COYUNTURA ECONOMICA Diciembre 2012

  • A paso lento pero seguro la economía española se aproxima a un punto de no retorno. La deuda pública se agiganta mientras la economía se derrumba. Las consecuencias acumuladas de cuatro años de inacción empiezan a pasar factura en forma de intereses de la Deuda, subsidios de paro, déficit del sistema de pensiones y recapitalización de las cajas de ahorro, que hacen muy difícil, por no decir imposible, el cumplimiento de los objetivos de déficit público, lo que apareja el rechazo de los mercados exteriores. De una forma u otra, el rescate es inevitable lo que nos aproxima a la situación de países como Grecia o Portugal.
  • Esta es una crisis que va a durar toda una generación y de la que va a ser muy difícil salir. Es económica en primer lugar (nos hemos quedado sin un esquema de crecimiento viable), en segundo lugar es social, con una tasa de paro como no hay equivalente en la Europa del bienestar, y con la mitad sur de España abocada al subdesarrollo, y es política, ante el descrédito de las clases dirigentes. La transición política empezó mal en el plano económico y ha terminado peor, y lo malo es que no se ven  alternativas posibles.
  • Al País Vasco, el tiempo de la inacción  y de las comparaciones complacientes se le ha terminado. Los últimos datos revelan un deterioro de la situación empresarial y social muy rápida. El espejismo de que nos reinventaríamos ha terminado hecho añicos porque se asentaba en supuestos erróneos: no somos tan competitivos, no evolucionamos tan rápido, no tenemos tal dotación de I+D, nuestra masa      laboral no es tan cualificada, no hay tantos empresarios dispuestos a aguantar el maltrato de la Administración y los Sindicatos. Hay una contradicción flagrante entre la retórica política y la realidad económica, entre lo que somos y lo que decimos ser. El gap no es tan evidente como en Cataluña (otros que tal bailan) pero es notorio y      haríamos bien en no ampliarlo.  El nuevo Gobierno debería entender que las coartadas optimistas han dejado de tener sentido. La gente sabe que estamos en el fondo del pozo y cualquier intento de dorar la situación le llevaría al descrédito. Y es que lo peor no ha pasado; lo peor está por llegar.

1. Frente a una crisis que ya tenía en origen extraordinarias dimensiones, la clase política no ha sido capaz de elaborar otra estrategia que la de sufrir pasivamente sus consecuencias, sin ser capaz de recuperar la iniciativa ni de llevar a cabo un ajuste que hubiera limitado los daños económicos y sociales, que van a ser enormes y prolongados. Nada nuevo. Frente  a las crisis, España siempre ofrece su peor cara y despilfarra todo lo que podía haber avanzado durante el período de expansión. Hay momentos en que parece que vamos a alcanzar a la Europa más avanzada pero enseguida ese espejismo se desvanece para imponerse la realidad de un país corporativista, incapaz de movilizarse con sentido, por no hablar de una Administración que seguramente es tan mala como la griega, la italiana o la portuguesa.

Al hacer balance de lo ocurrido, impresiona la magnitud del desastre: seis millones de parados, un sistema financiero hecho trizas, una deuda pública que llegará con seguridad al 100% del PIB, cuando era del 36% en la eclosión de la crisis. En definitiva, un panorama que nos perseguirá durante toda una generación y que arruinará la vida de muchas personas.

El país tiene una manera racial, castiza, de enfrentarse a los problemas que consiste en negarlos o no sacar las consecuencias oportunas. El resultado de una historia en la que casi nunca ha sido capaz de encontrar soluciones de consenso y sí la forma de huir hacia adelante. Pero hay que destacar que quienes actúan así no son los ciudadanos, inermes ante lo que se les viene encima, sino la clase política, una de las peores de Occidente.

2. La reconstrucción del sistema financiero se mueve con desesperante lentitud. Ni siquiera conocemos la magnitud de las pérdidas no reconocidas, que no bajarán de los 175.000 millones (las totales no serán menores de 250.000 millones), equivalentes a los beneficios de más de quince años. Recuérdese que toda la banca vino a ganar unos 8.000 millones el año pasado (16.000 en un ejercicio normal) por lo que la posibilidad de salir adelante por sus propios medios es imposible y requerirá la inyección de ingentes cantidades de capitales que en estos momentos sólo puede prestar Europa  a través del Estado. Mientras tanto, el crédito a familias y empresas retrocede, un 5% este año, lo que supone la desaparición de miles de pequeñas y medianas empresas, muchas de ellas perfectamente viables. No es de extrañar que la recaudación fiscal caiga sin parar.

