La Economía en Gráficos. Diciembre 2012

Como consecuencia de la crisis más grave de la historia, la economía española se ve enfrentada a un conjunto de problemas de enorme magnitud. En síntesis, padecemos una doble crisis: la fiscal, producto de un déficit que la clase política es incapaz de reducir, y la bancaria, resultado del derrumbe de la burbuja inmobiliaria. A partir de mediados de 2011, la economía entra de nuevo en recesión; las estimaciones para 2012  predicen una variación negativa del PIB del orden de un punto y medio, y para 2013 podemos esperar algo parecido.  Es evidente que lo peor no ha pasado. Antes de 2014 no saldremos de esta situación, lo que complica extraordinariamente o vuelve prácticamente imposible afrontar la deuda externa, sanear el sistema financiero y reducir el déficit público, lo que genera la pérdida de confianza de los mercados exteriores.  El rescate parece una alternativa casi inevitable por mucho que el Gobierno la haya tratado de evitar o retrasar.

La economía española ha destruido más de tres millones de empleos desde el comienzo de la crisis. Como siempre, la caída del crecimiento se ha traducido en un ajuste de empleo en lugar de un ajuste de salarios. El aspecto diferencial más importante de la economía vasca reside precisamente en la evolución del mercado de trabajo, que ha resistido mejor, hasta ahora, los embates de la crisis. Mientras no superemos la recesión, el empleo seguirá cayendo por lo que la caída de la ocupación está lejos de haberse completado. De hecho, la destrucción de empleo que se está produciendo actualmente se aproxima a la que se produjo en 2009, en el peor momento de la crisis. En el último año (tercer trimestre 12/11) se han destruido  836.000 empleos en España y el número de parados ha crecido en 799.700. En el País Vasco la destrucción de empleo ha sido de 70.000 pero el número de parados sólo ha crecido en 26.000 debido a la resistencia en reconocer como parado a quienes no han buscado activamente empleo durante la última semana.

La tasa de paro española (25%) duplica la media europea demostrando que el mercado de trabajo español es absolutamente disfuncional. Cualquier contracción económica se convierte en una tragedia social de enormes proporciones. Vamos a tardar muchos años en recuperarnos de este desastre; según la OCDE más de quince. Dado que durante años la productividad debe crecer más que los salarios, siguiendo una evolución inversa a la de los últimos años, las expectativas de creación de empleo seguirán siendo negativas. La evolución de la estadística de paro en el País Vasco resulta tan sorprendente que hay que dudar de su fiabilidad, tanto de la PRA como de la EPA. La tasa de paro real debe estar por encima del 18%. En esto como en todo, el País Vasco evoluciona mejor que España pero mucho peor que Europa.

No deja de ser revelador del mercado laboral que tenemos que en una crisis de esta magnitud, con semejantes tasas de paro, los salarios siguieran creciendo en plena recesión. Y eso que en la década anterior, la euforia empresarial llevara a que los salarios crecieran treinta y cinco puntos más que la productividad. Cuando la economía empezó a destruir empleo fijo, los salarios se moderaron inmediatamente demostrando la utilidad de una reforma laboral antes de que entrar en vigor. Pero el verdadero objetivo de la reforma laboral no es tanto rebajar los costes de despido, que también, como conseguir una rebaja de los salarios reales que, como muchas otras variables, perdieron el sentido de la realidad. Recordemos que en Irlanda los salarios se han reducido una media del 15% mientras que aquí han crecido un 12% desde 2007, todo un indicador de lo que le cuesta a este país enfrentarse a sus problemas. A destacar el autismo de la evolución salarial en el País Vasco a partir del segundo trimestre de 2011, justo cuando la economía volvía a entrar en recesión. Un curioso sentido de la oportunidad.

