COYUNTURA ECONOMICA Febrero 2013

  • Abrumada por problemas internos de difícil solución, que la recesión europea no ha hecho sino agravar, la economía española ha vivido en 2012 uno de los peores ejercicios de la historia, especialmente por lo que se refiere al empleo. Y es que llevamos cinco años de crisis y las reservas de todos, familias y empresas, se están agotando. A pesar de ello, y de un déficit fiscal que ha incumplido otra vez los compromisos, las peores angustias financieras derivadas de unos mercados de capitales prácticamente cerrados, han experimentado un cierto alivio gracias a la decidida actuación (por fin) del Banco Central Europeo. La enorme inyección de fondos que ha recibido la banca española se han invertido en su mayor parte en Deuda pública pero la financiación de familias y empresas ha seguido cerrada.
  • Esa parálisis crediticia y la subida de impuestos, mucho más que los famosos recortes, arbitrarios y de muy escasa entidad, han creado las condiciones para una recesión económica de considerables dimensiones, que es lo que está en el origen de una destrucción de empleo de más de 850.000 personas, 66.000 en el País Vasco, donde la contracción industrial ha sido brutal. A pesar del voluntarioso esfuerzo del Gobierno por magnificar signos positivos, poco más que un wishful thinking, la realidad muestra que la posible recuperación que se produzca a partir de 2014 será modesta y de limitado recorrido.
  • A pesar de los pesares, España sigue sin hacer los deberes y pone sus esperanzas en que otros países relancen sus economías aprovechando los márgenes de maniobra que sí tienen, especialmente Alemania. Con un optimismo que se compadece mal con la realidad, el Gobierno desarrolla la extraña teoría de que estamos al borde de la recuperación, que la mayor parte del doloroso trabajo de reformar y recortar está hecho, por lo que, de ahora en adelante, puede modular los sacrificios a realizar y minimizar el coste político de los mismos. Teoría que de confirmarse se convierte en el principal obstáculo, junto con el euro, para que la economía vuelva a recuperar el potencial de crecimiento que necesita para reducir las tasas de paro de forma significativa.

1. Ahora que se oye hablar de que hemos tocado fondo, contra toda evidencia, conviene recordar que la economía española se seguirá moviendo dentro de márgenes muy estrechos y poco prometedores. Dos son las áreas esenciales que determinarán nuestro potencial de crecimiento a lo largo de los próximos años.

a. nuestra capacidad endógena para evolucionar, es decir, para implementar reformas fundamentales y obtener resultados de las mismas, que, de momento, es, en el mejor de los casos, limitada. Decimos esto porque las dos reformas que se han aprobado, la del sistema financiero y la laboral, no han aportado elemento dinamizador alguno. Además, está pendiente la reestructuración de un Estado sobredimensionado (recortar gasto sólo es una medida temporal) que nuestra economía no puede soportar.

b. la capacidad de la economía europea y mundial para volver a crecer y “tirar” de nuestras exportaciones, la única variable que puede impulsar nuestro desarrollo, si bien de forma modesta; nada que ver con el crecimiento que generó una burbuja inmobiliaria como la que se desarrolló en nuestro país durante la década pasada.

Hasta ahora ambas variables evolucionan tan negativamente que cualquier afirmación de que lo peor ya ha pasado, sólo puede proceder de un político en activo deseoso de elevar una cortina de humo sobre nuestro futuro. Cuanto mayor es su optimismo, peores son los datos. Los conocidos y comprobados de 2012 han sido catastróficos. La economía española se está cayendo a pedazos como refleja la producción industrial, el comercio minorista, las importaciones de mercancías, etc. La destrucción de empleo es sólo un reflejo de esa descomposición de las estructuras productivas y de la organización social consiguiente.

El producto, por otra parte perfectamente previsible, de la recesión europea, la subida de impuestos y la parálisis crediticia. El Gobierno se ufana de que en un país cuya economía ha caído un 1,4% ha conseguido incrementar la recaudación fiscal en más de un 4%, afirmación de una desvergüenza absoluta por lo que revela de desprecio por los intereses de los ciudadanos. Una hazaña que sólo sirve para encarecer el crédito de las empresas, aumentar las incertidumbres y mantener en pie las estructuras obsoletas de una función pública que no ha sido objeto de la menor reforma, ni siquiera cuando está recortando todo tipo de ayudas, subvenciones y servicios. La voluntad firme de salir adelante a costa del resto de la sociedad.

