 2015 aunque es posible que la concesión de créditos se reactive hacia finales de 2014 en un proceso muy ligado a la mejora del clima económico. La aversión al riesgo por parte de las entidades financieras es total (ojalá lo hubieran pensado antes) por lo que prefieren invertir los recursos disponibles, y los que les presta el BCE, en deuda pública.

Se trata de tres indicadores—empleo, déficit y financiación— cuya evolución decidirá si realmente estamos saliendo de la crisis e iniciamos un nuevo ciclo de crecimiento del que, adelantamos, no hay que esperar grandes cosas. El propio ministro de economía ha admitido que “la recuperación va a ser frágil y tenue”. Nuestro porvenir tiene techos bajos.

Un panorama que confirma la teoría de la década perdida. En realidad, va a ser mucho mas que una década. No se recuperarán los niveles de actividad anteriores a la crisis antes de 2020, y tasas de paro similares a las europeas antes de 2030. Y eso suponiendo que no volvamos a tener nuevos sustos.

Esta vez el lobo ha venido de verdad.

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