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El gráfico ilustra las dificultades  que se están produciendo para contrarrestar las políticas expansivas del gasto emprendidas por el Gobierno Zapatero a partir de 2009, una tarea que cosecha un fracaso sistemático año tras año. A pesar de hablar de austeridad y recortes, el Estado español sólo ha sido capaz de reducir el déficit desde un 11,2% en 2009 hasta un 8% en 2012, a ritmo de poco más de un punto por año, y eso que Europa vigila muy de cerca el cumplimiento de sus recomendaciones. Y eso que los impuestos no han dejado de subir pero la recaudación fiscal se ha desplomado. De  la misma manera que crecía más que el PIB durante los años de la burbuja inmobiliaria ahora crece mucho menos o incluso decrece. En cuanto al gasto, el Estado y las Comunidades autónomas se resisten a redimensionarlo. El plan de reducción del déficit (3% del PIB en 2013) lleva un retraso de, como mínimo, tres años. Como la apelación a la Deuda ha tocado techo, la subida de impuestos no ha tenido los efectos pretendidos, y los mercados exteriores se muestran muy reticentes a refinanciar los bonos vencidos, la situación se ha vuelto extraordinariamente incierta lo que está generando una gran desconfianza en la solvencia del Estado español y del sistema financiero, que están íntimamente relacionados entre sí.

Pese a que la mayoría de los indicadores de la economía española son desastrosos, tal vez el más preocupante de todos sea el de la evolución de la Deuda pública, que sigue un camino ascendente a toda velocidad. El punto de partida en 2007 era excelente (36%), mejor que el de la mayoría de los países europeos ya que la recaudación crecía espectacularmente gracias al boom inmobiliario. A partir de la crisis, la puesta en marcha de políticas de gasto expansivas y la caída de la recaudación han elevado el ratio a un ritmo desbocado hasta el punto de que ya ha alcanzado máximos históricos. Los modestos intentos de recortar gastos son absorbidos por el déficit de la SS, los subsidios a los parados y los intereses de la propia Deuda, que supondrán entre todos unos 80.000 millones de euros en 2013. Parece difícil salir de este endeudamiento explosivo, sobre todo teniendo en cuenta que la prima de riesgo nos conduce a una espiral financiera imparable. La Deuda llegará al 90% en 2013 y puede rebasar el 100% en años sucesivos.

El uso de una política presupuestaria expansiva para corregir los efectos de la crisis se ha revelado como un monumental error que no ha hecho sino exacerbar las dificultades y destruir la confianza internacional, cuyo mejor termómetro no es otro que la prima de riesgo.  Los préstamos del BCE a la banca española para que los invierta en Deuda han conseguido moderar los niveles alcanzados por dicha prima que en ciertos momentos habían superado a los que tenían países como Irlanda o Portugal cuando tuvieron que solicitar el rescate. De todas maneras, las incertidumbres provocadas por el propio Gobierno español en su intento de retrasar la solicitud formal del rescate, algo de todas maneras inevitable a la vista del déficit público y la caída de los ritmos de crecimiento, no hacen sino agravar el problema. Mientras estas dos variables no modifiquen su comportamiento, cosa que no es previsible que suceda a corto o medio plazo, las tensiones en los mercados de bonos seguirán siendo considerables, un hecho agravado por la decisión de esos mercados (franceses y alemanes, principalmente) de no refinanciar las obligaciones vencidas.

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Las restricciones crediticias no se han resuelto dado que Bancos y Cajas están más preocupados en hacer frente a sus propias deudas, y en provisionar pérdidas, que en financiar empresas o particulares. El crecimiento del crédito ha pasado de tasas superiores al 30% en la década anterior a tasas negativas para las empresas y las familias (y de un -54% para el sector de la construcción). El sistema financiero español está en una situación muy frágil y los mercados desconfían del mismo dado que padece un problema de credibilidad que la reconversión de las Cajas de Ahorro ha demostrado justificada y que exigirá una aportación de ayudas públicas mucho mayor de la calculada en un principio. El nuevo Gobierno se había resistido a pedir ayudas a Europa pero al final ha tenido que claudicar después de que la crisis de Bankia revelase la verdadera naturaleza del problema. La insolvencia ha alcanzado tales dimensiones, –175.000 millones de créditos dudosos relacionados con el ladrillo, y otros 30.000 millones relacionados con empresas–que resulta poco probable que las restricciones crediticias desaparezcan siquiera a medio plazo.

Muchas entidades han estado durante todo este tiempo refinanciando créditos o asumiendo activos inmobiliarios por lo que se sospechaba que la morosidad real era mucho mayor de la reconocida formalmente.  Las auditorias que han realizado entidades independientes han revelado la verdadera naturaleza del problema. El sistema financiero ha terminado por reconocer que la morosidad real está por encima del 10% y eso que todavía no ha aflorado la totalidad de las pérdidas. Ello ha situado a bastantes entidades financieras, sobre todo cajas de ahorro, al borde de una crisis irreversible, lo que les ha obligado a fusionarse o ser absorbidas en lo que, en algunos casos, equivale a una nacionalización encubierta. La crisis inmobiliaria ha supuesto la más profunda reestructuración del sistema financiero que se haya producido en los últimos 40 años, una reestructuración que está lejos de haberse completado. Por ejemplo, de las 45 cajas de ahorro existentes antes de la crisis sólo sobrevivirán unas cinco.