La otra cara de la moneda es la evolución de nuestros mercados, en más de un 70% centrados en una Europa envejecida y renqueante, y ahora en recesión, que está perdiendo peso en el mundo a marchas forzadas y que nos ha metido en la trampa del euro, lo que supone que la principal medida de ajuste, la devaluación, no puede ser utilizada. Sin ella, la vuelta a los ritmos de crecimiento anteriores a la crisis se convierte en objetivo inalcanzable.

La recesión europea en 2012 y 2013 ha sido la puntilla para unas empresas que necesitaban desesperadamente exportar. Agotados los recursos financieros acumulados durante la burbuja, sin alternativas crediticias en la mayor parte de los casos, y sin la esperanza de que por fin podrían regular sus plantillas de forma razonable, muchas empresas empiezan a arrojar la toalla. Hay que preguntarse cómo van a resistir las restantes otro ejercicio tan negativo como el que se presupone para 2013, en el que estaremos casi todo el tiempo en recesión, siendo las probabilidades de que fluya el crédito con normalidad muy remotas.

Lo que demuestra que los márgenes de maniobra con que cuenta la economía española para salir del agujero en que se encuentra son extraordinariamente limitados. A la vista de la evolución de nuestras propias variables económicas, especialmente financieras y fiscales, realmente sólo empezaremos a salir adelante en la medida en que cambie drásticamente el panorama internacional, lo que no parece que se vaya a producir a corto plazo. Una crisis financiera, como hemos dicho en otras ocasiones, provoca una parálisis más profunda y más larga que las demás porque afecta al meollo mismo del sistema. La destrucción de capital ha sido de tal magnitud que ha paralizado la transformación de ahorro en crédito y este en inversión. La locomotora del crecimiento ha dejado de funcionar.

2. Estas perspectivas son confirmadas por la evolución más reciente. Los datos en este sentido no es que sean malos; es que son pésimos. Sobre todo porque ponen de manifiesto que lo que el Gobierno llama retóricamente reformas estructurales no están funcionando. Se ha conseguido reducir, es un decir, el déficit público al 8% del PIB aproximadamente, (sin contar los apoyos a la banca). Como ocurrió el pasado año, los datos del Gobierno, que asegura que ha bajado del 7%, hay que tomarlos con muchas reservas. Apenas se ha reducido el número de empresas públicas, no hay reforma de la administración, las Comunidades Autónomas están fuera de control (con el visto bueno del Gobierno que les sigue dando liquidez en forma de adelantos), y la Seguridad Social ya ha tenido un primer aviso serio en forma de un déficit de unos 10.000 millones. Y es que los pagos por desempleo han superado los 31.000 millones, y eso que solo cubren al 64% de los parados. Mientras, los pagos por intereses de la Deuda se acercarán a los 40.000 millones en 2013. Como decíamos el pasado trimestre, estos gastos, unos 80.000 millones en conjunto, se comen todos los recortes porque no dejan de crecer.

Mientras tanto, los ingresos de la Seguridad Social siguen cayendo a toda velocidad ya que apenas quedan poco más de 16 millones de cotizantes, mientras los pensionistas superan los nueve millones, lo que plantea un interrogante inmediato sobre la viabilidad de un sistema en el que la correlación cotizantes/pensionistas ya está por debajo del dos (en el País Vasco, 1,7), considerado como mínimo indispensable para asegurar su sostenibilidad. El estado de bienestar se tambalea.

En cuanto a la crisis bancaria, los beneficios de los principales bancos en 2011 han sufrido caídas impresionantes ante la necesidad de aflorar las pérdidas reales lo que demuestra que el sistema financiero español está sumido en lo que Roubini califica de “crisis financiera masiva“. Un sistema que tendrá que despedir a unas 60.000 personas y cerrar unas 12.000 oficinas. En estas circunstancias, lo último que piensan los bancos es en prestar a empresas, sobre todo si son pequeñas o medianas. Los recursos que ha puesto a su disposición el Banco Central Europeo, más de 300.000 millones de euros, se han invertido en Deuda Pública (se coge dinero al 1% y se invierte al 5%) o para iniciar un desapalancamiento que va a durar mucho tiempo. Ni un duro se ha destinado para las empresas cuyos créditos han experimentado un retroceso del 8% en relación al año anterior. Es cierto que prestar se ha vuelto una tarea complicada y difícil pero los bancos españoles parecen preferir cualquier alternativa a lo que se supone es su objeto empresarial. Lo que quiere decir que, de momento, el invaluable apoyo que el Estado, es decir los ciudadanos, han aportado para evitar la desaparición de muchas entidades, no tiene contrapartida alguna.

 No es de extrañar que los datos del último trimestre hayan sido particularmente negativos. Las cosas no son peores gracias al descenso de las Importaciones, que reflejan el colapso del Consumo. El Comercio ha caído por quinto año consecutivo. Sólo se salvan las grandes cadenas tipo Zara pero no las grandes superficies y mucho menos el pequeño comercio. Una recesión en toda regla .