Pero donde el desastre alcanza niveles apocalípticos es en el apartado presupuestario, ejemplo perfecto de esa negativa a reconocer la realidad de la que hablábamos. Desde la crisis, el mayor grupo de presión de España, enseñantes, sanitarios y demás empleados públicos, han comprendido perfectamente lo que se jugaban y han emprendido una cruzada para impedir el redimensionamiento de un Estado elefantiásico que ha crecido durante los años del boom inmobiliario lo que le ha dado la gana sin que haya encontrado Parlamento, Tribunal de Cuentas, o Ministerio de Hacienda que pusiera límites a lo que estaba siendo un auténtico desmadre. La infortunada política keynesiana de Rodriguez Zapatero hizo el resto en colaboración con las Autonomías.

A estas alturas es evidente cual ha sido la génesis del problema–la burbuja inmobiliaria– y cual es la razón de que se haya convertido en algo tan devastador como interminable, la desastrosa actuación del Estado, en materia de gasto público sobre todo. Como dice un periodista británico, “lo que ha sido nefasto es la gestión de los presupuestos. El iceberg está delante, pero es como si el capitán estuviese ciego, se hubiera dormido al timón, o le importara un pepino.”

Ni siquiera los sucesivos ultimátum que han recibido los gobiernos españoles por parte del BCE o de Bruselas han corregido una deriva que alcanzó su máximo en 2009 con un déficit del 11,2%, y que apenas se ha conseguido reducir desde entonces a pesar de que la prima de riesgo ha puesto al país al borde del abismo. El nuevo Gobierno no ha conseguido avances significativos, pese a que ha subido todos los impuestos que ha podido, dado que los pasivos de la crisis se comen todo eso y los recortes. Los intereses de la Deuda se acercan a los 40.000 millones, los subsidios a los parados se aproximan a los 30.000 millones, y la caída de afiliados ha hecho que la Seguridad Social pase a tener números rojos por más de 10.000 millones. Y para acabar de arruinar el panorama, las aportaciones a la banca (antiguas cajas de ahorro), formarán parte del déficit público, contrariamente a lo que se creía.

La coyuntura española es el ejemplo perfecto de que cualquier crisis puede convertirse en un problema insoluble si no se afronta con el diagnóstico adecuado, las medidas oportunas y en los plazos precisos. Pero eso es algo que no está ni ha estado nunca al alcance de la administración española. Dando por supuesto que las dos primeras partes del problema se hubieran definido correctamente, lo que es mucho suponer, el factor tiempo se ha vuelto crucial. Al contrario de lo que suponen los políticos, ningún problema se resuelve dejando pasar el tiempo. Al contrario, se agravan y en ocasiones se vuelven irreversibles. Como está ocurriendo con la Deuda, que no es otra cosa que el precio a pagar por la demora. Desde 2008, la Deuda pública ha pasado del 36% del PIB al 84% (finales de 2012). De seguir así la cosa, se situará en el 90% en 2013 y se acercará al 100% en años sucesivos. Un problema que ensombrece las perspectivas de la siguiente generación que va a recibir una herencia envenenada.

Resulta un chiste afirmar que España practica una política de austeridad cuando en cuatro años el Estado ha gastado casi 500.000 millones de euros más de lo que ha ingresado. Si eso es austeridad que venga Dios y que lo vea. Ni el más conspicuo keynesiano, un Krugman por ejemplo, lo hubiera hecho mejor, sobre todo teniendo en cuenta las amenazas que se cernían sobre nuestra Deuda.

Los síntomas de que nos estamos acercado a un punto de no retorno son evidentes: costes crecientes de las emisiones, y dificultades para encontrar alguien que las suscriba. De hecho, el problema se ha resuelto, con las dificultades que todos conocemos, porque la banca española ha comprado casi 250.000 millones de Deuda con el dinero que le ha prestado el BCE para que ayude al Estado a devolver los bonos que los inversores internacionales (franceses y alemanes principalmente) no quieren refinanciar. En poco tiempo casi toda la Deuda pública estará en manos de españoles, y a Alemania le importará un bledo si Rajoy pide o no pide ese rescate que se está tomando todo el tiempo del mundo en solicitar formalmente.

El resultado es que se va abriendo un abismo entre la Deuda, tanto privada como pública, que acumulamos y nuestra  capacidad, presente y futura, para hacer frente a la misma de acuerdo con el potencial de crecimiento de nuestra economía. Lo mismo se puede decir de la relación entre las pérdidas de la banca y sus beneficios futuros.