A diferencia de lo ocurrido en crisis anteriores, la percepción de los ciudadanos de la situación económica ha sido mucho más pesimista que la de los institutos económicos y no digamos que el Gobierno. Este pesimismo, más que justificado, ha provocado una retracción del consumo de una violencia inusual hasta el punto de que las ventas al por menor suman ya 28 meses de bajada consecutiva. A partir de 2010, el índice de confianza del consumidor pareció mejorar sin que ello se tradujera de forma significativa en un incremento del consumo salvo por razones puntuales (Plan Renove, IVA). Posteriormente, estos impulsos han vuelto a ser negativos lo que revela una profunda desconfianza en el futuro de la economía, así como los efectos de las elevadas tasas de paro. Hay que suponer que, a tenor de las expectativas para 2012 y 2013, y la subida del IVA, este sentimiento será duradero por lo que la crisis del comercio minorista va a ser monumental. Sólo las grandes cadenas se sustraen en parte a esta evolución.

Los empresarios mantienen un considerable grado de desconfianza sobre la evolución económica lo que por otra parte es lógico teniendo en cuenta que la salida de la crisis está siendo extraordinariamente difícil. A pesar del tiempo transcurrido, la cartera de pedidos se mantiene bajo mínimos, las dificultades crediticias no se han solucionado y los problemas para llevar a cabo ajustes laborales siguen siendo los mismos de siempre. Para muchas empresas, el ejercicio 2011, aun siendo difícil, habrá sido mucho mejor que el de 2012. Las reservas económicas de muchas empresas se han agotado y con ellas su capacidad para soportar un entorno económico extraordinariamente hostil. El cierre de empresas se está disparando con todo lo que eso significa en materia de destrucción de empleo y perspectivas de futuro.

Durante la crisis de 2009 los precios mostraron una evolución anómala hasta el punto de que su signo fue negativo. A partir de 2010, la tasa de inflación pasó a ser positiva y se situó de nuevo por encima del 3% debido al encarecimiento de los precios de la energía y de los alimentos importados. Esta evolución demostraba que seguíamos siendo una economía proclive a la espiral de precios, lo que suponía seguir perdiendo competitividad en relación a la mayor parte de los países europeos. Sin embargo, la caída de la demanda interna a partir de 2011 ha hecho que el IPC haya estado creciendo por debajo de la media europea (ver gráfico), un hecho totalmente insólito pero que revela hasta qué punto padecemos una crisis diferencial profunda y duradera.

Aunque la recuperación económica no va por buen camino, en realidad estamos retrocediendo de nuevo, los precios del barril de petróleo mantienen una tendencia alcista triplicando los precios de finales de 2008, lo que supone una amenaza adicional para nuestro futuro. Los precios del barril están sujetos a todo tipo de movimientos especulativos y acontecimientos políticos por lo que hay que suponer que seguirán creciendo si se consolida la recuperación de la economía mundial, cosa que no va a suceder a corto plazo. De todas maneras, no hay que olvidar que países como China e India seguirán aumentando en próximos años su consumo energético.

La evolución de la relación entre el euro y el dólar sigue los avatares de sus respectivas áreas económicas. El hecho de que algunos países de la Unión Europea tuvieran que ser rescatados hizo que el euro perdiese valor en relación a otras monedas. Las dudas que plantea el inmenso déficit fiscal norteamericano hacen que, por el contrario, el dólar pierda valor ante lo que se considera una deuda externa insostenible. Las dos áreas económicas más importantes del mundo padecen las consecuencias de ritmos de crecimiento insuficientes y niveles de endeudamiento muy elevados, así como una tremenda falta de liderazgo, mucho mayor en el caso europeo que en el norteamericano. Al fin y al cabo, el dólar sigue siendo una moneda refugio, cosa que no sucede con el euro. Pero Estados Unidos sabe que no puede seguir por este camino y Obama, y los líderes republicanos que dominan el Congreso, son conscientes de que les queda poco tiempo para ponerse de acuerdo.

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