3. No le va mejor a la economía vasca que ha dejado de ser esa excepción que pregonaban los poderes locales en expresión gloriosa– “nos vamos a reinventar“– cuando la crisis asomaba por el horizonte. Una crisis que está poniendo las cosas en su lugar. La única variable que muestra un comportamiento diferencial, la del paro, es la más sospechosa de haber sido objeto de manipulación estadística. De todas maneras, ya no se puede ocultar que la destrucción de empleo se ha acelerado en 2012, incluso en mayor medida que la media española. No es extraño. Si algún área económica depende en mayor medida de la Exportación ese es el País Vasco. Las Exportaciones vascas han experimentado una caída del 3,6%, justo cuando más necesario era su aporte.

No hay que olvidar tampoco que hemos rebasado el quinto ejercicio en crisis (2008-2012), que el crédito no fluye y la reforma laboral camina hacia el fracaso. Los últimos convenios colectivos, por lo menos los de las empresas más importantes, respetan la ultraactividad, siguen relacionando salarios con inflación y condicionan el tamaño de las plantillas. La justicia sindical sigue anulando rescisiones de empleo por razones peregrinas. Es una enmienda a la totalidad de la reforma laboral.

Así que seguimos destruyendo empleo por la vía de la desaparición de empresas y autónomos. La crisis ha afectado de lleno a la columna vertebral de la economía vasca, la Industria, provocando una caída de la producción, 32%, sólo equivalente a las peores épocas de la reconversión industrial. Un tejido que se suponía mucho más maduro, más internacionalizado, ha mostrado la mismas debilidades y parecidas vulnerabilidades de todas las crisis anteriores.

¿Para qué han servido los catorce años de bonanza? Para ganar mucho dinero y subir mucho los salarios, pero también para ahorrarse la dolorosa necesidad de ser más competitivos. La productividad apenas mejoró, se creó mucho empleo, casi todo temporal, al que no se formó, y los nuevos productos y tecnologías, en buena parte fallidos, (aquí se investiga porque paga el Gobierno) no modificaron el perfil de unas empresas de tecnología media-baja. Crecimos pero no cambiamos, maduramos pero no aprendimos, y ahora lo estamos pagando.

La crisis ha servido para mostrar las costuras de un tejido económico mucho menos eficiente de lo que se presumía. Un reciente informe de La Caixa destaca como debilidades estructurales aspectos que antes se tenían por fortalezas: bajo contenido en I+D (en comparación con la media europea), lo que supone que los procesos de innovación no han calado en el tejido empresarial, escasez de personal con buen nivel de formación, atomización empresarial, nivel de emprendimiento bajo, ausencia de diálogo social, muchas empresas maduras con riesgo de deslocalización, etc.

Ante el rechazo de los sindicatos a entender de la situación, la indiferencia de las entidades financieras, especialmente la Kutxa que controla la mitad del ahorro vasco, y la pasividad del Gobierno, los empresarios han lanzado una llamada de auxilio que tiene escasas posibilidades de ser escuchada. La consejera de economía les ha acusado de dramatizar en exceso y asustar al personal. No hay como dedicarse a la política o a la administración para ver las cosas de manera diferente. A diferencia de Alemania y otros países, aquí el nacionalismo carece de componente económico.

No deja de ser admirable que mientras el presente y futuro de la economía vasca era cuestionado, hasta el punto de destruir 145.000 empleos en cinco años, el Gobierno Vasco se las arreglase para aumentar en casi 11.000 el número de empleados públicos. De hecho, fue la única autonomía que el pasado año hizo una oferta pública de empleo, como orgullosamente proclama ELA. Conviene recordar que el Estado español creó 300.000 empleos públicos al comienzo de la crisis pero luego ha destruido otros tantos por lo que su número es el mismo de antes. Se ve que su talento no daba para más. No es el caso del Gobierno Vasco, a pesar de no saber cómo iba a pagar semejante despliegue de creatividad y espíritu de servicio, dado que la recaudación fiscal ha caído una media de 2.200 millones desde el comienzo de la crisis, lo que supone que en estos cinco años el Gobierno ha perdido casi el equivalente a la recaudación de todo un ejercicio. A pesar de ello los costes de personal han crecido como la espuma, lo que no deja de tener su mérito. Ignorar la crisis sirve para algo.

