COYUNTURA ECONOMICA Junio 2012

  • En un escenario en el que cada vez es más probable una intervención de la economía española por parte de las autoridades comunitarias, el nuevo Gobierno acumula una impresionante lista de errores. Creíamos que era imposible empeorar el balance del PSOE pero el PP va camino de ello. Con la agravante de que ha tenido todo el tiempo del mundo para preparar un plan de trabajo preciso acerca de todo lo que había que hacer, acompañado de una idea acerca de cómo explicarlo. En la práctica, una crisis galopante les ha dejado sin iniciativa, obligados a seguir con retraso unos acontecimientos que se iban desencadenando fuera de control, y cuyo componente esencial es una completa falta de credibilidad del Gobierno y la Administración, diagnosticados como incapaces de gestionar una crisis de estas dimensiones.
  • Después de catorce años de crecimiento, la clase política se ha negado a afrontar lo que se le venía encima con la celeridad y la urgencia necesarias. Buena parte de los problemas acumulados son producto de una cultura de autoindulgencia. Es el impresionante tamaño alcanzado de una Administración pública planificada, es un decir, sin el menor rigor. Es un sistema financiero que pareció perder todo sentido del riesgo. Es la pérdida de competitividad de unas empresas cuya productividad es incompatible con sus salarios. El país de Jauja se ha estrellado contra el muro de una realidad implacable.
  • Vamos a retroceder una década, probablemente más, sobre los niveles de renta y bienestar que poseíamos antes de la crisis. No se trata de una simple crisis económica, producto de una errónea conducción de la economía. Es el resultado de una manera de entender la realidad, ignorante y cortoplacista. Un país de indudables cualidades que despilfarra su talento en la búsqueda del camino más fácil, alentado por una clase política que se ha convertido en un estado dentro del estado, con una lógica que apenas se altera por una crisis más o menos porque no padece ningún tipo de presión social. Después de cuatro años de crisis y casi seis millones de parados, toda la indignación que ha sido capaz de generar el país da como máximo para ocupar pacíficamente la Puerta del Sol. Esta es una sociedad con la que se puede contar para que aguante lo que le echen.

1.Algunos se preguntan acerca de cómo hemos llegado a este extremo. Es muy simple: la combinación de problemas serios agravados hasta el infinito por la manera con que se han afrontado. Primero fueron los socialistas que, fieles a una tradición profundamente arraigada, aseguraron que no habría crisis sino el lógico proceso de desaceleración que sigue a un período de crecimiento desbocado. Cuando llegaron los problemas ni siquiera amagaron una actitud prudencial como arriar velas en materia de gasto público, o frenar el crédito al ladrillo, o recomendar moderación en materia salarial. Todo lo contrario. Con la lección de Keynes bien aprendida (en dos tardes), trataron de compensar el nuevo clima que se había instalado tras la crisis de Wall Street mediante más gasto. Es como si al aproximarnos a una curva aceleráramos.

Se trata de una historia que se ha repetido en todas las crisis que hemos atravesado, como la del petróleo con Villar Mir, o la de los fastos del 92 con Solchaga. El Gobierno Vasco, del PNV eta habar, demostrando que era menos diferente del Estado de lo que afirmaba, también se sumó a la negación y aseguró que ni siquiera sufriríamos una recesión. Eso sí, cuando en 2010 tuvo que ceder los trastos a los socialistas, se gastaron casi todo la tesorería que había, probablemente ante el temor de que sus adversarios no hicieran buen uso de ella. Poniendo siempre los intereses de la nación por encima de cualquier consideración.

Frente al crisis, la clase política española adopta de manera espontánea el comportamiento del adúltero no arrepentido: lo niega todo.

2. El principal problema  de esta manera de reaccionar es  que resulta imposible desarrollar una estrategia creíble, y proponer a los ciudadanos un relato realista y razonable de lo que nos espera y de cómo tenemos que reaccionar. En su ausencia, la práctica deriva en una huída hacia adelante, atropellados por los acontecimientos, perdida cualquier tipo de iniciativa propia, a merced de terceros que no entienden semejante falta de previsión. En poco tiempo el país despilfarra todo el prestigio que podía haber tenido, y suscita tal pérdida de confianza que convierte una puesta al día en una liquidación por derribo. Desde hace meses nadie  que no sean los bancos españoles invierte en deuda del Estado y, desde julio, unos 200.000 millones han huido de esta pesadilla (en marzo 66.000 millones). La cuestión deriva en película de terror.