3. En resumen, tras cuatro largos y angustiosos años, un Estado que contempla impasible lo que se le viene encima, pero no hace nada para evitarlo, como dando por supuesto que las cosas se van a arreglar milagrosamente, ha conseguido leves mejoras en materia de productividad, obtenidas por destrucción de empleo, está empezando a enfrentarse al saneamiento del sistema financiero, cuyo volumen de pérdidas seguimos sin conocer exactamente pero sospechamos enorme, y ha creado un enorme agujero en materia presupuestaria con una combinación de resistencia funcionarial pasiva y activa, estructuras administrativas inamovibles y pasotismo gubernamental, si no complicidad.

Como ejemplo de lo dicho, al Gobierno se le acaba de ocurrir la creación de una Comisión (si quieres arreglar algo lo arreglas, y si no…) para elaborar un “mapa” de la Administración y comprobar los solapamientos y duplicidades que se dan entre la   Administración Central y las demás, cuyas recomendaciones, seguramente melifluas, no se conocerán antes de junio del año que viene. Un año después de haber llegado al poder y tras tres años de oposición, en los que pudo haber estudiado todo lo que hubiera querido, el Gobierno carece de criterios y lo que es peor de voluntad para afrontar un problema gigantesco.  Evidentemente, el sentido de la urgencia no figura entre las cualidades del PP lo que no es extraño si se tiene en cuenta que su cúpula está formada por altos funcionarios.

Pero no sólo es el gasto público lo que evoluciona en dirección contraria a una salida de la crisis; también lo han hecho otras variables que podían haber facilitado el ajuste y minimizado las pérdidas. Es el caso del precio de las viviendas. Todavía hay 700.000 viviendas terminadas y sin vender a pesar de lo cual su precio medio sólo ha bajado alrededor de un 25% cuando debería haber bajado un 50%, que es lo que se necesita para desatascar el mercado.

Aunque en los últimos tiempos, los salarios se han moderado, la subida de los mismos durante 2008 y 2009 no ha permitido rebajar sustancialmente los costes laborales unitarios, un elemento determinante. Ante el deterioro de la situación, algunas empresas han practicado recortes salariales, pero al margen de que ello se ha producido muy tarde, cuando ya no tiene remedio para paliar las peores consecuencias en materia de empleo, el cambio  de tendencia está lejos de haber adquirido carácter generalizado.

Estas y otras variables han funcionado de acuerdo con la idea tradicional que domina el pensamiento de los españoles en estas coyunturas, la de seguir como si no nada, y eludir un ajuste más duro, más implacable, pero que a la larga tiene un coste social muy superior. Por evitar un daño, caemos en otro peor. Es lo que explica que vayamos camino de padecer una tasa de paro del 27% en 2013, sin parangón posible con lo sucedido en otros países.

Y todo tiene su origen en un error de partida: no haber entendido que esta era una crisis financiera, o sea y para entendernos, de endeudamiento, y que no hay nada peor que tratar una crisis así con más endeudamiento. Alguien dijo, comentando el famoso Plan E, que el mismo frenaría el crecimiento del paro durante seis meses al precio de estar pagando una deuda inmensa durante diez años. Igual se quedó corto.

4. Como es de suponer, las expectativas son en estos momentos lamentables. La economía esta cayendo a ritmos muy rápidos. El descenso del PIB para el conjunto del año se acercará al 1,5%, e impedirá cumplir el compromiso de déficit, que se situará probablemente por encima del 8% lo que terminará por destruir la escasa credibilidad de que goza la economía española. Ello aventura enormes dificultades para refinanciar y ampliar la deuda pública y sanear los bancos.

Con un consumo de las familias en sus niveles más bajos, una inversión en bienes de equipo paralizada, un recorte adicional del déficit (pero no del gasto público) y la parálisis del crédito, la caída del PIB en 2013 puede agravarse. Si este año ya ha sido difícil, el año que viene puede serlo aún más. El FMI estima que nuestras previsiones para 2013 son las peores del mundo junto con las de Grecia. Buena compañía.

Estas perspectivas no corren el riesgo de verse desmentidas porque lo único que podría modificarlas, un cambio de expectativas de los mercados europeos, no parece que vaya a darse. De hecho, la evolución de la eurozona resulta de lo más preocupante. Su PIB caerá este año alrededor de un 0,5% y promete crecer el año que viene no más de un 0,1,%, un cambio escasamente significativo. Alemania, faro de la economía, va a crecer menos de un punto este año y el que viene (Francia ni eso), lo que no es el mejor escenario para que se sientan generosos y nos ayuden.