4. Como la confianza de los empresarios está bajo mínimos, lo mismo que sus carteras de pedidos, el crédito no funciona, los mercados europeos van a seguir en recesión, y el gasto público tiene que seguir reduciéndose (de verdad), las expectativas para 2013 trazan un panorama muy parecido al del año pasado (una caída del orden del 1,5% y 500.000 empleos menos) mientras el Gobierno sueña con previsiones irreales para no tener que recortar más, no reformar nada y esperarlo todo de una mejora de los mercados financieros que rebaje los costes de la Deuda. Eso, y que la señora Merkel impulse su demanda interna.

Tal vez lo más negativo de este panorama sea la presunción de Rajoy de que el trabajo está hecho, y la tarea de reformar terminada, sin, naturalmente, comprobar los resultados de la misma. Tenemos una clase política, formada mayoritariamente por juristas, que considera que su labor termina cuando aprueba las leyes en el Parlamento, y piensa que descender a la realidad para verificar sus resultados (como en el caso de la reforma laboral) no forma parte de sus responsabilidades. El Gobierno pone esa realidad en las manos del Señor, como han hecho todos los Gobiernos en circunstancias parecidas. Sin capacidad de gestión, el poder en España siempre se ha refugiado en la providencia, virtud que la Iglesia enaltece pero no practica.

Cualquier suposición de que lo peor ha pasado carece de sentido a la vista de cómo evoluciona la Deuda del Estado, que ha crecido el año pasado en la enorme cifra de 146.000 millones, un 14% del PIB, hasta alcanzar un 84% del PIB (36% en 2007). A ello se ha llegado por medio de un déficit que no ha bajado del 8%, el afloramiento de facturas impagadas y ocultas, y el rescate de las cajas de ahorro, no inferior a los 40.000 millones. Sigue sin incluirse en estos números las deudas de las empresas públicas, otros 60.000 millones. Probablemente, rebasaremos el 90% de Deuda en 2013 y el 100% en 2015.

Las cifras producen auténtico pavor (a cualquiera que no sea Rajoy) porque suponen que la nación ha entrado en una espiral financiera de imprevisibles consecuencias. Sobre todo si seguimos sin crecer. El coste de ese pasivo rebasa el 4%, y su financiación depende totalmente de unos mercados a los que nos inspiramos ninguna confianza. Mientras tanto, el otro nacionalismo, el castizo (funcionarios e intelectuales comprometidos), denuncia a esos mercados sin los cuales el Estado no podría pagar ni la luz. España ha entrado en una dinámica que le lleva inexorablemente a la insolvencia.

5. Independientemente de estas consideraciones, parece evidente que la sociedad española va  a tener que hacer gala de toda su paciencia, que es mucha, porque la salida de la crisis va a ser, en el mejor de los casos, como está siendo hasta ahora: lenta, escasamente atractiva y llena de incertidumbres. Sobre todo desde el punto de vista más significativo, el del empleo. La razón principal para que esto sea así, aparte la reconocida incompetencia de los gobernantes, reside en una cuestión esencial: nuestra pertenencia al euro.

Conforme pasa el tiempo más evidente resulta que la decisión de formar parte del euro fue un tremendo error, probablemente el peor error económico que se haya cometido nunca. Nunca debimos formar parte de la misma área monetaria de, por ejemplo, Alemania. Por razones eminentemente culturales, nosotros siempre tendremos más inflación, menos productividad, y peor equilibrio fiscal. Ellos son serios y rigurosos (en casi todo). Nosotros no. No podemos compartir la misma moneda.

No es una afirmación teórica. Lo avalan más de cincuenta años de historia económica. En ese tiempo no hay una sola crisis (1959, 1974, 1992) de la que se haya salido sin devaluar. El ejemplo más inmediato no es de hace tanto tiempo, 1993. Gracias a tres devaluaciones sucesivas la economía se recuperó en un plazo de tiempo muy breve, apenas un año y con gran dinamismo.

Es verdad que existe una alternativa a devaluar, la que practican los países del Norte, que es la de congelar o reducir salarios y gasto público. Una especie de devaluación interna. Así se puede salir adelante con menos inflación y mejor. Naturalmente. Veamos cómo andamos en esta tarea. Desde 2007, los salarios han aumentado un 10% y el gasto público en 50.000 millones. Qué menos. De devaluación interna, nada. Sin eso, sin reformas, y sin crédito, el porvenir se presenta sombrío.

La decisión de seguir en el euro equivale a una suerte de muerte lenta. Tan es así que sólo puede tener su origen en una decisión política. Se trata de no admitir que aquella decisión fue un error, un error que los políticos nunca reconocerán (y muchos economistas tampoco). Como dice Hans-Olaf Henkel: “Los políticos salvarán el euro a toda costa, pero están destrozando Europa”.

 

 

 

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