Hay razones para ello. En menos de un mes, el mundo se ha enterado de que el déficit del año pasado se ha acercado al 9%, es decir, un 50% más de lo que Salgado había prometido (cumpliremos el déficit sí o sí) y que el tercer banco del país está en una quiebra de dimensiones apocalípticas. Hasta hace poco había gente que no entendía porqué los llamados mercados nos trataban tan mal. Ya no hay duda alguna de que todas sus reticencias están absolutamente justificadas. El país de jauja había dado de sí (con el dinero de los demás) todo lo que podía. Quienes nos metieron en el mismo saco que el resto de los PIIGS demostraron un talento profético. Otra cosa no pero por lo menos hemos conseguido meter el miedo en el cuerpo a toda Europa que ha comprobado con sorpresa que estamos mucho más cerca de Grecia de lo que creían y mucho más lejos de Alemania de lo que pensaban.

Si algo caracteriza a los gobiernos de este país es su falta de sentido de la realidad producto de su desconocimiento del mundo exterior, a pesar de que suelen viajar más allá de Marbella.  Porque son los demás los que te explican lo que realmente eres. Los comentarios de Aznar, sacando pecho ante Alemania, y Zapatero, presumiendo de haber sobrepasado a Italia, reflejaban una ignorancia supina. Se puede salir al mundo siendo pobre pero no siendo pobre y paleto. Porque no te enteras.

3. Llegados a 2012, después de más de tres años de crisis. todos esperábamos que el PP no repetiría los mismos errores que había cometido el PSOE. De todas maneras resultaba sospechosa su insistencia en que nada más llegar al poder las cosas cambiarían como por arte de magia cuando todo el mundo sabe que nos enfrentamos a problemas que tardarán años y tal vez décadas en ser resueltos. El apalancamiento bancario apenas se ha reducido, las dificultades para recortar el gasto público parecen insuperables, el volumen de activos fallidos alcanza magnitudes estratosféricas (la última estimación es de unos 260.000 millones; beneficios oficiales del sistema financiero en 2011 unos 8.000 millones), los daños de la falta de correlación entre salarios y productividad son enormes. Pese a lo cual, el PP, es decir, la parte del aparato del Estado que es abiertamente de derechas, mantenía un optimismo sospechoso: o no sabían lo que estaba pasando, o habían diagnosticado mal el problema, o sobrevaloraban su capacidad para arreglar un panorama tan complicado. Alguien les tenía que haber explicado que esta vez era diferente.

Empezando por la crisis fiscal. Cualquiera les hubiera podido contar que recortar el gasto público en España es muy complicado, entre otras cosas porque no se ha hecho nunca. Son estructuras rígidas, funcionarios con todos los derechos del mundo, y ahora son 200.000 más que antes de la crisis, programas inalterables diseñados bajo el principio del gratis total, y la más absoluta de las inercias. Si hasta se siguen construyendo más trenes de alta velocidad, una de las inversiones más estúpidas que se recuerda, sólo comparable a la de los aeropuertos. No se ha cerrado una universidad, y sobran la mitad, no se ha cerrado ningún aeropuerto, no se ha empezado a cobrar ningún servicio, no se ha intervenido ninguna autonomía. Pese a lo cual, la sociedad española, y Rajoy con ella, cree que ya ha cumplido, que ha hecho cuanto se podía hacer. En realidad, en dos años sólo se ha conseguido la modesta hazaña de rebajar el déficit del 11 al 9%, un punto al año, lo que ha bastado para que la gente crea que estamos ante el fin del mundo.

Así que el nuevo Gobierno dice que va a rebajar el déficit al 3% en otros dos años, a ritmo de tres puntos por año, cosa que no cree nadie, empezando por los propios responsables a la vista de los resultados. Hasta abril, el déficit se ha disparado al 2,4% del PIB, (el Estado ha gastado 25.000 millones más de los que ha ingresado) mucho más que un año antes (1,6%). Habiéndose agotado la vía del endeudamiento, la subida de impuestos no está dando resultados. El IVA, en plena caída del consumo, ha bajado un 8,2%, y el IRPF, en el que se había depositado grandes esperanzas, apenas creció un 0,2% ante la evolución negativa de la masa salarial. Además, los gastos financieros de una Deuda que crece y es más cara, aumentaron un 32% (2.800 millones más). Menos mal que el Gobierno nos tranquiliza: “no estamos preocupados por la evolución del déficit “. Es un alivio. Lástima que la Comisión Europea, que anima a subir el IVA de manera inmediata, no comparta ese alivio.

4. Si el Estado lo ha hecho mal, qué decir del sistema financiero. Nadie que haya seguido los avatares de la crisis ha podido sorprenderse por la crisis de Bankia. Es simplemente la gota que desborda el vaso. Porque la crisis de las cajas de ahorro, que se ha intentado disimular con un proceso de fusiones realizadas en el peor de los momentos y siguiendo la estrategia más equivocada, no daba lugar a error alguno: casi la mitad del sistema financiero español había quebrado, y el resto está muy tocado en su liquidez y en su solvencia.