El entorno internacional no facilita las cosas sino que las deteriora aún más, empezando por el errático, dubitativo y reticente funcionamiento del euro y sus instituciones. Nos equivocamos totalmente al suponer que el euro equivaldría a una red de seguridad y que lo peligroso sería quedarnos fuera. Ha sido justo lo contrario.

5. El caso vasco Esta evolución tienen su traducción exacta a nivel empresarial y, por mucho que creamos que somos diferentes, afecta directamente a las empresas vascas. Desde que empezó la crisis han desaparecido 18.000 empresas en Euskadi, la mayor parte micropymes, pero también han cerrado 116 empresas de más de 50 empleados y 348 de entre 20 y 50 empleados. Lo peor es que este proceso se está acelerando últimamente. El número de trabajadores afectados por un ERE se ha incrementado este año un 89% en relación al pasado año. En mayo de 2011, el Gobierno Vasco “daba por finalizada la fase de destrucción de empleo“. Con un par. Desde entonces, la economía vasca ha destruido la modesta cantidad de 70.000 empleos, equivalentes a la suma de los dos años anteriores. Sorprendentemente, el número de parados sólo se ha incrementado en 26.000, lo que quiere decir que las estadísticas eliminan a todos aquellos que no buscan activamente empleo, un empeño para el que hay que tener una moral de hierro. La tasa de paro real debe andar en torno al 18% (la oficial es el 11%), mejor que España pero mucho peor que Europa, que debería ser nuestra verdadera referencia.

Desde el inicio de la crisis, la actividad industrial ha retrocedido un 34% (8,5% sólo en 2012), lo que quiere decir que ha desaparecido un tercio de la producción, peor que en los peores momentos de la reconversión industrial. Contrariamente a lo que piensa la gente, la causa esencial es de orden financiero. La falta de crédito está estrangulando a las empresas, a lo que se suma el desgaste acumulado de cuatro años de crisis que ha ido agotando las reservas acumuladas en los años de euforia y la subida de impuestos. Para el País Vasco, la caída de las exportaciones, el único salvavidas que nos quedaba, a partir de mediados del pasado año, ha sido la puntilla. De hecho, las Exportaciones han retrocedido un 2%  por lo que desde el tercer trimestre la caída del PIB vasco empieza a ser mayor que la media española.

Han caído empresas históricas que, no se sabe cómo, consiguieron sobrevivir a todas  las crisis anteriores como Babcok (la balco de toda la vida), BH, Laminaciones Arregui, Kemen, Esmaltaciones San Ignacio, Formica, etc. Un pequeño muestrario de una crisis que no iba a llegar porque nos íbamos a reinventar. Como dijo Zenarruzabeitia, la crisis pasaría de largo y no estaríamos ningún trimestre en recesión. Una previsión clarividente porque desde el inicio de la crisis acumulamos nueve trimestres en recesión y todavía nos faltan unos cuantos. El espejismo interesado, creado por el Gobierno anterior y el anterior del anterior, de que nuestra crisis no era como la del resto de España, que nuestra dotación de emprendedores e inversión en I+D paliaría sus efectos. No ha sido así. Como en todas las crisis, y esta no es una excepción, la destrucción del tejido empresarial no ha sido seguida por la modernización del resto ni por la creación de nuevas empresas. A pesar de que Kutxa controla la mitad del mercado bancario y está perfectamente saneada, no se observa ninguna diferencia  en materia  de asfixia crediticia.

El anterior Gobierno Vasco ha tratado contumazmente de no recortar el gasto ni el empleo público a costa de subir la presión fiscal, lo peor que se puede hacer en medio de una crisis. Y cuando ha emitido bonos ha tenido que pagar un 7%, casi a nivel de bono basura, un coste que refleja la falta de confianza que ha generado su inacción. Un Gobierno que se ha negado a enterarse de que la crisis también afecta a una Administración sobredimensionada y sobrepagada, más de un 40% en relación a la media de la Administración española.

Para justificar eso, y cualquier cosa, no hay como ser optimista, antropológico o porque sí, lo que no deja de tener su mérito porque es poco probable que consigamos volver a los niveles anteriores a la crisis (2007) antes de 2020, de la misma manera que existen escasas posibilidades de que consigamos situar la tasa de paro por debajo del 10% antes de 2030. En el mejor de los casos.

El pequeño país tiene un problema y ya es hora de que se enfrente a él.

Antxon Perez de Calleja, diciembre 2012

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