Hace tiempo que se sabía que el agujero inmobiliario no bajaría de 150.000 millones porque sólo en suelo el sistema tiene más de 70.000 millones y los créditos dudosos de promotores superan los 180.000 millones. Ni siquiera nos atrevemos a valorar los fallidos que puede haber en el resto del tejido económico que se enfrenta a la enésima recesión después de cuatro años de crisis, una recesión que probablemente se prolongará durante 2013. Semejantes niveles de insolvencia, conocidos desde hace tiempo, reclamaban la apelación inmediata al Fondo de Estabilidad Financiera, cosa que no se ha querido hacer porque ello oficializaba la intervención europea. Una decisión de lo más estúpida porque dicha intervención ya se ha producido de facto a través del BCE, la entidad que ha proporcionado a los bancos españoles enormes líneas de crédito para que las inviertan  en parte en una Deuda pública que nadie quiere.

Lo curioso es que, a diferencia de lo que sucede con la crisis del Estado, el sistema financiero sí sabía cómo afrontar una crisis de estas características. El Banco de España y el Fondo de Garantía de Depósitos lo habían hecho en los ochenta, hace treinta años,  interviniendo más de sesenta bancos que habían sido víctimas de la crisis del petróleo, una crisis que acabó con todos los bancos industriales y de negocios. La pregunta del millón sería la de por qué no se ha hecho esta vez lo mismo. Seguramente la respuesta tiene que ver con la política. Aquello bancos eran pequeños y nadie sacó la cara por ellos. No lo iban a hacer los grandes bancos para quienes eran un engorro ya que competían con ellos ofreciendo extratipos. En este caso eran cajas de ahorro, es decir, el mismísimo trigémino  del poder político local, o lo que es lo mismo, de los partidos políticos y los sindicatos para quienes funcionan como una caja de resistencia al servicio de proyectos faraónicos, apuros temporales de tesorería, obras sociales de escaparate, etc. Si de algo ha pecado el Banco de España y Fernandez Ordoñez es de seguidismo y debilidad, dos inclinaciones inaceptables en un supervisor, que debe caracterizarse por su independencia y su ferocidad, caiga quien caiga.

5. Tras cuatro años de crisis, la clase política sigue sin asumir que esto va en serio, que hay que bajar a la realidad, desmantelando parte del Estado de bienestar, terminando con la gratuidad generalizada, privatizando servicios (educación y sanidad sobre todo). El Gobierno, tanto el Central como el Vasco, ha hecho de no despedir funcionarios su última trinchera numantina. Al fin y al cabo, son los suyos. La inmensa mayoría de la clase política son funcionarios, imagino que con plaza en propiedad, un concepto carpetovetónico donde los haya.

Sólo para volver a la relación empleo público/ privado de antes de la crisis habría que despedir a 600.000 funcionarios a nivel de Estado y a unos 15.000 a nivel de País Vasco. No hacerlo, que es lo más probable, nos expone a una evolución agónica en materia de déficit durante mucho tiempo. Con el mercado de trabajo pasa otro tanto: ¿cuanto tiempo se tardará en aplicar una especie de devaluación interna por el que los salarios caigan unos veinte puntos en relación a la media europea, los mismos que crecieron en exceso durante la bonanza?.

Dar marcha atrás es dificilísimo, en la vida y en la economía. En casi todos los terrenos, España ha ido demasiado lejos y por el camino equivocado. Mientras ponemos el reloj de nuevo a principios de siglo, y en ausencia de una verdadera reforma del Estado, esta crisis no tiene otro arreglo que el tiempo, un tiempo que nos tiene que proporcionar Europa con soluciones tangibles, mediante una refinanciación de la Deuda y una inyección de capitales en el sistema financiero. Abandonada toda esperanza de arreglar el problema por nuestros propios medios, el país se agarra al clavo ardiendo de una Europa que no está menos desorientada que nosotros. La Unión Europea ha quedado totalmente rebasada por los acontecimientos, especialmente sus máximos protagonistas, Francia y Alemania, responsables del diseño de una unión monetaria plagada de agujeros negros.  

A partir de ahora nadie sabe lo que puede ocurrir. Los acontecimientos empiezan a ser imprevisibles y se suceden a velocidad de vértigo. Esa es la razón por la que el dinero se va o no llega aunque la posibilidad de un corralito parece remota. Pero al miedo, que es libre, en economía se le llama prudencia o cautela.

                                                       Antxon Perez de Calleja, junio 2012

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